otra gran gestion Pepera

Un lugar con buen talante y pluralidad democrática donde se debate lo más relevante de la política y la actualidad nacional e internacional.

Imagen

Avatar de Usuario
turbo

Mensajepor turbo » Dom 26 Oct, 2014 4:33 am

Imagen

¿PROTOCOLO? ¿QUÉ PROTO COLO?
Hala, allá vamos: traje de astronauta, dos pares de guantes, las mangas bien selladas, mascarilla ceñida e instrucciones estrictas de tocar lo menos posible. Pero la primera en la frente: al entrar, Javier nos ofrece la mano. ¿Cómo negar el saludo a un tipo cuya esposa acaba de regresar de la muerte, y que lleva casi tres semanas encerrado en una celda de aire postsoviético de tres por tres metros? Le damos la mano, claro que se la damos.



ENTREVISTA JAVIER LIMÓN, MARIDO DE LA AUXILIAR TERESA ROMERO
«ESTO HA SIDO DE PEPE GOTERA Y OTILIO»

EL MUNDO visita en exclusiva a la pareja de la contagiada, que dice que demandará al consejero de Sanidad, pide la dimisión de Ana Mato y deplora la ausencia de protocolo: «He visto a enfermeras quitarse el traje saltando a la pata coja»


– No sé, yo he visto en estas tres semanas cosas que no había imaginado que... Esto ha sido todo...

– Un desastre.

– Un desastre, un verdadero desastre, de Pepe Gotera y Otilio... Y encima de todo el desastre que han armado, que nos han destrozado la vida, que han asesinado a nuestro perro, que a mi mujer casi la matan... Encima de todo sale el tipo este diciendo que mi mujer, que se ofreció voluntaria, es una mentirosa, que ha mentido sobre la fiebre, que no hace falta hacer un máster para quitarse el traje... Se han reído de nosotros en nuestra cara, nos han tratado como escoria, y esto no va a quedar así.]

Los ojos de Javier Limón, marrón oscuro a la mortecina luz de estas lámparas en su decimoquinto día de aislamiento, han visto muchas cosas en estas tres semanas.

Han visto enfermeras quitándose las perneras del peligroso traje de aislamiento «saltando a la pata coja» –no puede evitar sonreír mientras las imita–. Han visto cinta americana que, usada como absurdo aislante (tecnología punta), se pega de pronto a un guante, en medio de la operación, y desata el pánico.

Han visto a una señora de la limpieza que viene a contarle cómo vio a «Tere», su mujer, peleando sola intentando doblar el colchón del misionero muerto –el colchón del muerto, la verdadera bomba viral– que habría de contagiarle el ébola.

También ha visto Javier un cubo de palomitas –han leído bien, véanlo en ELMUNDO.es– que oficia de papelera, en su habitación de aislamiento, en el muy «de referencia» Hospital Carlos III.

Y «compañeros» –enfermeras, auxiliares, médicos– dispuestos, como Teresa, a «dar la vida», dice, por salvar la de ella, aún en estas infracondiciones de trabajo. Y ha escuchado a su mujer, la primera infectada fuera de África, gritando desde la habitación de al lado –«¡me ahogo, joder, me ahogo!»– aquel jueves en que alguna radio la dio por muerta. Y ha vivido, rematemos, el inesperado final feliz. Inesperado, excepto para él: «Yo siempre he estado convencido de que ella salía, tenía que salir».

Y es entonces cuando el redactor, con los huevos de corbata y picores imaginarios por todo el cuerpo, se da cuenta de la paradoja: Javier, pijama azul, medallón al pecho, palabra tranquila; el periodista, mantón de papel amarillo, mascarilla que no para de bailar negándose a cubrir la boca, calorazo mortífero y tembleque creciente. ¿Quién es el sano y quién el presunto enfermo?

El ébola, que ramonea por entre estas paredes como un inconcebible depredador negro, todo lo subvierte, todo lo extrema. También la sed de justicia: el verdadero virus que aqueja ahora a Javier, y que en Tere se convertía esta semana en un largo llanto, casi un alarido, muy audible, durante nuestra visita, al otro lado del teléfono.

Es entonces cuando uno no querría estar en la piel del consejero madrileño de Sanidad, Javier Rodríguez, a quien José María Garzón, abogado de la pareja, va a demandar en las próximas horas por atentar contra el honor de sus clientes (y contra la dignidad general probablemente).

Ésta es una entrevista a tumba abierta, con perdón, en el epicentro del miedo: la austera habitación, apenas una cama y dos sillas, en cualquiera de cuyos rincones podría acechar, invisible, la muerte.

    Imagen

    Pregunta.– ¿Cuándo le dice Teresa que se va a presentar voluntaria para el segundo misionero?

    Respuesta.– Ella hace unos años tuvo una dermatitis en las manos y la pasaron a Consultas, a sustituir a otra compañera. Cuando terminó eso le preguntaron: «¿A qué planta quieres ir?». Y dijo: «A la sexta». Y se quedaron muy sorprendidos, porque ahí van los casos más difíciles. «¿A la sexta quieres ir?». «Sí, sí, a la sexta».


    P.– ¿Pero se lo dijo o no?

    R.– Sí, pero lo tratamos con normalidad, en casa no hablamos todos los días del trabajo. Lo que sí recuerdo es que ella venía siempre a la tele cuando hablaban del ébola, le interesaba mucho. Y mira tú...

Javier habla pausado y seguro, quizá con la simplicidad del soldador que sabe que ahora tiene que volver a pegar los trocitos de su vida uno a uno, con mimo, sin mirar atrás si es posible.

    P.– ¿No dormían en la misma cama porque ya sospechaban que...?

