LIBIA

Un lugar con buen talante y pluralidad democrática donde se debate lo más relevante de la política y la actualidad nacional e internacional.

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que se maten

Mensajepor que se maten » Jue 05 Sep, 2013 8:36 pm

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Déjalos que se maten entre ellos


La población siria se levantó contra la dictadura exigiendo democracia, el régimen respondió masacrándoles y Occidente ignoró su penuria; entonces llegó Al Qaeda.

El retrato de Bashar al Assad había sido colocado en el baño a ras de suelo. Justo frente al agujero que utilizaban los rebeldes para defecar. «Así tendrá unas buenas vistas», aseguró uno los alzados con un sentido del humor ciertamente escatológico.

El calendario marcaba el mes de noviembre del 2011. En mi anterior visita a Siria, en julio del 2010, antes de que comenzara la revuelta, la imagen de Al Assad seguía siendo un referente tan venerado que en el monasterio de Santa Tecla, a 65 kilómetros de Damasco, se prodigaba tanto como la iconografía religiosa. Bashar aparecía fotografiado en solitario, junto a los huérfanos del recinto, con las monjas del convento, comiendo con sus residentes y rodeado de religiosos de todas las confesiones.

El radical giro político que sufrió la nación árabe pocos meses después fue un efecto más de la llamada Primavera Árabe y del hartazgo que despertaba entre la población siria una dictadura —la del Partido Baaz que accedió al poder en 1963— que lleva ya medio siglo rigiendo los designios del país.

«Con el Baaz, todo dependía de la muhabarat (el servicio secreto). Tenías que pedirles permiso para viajar, para casarte, para abrir un negocio… No podías ni respirar», recordaba uno de los activistas instalados en Jabal Zawiya, Fahid Sheij Wali.

El estudiante de Educación Física, de 21 años, era uno de los opositores que todavía defendía en aquel entonces —tras meses de brutal represión— las protestas pacíficas.

En realidad, al principio todos secundaban esa postura. Los sirios salieron a las calles no con ametralladoras sino «con las manos abiertas para demostrar que íbamos desarmados», relataba Fahid.

La revuelta comenzó cuando un grupo de colegiales de Daraa decidió emular las imágenes que veían procedentes de Túnez o Egipto y escribir en los muros de esa ciudad, sita al este de Siria, los mismos mensajes que lanzaban las multitudes que protestaban contra la autocracia en esos países: «¡Vete!» o «El pueblo quiere derrocar al régimen». Eran tan ingenuos que firmaron las pintadas con sus propios nombres. Eso ocurrió el 16 de febrero del 2011.

Los estudiantes fueron arrestados al día siguiente y cuando fueron liberados —un mes más tarde— Daraa ya se había convertido en el detonante de la creciente algarada popular. El regreso de los chicos y su relato sobre las tropelías que habían sufrido en la cárcel, donde les golpearon con cables, les colgaron del techo y les intentaron romper las manos hasta hacerles sangrar, azuzó la insurrección.

Bashar al Assad respondió desde el primer momento al estilo Gadafi. El ejército y la policía comenzaron a disparar sobre las manifestaciones pacíficas. Miles fueron asesinados.

Durante el verano del 2011 enclaves como Hama, Homs o la citada Daraa se convirtieron en bastiones de la protesta popular. Cientos de miles de personas se concentraron en la primera casi a diario, pese a la triste memoria que atesoraba esa ciudad, arrasada en 1982 por el padre de Bashar, Hafez al Assad, cuando también se erigió como reducto de la oposición que pretendía derrocar al régimen en aquellas fechas.

Bashar respondió al desafío con la misma brutalidad que su antecesor. El 31 de julio del 2011 los tanques y los soldados del autócrata mataron a decenas tan solo en Hama. El Ramadán de ese año fue un anticipo sangriento del futuro que se cernía sobre los opositores.

Cuando entré por primera vez a Siria tras el inicio de la insurrección popular, en noviembre de ese año, las protestas eran todavía diarias incluso en las poblaciones controladas por el régimen.

«La población sale todas las noches a protestar. Hace un mes mataron a tres personas. Ahora se contentan con dejarnos gritar», me explicó Mahmud al Jarabsha, un vecino del primer villorrio en el que nos escondimos al cruzar ilegalmente la frontera en la provincia norteña de Idlib.

Desde su vivienda se podían escuchar los gritos de los manifestantes. Mahmud y sus amigos permanecían «enganchados» a las emisiones de uno de los canales que se ha erigido en portavoz de la revuelta: Oriente TV. Las imágenes de las protestas populares se entremezclaban con las que constataban la violencia con la que respondió la autocracia. Civiles apaleados, a los que les pisoteaban la cabeza. Cadáveres amoratados o cribados por las marcas de la tortura. En una de las grabaciones un soldado le arrancaba a un prisionero los pelos del bigote uno a uno.

«Da igual, ya hemos perdido el miedo», declaró Mahmud frente a los estremecedores vídeos.

Era cierto, para esas fechas un amplio sector de la población siria —tan solo Alepo, el centro de Damasco y la región drusa y alauí permanecían mas o menos al margen de la insurrección— había decidido desafiar al régimen en las calles. El 27 de julio, tras cuatro meses de represión disparatada contra manifestantes desarmados, el núcleo inicial del Ejército Libre de Siria, la oposición armada, anunció su creación.

Los primeros dirigentes, Hussein Harmush y Riad al Asaad, procedían ambos de la región montañosa de Jabal al Zawiya, en Idlib. Allí establecieron los alzados lo que llamaron la primera «región liberada» de Siria.

El recorrido por Jabal Zawiya aquel noviembre del 2011 me permitió comprender la determinación pero también la ingenuidad de los opositores. Se decían prestos a enfrentarse a la maquinaria bélica de Bashar —una de las más potentes de Oriente Próximo— con ametralladoras y escopetas de caza. Algunos patrullaban con palos, pistolas y viejos mosquetones con la bayoneta calada. Escenas propias de la Primera Guerra Mundial para intentar frenar a un ejército equipado con misiles Scud y armas químicas.

Su primera pregunta al encontrarse con los extranjeros casi siempre era la misma: «¿ustedes creen que somos unos terroristas?».

En aquellas fechas, ninguno de las decenas y decenas de sirios a los que entrevisté mostró ninguna afinidad con Al Qaeda. De hecho, Jabhat al Nusra, la facción que ahora reconoce su lealtad a esa ideología, ni siquiera se había creado.

Una semana después de que abandonáramos Jabal Zawiya, los tanques y el ejército leal a Damasco arrasó la región. Los mosquetones y las escopetas de caza poco pudieron hacer frente a los blindados.

Las organizaciones de Derechos Humanos dijeron que más de un centenar de personas habían sido masacradas, atrapados en una emboscada en la que fueron ametrallados sin misericordia. Los testimonios recogidos por esas mismas ONG hablaban de cuerpos quemados o decapitados, que fueron dejados en las calles para que se pudrieran al sol.

Meses más tarde me encontré con el coronel Abdul Hamid Zakaria, que había participado en aquella arremetida, desertando después a Turquía.

Zakaria, un oficial médico, confirmó la matanza y recordó que al retirarse del lugar la columna de blindados, ante el temor que sufrir una emboscada, decidió avanzar colocando niños sobre algunos de los tanques.

«Yo iba con la ambulancia al final del convoy. Eran más de 35 vehículos. La estrategia militar dice que el último tanque es el más expuesto porque no tiene a nadie que le cubra la retaguardia. Por eso colocaron cinco niños encima del blindado. En una de las curvas, uno de los pequeños se cayó. Lo aplastamos con las ruedas de la ambulancia. No pude hacer nada. Estaba muerto», relató.

Cuando en junio del 2012 le pregunté a la opositora cristiana Marcell Shahwaro cuánto tiempo podía prevalecer la oposición pacífica —de la que era una de las principales adalides en su ciudad natal, Alepo— frente a la represión de las fuerzas de Bashar, su respuesta fue honesta: «Muy poco, en dos o tres meses todo el mundo portará armas para defenderse».

Sus palabras fueron proféticas. Semanas después asistíamos al inicio de la batalla por el control de Alepo, la segunda ciudad del país, que muy pronto se estancaría en una guerra de atrición, francotiradores y destrucción generalizada que marcaría la pauta para otros frentes como Deir Ez Zor, Homs, Idlib o Daraa.

La represión había azuzado los deseos de venganza de muchos, que comenzaban a eclipsar las demandas de libertad y democracia que alentaron la revuelta en un inicio. La revolución ya no era tal, sino una guerra civil cada vez más sangrienta, aunque los activistas —cada vez menos— seguían reuniéndose sin armas cada viernes en muchas poblaciones para pedir «la caída del régimen».

El verano del 2012 vio como las milicias kurdas se sublevaban e irrumpían en un conflicto que cada vez adquiría una mayor complejidad, con milicias de todas las filiaciones luchando en sectores inconexos, y el odio sectario cada vez más presente.

Los acólitos del régimen nunca ocultaron sus intenciones. Las escribían en los muros de las ciudades que atacaban como Azzaz o Taftanaz: «O Asad o quemaremos el país». Cumplieron su promesa. De los tanques y la artillería pasaron a la aviación, y más tarde a los misiles del tipo Scud. Las armas químicas solo fueron un escalón más en el descenso a la locura.

«¿Cuál es la diferencia entre asesinar a 100.000 con cuchillos o a 1000 con armas químicas? No nos sorprendió que usaran armas químicas. Se habían saltado todas las líneas rojas que uno pudiera imaginar. Si tuviera una bomba atómica también la usaría. La postura de Occidente ha sido de pura hipocresía. Ni siquiera han sido capaces de cubrir las necesidades de los refugiados. Lo que quieren EE. UU. y sus aliados es la destrucción de Siria. Que nos exterminemos entre nosotros», apuntó hace días Abu Eizendil, jefe de la oficina política de la División Al Haq, una de las principales facciones islamistas que actúan en Homs.

El pasado 28 uno de los analistas más leídos de Israel, Nahum Barnea, escribía en el principal diario del país, Yediot Aharonot, un artículo sobre la posible intervención norteamericana y recordaba un poco de historia.