    R.– Fue por dos motivos. El primero, el accidente laboral que tuve el 23 de septiembre. Me dio un pinchazo en la espalda y empeoró porque no me dieron la baja. No aguantaba hora y media tumbado. Fíjate, todavía tengo las muletas ahí [efectivamente, asoman en una esquina]. Le dije a Teresa: «Cariño, voy a dormir a otra habitación, porque así no dormimos ni tú ni yo». El segundo motivo fue cuando ella empezó con fiebre.


    P.– Se ha dicho que pudo ser antes de la oposición y que ella igual lo ocultó...

    R.– En absoluto. El examen fue un sábado y ella empezó el lunes. Pensábamos que era gripe, claro. Si imaginamos lo del ébola, nos vamos directos al Carlos III. Yo pensé: «Como ahora tenga que decirle al jefe que además de lo de la pierna tengo gripe...». No bebíamos del mismo vaso, tomábamos los dos vitamina C...


    P.– ¿Cuándo pasa a mayores?

    R.– El viernes 3 de octubre ya me digo: «Esta gripe es muy fuerte». Pero durante toda esa semana nunca se habló de ébola en casa. Ella apuntaba todas las veces que se tomaba la temperatura, y nunca jamás subió de 38,6 grados centígrados. Nunca.


    P.– ¿Le comentó Teresa si avisó en el centro de salud, el martes 30 de septiembre, que había tratado a los misioneros muertos de ébola?

    R.– Le pregunté y creo que me dijo que sí, que lo había dicho. ¿Cómo no lo va a decir? Pero estábamos a finales de septiembre, era época de gripe y parecía una gripe.


    P.– ¿Cuándo hablan ustedes de ébola por primera vez en casa?

    R.– El fin de semana siguiente ella ya estaba muy mal, no podía ni comer. El domingo por la noche estábamos cada uno pegando gritos en nuestro cuarto, ella de lo suyo, yo con la pierna. Pedí una ambulancia y les dije que era un posible caso de ébola. Pasó media hora y no venía nadie, así que llamé otra vez. Me dijeron: «Que se ponga ella». Y cogió mi teléfono. Cuando colgó, como yo estaba muy mosqueado, lavé el móvil, eché alcohol al auricular y me lavé las manos con jabón.


    P.– ¿Vinieron rápido?

    R.– Vinieron. Le levantaron los brazos y era el sarpullido del ébola. Nos hicieron un informe, que debería estar en la cocina de casa si nadie se lo ha llevado [hace una mueca: no se fía un pelo]. Nos recetaron paracetamol y nos dejaron pastillas.


    P.– ¿Pero el paracetamol no oculta los síntomas?

    R.– Sí, pero así fue. A los 15 minutos se presentó una ambulancia. Le dije al hombre: «Es mi mujer, sospechamos que puede tener ébola». A él nadie le había avisado, pero dijo que había tratado a alguno de los misioneros. Después él acabó en aislamiento también y... Espera, perdona un momento.
Suena el teléfono interno del Carlos III. Es Teresa, que rompe a llorar casi en cuanto empiezan a hablar. Javier la consuela, la conforta, pero la letanía al otro lado de la línea es estremecedora por varios minutos. Una vez vencido el virus, la mujer parece haber tomado conciencia de todo lo que ha sucedido. Cuelga.

    P.– Cuando ella trataba a los misioneros, ¿le habló de algún error que pudiera cometer en el protocolo?

    R.– Jamás. Sí decía que ponerse el traje era una historia, que tenía que haber siempre alguien fuera con el traje puesto por si pasaba algo para entrar corriendo, porque lleva tiempo ponérselo... Pero nunca me dijo que se equivocara en nada.


    P.– ¿Se lo habría contado?

    R.– Por supuesto. No sólo a mí, a los médicos también. Que estamos hablando de ébola, hombre, no de un catarro común. Es de lógica.


    P.– ¿Y lo del guante? ¿No le habló de maniobras complicadas?

    R.– En absoluto, no. Bueno, una cosa sí me comentó, y me lo ha recordado aquí la mujer de la limpieza: es lo del colchón. Teresa me dijo que le había costado mucho doblarlo al morir el primer misionero. Estando aquí, me viene una mujer de la limpieza y me dice que vio a Tere doblando ella sola el colchón del segundo, y que la mujer se quedó asustada. Dice que pensó: «Madre mía esta mujer con el colchón». El colchón del muerto es lo que más carga viral tiene: lleva sangre, fluidos, sudor...


    ImagenP.– ¿Pudo estar más tiempo del debido en la habitación la última vez?

    R.– Sabía que no podía estar más de 15 o 20 minutos, pero las tenían que avisar para salir. Van con un traje muy complicado, sudan una barbaridad, no tienen noción del tiempo.


    P.– ¿Pero los protocolos...?

    R.– Mira, el tiempo que estuve al lado de la habitación de ella, esos dos días, vi por ejemplo a una enfermera quitándose el traje dentro y otras gritándole desde fuera, mirándola por la mirilla: «¡Tira de ahí! ¡No, de ahí no! ¡Cuidado! ¡Eso, así sí! ¡No, no toques eso!». Imagínate. Bastante están haciendo los trabajadores, que les tiran aquí sin una preparación mínima. Es indignante.


    P.– Pero se supone que ya se ha...

    R.– He visto de todo. A una enfermera quitándose el traje a la pata coja, apoyándose en el suelo, y los otros gritándole: «¡Así no, así no!». Y ella: «¡Que sí, que yo lo hago así, que estoy acostumbrada!». Los guantes y las calzas los llevan muchas veces pegados con cinta americana. A una chica, quitándose el traje, se le pegó en un guante un trozo de cinta y empezó a gritar: «¡Que se me ha pegado, que se me ha pegado!»... Y claro, alarma total, tuvieron que entrar otras a quitárselo, con otro guante... Pero vamos, es que una de las doctoras que me trató el primer día, al salir, les gritó a los de fuera: «¡Bueno, y esto cómo se quita, que no tengo ni idea!». Y empezaron: «Pues tira de aquí, tira de allá»...


    P.– ¿Todo tan pedestre?

    R.– Vamos, esto ha sido de Pepe Gotera y Otilio, estoy asombrado de lo que he visto. Y porque las compañeras de Teresa son increíbles... Me han dicho que se la juegan por ella, que si llega a ser otra gente, en estas condiciones, se niegan.


    P.– Asusta pensar que...

    R.– Pero vamos, es que incluso a mí me dijeron, en el hospital de Alcorcón, cuando ingresaron a Tere, que me fuera a casa. Tuve que decirles: «Oiga, que mi mujer tiene ébola, yo no puedo irme a casa, pónganme en observación, que nosotros vivimos juntos y quieras que no... Me dijeron que bueno, que me ingresaban 24 o 48 horas, pero en el Carlos III. Luego ya se dieron cuenta de lo evidente y... Espera, perdona.
Teresa llama otra vez y, por un rato, vuelve a cortar el aire con su llanto. En ese momento, ni ébola ni leches: el dolor de una persona al límite lo llena todo, y el redactor no sabe dónde meterse.

    P.– ¿Es consciente de que mucha gente no ha entendido quizá el amor que le tienen a su perro?

    R.– Lo entiendo, pero era nuestro hijo adoptivo, uno más en la familia. Nadie puede imaginar lo que disfrutábamos sacándole las tardes de frío, lloviendo, calándonos hasta los huesos... Verle correr por el campo no se paga con dinero. Eso, lo del perro, tampoco va a quedar así, lo juro.


    P.– Javier, ¿cree que era necesario traer a los misioneros contagiados de ébola a España?

    R.– En buenas condiciones y con el personal preparado, hasta sería obligado. Pero los trajeron a un hospital en desmantelamiento por el afán de privatizar. Y así, no.


    P.– ¿Debería responsabilizarse de esto la ministra Ana Mato?

    R.– Por supuesto. Esa mujer está jugando con la vida de muchas personas. Si le viene grande el puesto y no sabe gestionarlo, debe dimitir.

EL MUNDO. DOMINGO 26 DE OCTUBRE DE 2014

Avatar de Usuario
Invitado

Mensajepor Invitado » Lun 27 Oct, 2014 11:12 pm



Javier Limón: "La historia de Teresa es un caso único en el mundo"
El marido de Teresa Romero indicó que todo lo ocurrido con su mujer "ha sido una historia plagada de errores, desaciertos y falta de control político" y "un caso único en el mundo".

Avatar de Usuario
turbo

Mensajepor turbo » Mar 28 Oct, 2014 4:37 am

Imagen

ENTREVISTA | TERESA ROMERO
«YO NO TENGO LA CULPA DE MI CONTAGIO»

EL MUNDO entrevista en exclusiva, tras superar el ébola, a la primera contagiada del virus fuera de África, la auxiliar de enfermería del Hospital Carlos III

QUICO ALSEDO



Si una imagen vale más que mil palabras, la sonrisa sobre estas líneas más aún: se trata de la primera fotografía que se publica de la auxiliar Teresa Romero, la primera contagiada de ébola fuera de África, tras vencer al virus. Pero están las palabras: en esta entrevista exclusiva, una semana después de superar el trance, Romero niega haber cometido errores al contagiarse, rechaza haberse tocado con un guante y asegura que avisó en el centro de salud, cinco días antes de su hospitalización, de que había tratado a los misioneros del ébola. Pero, sobre todo, sonríe.

    Pregunta.– Teresa, sabes que has estado... Vamos, que se puede decir que has vuelto a nacer, ¿no?

    Respuesta.– He vuelto a nacer, es cierto.


    P.– ¿Y lo sientes, Teresa?

    R.– Y lo siento, y lo siento así.


    P.– ¿Sabes que la gente, fuera, está muy pendiente de ti, no?

    R.– Pues no te puedo decir, porque llevo muchísimos días sin salir a la calle, no te puedo decir cómo está la calle.


    P.– Claro, pero sabes que la gente te tiene mucho cariño porque has superado una enfermedad que causa mucho miedo, ¿no?

    R.– Bueno, pues se pasa mal. ¡Qué voy a decir!


    P.– ¿Qué recuerdas de los momentos más complicados? Tú misma le decías a tus compañeros cómo tenían que asistirte, cómo tratarte, ¿verdad?

    R.– Bueno, yo no sé ni lo que les decía. Yo les decía que estaba muy mal, que no estaba muy bien, que me encontraba fatal, que me encontraba mal. Y, bueno, que estuvieran tranquilos...


    P.– ¿Y quién crees que tiene la responsabilidad de que tú te contagiaras?

    R.– La responsabilidad... No lo sé.


    P.– ¿Tú crees que la tienes tú?

    R.– Yo creo que no, no la tengo yo. ¡Cómo voy a ir a contagiarme el ébola aposta!


    P.– Obviamente.