«Cuando le preguntaron a Moshe Dayan (quien fuera ministro de Defensa israelí) sobre un guerra entre dos grupos palestinos en Gaza respondió: déjalos que se maten entre ellos. Esa fue la actitud del presidente Obama hacia la guerra civil en Siria. Había llegado a la conclusión de que el interés norteamericano no se vería favorecido por la victoria de ninguno de los dos lados», escribió.

La tesis del «déjalos que se maten entre ellos», no solo se han convertido durante estos meses en leitmotiv de los neoconservadores más radicales de Washington y del lobby proisraelí, sino que curiosamente ha conseguido el apoyo de facto de muchos adalides del autodenominado frente antimperialista.

Atrapados entre los intereses de la realpolitik internacional, los sirios nunca entendieron por qué Occidente ignoraba su revuelta.

En una de mis visitas a Idlib, a principios del 2012, cuando todavía el islamismo yihadista en el conflicto de Siria no era más que una hipótesis incipiente, un doctor de esa provincia no pudo esconder su indignación hacia Europa y EE. UU. Confesó que siempre había sido laico, que incluso hubo un tiempo en el que no rechazaba la bebida, pero terminó con una declaración devastadora: «ahora no hay Al Qaeda, pero si Occidente sigue sin ayudarnos, en pocos meses todos seremos de Al Qaeda».

[Javier Espinosa es corresponsal de El Mundo en Oriente Próximo]

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batiburrillo rebelde

Syria - Formation of another christian FSA brigade

Mensajepor batiburrillo rebelde » Jue 05 Sep, 2013 8:43 pm



Milicias cristianas

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Invitado

Mensajepor Invitado » Sab 07 Sep, 2013 12:48 am

Mariano con las democracias

    Comunicado conjunto de 11 países
    España respalda a EEUU y pide 'una fuerte respuesta internacional' contra Siria

    España y otros 10 países han firmado una declaración conjunta que reclama "una fuerte respuesta internacional" contra el régimen del presidente Bachar Asad tras el ataque químico del pasado 21 de agosto a las afueras de Damasco y apoyan los esfuerzos internacionales por prohibir el uso de este tipo de armamento.



La PSOE fastidiando como siempre


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pepe

Mensajepor pepe » Sab 07 Sep, 2013 1:15 am

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Mujica: "El único bombardeo admisible para Siria es con leche en polvo y galletas"

Es imposible ahogar una guerra con más guerras, dijo el presidente de Uruguay, José Mujica, acerca de la intención de EE.UU. de realizar un ataque militar contra Siria.

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Invitado

Mensajepor Invitado » Sab 07 Sep, 2013 2:23 pm

ya .... pero es en el mediterráneo ... donde un reyezuelo gasea a civiles.

PD: pasará como en egipto .... y luego dirán que son ingobernables ... mano milica ... ajajajajaj AYYYYYY peeepeeeeee ... no solo de pan vive el hombre .
escuelas ... trabajo ... prosperidad es la única forma de salir de la pescadilla del sistema.
no se puede instalar una democracia tipo occidental ... donde la única forma de organización que existe es la religión.
ganarán siempre los religiosos sobre los laicos y estos querrán imponer su fe y vuelta a empezar ..... meten a los milicos y dicen que no se pueden gobernar .... y lo que quieren es seguir eskilmandolos.

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¿Siria?

Mensajepor ¿Siria? » Mié 11 Sep, 2013 2:44 am

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¿Siria? Ya no hay más Siria

Nacho Carretero

Reportaje realizado con el apoyo de Intermón Oxfam


Refugiados: de cómo una guerra destroza una vida

Las aspas del ventilador que Seif tiene a su lado están inmóviles. Da la sensación de que están paralizadas por el espeso calor. En una agobiante paradoja, es su quietud la que parece aumentar el sofoco. Por más que uno lo mire fijamente, el maldito ventilador sigue imperturbable, con sus aspas naranjas petrificadas, ajeno al bochorno húmedo. Es como una provocación. Su propietario explica: «Hace días nos cortaron la luz porque ya no puedo pagarla, así que tenemos electricidad solo de vez en cuando. Ahora mismo no hay. Lo siento, pero no puedo encenderlo». Y Seif se seca el sudor acumulado en la frente.

Antes de poseer un ventilador inútil, Seif Dabbur, sirio, 49 años, casado y con tres hijos, tenía aire acondicionado en su casa de Al Tadamu, un barrio residencial de clase media (y media-alta) a las afueras de Damasco. «Muchas noches aquí, en el campo, revivo cómo era mi vida: estoy viendo la televisión, en mi sofá, con mi mujer mientras los niños juegan fuera. Ahora tengo que dormir en el suelo». Seif es una de las millones de personas a las que la guerra de Siria ha destrozado la vida. Uno de los millones de tipos que hace unos meses estaba en su sillón viendo la televisión y ahora vive en un campo de refugiados peleando por conseguir ansiolíticos que le dejen dormir. «Decidí dejar mi casa por una batalla que estalló en mi barrio. Comenzaron los disparos, los misiles y destrozaron el barrio. Dicen que lo importante es la guerra y no una batalla, pero en realidad lo importante son las batallas. Si la batalla te toca en tu barrio te tienes que ir. Y te quedas sin casa». Seif huyó de la suya un día del pasado diciembre a las cinco de la mañana. «Escuchaba el zumbido de las balas. Días después me contaron que todo el edificio se vino abajo». Con él vinieron su mujer, Rarj y sus tres hijos, Lulu, de siete años y Mohamed y Hamoudi, de seis y ocho años, estos últimos fanáticos del Real Madrid. «Si les preguntas qué prefieren, comer o ver un partido del Madrid, te dicen que ver el partido. Aunque lleven un día entero con el estómago vacío», explica su padre riendo. «Poco a poco se van dando cuenta de que no pueden tener lo que antes tenían. Cuando me piden dinero y les digo que no, se manifiestan dando vueltas por el piso. Dicen que me hacen mini primaveras árabes», y Seif vuelve a reír.

Toda la familia vive en una destartalada vivienda del campo de refugiados palestino de Al Jalil, en la región libanesa del valle de Baalbek, cerca de la frontera con Siria. Son descendientes de palestinos, por lo que todos los contactos les recomendaron terminar su huida aquí. Ya llevan nueve meses. «Aquí no hay trabajo, yo ya no sé cómo voy a pagar las cosas. Si te digo la verdad, estoy desesperado». Cuando salió de Damasco, la compañía petrolífera para la que Seif trabajaba ofreció darle cobijo en Zagreb. Les dijo que no. «Pensaba que sería cuestión de dos o tres semanas, aguantar en el campo y después regresar. Ahora no tengo ni casa». El convulso cambio de vida está dejando marcas en la familia: «Mi mujer llora cada noche, a veces se hace la dormida, para que no la vea llorar, pero yo sé que está llorando. Va al psicólogo. También mis hijos. Yo tendría que ir, pero no me llega el dinero». La única preocupación de este extrabajador de una compañía petrolífera es ahora la comida. «Te das cuenta de que no puede faltar y casi todo el dinero se va en eso». Y Seif enseña una olla con lo que ha preparado para el almuerzo. Y lo resume todo: «¿Ves esto? Es lo que vamos a comer hoy. En Siria es lo que le daba a Max». Después levanta la vista, como esperando la pregunta. «Max era mi perro».

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La de Seif es solo una historia de las infinitas que se podrían contar acerca de la guerra de Siria, que según cifras de Acnur ya ofrece para escarnio de la conciencia mundial dos millones de refugiados y 4,2 millones de desplazados internos. Cuenta Javier Espinosa que todo comenzó el 16 de febrero del año 2011, cuando un grupo de estudiantes de Daraa se contagió de lo que sucedía en Túnez y Egipto. Con la bandera de la primavera árabe enarbolada salieron a la calle y llenaron los muros de la ciudad con pintadas dirigidas a un régimen al que hasta la fecha nadie tosía. Dirigido por Basher Al Asad, el Partido Baath Árabe Socialista imponía su férrea ley en Siria desde el año 1971. Entonces era su padre, Hafez, quien regía el destino del país. Cuando murió, en el año 2000, ascendió al poder Basher, por el método hereditario y a quien, por cierto, ni siquiera le correspondía (ni, dicen, le interesaba demasiado) pero a quien la muerte accidental de su hermano mayor empujó al gobierno como quien empuja a un actor tímido al escenario. Después se encargaría de demostrar que, de tímido, nada.

Desde ese año Basher Al Asad ha dirigido al país con la inestimable ayuda de Irán, quien les proporciona sustento económico y bélico, y con el apoyo de Hezbolá, organización libanesa. Estos tres actores (régimen sirio, Irán y Hezbolá) son chiíes y he aquí uno de los quids de toda esta macabra cuestión. Para muchos analistas la guerra de Siria está siendo una proyección de la guerra atávica que enfrenta a suníes y chiíes —las dos principales ramas del Islam— en Oriente Medio. Lo que nació como una revuelta social para derrocar una dictadura se ha convertido en un conflicto rebosante de intereses para el control de la zona.

A un lado se sitúa Irán, único país de la región de mayoría chií. La organización libanesa Hezbolá son sus socios, también chiíes, pero esta alianza no se extiende al resto de Líbano porque sus ciudadanos son suníes o cristianos, en su mayor parte. Lo mismo sucede en Siria, el tercer eslabón del entramado chií. El régimen de Asad es alawita —una rama de chiísmo— pero el país es una amalgama de religiones y tribus con los suníes como mayoría. Frente a los chiíes está el polo suní, que alberga a los demás países de la zona (Irak, Jordania, Egipto) y cuenta con Arabia Saudí como potencia y Estados Unidos como amigo occidental (enemigo, claro, de Irán). Apoyan, como no podía ser de otro modo, a los rebeldes sirios. Ante este mapa se revelan los bandos: el régimen sirio combate junto a los milicianos de Hezbolá y con armamento iraní; y los rebeldes lo hacen con infraestructura saudí y el apoyo estadounidense. Grotesco por breve, sirva este resumen para acercarnos al complejo puzle de la guerra de Siria.

Seguramente poco o nada les importaba este jeroglífico geopolítico a aquellos estudiantes que realizaron las primeras pintadas en Daraa. Cuando fueron detenidos, el régimen sirio comenzó a mostrar su verdadera cara: los encerraron en un calabozo y les rompieron las manos. La voz corrió y más estudiantes se echaron a la calle. Después vecinos de todo tipo hasta que el levantamiento, en ese momento todavía pacífico, regó el resto de ciudades del país. Superado por lo que estaba ocurriendo y temeroso de un final similar al ocurrido en Libia o Egipto, Asad decidió reprimir las manifestaciones de una forma que, todavía a día de hoy, impacta: disparó sobre la población en las concentraciones. Miles de manifestantes fueron asesinados en aquellos meses de 2011, lo que condujo una escalada de tensión que hizo cumbre el 27 de julio, con la creación del Ejército Libre de Siria. Las manifestaciones se convirtieron, desde ese día, en una resistencia armada. Comenzó la guerra civil.

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Desde ese momento el régimen no regateó a la hora de aplastar la revuelta. Usó toda su fuerza y atravesó cuantas líneas rojas pueda plantear cualquier país occidental. Miles de personas fueron asesinadas, tanto milicianos como civiles. Los rebeldes, pero, no flaquearon. Tomaron posiciones en las principales ciudades y convirtieron el país en una guerra de guerrillas que perdura. Alepo, Homs, Damasco… barrios enteros arrasados, calles tomadas por francotiradores, coches bombas… El mundo decidió que lo arreglaran entre ellos como una pelea de barrio con cuentas pendientes. Y en medio del jaleo se empezaron a colar por la frontera de Irak milicias de Al Qaeda. Era el verano de 2012. Al Nusra es la principal, aunque hay más. También hicieron acto de presencia las milicias kurdas del norte. Juntas pero no revueltas, hicieron frente común ante Asad, pero con los meses la unión está flaqueando. La oposición tiene ahora el derrocamiento de Asad como su objetivo, pero ese es el único hilo que sostiene una frágil convivencia sobre la que no pocos auguran una cruenta posguerra si salen victoriosos. De hecho, en algunos puntos del país ya se han registrado enfrentamientos entre rebeldes sirios y yihaidistas.

A día de hoy, los enfrentamientos entre el régimen de Asad y los rebeldes están enquistados en las principales ciudades del país y se combate durante días por dos calles que la semana siguiente se vuelven a perder. El punto de inflexión parece haber llegado con el uso de armas químicas por parte de Asad, algo que podría desembocar en la intervención de Estados Unidos.

A dos millones de refugiados todo esto les parece estupendo, pero su preocupación es, sobre todas las cosas, poder regresar a casa. Entre represión del régimen, rebeldes sirios, milicias y atentados, han tenido que dejarlo todo y escapar de Siria a la carrera. Casi ninguno sabe cuándo ni cómo va a volver, porque sus casas están hechas escombros. Los que deciden quedarse pueden tener la fortuna de vivir en un área completamente controlada por uno de los bandos, lo que reduce los enfrentamientos, o pueden tener la desgracia de estar cerca de un frente, lo que supone la destrucción de su casa y la necesidad de irse a otro barrio o a otra ciudad. Esto le ha pasado ya a unos 4,2 millones de personas, los llamados desplazados internos. En total hay más de seis millones de sirios fuera de sitio, lo que convierte a esta inagotable guerra en la mayor crisis humanitaria de este siglo y la peor desde que el mundo descubrió lo que sucedía en Ruanda.

De los que han huido, medio millón lo ha hecho a Jordania, país que ha instalado campos de refugiados para acogerlos. Más de 700.000 han optado por Líbano, donde el gobierno decidió no construir campos para que no se perpetuaran, tal y como sucedió con los levantados en 1948 para los palestinos. De la decisión, por cierto, ya ha dicho el ejecutivo libanés que se arrepiente, porque ahora hay unos 300.000 sirios venidos de la guerra instalándose donde pueden. Ambos países limitaron la entrada de refugiados hace dos semanas asegurando que están desbordados. Aunque sus gobiernos niegan que hayan cerrado las fronteras, la llegada de desplazados ha caído en picado en el último mes. Es por ello que los sirios han girado la vista hacia Irak: 50.000 personas han entrado en el país en el último mes, donde ya hay 127.000 refugiados. Turquía, con 463.000 acogidos y Egipto, con 111.000, son los otros dos países sobre los que se está desangrando Siria. El resto (normalmente familias con dinero) están en Europa o en América. Un millón de estos refugiados son niños. Con eso y con todo estas personas tienen algo más de suerte que las 100.000 que se estima ya han muerto en la guerra. La guerra que nadie entiende.

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Zaatari: de cómo estar en tu casa viendo la televisión con tus hijos a vivir en una tienda de campaña

Lekaa Al Zoubi, de 23 años, llegó al campo de refugiados de Zaatari el pasado cuatro de enero. Lo hizo con su marido y lo hizo embarazada. Estuvo una semana en el campo y al cabo de ese tiempo decidió regresar a Damasco para terminar la carrera de magisterio. Con el bebé de cuatro meses en el vientre caminó acompañada de otras tres personas rumbo a la frontera, rumbo a la guerra. «Estábamos a dos o tres grados bajo cero y tuve que dormir dos noches en la cuneta del camino. En realidad no sabíamos si íbamos en la dirección correcta». Lo iban y alcanzó Damasco al cabo de dos días. Allí permaneció un mes y medio hasta que aprobó las asignaturas que le faltaban. Entonces se despidió —por segunda vez— de su familia y cogió un autobús dirección Jordania. Lleva en el campo seis meses. Hace dos semanas dio a luz a su hija, uno de los ocho bebés que, de media, nacen cada día en Zaatari. Mientras Lekaa cuenta su historia, su niña duerme ajena sobre cuatro colchones apilados que insinúan una cama. Lekaa, su marido Basel y la pequeña, viven en un contenedor industrial cuyo interior está perfectamente cuidado. Impecable en la limpieza, ordenado y con alguna decoración, poca, pero coqueta y cuidada. Tan cuidada que convierten un contendedor en medio de una polvareda blanca en un hogar. Un bofetón de dignidad a mano abierta.

«Volví por mi marido. En realidad estoy aquí por él, porque está amenazado y no puede estar en Siria». En Damasco están sus padres y cuatro hermanos. «Hablo con mi madre dos veces a la semana, aunque se corta a los dos o tres minutos. Cuando la niña nació me llamaba mucho más. Es que está muy preocupada, porque estoy aquí sola, criando a la niña, en este campo…». Y sonríe, con pena, pero sonríe. «El día que di a luz eché muchísimo de menos a mi familia. En realidad sigo echándolos muchísimo de menos». Lekaa tiene permiso para salir del campo. Hay gente en Zaatari, con familiares o conocidos jordanos, que logran un permiso de las autoridades locales para salir del campo y vivir o trabajar en Jordania. Otros lo consiguen con dinero. Pero la mayoría no puede salir. Se registran en la frontera como refugiados, se les da un documento que les acredita como tal y se les limita a vivir en el campo. «Esto es como una prisión». Es lo que dicen todos en Zaatari.

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El permiso de Lekaa le permitirá a ella y a su familia buscarse la vida cuando la niña crezca un poco. «No vemos el final del conflicto, no veo el día que podré regresar a Siria, así que intentaremos salir adelante aquí. Quiero ser profesora». De momento prefiere que el bebé crezca en su cajita impecable a las afueras del campo, en una zona tranquila. Después, si Siria sigue destrozada, se instalarán en Amman, la capital jordana. «La vida aquí… —Lekaa busca cómo explicarlo— te sientes como en un paréntesis, es como estar caminando en círculos, nunca pasa nada, todo es igual siempre, no hay trabajo ni nada qué hacer. Es muy duro».

Zaatari es el segundo campo de refugiados más grande del mundo, solo por detrás de Dadaab, en Kenia. Está situado en la región de Al Mafraq, al norte de Jordania, a pocos kilómetros de la frontera con Siria. Fue abierto el 28 de julio de 2012. Desde entonces ha ido creciendo exponencialmente, pero su población se embaló a partir del pasado mes de febrero. Desde ese mes y hasta el pasado agosto (cuando Jordania limitó el acceso fronterizo) llegaban al campo una media de 1500 personas al día. Hoy tiene una población más o menos estable de 125.000 habitantes, un número que convierte al campo en la cuarta población más grande de Jordania.

Para quien no esté habituado, apenas es posible caminar por el campo sin gafas oscuras. Levantado sobre una inmensa y polvorienta explanada blanca, el sol convierte Zaatari en una especie de irrealidad, un inmenso mar de tiendas de campaña y caravanas en el que apenas se puede abrir los ojos y donde es imposible abarcar distancias. En Zaatari uno está perdido en todos los sentidos. El campo es tan grande que ha sido dividido en doce distritos, como una ciudad. Los distritos más antiguos, del uno al cuatro, conforman lo que se ha llamado el downtown, esto es, una especie de centro o casco antiguo donde la densidad de población es brutal. En esta zona las tiendas de campaña se amontonan sin orden ni sentido y desdibujan el plano trazado para Zaatari en un primer momento. Callejuelas de tierra serpentean entre las tiendas convirtiendo esta parte del campo en un slum. Y cada día llegan nuevos vecinos. Los recién llegados, asignados en los nuevos distritos, buscan instalarse cerca de familiares y conocidos y es habitual ver estampas de mudanza: entre nueve o diez personas levantan una tienda de campaña y la trasladan hasta el centro. Los distritos del este, del seis al ocho, son los menos habitados y en lugar de por tiendas, están conformados en su mayoría por lo que llaman caravanas, que no dejan de ser grandes contenedores industriales. Es una zona más tranquila y en la que está instalada la mayoría de ONG. Son estas organizaciones las que, con la coordinación del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), sustentan el campo. Pero no tienen vía libre. Cualquier mejora, cambio o instalación que quieran hacer deben consultarlas con los líderes. Cada uno de los doce distritos de Zaatari tiene un líder, una suerte de «capo» que dirige y se encarga de los vecinos de esa zona. Por encima de estos líderes hay un jefe supremo, al que llaman jeque, y que ni siquiera habita en el campo. Por debajo, cada calle o zona tiene un encargado. Nada se hace sin consultarles.