    R.– Obviamente.
[table color=white][col]

Imagen

LA ENFERMERA KACI: «ES UN TRA TO INHUMANO»

La enfermera Kaci Hickox no tenía síntomas de haberse contagiado por el mortífero virus. Pero el pasado viernes, al aterrizar en el aeropuerto de Newar (Nueva Jersey) después de haber estado trabajando en Sierra Leona con Médicos Sin Fronteras cuidando enfermos de ébola, fue obligada a permanecer en aislamiento en función de una serie de controles anunciados el mismo viernes por las autoridades gubernametales. Al denunciar en varios medios el «trato inhumano» al que fue sometida –fue aislada en una carpa montada junto a un hospital de Nueva Jersey– y tras el anuncio de sus abogados de abrir recursos legales, el gobernador del estado anunció el fin a esta medida.



[/table]
El nombre de la mujer más buscada de España lleva un mes monopolizando telediarios, temores y conversaciones de bar.

El cuerpo de Teresa Romero estaba en proceso de desmantelamiento por culpa de «el bicho», como lo llama su marido, que ayer salió al fin de la cuarentena, cuando la mujer, de 44 años, llegó al Hospital de Alcorcón al grito de «cuidado, que creo que puedo tener ébola».

Era el lunes 6 de octubre. Desde entonces, Romero ha estado en todas partes, pero realmente en ninguna, más allá de su pelea a vida o muerte en una cama del Hospital Carlos III, rodeada de astronautas vestidos de «pollo», como llama ella a los trajes de protección amarillos.

En los peores días, hizo entrevistas –la primera, en EL MUNDO– que ahora, asegura, ni siquiera recuerda haber hecho. La lucha con el virus no le dejaba ni un gramo de fuerza para recordar, casi ni para respirar: su respiración, trabajosa, aterrorizaba más que angustiaba al otro lado de la línea.

Contestando con monosílabos, Teresa (porque así, por su nombre, la comenzó a conocer la opinión pública) apenas esbozó un discurso dudoso sobre la responsabilidad de su contagio de ébola, el primero de la Historia fuera de África nada más y nada menos.

Tras asegurar a este diario con voz cansada que no tenía ni idea de cómo se había contagiado, en otros dos medios sí dejó entrever la posibilidad de que se hubiera tocado con un guante en la cara.

Entonces Teresa apenas podía hablar, pero la versión oficial de su muerte parecía establecida: se tocó con un guante en la cara y, apuntó el consejero madrileño de Sanidad, Javier Rodríguez, tal vez «mintió» sobre su fiebre.

Aquellas declaraciones tuvieron lugar un día antes de la fecha fatídica: el jueves 9, un fallo multiórgánico parecía llevársela al otro barrio (una radio lo aseguró) con la culpa del contagio, mediáticamente, bien adosada en su chepa.

Todo parecía atado... Y sin embargo, aquí tenemos a Romero un mes después, vivita, coleando –los médicos no saben exactamente cuál de las terapias utilizadas la salvó– y sobre todo hablando. Diciendo que no, que no recuerda haber cometido ningún error, y que si pasó demasiado tiempo en la habitación del segundo misionero fue porque nadie la avisó.

EL MUNDO publica hoy, en exclusiva, su primera entrevista tras vencer al ébola. Ella contesta enérgica. Viva.

    P.– Teresa, haz memoria. ¿Recuerdas haber cometido algún error en la dichosa habitación?

    R.– No, yo hice el protocolo como lo hacemos aquí habitualmente.


    P.– ¿En algún momento recuerdas haber reconocido que te tocaste la cara con un guante?

    R.– ¿Si en algún momento lo he reconocido? No, no, en ningún momento lo he reconocido.


    P.– ¿Y por qué ha salido entonces publicado que sí lo has reconocido?

    R.– Pues no lo sé.


    P.– ¿No te acuerdas de nada, de que fueras entrevistada?

    R.– La verdad, no me acuerdo.


    P.– Entonces, ¿por qué se produjo el contagio?

    R.– Pues no lo sé. Yo no lo sé, qué te crees, que si sé… Pues no… ¿Si sé cómo se produjo el contagio estoy ahí? ¿Producirme el contagio a mí misma?


    P.– ¿Tú dijiste en el centro de Salud que habías tratado a pacientes con ébola?

    R.– Sí.


    P.– Vale, muy bien. ¿El médico qué te dijo?

    R.– ¿Que qué me dijo? Pues me mandó paracetamol [un medicamento que enmascara los síntomas del ébola y retrasa, a veces mortalmente, el diagnóstico de la enfermedad].


    P.– Teresa, esto es muy importante: ¿seguro que le dijiste al médico del centro de salud Laín Entralgo que habías tratado a los misioneros del ébola?

    R.– Sí, sí.


    P.– ¿Y él no lo tomó en consideración para ponerte en cuarentena, simplemente te recetó paracetamol?

    R.– Sí, nada más.
La Comunidad de Madrid ha sostenido desde un principio que Romero no dijo en atención primaria, seis días antes de su definitiva hospitalización, que había tratado a los dos misioneros españoles que murieron de ébola en el Carlos III.

Su marido, Javier Limón, ya aseguró a este diario el pasado domingo que, a la pregunta aquel mismo día de si había avisado en el centro de salud, ella le había respondido afirmativamente. Ayer Teresa lo corroboraba a este diario. Pero volvamos al momento clave: el del contagio.

    P.– ¿Puede ser que estuvieras el último día en la habitación del misionero 50 minutos?

    R.– Sí puede ser, sí.


    P.– ¿Y por qué estuviste tanto tiempo, Teresa?

    R.– Porque hubo que recoger, el fallecido ya se había ido, hubo que recoger toda la habitación y el colchón hubo que doblarlo y hubo que precintarlo.


    P.– ¿Lo del colchón sí que fue difícil, no?

    R.– Lo del colchón fue... Pues claro, éramos tres chicas… Pues sí fue un poco… Tardamos bastante tiempo, me refiero.


    P.– ¿No había alguien, un supervisor, viéndoos, para avisaros de que estábais demasiado tiempo allí?

    R.– La verdad es que nadie nos avisó.


    P.– ¿Pero habitualmente sí había un supervisor allí?

    R.– Habitualmente siempre lo hay, sí. Siempre lo hay.


    P.– ¿Y por qué ese día no?

    R.– Ese día ya no estaba el fallecido, o sea, ya no estaba el misionero, perdón… Pues ya no lo sé, no te lo puedo decir por qué estaba o no estaba, yo sé que estaba a mi trabajo.


    P.– Tú te pones a hacer tu trabajo y a ti te tienen que avisar de que tienes que parar, ¿no? ¿Te sentiste cansada en aquel momento, esos 50 minutos que estuviste en la habitación?

    R.– Un poco agobiada sí, pero cansada no.


    P.– Porque con el traje se suda mucho, ¿no?

    R.– Sí se suda, sí. Bastante agobiada, bastante.


    P.– Durante todo ese tiempo, esa semana antes de que fuérais al hospital, tú estuviste tomándote la fiebre...

    R.– Sí.


    P.– ¿Y fuiste tomando nota?

    R.– Sí lo hice. Sí lo tengo apuntado en el teléfono. Yo creo que sí, que lo tengo, si no se ha borrado, sí, lo tengo apuntado en el teléfono.
Imagen

Esta entrevista, realizada por teléfono (no se la puede visitar aún), se realizó a la tercera tentativa. Las dos primeras fueron, además de periodísticamente frustrantes, desoladoras para los implicados: Teresa, recién vencida la enfermedad pero todavía con virus muertos en sus fluidos corporales –y por tanto aún aislada en presión negativa–, sólo era capaz de articular un largo y sinuoso lamento, apenas un grito. Toda la tensión de quien acaba de bailar con la muerte, y vuelve a aterrizar exahusto en la vida, se le vino encima. Y le acababan de comunicar la muerte –la «ejecución», dice su marido– de su perro, Exkálibur (así, con k). Contemos ahora una interioridad: Teresa y Javier se llaman entre ellos «guapo, guapo» (ella a él, pero también él a ella) porque así llamaban a su American Stanford, que no sólo era su «hijo adoptivo»: fue también, durante 10 años, un sólido vínculo emocional entre ellos.

    P.– Teresa, a Exkálibur sí que se lo llevó el ébola...

    R.– Me parece un asesinato.


    P.– ¿Quieres que se pidan responsabilidades por su muerte?

    R.– Claro que quiero, por supuesto.


    P.– Explícalo mejor, por favor.

    R.– ¿Qué lo explique mejor? Porque a ver, que el animal es inocente, qué culpa tiene el animal que está en casa tranquilo y tienen que venir a cogerle y asesinar al perro...


    P.– ¿Y el consejero madrileño?

    R.– Es un irresponsable.
Renacida en apenas cuatro días –este periodista ha podido comprobar en imágenes la evolución de su aspecto, cómo ha ido ganando peso, luz y sonrisa–, a Teresa y también a Javier les preocupa especialmente la avalancha mediática que se les viene, muy probablemente encima. Un vago eco de ese interés ya les ha ido llegando en el mismo hospital en el que ella trabaja, y al que la crisis estaba golpeando especialmente hasta que, paradojas de la vida, lo revivió el ébola: «Sí era difícil trabajar aquí así, sí», dice.

    P.– ¿Has notado el cariño de tus compañeros estos días?

    R.– Hombre, por supuesto, je, je, je... Lo que más.


    P.– ¿Qué te dicen?

    R.– ¿Qué me dicen? Pues muchos ánimos, y que a ver si se quitan los trajes amarillos para darme abrazos y besos, y venga, y venga y ánimos y ánimos... Y me traen de todo, y «¿Qué necesitas?», y así, bueno, es increíble. Yo agradecida hasta la muerte. Estoy muy emocionada. Lo peor ha sido lo del perro.


    P.– Claro, pero cuando salgas habrá que darle un sucesor a Exkálibur, ¿no?

    R.– Yo quería un perrito, sí. A ver, buscarme uno.
Y ahí interviene, no lo puede evitar, Javier: «¡Una Exkalubita!». Y Teresa Romero se ríe, y todo vuelve a empezar.

Y casi cinco semanas después, los servicios de desinfección de la Comunidad de Madrid pasarán hoy por el piso de Teresa Romero y Javier Limón, en la Avenida del Pinar de Alcorcón, para terminar de desinfectar el apartamento, cerrado a cal y canto desde que se llevaran de allí al perro Exkálibur y lo sacrificaran después de limpiar las zonas comunes del edificio, el número 35, en cuyo 6ºA vive la pareja. De hecho, Limón firmaba hace escasos días el permiso para que las autoridades penetren hoy mismo en el lugar, y se lleven los enseres que más preocupan desde el punto de vista bacteriológico y de otro posible contagio. Estos son, más concretamente, el sofá desde el que la pareja veía la TV, los dos colchones de las dos habitaciones, y la nevera, a la que iban a parar alimentos y posibles rastros de virus. Esta vez no se ha necesitado una orden judicial para que los servicios de desinfección, que ya sembraron la inquietud en el lugar hace un mes, entren en la casa: el propio Limón lo ha autorizado, y ayer mismo se planteaba entrar él también con sus efectivos por un motivo: en la cocina se quedó el informe realizado por el primer médico que vio a Romero aquella aciaga madrugada del 6 de octubre. Javier Limón, que salió del Hospital Carlos III sin su historial médico pese a haberlo solicitado, y que sopesa demandar a las autoridades sanitarias por el contagio, temía que el documento de la cocina desapareciera misteriosamente de un apartamento que, por motivos ajenos a él, tardará un tiempo en volver a ser suyo .