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Abu Sarab es uno de estos líderes. Asegura dirigir la calle cuatro y alrededores, en pleno centro del campo. En cuanto ha visto extranjeros, cámaras de fotos y demás parafernalia desafinada se ha acercado y ha hecho una invitación formal a su tienda, donde ofrece té. «Soy el responsable de que no falte agua, electricidad ni alimentos. Respondo ante 200 familias», explica. Él da permiso para fotografiar la zona. Asegura haber sido elegido por los vecinos.

«En realidad no es más que un reflejo de la sociedad siria a menor escala. Se trata de una organización de clanes que tiene siglos de antigüedad». Quien toma la palabra es el «alcalde» de Zaatari, Kilian Kleinschmidt. La máxima autoridad de Acnur en el campo es un corpulento berlinés que siempre tiene prisa y que, tal vez por ello, no da ni medio rodeo al hablar. «Los refugiados nos dicen que no estamos haciendo nuestro trabajo porque no entramos en Siria y matamos a Asad», es su primera afirmación. Después vienen muchas más que permiten hacerse una idea de cómo es la vida en Zaatari. «Esto ha crecido en meses lo que suele tardar en crecer una ciudad en 20 años. En la mente de los que aquí viven ya es una ciudad. Hay distritos, jefes de distritos, elecciones, tiendas, avenida principal…». Uno de los mayores problemas que Kilian pone sobre la mesa es la inseguridad. «Tenemos 125.000 personas que no quieren estar aquí. Están cabreados, casi todos ellos han perdido familia, amigos, casa… tienen la vida destrozada y están aquí metidos. Estáis ante las víctimas de uno de los conflictos más brutales de la historia moderna».

Como visitante no se puede caminar despreocupado por Zaatari. Es un lugar peligroso. De entre todos los inconvenientes, y aunque sorprenda, destacan los niños. «Los usan», explica Kilian. «La mayoría de ellos no tienen nada que hacer en todo el día, vagan por el campo en grupos y casi todos ellos con enormes problemas derivados de experiencias traumáticas». Hay tres escuelas en Zaatari, ninguna demasiado visitada, por lo que hay pandillas de niños por todas partes con ganas de jaleo. Semanas atrás un cámara de la BBC fue apedreado y un fotógrafo italiano casi resulta apuñalado por chavales de apenas diez años. El problema —uno de ellos— es que en Zaatari no hay policía. La jordana no tiene autorización para entrar en el campo de modo que lo que ocurre en el campo, se queda en el campo. De la seguridad, justicia y cuentas pendientes se encargan los líderes. «Este es un lugar peligroso, no caminéis por ahí solos», concluye el alcalde. Y se va mirando su reloj.

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«Hay otro gran problema aquí, relacionado con la limpieza e higiene». Con voz más pausada y carácter sereno, habla Jeffrey Silverman, un texano responsable de la unidad de salud pública de Intermón Oxfam, la ONG encargada de todo lo relacionado con el agua y la higiene en Zaatari. «En África respetan mucho más las zonas comunes para orinar o defecar. Aquí se niegan a compartir baños, es inconcebible para ellos, de modo que los desmantelan en cuanto son instalados». Desde que se abrió el campo se estima que se ha robado infraestructura por valor de un millón de dólares. Tan pronto aparece un grifo desaparece con el amanecer. «Desde hace un tiempo hemos decidido hablar con los líderes y explicarles que si roban los grifos, no los volveremos a instalar. Y eso hemos hecho. Los robos han bajado», completa Jeffrey.

Con todo, y que conste oficialmente, no ha habido ningún asesinato en Zaatari. Es un dato a celebrar teniendo en cuenta las condiciones psicológicas en las que se encuentran los habitantes del campo: 125.000 personas sin casa, sin futuro y con la guerra todavía en sus cabezas. Sobre esto último da fe Mourad Caachoui, el psiquiatra del hospital militar levantado en el campo por Marruecos, uno de los tres que hay en Zaatari. «La mayoría de personas que consulto sufren estrés postraumático, debido a episodios muy fuertes que han vivido en Siria», explica. «Atiendo a unas veinte personas al día y, si te digo la verdad, la mayoría lo que necesita es hablar». «Lo que me ha llamado la atención es la cantidad de niños que veo aquí con traumas, pesadillas y flash-backs. No he visto nada parecido nunca, ni en Egipto ni en Libia». El problema, tal y como explica Mourad, es que tras la consulta, los pacientes regresan a su tienda, a su realidad, a su miseria. «Es imposible avanzar, reviven y remueven todo una y otra vez».

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Mohamed, un crío de tres años de mirada curiosa que no duda en irse con el primer extraño que le ofrezca un paseo, es un ejemplo claro de cuánto daño puede hacer la guerra. «Cuando ve un uniforme, de un policía o de un soldado, el que sea, se pone a temblar, a temblar mucho y sin parar. Cuando escucha un ruido fuerte, como un motor, se hace pis. Tiene el miedo metido en el cuerpo. Y siempre lo va a tener». Lo explica su tío, Abu Gazan, que ya ha dispuesto invitados y tazas de té en el suelo de su caravana, en el distrito seis del campo. Arranca la improvisada tertulia, llena de exagerados gestos, discusiones y todos los códigos que corresponden a un buen debate árabe. Abu llegó a Zaatari hace cinco meses. Decidió dejar su casa cuando tres balas alcanzaron la fachada. Conocía la existencia del campo por la televisión. «Los últimos quince días que estuve en mi casa nos pasaban misiles por encima cada cinco segundos». A su lado está Ahmed Asat, quien explica que hoy ha visto en un vídeo en internet el asesinato de unos vecinos de su pueblo. Todos bajan la mirada. Abu Marai, barba blanca y tez curtida, pregunta si somos israelíes. Se forma una discusión y cuando todos se calman Marai pide disculpas por la pregunta y por haberse enfadado. Después relata su caso. Llegó al campo con su mujer y seis hijos y las dos primeras noches no tenía tienda de campaña. Tuvieron que dormir en el suelo, al aire libre. «Yo estaba allí tumbado y en mi cabeza solo estaba mi casa, mi cama, mi vida hacía unos días. Pensaba: ¿cómo es posible?». Acurrucado en el suelo, Marai pasó las dos primeras noches así antes de conseguir una tienda. «Pensaba, ¿es que nadie me ve?» Abu Gazan retoma para contar algo similar: «En mis primeros diez días no salí de la tienda. No me lo podía creer. Pensaba: yo tenía mi casa y ahora vivo en una tienda de campaña.». Las tazas de té se rellenan sin descanso y todos fuman como bestias. Por fin se habla de política. Y todos coinciden: «La solución a esta guerra es declarar Siria espacio aéreo restringido. Si prohíben sobrevolar Siria, Asad cae en 24 horas». Es la respuesta que todos dan en Zaatari cuando se habla del final de la guerra. Es como un mantra, como un discurso programado: «No fly zone». Ellos los tienen claro.

Los Campos Elíseos: de cómo la vida se abre paso

La colección de desgracias y vidas truncadas en Zaatari no conoce final. La de Haldam Shalim Alisa, mujer de 49 años que lleva desde marzo en el campo, es especialmente dura. Dos balas le rompieron el pecho y otra impactó en su espalda cuando regresaba de hacer la compra en Yasem, su pueblo en Siria. Desde entonces orina en una bolsa y se mueve en una silla de ruedas. Conseguir las bolsas supone un desafío en los hospitales militares del campo y moverse sobre ruedas en el pedregal sobre el que están las tiendas, otro. Por eso Haldam se pasa el día tumbada. Con sus hijas cerca, cuidándola. Y su marido, destrozado. Ahmed Hans es un hombre completamente hundido por lo que le ha preparado la vida. Apenas puede terminar una frase. Ahmed tiene 50 años, piel curtida y corpulento, pero rompe a llorar como un niño cuando escucha a su mujer relatar su desventura. Su preocupación también está en Siria, donde dos de sus hijos están arrestados por el ejército desde hace dos años. Nunca han vuelto a saber nada de ellos. «Algún día volveremos a Siria, pero en realidad no volveremos a Siria, porque ya no es lo mismo. Ni nunca será lo mismo. En realidad todo ha terminado ya», dice Ahmed. Y un silencio que es como unas tenazas estrangula el aire de esa caravana.

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Los Campos Elíseos son la contraparte, el símbolo de cómo la vida se abre siempre paso, por más que las condiciones sean desesperantes. Así le han llamado los habitantes de Zaatari a la calle principal del campo. Hasta hay una señal que indica el nombre. En esta suerte de avenida —una de las pocas vías asfaltadas— bulle la actividad. Lo que era un corredor entre tiendas de campaña hace unos meses, es hoy una calle con trescientos pequeños comercios por la que cada día pasan miles de personas. Es el epicentro del campo, el corazón de Zaatari. En los Campos Elíseos se vende de todo: comida fresca, herramientas, enchufes, televisiones, cableado, básculas, neveras, cocinas, ropa, baños, lavadoras, aire acondicionado, bombonas de gas, utensilios de cocina, productos de limpieza, zumos, kebabs, tabaco, camisetas, gorras… Hay hasta ciber-cafés y puestos para cambiar dinero. El crecimiento comercial es imparable en un campo donde, atención, está prohibido comprar o vender mercancía del exterior. Pero, ¿quién puede parar eso? Cientos de personas entran y salen cada día de Zaatari portando con ellos todo tipo de productos sin que la policía jordana les diga nada. Por connivencia o, seguramente, por pura pereza. Ziyaad, un joven ingeniero procedente de Daraa (de esta región viene el 93% de los habitantes del campo), vende en su tienda de los Campos Elíseos los alimentos que reparte Acnur cada dos semanas entre los refugiados. «Mucha gente me los vende y con el dinero compran comida fresca en el mercado. Yo lo revendo, sobre todo a jordanos de los pueblos de alrededor, ya que les sale mucho más barato. El problema es que ahora las tiendas jordanas están vendiendo también los alimentos de Acnur, y por eso me va peor». Ziyaad montó la tienda gracias al dinero que le dejó su tío. Con lo que ha sacado hasta la fecha ha comprado una de las caravanas del campo, por lo que podrá dejar por fin la tienda, en la que vive con su mujer y sus tres hijas. Tres testigos designados por el líder del distrito dan fe de que esa caravana es ahora suya. En caso de conflicto, esa es la garantía. En Zaatari es un símbolo de prosperidad dejar la tienda y lograr vivir en una caravana. Y es que también existe todo un mercado de compraventa de tiendas y caravanas, hasta el punto de que los granjeros jordanos de los alrededores poseen decenas de tiendas de Acnur cuyo símbolo puede verse desde la carretera.

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La prosperidad es incluso satisfactoria para algunos. Suhaib, un tipo delgado y sonriente que vive en el distrito siete, asegura tener cuarenta empleados. Trabaja en la construcción de infraestructuras dentro del campo después de haberse puesto en contacto con varias ONG que están sobre el terreno. Se fue abriendo camino y asegura que ahora tiene una buena vida: «Aquí mucha gente no quiere trabajar», dice. «Viven de la caridad y se sienten cómodos así. Hay gente que no tenía casi nada en Siria y aquí aprovechan y viven de lo que les dan». Suhaib está tan bien que tiene permiso para salir del campo y aun así prefiere vivir en él.

El improvisado y veloz mundo laboral de Zaatari deja sin embargo a las mujeres de lado. Apenas se las ve trabajando, más allá de ir a recoger agua o alimentos. Por eso, para aquellas que han llegado solas al campo, la vida es un punto más dura. Dilial Ahmad Obid es un buen ejemplo. Viuda, sus cuatro hijos están en Siria, dos de ellos combaten en el Ejército Libre de Siria y no sabe nada de ellos desde hace un año. Dilial era costurera y llegó a Zaatari hace seis meses con su nuera y su nieto. En seguida se puso a buscar trabajo y consiguió un puesto recogiendo tomates en una plantación cercana al campo. Cada día, Dilial se escapaba sin permiso y se dejaba los riñones bajo el sol siete horas al día. Hasta que en una de esas interminables jornadas un tipo la intentó violar. «Me lo quité de encima y le tiré piedras y después…». No puede seguir. «Ahora busco trabajo pero solo se lo dan a los hombres». La desesperación le llevó a tomar la decisión de regresar a Siria, pero uno de sus hijos le pidió por teléfono desde allí que no lo hiciera. No es infrecuente. Unas 300 personas al día dejan Zaatari para regresar a Siria, para volver a la guerra.

«Llevan tres años peleándose y nadie gana, solo están destruyendo el país», se queja Dilial terminando la conversación. «Cuando me preguntan por Siria lo tengo claro: ya no hay más Siria».

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Líbano: de cómo las balas se cuelan por la frontera

Por un camino invisible que sale de una de las autopistas que conducen a Amman, se llega a una plantación de tomates donde viven unas 500 personas. Lo hacen en un grupo de viejas y enormes tiendas de campaña que se pueden ver desde la carretera, con ropa tendida entre ellas y niños descalzos con la cara plagada de moscas jugando sobre la tierra. Es uno de esos lugares al que nadie se plantea ir, al que parece que no se puede ir, como un mundo aparte al pie de de la autopista que solo se distingue durante un segundo desde la ventanilla del coche, el tiempo justo para apiadarse pero no preocuparse. Puede que Husein Alhamad pensara lo mismo cuando, de camino al instituto donde daba clases de francés, viera un asentamiento así desde su coche. Ahora vive en él.

Husein tuvo que abandonar Hama, su ciudad en Siria donde era profesor, por los combates. «Nadie podía sospechar que esto acabaría así cuando empezaron las protestas», relata. «Pero es que a los pocos días los soldados empezaron a disparar contra todo, contra todos sin hacer distinciones». Husein huyó y de su aula de francés ha pasado a vivir en la plantación de tomates, junto a los invernaderos. «Unos amigos sirios me ofrecieron venir a este lugar. Podemos dormir en las tiendas y trabajar durante el día recogiendo los tomates. Así vivimos y por lo menos estamos más tranquilos que en Zaatari».

No todos los refugiados huidos de Siria se instalan en campos. Muchos, después de ser inscritos en la frontera, se buscan la vida por su cuenta y se acomodan como pueden en poblados, asentamientos o plantaciones. Se calcula que del más de medio millón de refugiados de Jordania, 360.000 viven dispersos por el país fuera de los campos.

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El hijo de Husein, Hosam, tiene 18 años. Estaba en el último año de instituto cuando la guerra le golpeó. Descalzo, con las manos castigadas del trabajo, explica lo inexplicable: «Yo tenía mi grupo de amigos, mi clase del instituto y mi vida. Tenía a mi padre diciéndome todo el día que me olvidase de trabajar y estudiase. Y ahora tengo esto, que es nada, una vida que nunca pude imaginar». Hosam está tan asqueado que quiere volver a Siria, pero su padre no le deja. «Aquí no hay nada que hacer, solo trabajar». Y enseña sus manos, llenas de tierra, llenas de heridas.

La historia se repite miles de veces más en Líbano. Los refugiados sirios que optaron por huir a este país se encontraron con un gobierno que se negó desde un principio a crear campos. Y tuvieron que crearlos por su cuenta. La mayoría de los recién llegados se instalaron en la región del valle de Baalbek, una de las zonas más pobres del país, controlada por Hezbolá y colindante con Siria. En su extremo norte, en Bekaa, los campamentos alternativos han redibujado el paisaje: a falta de autorización libanesa, las tiendas de campaña se suceden a lo largo de la carretera hasta una estimación de unos 300.000 refugiados ocupando descampados y plantaciones en esta zona. En realidad ocupan todo lo que pueden ocupar. En una colina a las afueras de Trípoli, la ciudad más importante del norte del país, 130 familias se han instalado en un centro comercial abandonado. Cada familia vive en lo que no hace mucho era una tienda, con colchones en el suelo. Lo chirriante es que todas deben pagar un alquiler, a un particular que asegura ser el dueño. El edificio es un mastodóntico y desfasado centro comercial con varios pisos y una suerte de plaza descubierta en el centro donde hay ropa tendida, juguetes de niños y alfombras para el rezo. Aquí hay unos 500 niños, pero parecen un millón, corriendo entre lo que un día fueron escaparates. Una de las familias, que se niega a revelar su nombre, explica que, en el centro comercial, están seguros y los niños pueden jugar tranquilos. No es fácil decir eso en Líbano.

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A diferencia de Jordania, Líbano está viendo como la guerra se le cuela en casa. El apoyo explícito de Hezbolá al régimen sirio ha desembocado en un enfrentamiento abierto entre facciones chiíes y suníes en el país. Una tensión que, para no pocos expertos en la región, sitúa al país a las puertas de una guerra civil. En realidad de otra, ya que Líbano padeció su propio conflicto entre 1973 y 1990, en aquella ocasión entre musulmanes y cristianos, un enfrentamiento que, además de terminar con el país destrozado, segregó a la población por religiones: hoy suníes, chiíes y cristianos viven en áreas y barrios completamente diferenciados. Pese a ello el país se fue recuperando hasta convertirse, a finales de los 90, en un centro financiero y turístico de la región. No duró. En 2006 Hezbolá entró en guerra con Israel y volvió a dar con Líbano en la lona. El tercer asalto en la resurrección del país pasa por evitar un nuevo conflicto cuya tensión se respira en todo el territorio. No solo por los atentados que Hezbolá y las facciones suníes se están intercambiando, también porque no es la primera vez que los rebeldes sirios penetran en el mencionado valle de Baalbek para enfrentarse a Hezbolá ni tampoco es la primera vez que un misil con el sello de Asad alcanza un asentamiento de refugiados sospechosos de estar proporcionando armas a los rebeldes. En general, puede decirse que Baalbek, además de estar sembrado de refugiados que se buscan la vida como pueden, vive una tensión prebélica que puede palparse en el ambiente. Especialmente en los chek-points de Hezbolá, donde les gusta muy poco ver caras extranjeras y donde, al grito interrogativo de «¿americano?» piden pasaportes con el dedo en el gatillo.

Hablar con los refugiados no es fácil aquí. Sirva como ejemplo la intentona en Barsa, un poblado al norte en el que viven 27 familias de Homs desde hace seis meses. Al poco de comenzar la charla algunos de los presentes comienza a gritar y, aunque no hay que saber árabe para darse cuenta de que están enfadados, es el intérprete el que desvela que esa misma mañana ha tenido lugar un ataque con armas químicas en Damasco. «Están diciendo que han muerto mil personas. Que nos larguemos de aquí y que informemos de eso». Varias familias de Barsa tienen conocidos entre las víctimas. La tensión aumenta. En realidad, a día de hoy, la tensión en Líbano no hace otra cosa más que aumentar.

«Nuestro mayor problema es que no podemos encontrar trabajo, nadie nos da trabajo», explica un refugiado de Anfeh, otro de esos improvisados campos. Un centenar de familias viven en él. «El colmo es que hace unos días entraron a robar en las tiendas y nos quitaron hasta nuestros documentos. ¿Ahora a quién reclamamos?», se lamenta este hombre. Lleva un año y dos meses en el campamento, desde que tuvo abandonar Baba Arm, en Homs, uno de los barrios más castigados de Siria. Allí, en febrero de 2012, tuvo lugar uno de los ataques más virulentos del régimen de Asad, que bombardeó durante tres semanas el distrito. Nada queda en pie en esta zona. «Si no podemos trabajar aquí y ya no nos queda nada en Siria, ¿qué hacemos con nuestras vidas?», se pregunta quejoso. Pero nadie responde. Puede que ni siquiera haya respuesta.