EL MUNDO. MARTES 28 DE OCTUBRE DE 2014

Avatar de Usuario
Assia
de Melbourne
de Melbourne
Mensajes: 21577
Registrado: Mar 29 Dic, 2015 2:19 am
Flag: Australia

Mensajepor Assia » Mar 28 Oct, 2014 1:24 pm

No se, no deberia de dar mi opinion sobre este matrimonio. Si doy mi opinion es porque GRACIAS a la Administracion de foroloco.org, TOD@S, podemos opinar muy disparates que sean nuestras opiniones.

Me temo, que este matrimonio, de la degracia de Teresa, estan marido y mujer, sacando '' 2 pasaportes a la gloria'' como lo estuvo sacando el torero pirata,Padilla. No creo que esas entrevistas hayan sido sin cobrar ''pagne.'' Y, ysa veremos todo el ''pagne'' que cobraran en canales de TV basuras.

Avatar de Usuario
Invitado

Mensajepor Invitado » Mié 29 Oct, 2014 1:44 pm



Máximo González, Presidente del Consejo General de Enfermería ridiculiza a Miguel Ángel Rodríguez, rebatiéndole una a una todas sus mentiras.

Avatar de Usuario
Invitado

Mensajepor Invitado » Jue 30 Oct, 2014 3:18 am



La Mañana - Javier Limón, entrevista íntegra en exclusiva en La mañana
Vuelve a ver la entrevista exclusiva completa en La mañana al marido de Teresa Romero, la enfermera española que ha superado el Ébola. Javier Limón, tras pasar 21 días aislado y no presentar síntomas de contagio, se ha sentado por primera vez en un plato de televisión para contar su experiencia. Asegura que la experiencia ha sido dura y que se ha mantenido informado por el móvil. "Teresa siente sus altibajos emocionales” y "está enfadada” porque aún no han desinfectado la casa. A su juicio a "Excálibur lo ejecutaron, no lo sacrificaron" y en relación al consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, afirma que no le vale sólo con el perdón quiere justicia para su mujer. “Queremos que se haga justicia y se depuren responsabilidades: Ha sido injusto que se le falte al respeto y que no pase nada”, ha añadido Javier Limón.

Avatar de Usuario
Invitado

Mensajepor Invitado » Dom 02 Nov, 2014 12:24 am

Imagen


Teresa Romero abandona la habitación de aislamiento

● Los análisis de fluidos dan negativo y se la ha trasladado a la quinta planta del hospital

Imagen VÍDEO La enfermera de Dallas recuperada de ébola se reúne con su perro

Imagen

Avatar de Usuario
O_O

Mensajepor O_O » Dom 02 Nov, 2014 12:28 am

Mato no mata

MARILÓ MONTERO



SI hemos de ser justos hablemos claro. Es cierto que la ministra Ana Mato confiesa no haber sido dotada de ser la mejor comunicadora entre quienes suspenden entre sus manos las carteras ministeriales del Gobierno. Como también es cierto que es una de las ministras más valoradas por el presidente, quien confió en ella para el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. Ana Mato es una mujer que se dedica a trabajar y los resultados de su ministerio la avalan. Pero todo logro puede verse derrumbado por una mala actuación como la que se produjo en su primera rueda de prensa cuando quiso, tan sólo a media hora de haberse enterado de que se había producido el primer caso de ébola -fuera de África, en España-, comunicar a la sociedad dicho hecho.

La ministra salió vestida de negro ante los medios escoltada por los médicos expertos en el caso que debían abordar: el de Teresa Romero. Salió de negro porque ese día en su agenda no tenía previsto ningún acto público. El negro no es un color que suela usar para vestirse, pero así se escribe la casualidad. Era día para el despacho, pero la coyuntura desvió los planes. Su prioridad era comunicar que una enfermera se había contagiado por ébola y con la mínima información se expuso ante las cámaras. Ella no es médico, por lo que dejó que fueran ellos quienes explicaran los detalles del caso. En el colgador de su oficina prendía el abrigo con el que llegó a trabajar, pero era blanco. Valoró, por un momento, cubrirse la ropa negra con él, pero no le pareció oportuno lucir así para anunciar una noticia de gravedad. Priorizó el contenido a la forma. La rueda de prensa resultó tan inquietante como demoledora.

A pesar de ello, Ana Mato se dedicó a dar a conocer la noticia y acto seguido a crear los gabinetes necesarios para controlar el posible contagio. En 48 horas contuvo la situación obedeciendo los protocolos establecidos por la OMS, y fue más allá cuando los veía insuficientes. A la ministra no la defenestró Rajoy ya que la crisis del ébola, al implicar a varios ministerios, pasaba, como era natural y preceptivo, a manos de la vicepresidenta. Rajoy visitó el hospital, primero porque es el presidente y después porque Mato continuaba dando explicaciones en el Senado y el Congreso. Casi sin horas para dormir se encargaron a varios países medicamentos que pudieran salvar la vida de Teresa Romero. Todo se puso a disposición de la infectada mientras ejercía el loable trabajo de cuidar a los misioneros que fallecieron por ébola repatriados desde África. Fue un accidente del que afortunadamente estamos saliendo. Pero más dichosos somos de que el ébola no se haya propagado por España. Sólo ha sido sacrificado un perro que tenía altas probabilidades de estar contagiado. Sería simplista reducir la crisis del ébola, perfectamente controlado hasta ahora, pidiendo la dimisión de una ministra cuyo único defecto es ser tremendamente tímida pero magnífica gestora.