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Palestinos: de cómo nacer en un campo de refugiados y tener que huir a otro

Satnara Mohamed Hattab cree que tiene 80 años, pero mira a su yerno para confirmarlo. Este no le ofrece ninguna ayuda, de modo que decide quedarse con esa edad: «Sí, tengo 80 años». Y todos esos años están en los ojos de Satnara, intensos y abiertos entre arrugas profundas. «Salí de Tiberíades en el 48, cuando comenzó la guerra», rememora. «Lo recuerdo bien». Tiberíades era entonces una aldea palestina y hoy una próspera ciudad israelí. «Teníamos unos vecinos judíos que nos dijeron que nos quedáramos, pero mi padre dijo que no era seguro, así que antes de que llegaran los judíos nuevos, nos fuimos». Satnara insiste en diferenciar entre los judíos «nuevos», los que llegaron con la guerra, y los «de siempre», los que ya vivían allí antes del 48. «Eran diferentes, los de siempre eran como hermanos, los nuevos vinieron a destruir el mundo», y al cabo de unos segundos de silencio sonríe con la exageración. Junto con su familia, Satnara se dirigió a Jordania, donde pasaron unos meses. Después se trasladaron a Yarmouk, el campo de refugiados palestino más grande de Siria. Allí estaba convencida de que acabaría su vida cuando la guerra le volvió a empujar. Esta vez a Líbano, su cuarto país, su tercer campo de refugiados, su segunda guerra. «Al principio pensé que estaríamos unas semanas fuera, pero después de tres meses te vas haciendo a la idea…». Sus hijos viven en Siria. «Hablo con ellos por teléfono y por…», mira a su nieto, que completa: «Whatsapp». «Eso», y sonríe de nuevo. ¿Si pudieras elegir, a dónde regresarías? ¿A Siria o a Tiberíades?». No duda. «A Palestina, claro. Siempre a Palestina». Y añade: «Mi padre me había dado la llave de nuestra casa y la guardé toda la vida. Pero la dejé en Siria y ahora quién sabe dónde estará. Debe de haber miles de llaves perdidas en Siria».

El de Satnara es el caso extremo de los dobles refugiados. Palestinos ya nacidos en los campos sirios que se han visto desplazados a los campos palestinos de Líbano. Suponen el 10% del total de refugiados en el país. Uno de los campos de este tipo más grandes de Líbano es el de Al Jalil, a pocos kilómetros de la frontera. Dando un paseo por él pueden escucharse, a lo lejos, el sonido sordo de las bombas en Siria.

«Si eres palestino en Líbano estás señalado, marcado». Lo explica Ali Tahar, el director del campo. «En nuestro pasaporte se especifica que somos palestinos, incluso aunque hayas nacido ya en Líbano. En mi caso —dice— soy libanés de tercera generación, pero sigo marcado como palestino». ¿Qué significa esto? Que apenas pueden acceder al mercado laboral ni a las escuelas. La población palestina en Líbano está marginada sin rubor.

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Ali Tahar ha visto como el campo que dirige ha triplicado su población desde el comienzo de la guerra en Siria. Acoge a palestinos sirios recién llegados —hasta 30 familias al día— con muchas dificultades. No pocas veces mete en su oficina a familias que llegan perdidas para que pasen la noche. Si Ali no está allí, está dirigiendo un taller de niños, o arbitrando un partido de fútbol o repartiendo la asignación de alimentos. Ali Tahar es el alma del campo. «El desafío ahora es la superpoblación. Hay muchos problemas con la electricidad y roces entre los jóvenes palestinos sirios y los libaneses», explica. «Estamos al límite y como nosotros el resto de campos palestinos. No podemos seguir acogiendo a más gente». Su llamada no es en vano. El pasado mes de junio el gobierno libanés rectificó y anunció que creará nuevos campos de refugiados. De momento no se ha pasado de las palabras y los palestinos que huyen de Siria siguen agolpándose en campos libaneses. La vida de campo en campo, la vida en constante huida.

«Somos dobles refugiados, sí, pero en realidad sentíamos Siria como nuestra casa. Yo no me sentía refugiada». Sawtham Alsaami, palestina huida de la guerra, se ha visto obligada a instalarse, junto con su marido y sus tres hijos, en un comercio abandonado de la aldea de Wadi Zeina, en el valle de Baalek. Cosas de la guerra: Nidal, el marido, era taxista en Damasco hasta que un tanque le aplastó el taxi. «No terminas de creerte que tu vida sea esto —retoma Sawtham— especialmente mis hijas, que se niegan a aceptar que ahora tengan que vivir aquí». Ashram y Lilian, de 16 y 14 años apenas salen de casa. «Nunca pensé que iba a vivir en una tienda, nunca pensé que no iba a tener amigas», dice Ashram. La suya es una historia más, la enésima, de quien no puede aceptar que la vida le haya saltado por los aires de un día para otro. Una de las dos millones de personas incapaces de aceptar lo que les está ocurriendo. «Yo creo que el mundo no hace nada ni nos ayuda porque no se están enterando de lo que pasa», dice Ashram convencida. «De mayor voy a ser periodista para contar mi historia. Y para contar las historias que están ocurriendo aquí. Para que el mundo lo sepa y nos ayude».

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Fotografía: Pablo Tosco (Galería completa del reportaje aquí)

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Mensajepor Invitado » Lun 23 Sep, 2013 2:31 am

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Yihad sexual de las mujeres en Siria

■ Jóvenes devotas viajan para ofrecer sus servicios sexuales a los milicianos sirios

■ Las chicas contraen matrimonios por horas con los yihadistas




A Aicha, de 20 años, residente en Monastir (Túnez), le animaron a que aceptase un “matrimonio” por horas o días y que mientras durase entregase su cuerpo a los yihadistas que combaten en Siria “para aliviarles e insuflarles fuerzas para que pudieran derrotar al enemigo”. Se lo propuso una predicadora extranjera, de unos 40 años, que se presentó en la facultad donde estudiaba ofreciendo cursos gratuitos de islam.

Aicha se apuntó a las clases, en casa de la misionera, a las que asistían otras 18 chicas cuya media de edad era 18 años. La maestra intentó primero convencerles de que se vistiesen de manera más recatada colocándose el niqab, una prenda que solo deja los ojos al descubierto. Buscó también disuadirles de que continuasen sus carreras porque solo el Corán merece la pena ser estudiado. Les explicó las virtudes de la yihad, esa guerra que practican los musulmanes radicales. Si mueren, les dijo, “accederán más fácilmente al paraíso”.

A las más receptivas se les instaba a viajar a Siria para practicar allí su particular yihad, el sexual. Aicha ya formaba parte de un grupo que iba a ponerse en ruta la pasada primavera, pero flaqueó, trasladó sus dudas a su madre y esta la convenció de que renunciase. Poco después, con el rostro pixelado, narró a finales de mayo su experiencia ante las cámaras de Tounesna TV.

Su testimonio, incompleto porque no llegó a ir a Siria, es el primero de una chica sobre la existencia de un “yihad sexual” para mujeres. Después se han añadido otros casos denunciados por padres musulmanes de hijas desaparecidas como una adolescente de 16 años en Vilvorde (Bélgica). El fenómeno había sido primero desvelado por medios de comunicación afines a los regímenes sirio e iraní, como la agencia Fars, pero se les otorgaba escasa credibilidad. Ahora hasta las autoridades tunecinas informan de cómo combaten esa prostitución encubierta.

Miles de jóvenes suníes árabes y también criados en Europa, las estimaciones son muy variables, han viajado a Siria para luchar contra el régimen de Bachar el Asad, un musulmán alauí asimilado a los chiíes. La mayoría se han afiliado a grupos afines a Al Qaeda. En Afganistán e Irak los milicianos radicales que empuñaban las armas no concebían el sexo fuera de un matrimonio estable porque era pecado. En Siria y en la sierra de Chaambi, en el oeste de Túnez, ya no es así.

“Clérigos suníes con autoridad religiosa suficiente para emitir fatuas (edictos islámicos) han autorizado el matrimonio por horas o días legalizando estas relaciones sexuales que antes eran pecaminosas”, explica Fernando Reinares, investigador principal sobre terrorismo del Real Instituto Elcano. “Como la disponibilidad de las mujeres sirias no era suficiente para satisfacer todas las necesidades se han traído de otros países”, añade.

Al jeque salafista Yasir al Ajlawni, afincado ahora en Jordania tras vivir largos años en Damasco, se le atribuye la principal fatua que introduce en el islam suní el matrimonio temporal o de placer por horas (zawaj mutaa) que practican los chiíes. No requiere ningún trámite porque basta con proclamarlo ante Alá. Estos nuevos preceptos “suscitan debates contradictorios sobre la responsabilidad jurídica de la mujer y las reglas aplicables al matrimonio”, explica Mathieu Guidère, profesor de la Universidad de Toulouse y autor del libro “Los nuevos terroristas” (Les nouveaux terroristes) publicado este mes en París.

El islam suní, una religión nada jerarquizada, está repleto de fatuas sorprendentes a veces incluso emitidas por teólogos moderados. Izat Al Atiyah y Abd el Mahdi Abdelkader, dos profesores de la universidad cairota de Al-Azhar, propusieron en 2010 evitar los riesgos que suponía la convivencia en oficinas de hombres y mujeres que trabajaban juntos. Las mujeres debían, escribieron, amamantar al menos cinco veces a sus colegas. Así se instauraba, según ellos, una relación “maternal que impediría cualquier acto sexual” entre compañeros de oficina. La prensa egipcia se mofó de los teólogos.

¿Quiénes son las mujeres que marchan a Siria? “Jóvenes que quieren participar a su manera al proyecto yihadista”, señala Guidère. “A veces son, sin embargo, reclutadas por propagandistas que las eligen en función de su pasado y de sus aspiraciones”, prosigue. “Si la mujer posee, digamos, un pasado sexual juegan con su sentimiento de culpabilidad dándole a entender que puede salvarse casándose con auténticos musulmanes”. “Algunas de estas mujeres son originarias de países europeos e ignoran todo de lo que supone esta modalidad de unión”.

Quizá el hombre que más ha denunciado este tipo de casamientos sea el abogado Badis Koubadji, presidente de la Asociación de ayuda a los tunecinos en el extranjero. En una entrevista con el semanario Akher Khabar de Túnez relataba, por ejemplo, en agosto la ceremonia con la que los yihadistas acogen en sus campamentos a las mujeres tunecinas que, según él, llegan a casarse y mantener relaciones con hasta seis hombres al día sin tomar medidas anticonceptivas porque el islam lo prohíbe.

Kubadji sostiene haber descubierto un campamento cerca de Idlib, en el noroeste de Siria, en el que se concentran hasta mil mujeres. “El número de mujeres que se han apuntado a ese yihad, entre ellas las tunecinas, es mucho más reducido”, asegura Alaya Allani, profesor de la Universidad de Manouba en Túnez. “Creo que es un fenómeno limitado que se exagera con fines propagandísticos”, insiste Abdalá Rami, investigador del Centro Marroquí de Ciencias Sociales de la Universidad Hassan II de Casablanca.

El ministro de Interior de Tunez, Lofti Ben Jeddou, no se atrevio a dar cifras esta semana, pero si dijo que las tunecinas en Siria solían volver a casa cuando se quedaban embarazadas tras mantener relaciones con decenas de hombres. Las autoridades tunecinas reconocen que la yihad sexual era una realidad en su propio país, en la sierra de Chaambi donde desde principios de año están atrincherados unos milicianos islamistas huidos de Malí que el Ejército no logra desalojar. Nuredin al Khadimi, el ministro de Asuntos Religiosos y teólogo del islam, pidió a sus compatriotas que rechazasen esas fatuas. El director de la Seguridad Pública de Túnez, Mustafa Ben Amor, anunció el 28 de agosto que se había desmantelado una red que enviaba a chicas a Chaambi y que dirigía una adolescente de 17 años. Tres mujeres fueron detenidas, pero el juez instructor las puso en libertad hasta que esté concluida la investigación.

La existencia de esta prostitución sui generis se menciona a diario en la vida cotidiana de Túnez. Cuando, el 6 de septiembre, un puñado de feministas de la asociación Hrayer Tounes se manifestó ante el Ministerio de la Mujer y de la Familia para pedir la dimisión de su titular, Shimen Badi, exigieron a gritos a Mohamed Ghanouchi, el líder del partido islamista moderado, que mandase a su ministra a hacer la yihad nikah (matrimonial) en Siria.

Ese matrimonio por horas no supone una motivación a la hora de viajar a Siria para combatir a su régimen, sostiene el investigador Rami. “Para muchos yihadistas lo de verdad importante es la muerte como mártir y el posterior encuentro en el paraíso con las huríes”, esas jóvenes permanentemente vírgenes. La yihad sigue siendo sexual, pero ya en la otra vida.

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Mensajepor Invitado » Mar 29 Oct, 2013 8:24 pm

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Líder de la tribu Gadafa, encarcelado y torturado

Libia: Libertad para los presos políticos "¡No a las ejecuciones!"

Nos dijeron que había una “primavera” en Libia, y que la gente reclamaba libertades.


Un país con conquistas sociales muy superiores a la media europea


Pero nunca habíamos tenido noticias de ningún libio que huyera en patera ni se ahogara en el Mediterráneo. Realmente era difícil que en un país con conquistas sociales muy superiores a la media europea, la gente escapara buscando una vida mejor.


Télefono, agua, luz... gratis


Porque en Libia no solo había pleno empleo sino que además se habían creado dos millones y medio de puestos de trabajo para extranjeros. Y todo libio, por el hecho de serlo, tenía una paga del gobierno; y vivienda como derecho constitucional, y no pequeña sino de una media de 150 metros cuadrados; y medicina universal y gratuita; y enseñanza sufragada por el estado a todos los niveles; y teléfono fijo gratis, como la luz y el agua... Libia tenía el mayor índice de desarrollo humano de toda África, según datos de la propia ONU ¿Cómo iban a marcharse los libios?

Cuarenta y ocho países tuvieron que unir sus ejércitos

Por eso nos extrañó tanto que la gente se rebelara contra un gobierno que les daba de todo. Pero no fue tan fácil para las potencias coloniales hacerse con Libia, un país grande en extensión pero con menos de seis millones de habitantes. Cuarenta y ocho países tuvieron que unir sus ejércitos al de la OTAN para destruir Libia, para arrasar Libia, para asesinar a 260.000 libios y expulsar del país a 2.000.000, para acabar con el estado libio, que tanto había costado poner en marcha, partiendo de cero.

¡El lobby anglo-franco-judeoamericano, una banda armada!

Para que retornara la Britisch Petroleum. Para llevarse, como hicieron los EE.UU., más de 200.000.000.000 de dólares de los bancos libios. Para apoderarse de sus reservas de oro, su petróleo, su agua... Claro que el reparto no fue para todos sino solo para el lobby anglo-franco-judeoamericano.

Libia fue atacada pese a que la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU prohibía expresamente entrar en guerra, dar un golpe de estado, invadirla... Las democracias occidentales no juegan limpio. Actúan como una banda armada.

Un gobierno títere de doble nacionalidad

Tras la farsa de unas elecciones en las que no se permitió la votación a la mitad de la población, EE.UU. impuso un gobierno títere de doble nacionalidad, estadounidense y libia, tan rechazado que sus miembros viven fuera de Libia. Ahora piden ayuda a la OTAN, porque se sienten amenazados por las tribus libias, es decir por el pueblo libio, por los dueños y soberanos de Libia.

Condenar y ejecutar

Además, este gobierno títere, que practica la tortura y las “desapariciones”, que ha robado y saqueado los bienes de miles de libios, que ha dado leyes en base a las cuales no pueden trabajar en la administración los funcionarios que ejercían antes del golpe de estado: médicos, maestros, profesores de universidad, etc. (En consecuencia han cerrado universidades y centros de enseñanza), que ha llenado el país de bandas armadas dedicadas al terror y a la exportación del mismo a otros países (como Siria, Mali, Egipto, Túnez...)..., ahora pretende también ejecutar vilmente a los presos políticos que todavía están en las cárceles, como Abuzid Dorda, un hombre muy querido que fue embajador de Libia en la ONU, al que arrojaron al vacío desde el tejado de la cárcel; Saif al Islam Ghadafi, hijo del Coronel, que fue torturado y encarcelado; o el ex-primer ministro libio, Al Baghdadi al Mahmoudi, extraditado desde Túnez, y también encarcelado y torturado, por mencionar algunos de los 31 presos políticos que ahora pretenden juzgar, condenar y ejecutar. Pero se calcula que la cifra de presos políticos en Libia asciende a 16.000.

Llamamiento a la humanidad


Desde Ojos para la Paz hacemos un llamamiento a la humanidad y a la cordura en defensa de los presos políticos libios para los que pedimos la inmediata liberación, ya que no han cometido delitos de sangre y solo se les acusa de haber pertenecido o haber colaborado con un gobierno que repartía las rentas del petróleo y atendía las necesidades del pueblo libio.

http://www.ojosparalapaz.org/2013/10/pi ... ticos.html

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Mensajepor Invitado » Mar 29 Oct, 2013 8:27 pm

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La desintegración de Libia

Polina Lavrentieva

En el verano de 2011, Thierry Meyssan aseguraba que no había en Libia ninguna primavera árabe y que la población de ese país no se había rebelado contra Muammar el-Kadhafi sino que los países occidentales estaban instrumentalizando el movimiento separatista de la región libia de Cirenaica. Dos años más tarde, ahí están los resultados: Trípoli ha perdido totalmente el control no sólo de Cirenaica sino también de la región de Fezzan, como han podido comprobarlo los enviados especiales de la ONU. Las riquezas de Libia están ahora en manos de diferentes pandillas y de las transnacionales estadounidenses.

No se logra detener el proceso de desintegración de Libia desatado por el asesinato del Muammar el-Kadhafi. Así lo demuestra un nuevo informe de la ONU. En un contexto de separación de las provincias en la Libia «liberada del dictador» están registrándose ejecuciones expeditivas, una opresión política masiva y torturas.

Según el informe común de la Misión de Apoyo de la ONU en Libia (MANUL) [1] y del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, al menos 27 personas habían muerto en las cárceles de ese país a finales de 2011 [2] y había 8 000 detenidos. Estos últimos fueron encarcelados en 2011 como «partidarios de Kadhafi». La mayoría de esas personas ni siquiera han sido investigadas y nadie sabe por cuánto tiempo estarán en la cárcel ya que el sistema judicial prácticamente ha dejado de funcionar.

El New York Times indica que en la nueva Libia se arresta a la gente por motivos religiosos y étnicos o por la simple sospecha de que no son leales a «la democracia». Los prisioneros a los que tuvieron acceso los inspectores de la ONU relataron que habían sido golpeados y torturados con fuego y con privación de alimentos en las cárceles.

En abril de este año se votó en Libia una ley que prohíbe la tortura y condena los secuestros pero esa ley no tiene ningún efecto real, lo cual es solamente otro aspecto de la desintegración del Estado libio. Las regiones van retirándose poco a poco –como habíamos previsto hace 2 años en esta misma columna–, proceso que además no está exento de derramamiento de sangre.

De ese modo, el 27 de septiembre [de 2013] la región de Fezzan proclamó su independencia, o al menos su total autonomía [3], decisión que tomaron los jefes tribales «por el mal trabajo del Congreso». En junio, la región [rica en petróleo] de Cirenaica [4] tomó una decisión similar. De las tres regiones históricas de Libia, únicamente la Tripolitania sigue formando parte del país. Por el momento, no hay fuerza capaz de reunir de nuevo a esos tres Estados históricos que conformaban la nación libia desde 1951.

http://www.voltairenet.org/article180510.html

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Mensajepor Invitado » Mar 29 Oct, 2013 8:36 pm

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Lo que no te cuentan sobre Libia

http://www.ciaramc.org/ciar/boletines/indice_Libia.htm

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Terrorismo mediático, terrores inventados y terrores reales

http://ciaramc.org/ciar/boletines/cr_bol400.htm


Las organizaciones de derechos humanos fomentan las guerras

Libia y la gran mentira: utilizar a organizaciones de derechos humanos para emprender guerras

Mahdi Darius Nazemroaya
Global Research

Washington está conquistando África utilizando a Francia, los derechos humanos, el terrorismo y al National Endowment for Democracy

Mahdi Darius Nazemroaya y Julien Teil
Global Research

Gráficos de Interrrelaciones entre las asociaciones “humanitarias”y las instituciones privadas del poder con aplicación al caso de Libia.

Alfredo Embid

http://ciaramc.org/ciar/boletines/cr_bol394.htm

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Siria

Mensajepor Siria » Mar 17 Dic, 2013 8:34 pm



Se acerca el momento de la conferencia Ginebra 2 y los organizadores estadounidenses ya no tienen ninguna marioneta disponible para hacer el papel de revolucionarios sirios. La brusca desaparición del Ejército Sirio Libre demuestra a quienes creyeron en tal cosa que aquello nunca pasó de ser una ficción. Nunca existió la supuesta revolución popular en Siria, sino una agresión externa orquestada a golpe de mercenarios y de miles de millones de dólares.