Avatar de Usuario
Invitado

Mensajepor Invitado » Jue 06 Nov, 2014 9:05 pm

Imagen


Testimonio del misionero salesiano Jorge Crisafulli sobre el ébola

Desde MISIONES SALESIANAS os invitamos a un encuentro con el misionero Jorge Crisafulli, responsable salesiano de los países de habla inglesa del África Occidental y que lleva 20 años trabajando en la región. El acto tendrá lugar el próximo viernes, 7 de noviembre, a las 11:30 horas en la Calle Ferraz, 81.

“Estamos perdiendo la batalla contra el ébola”, dice tajante Jorge Crisafulli. Ya son más de 10.000 las personas afectadas por el virus, cerca de 5.000 las personas fallecidas y alrededor 3.700 niños y niñas huérfanos. “Estamos en noviembre y se habla de un año para terminar la epidemia, ¿qué encontraremos entonces? ¿Cuántos niños y niñas se habrán quedado solos?”, añade. El ébola no es sólo una enfermedad que mata, también estigmatiza a quienes la padecen o a quienes han conseguido superarla. “Es la lepra del siglo XXI”, dice Jorge Crisafulli. El encuentro con Jorge Crisafulli será, además, el pistoletazo de salida de la campaña ‘SOS.
“Hijos del Ébola”, que en MISIONES SALESIANAS ponemos en marcha para apoyar las acciones que los misioneros salesianos están llevando a cabo en la lucha contra la epidemia en Sierra Leona, Liberia y Guinea Conakry. “Estamos convencidos de que el ébola se controlará antes o después, pero nos preocupa el futuro de la gente cuando todo pase”, explica Ana Muñoz, portavoz de MISIONES SALESIANAS.

MISIONES SALESIANAS nace en 1875, cuando San Juan Bosco envía un grupo de diez misioneros a la Patagonia Argentina. Han pasado más de 135 años desde entonces, en los que más de 10.000 salesianos han sido enviados a países de misión. Hoy en día, nuestra presencia alcanza más de 130 países en los que desarrollamos proyectos en favor de la infancia más desfavorecida.

Avatar de Usuario
Invitado

Mensajepor Invitado » Jue 06 Nov, 2014 9:14 pm




Teresa Romero trata de recuperar la normalidad junto a su familia: 'Lo que me apetece es dar un paseo'

■ La auxiliar de enfermería viaja a Galicia para visitar a su madre

■ 'Yo era una persona normal y lo sigo siendo', ha declarado Teresa



Teresa Romero trata de recuperar la normalidad y dejar atrás la pesadilla que ha sido para ella el tratamiento contra el ébola que durante más de un mes la ha mantenido ingresada en el Hospital Carlos III de Madrid. La auxiliar de enfermería, que recibió el alta ayer miércoles, ha recordado esta mañana que cuando estaba muy enferma y no le permitían beber agua, "soñaba con los manantiales" de Becerreá, su pueblo, donde se ha reencontrado con su madre.

En este pueblo de la montaña de Lugo ha comparecido hoy ante la prensa vista la cantidad de informadores que se han agolpado ante la vivienda de su madre, Jesusa Ramos, adonde llegó la pasada tarde acompañada por su marido, Javier Limón.

En una breve e improvisada comparecencia, esta superviviente del virus del ébola, acompañada por su esposo y por su madre, ha explicado que su primera noche fuera del hospital se ha despertado muchas veces y ha reiterado que han sido los profesionales del Carlos III los que le han salvado la vida. "Mis compañeros fueron los que me sacaron", ha señalado Teresa Romero, quien después de varias semanas ingresada y en aislamiento, también ha reconocido que ahora lo que le "apetece" es dar un paseo. "Para eso he venido", ha remarcado.

Imagen

Respecto a las acciones legales que está dispuesta a adoptar, ha respondido su marido. "Hemos venido a descansar y a olvidarnos de que el mundo existe", ha manifestado Javier Limón, quien ha añadido que de esos asuntos se ocuparán cuando vuelvan a Madrid.

Interrogada sobre la propuesta del Ayuntamiento de Becerreá de convertirla en Hija Adoptiva del municipio, Teresa Romero ha comentado que, al menos de momento, nadie le ha hecho saber "nada oficialmente". "Me imagino que sí" aceptaría, ha avanzado, y su marido puntualizó que "a ella le hace mucha ilusión".

En cuanto al tiempo que permanecerá en Becerreá, ha adelantado que sólo estará "unos días".

Abrumada en parte por la expectación mediática que ha generado su caso desde su salida del centro médico, ha apostillado: "Yo era una persona normal y lo sigo siendo".

Imagen

Su madre, Jesusa Ramos, que estuvo en vilo por la salud de su hija durante muchas semanas, ha confesado que todavía la ve "muy débil" y muy "flaquita".

Avatar de Usuario
Invitado

Mensajepor Invitado » Dom 09 Nov, 2014 3:32 am



Polònia - Rajoy busca culpables

Avatar de Usuario
Invitado

Mensajepor Invitado » Dom 09 Nov, 2014 7:08 pm

Imagen

Teresa pedirá medio millón de euros en indemnizaciones

El lunes comienza la ofensiva jurídica

La pareja «atacará» por tres vías: una demanda por derecho al honor, una reclamación por derecho patrimonial tras la muerte de Excálibur y la última por un delito contra la seguridad de los trabajadores




Teresa Romero descansa en Galicia tras recibir el alta, pero antes de viajar a Becerreá para abrazar a su madre dejó instrucciones a su abogado, José María Garzón. El objetivo: tratar de corregir los presuntos desmanes de la administración mientras estuvo ingresada en el hospital. «Vamos a iniciar tres vías», anuncia el letrado. «La primera, una demanda por derecho al honor por las graves afirmaciones que hizo en público el Consejero de Sanidad de Madrid, Javier Rodríguez. Mientras Teresa estuvo ingresada, tuvo afirmaciones que menoscabaron de forma grave la imagen y la intimidad de Teresa». La auxiliar está especialmente dolida por muchas de las manifestaciones que hizo el responsable político y por las que él mismo acabó pidiendo perdón. «Las frases ofensivas son varias y algunas muy ofensivas», denuncia Garzón. «El consejero dice que ella cometió un fallo, razón por la que se contagió y eso es radicalmente falso. Es lo que ella me traslada. El señor Rodríguez también denigró su imagen cuando aseveró que no hacía falta un master para ponerse un traje de protección; cuando la acusó de ocultar información al médico de atención primaria sobre sus sospechas de que podía estar infectada con ébola. También, este señor la señaló con el dedo público al decir que pudo mentir sobre los valores de su fiebre en los primeros días de contagio mientras que estaba en su casa».

Según consta en la demanda «las afirmaciones vertidas por Francisco Javier Rodríguez son rotundamente falsas y atentan claramente contra los derechos constitucionales del honor e intimidad de mi representada». «Resulta palmario», continúa «el daño moral de las meritadas difamaciones, pues se está hablando de hechos gravísimos. Queda probada la intromisión ilegítima al derecho al honor de Doña Teresa Romero y se habrá de señalar la indemnización que estimamos en ciento cincuenta mil euros». La intención de la auxiliar no es enriquecerse sino destinar este dinero a organizaciones benéficas que se dedican a cuidar de los animales.

La segunda vía legal que Teresa ha emprendido es una reclamación de responsabilidad patrimonial. «Teresa y Javier no entienden porqué se sacrificó a Excalibur. Es cierto que se eutanasió al perro con autorización judicial, pero también que no se verificó si estaba contagiado de ébola. ¿Cómo se pudo tomar la decisión de quitarle la vida sin comprobarlo? Y de haberlo estado, la comunidad científica discrepaba en cuanto a la solución. Mataron al perro de forma preventiva y gratuita y vamos a reclamar la responsabilidad de la Administración». En el escrito se afirma que «la decisión fue tomada de forma precipitada y sin las precauciones adecuadas, sin valorar otras posibilidades».

Teresa es incapaz de hablar en público de su mascota. Se le humedecen los ojos cada vez que lo recuerda en privado. Excálibur era como un hijo y, más que las difamaciones, lo que realmente le ha herido y le dejará marca de por vida es la muerte de su perro. Teresa cree que fue un sinsentido matarlo, sobre todo cuando lo compara con el caso de Estados Unidos, donde se ha respetado la vida de Bentley, la mascota de la enfermera, Nina Pham, contagiada por ébola. «Con esta reclamación lo que Teresa pretende es que se reconozca el error, la innecesariedad del sacrificio y se establezcan protocolos que en futuro respeten los derechos y la vida de las mascotas. Ni un caso Excalibur más», reclama José María Garzón, quien también apunta a que en caso de que les den la razón, solicitarán una indemnización de «entre 100 y 150.000 euros por los daños morales causados. Ella tiene una depresión tremenda».

La tercera vía judicial por la que va a caminar Teresa es la penal. El Juzgado de Instrucción número 21 de Madrid ya ha emprendido una investigación que debe servir para determinar si la Administración ha cometido algún delito contra la seguridad de los trabajadores. Es decir, si no ha cuidado con suficiente diligencia de que sus trabajadores no se contagiaran. «Nos hemos personados en el procedimiento como perjudicados y seguiremos las acciones legales oportunas», explica su abogado. En caso de que hubiese responsable penal, también habría una indemnización por responsabilidad civil. La suma de todas las cantidades podría rozar el medio millón de euros.

Pesa 62 kilos, 10 menos

Teresa se ha quedado «excesivamente delgada. Pesa 62 kilos, unos 10 menos que antes», asegura su entorno más cercano. «Ha perdido culo y se le nota la cara muy chupada», añaden. Por eso su madre no para de sacarle platos cada vez que se sientan en la mesa. Jesusa por fin la tiene en casa, una vivienda de tres plantas con al menos cinco habitaciones en cada una que sus padres hicieron con la idea de poder estar en ella todos juntos: una planta para ellos, otra para Teresa y otra para su hermano.

Avatar de Usuario
Invitado

Mensajepor Invitado » Vie 21 Nov, 2014 3:44 pm


Avatar de Usuario
Invitado

Mensajepor Invitado » Jue 04 Dic, 2014 6:21 pm

Imagen

El consejero de Sanidad madrileño felicita a Teresa Romero "porque no ha muerto"

El consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Javier Rodríguez, ha asegurado que si él "lo hubiese hecho mal" Teresa Romero "no estaría hablando" a lo que ha añadido que si su gestión frente a la crisis del ébola no hubiese sido la correcta, "España seguiría teniendo esta enfermedad".

Rodríguez no se ha querido pronunciar sobre la querella que le interpuso Teresa Romero por vulnerar su honor y ha dicho que no se lo puede "impedir" ya que está en "su derecho". "Lo que tengo que hacer es felicitarla porque no se ha muerto y porque haya tenido un final feliz", ha explicado.

El consejero ha manifestado que es una "gran satisfacción" que España esté libre de ébola. "Eso es fruto de la buena sanidad que tenemos en la Comunidad de Madrid y los buenos profesionales que tenemos".




Volver a “La Crispación”