Red Voltaire | 16 de diciembre de 2013

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El 29 de noviembre de 2011 una delegación del Ejército Sirio Libre proclama su fidelidad al Consejo Nacional Sirio. Teóricamente, la oposición disponía a partir de entonces de una rama militar y de una rama política. En la vida real, tanto el Ejército Sirio Libre como el Consejo Nacional Sirio son dos ficciones inventadas por la OTAN. Ambas se componen únicamente de mercenarios y en realidad no tienen existencia propia en el terreno.

Los organizadores de la conferencia de paz Ginebra 2 están buscando con urgencia un representante para la oposición siria armada. Según los occidentales, el conflicto sirio se desarrolla entre una dictadura abominable y su propio pueblo. Pero los grupos armados que están destruyendo Siria –desde el Frente Islámico, que afirma que sus miembros son principalmente sirios, hasta al-Qaeda– están recurriendo oficialmente al uso de combatientes extranjeros. Invitarlos a Ginebra 2 sería por lo tanto reconocer que nunca hubo en Siria una revolución sino que se trató de una agresión externa.

Hace varias semanas todavía nos decían que el Ejército Sirio Libre (ESL) disponía de 40 000 hombres. Pero hoy resulta que el ESL ha desaparecido. Su cuartel general histórico fue atacado por otros mercenarios, sus arsenales fueron saqueados y su jefe histórico, el general Selim Idriss, huyó a Turquía para acabar refugiándose en Qatar.

En el momento de su formación, el 29 de julio de 2011, el ESL decía haberse fijado un único objetivo: el derrocamiento del presidente Bachar al-Assad. Nunca llegó a precisar si luchaba por un régimen laico o por un régimen islámico. Nunca tomó posiciones políticas en materia de justicia, de educación, de cultura, de economía, de trabajo, de medio ambiente, etc. Nunca formuló el menor esbozo de algo que se pareciera a un programa político.

Nos decían que el ESL se componía de soldados que habían desertado del Ejército Árabe Sirio. Y es cierto que hubo deserciones durante el segundo semestre de 2011, pero su número total nunca fue más allá del 4%, cifra que resulta despreciable a escala de todo un país.

El hecho es que el ESL no necesitaba programa político porque tenía una bandera, la de la colonización francesa. Utilizada en tiempos del mandato de Francia sobre el territorio de la actual Siria y mantenida durante los primeros años de supuesta independencia, la bandera de la franja verde simbolizaba el acuerdo Sykes-Picot, documento en el que Siria era ampliamente mutilada y dividida en Estados étnico-confesionales. Las tres estrellas de esa bandera representan un Estado druso, un Estado alauita y un Estado cristiano. Los sirios conocen perfectamente esa funesta bandera, que incluso puede verse en la oficina de un personaje sirio que colabora con la ocupación francesa en una conocida novela de televisión.

El primer líder del ESL, el coronel Riad al-Assad, desapareció en el basurero de la historia. Fue seleccionado únicamente porque su apellido, que en árabe se escribe de otra manera, se pronuncia en los diferentes idiomas europeos exactamente igual que el del presidente Bachar al-Assad. La única diferencia entre los dos hombres, desde el punto de vista de las monarquías del Golfo, consistía en que el coronel era sunnita mientras que el presidente es alauita.

El Ejército Sirio Libre es en realidad un invento franco-británico, como antes lo fueron en Libia los «revolucionarios de Bengazi», quienes «escogieron» como bandera la del rey Idriss I, colaborador de los ocupantes ingleses.

Brazo armado de la OTAN en Siria, destinado a tomar el palacio presidencial cuando la alianza atlántica bombardeara el país, el ESL se vio zarandeado por los planes sucesivos y los también sucesivos fracasos de los occidentales y del Consejo de Cooperación del Golfo. Presentado durante una segunda fase como el brazo armado de un Consejo Político en el exilio, el ESL nunca reconoció en realidad ningún tipo de autoridad a aquel consejo y obedeció únicamente a sus empleadores franco-británicos. El ESL fue en realidad el brazo armado de los servicios secretos de esos empleadores, mientras que la Coalición Nacional Siria les servía de brazo político. En definitiva, fue únicamente con la ayuda directa de la OTAN que el ESL pudo registrar algún que otro éxito, fundamentalmente con el respaldo del ejército de Turquía, que incluso lo albergaba en sus propias bases.

Creado en el marco de una guerra de 4ª generación, el ESL no supo adaptarse a la segunda guerra de Siria –la guerra sucia al estilo de la que Estados Unidos desató en el pasado contra la Revolución sandinista nicaragüense.

La primera guerra (desde el momento de la reunión de la OTAN en El Cairo, en febrero de 2011, hasta la conferencia de Ginebra realizada en junio de 2012) fue un montaje mediático destinado a deslegitimar el gobierno sirio para que el país cayera como una fruta madura en las manos de la OTAN. Los ejecutores de las acciones armadas eran diferentes grupúsculos que recibían órdenes directas de la alianza atlántica. Se trataba ante todo de dar una apariencia de realidad a las mentiras mediáticas y de crear la impresión de que existía realmente una revuelta generalizada. Como señalan las teorías de William Lind y Martin Van Creveld, el ESL sólo era una etiqueta utilizada para designar a todos esos diferentes grupúsculos, pero no tenía su propia estructura jerárquica.

La segunda guerra (desde la reunión de los «Amigos de Siria» celebrada en París en julio de 2012 hasta la conferencia Ginebra 2, prevista para enero de 2014) es, por el contrario, una guerra de desgaste cuyo objetivo es desangrar el país hasta que se rinda. Para poder desempeñar su papel, el ESL habría tenido que convertirse en un ejército de verdad, con una verdadera jerarquía y una disciplina interna, cosas que nunca ha logrado concretar.

Sintiendo que se aproximaba su final, a raíz del acercamiento entre Turquía e Irán, el ESL había anunciado su posible participación en Ginebra 2, aunque ponía condiciones completamente irrealistas. Los mercenarios a sueldo de Arabia Saudita se han encargado en definitiva de poner fin a aquella ficción de la OTAN. Y ahora sale relucir la verdad en todo su esplendor: nunca hubo una revolución en Siria.

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Assia
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Mensajepor Assia » Mié 18 Dic, 2013 11:11 pm

A mi,no me gustaria comentar sobre algo que desconozco. Tampoco he leido esos largos mensajes,por tanto,solo opinare de lo que no creo. NO CREO QUE ''ORGANIZACIONES PRO-DERECHOS HUMANOS ''FORMENTAN LAS GUERRAS." DONDE ESTAN LAS PRUEBAS.?

Todos sabemos que Siria esta gobernada por 1 ruffian dictador que lleva muchos anos en el poder. Tambien sabemos que ese ruffian dictador esta armado hasta los dientes,si, ese dictador no fue tan tonto como el otro dictador de Libya,Gaddafi que se deshizo de las armas.

El dictador de Siria ya lleva anos odiado por su pueblo y su esposa,de origen britanico,era la burla de su pueblo. A la primera dama de Siria,la llamaban:'' la Lady Di'' por lo que le gustaba poner su nombre y colaborar en fundaciones humanitarias. Se dijo que cuando comenzo los disturbios violentos,la primera dama de Siria,se fue a vivir a Londres. Segun el Primer Ministro britanico,David Cameron, no le nego la entrada porque es de origen britanico,pero dejo bien claro QUE NUNCA DARIA ASILO POLITICO AL MARIDO,EL DESPOTA TIRANO QUE LLEVA ANOS GOBERNANDO SIRIA CON BOTAS DE HIERRO.
Personalmente,creo que el pueblo de Siria se ha levantado contra su dictador,no creo que ese levantamiento sea orquesteado ni por la prensa ni por grupos ''pro derechos humanos.''

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Mensajepor Invitado » Jue 08 May, 2014 3:46 am

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La embajadora estadounidense Tina S. Kaidanow, coordinadora para la lucha antiterrorista, durante la presentación de su informe anual

El terrorismo visto desde Washington

por Thierry Meyssan


El informe anual del Departamento de Estado sobre el terrorismo en el mundo está lleno de contradicciones y sobre todo de omisiones. Al leerlo parece que Siria es el centro mundial del terrorismo, pero no se menciona que ningún sirio haya sido víctima del terrorismo durante el año analizado (2013). Por cierto, según ese informe Siria no es un país afectado por el terrorismo sino, por el contrario, el principal y más antiguo patrocinador del terrorismo en el mundo entero. Thierry Meyssan analiza este sorprendente trabajo de propaganda.


El Departamento de Estado dio a conocer, el 30 de abril de 2014, su informe anual sobre el terrorismo en el mundo.

Para las Naciones Unidas, el terrorismo es, según la definición del investigador holandés Alex P. Schmid:

    «un método de acción violenta repetida que inspira ansiedad, utilizado por actores clandestinos individuales, colectivos o estatales (semi)clandestinos, por razones de idiosincrasia, de orden criminal o políticas, según el cual –por oposición al asesinato– los blancos directos de la violencia no son los blancos principales. Las víctimas humanas inmediatas de la violencia son escogidas generalmente al azar (blancos de oportunidad) o de forma selectiva (blancos representativos o simbólicos) dentro de una población utilizada como blanco y sirven para generar un mensaje. Los procesos de comunicación basados en la violencia o en la amenaza entre los (las organizaciones) terroristas, las víctimas (potenciales) y los blancos principales son utilizados para manipular el blanco principal (el público) haciendo de este un blanco del terror, un blanco de exigencias o un blanco de atención, según que el primer objetivo sea la intimidación, la coerción o la propaganda.» [1].
Sin embargo, desde 2004 la ley estadounidense define el terrorismo como «actos premeditados de violencia política contra no combatientes [cometidos] por grupos infranacionales o agentes clandestinos» [2].

Esta definición apunta a condenar como acto criminal toda acción de resistencia contra el colonialismo o el imperialismo mientras que justifica los crímenes perpetrados por el Estado colonial de Israel y los Estados imperialistas occidentales, comenzando por Estados Unidos.

Es una ley que califica la resistencia como terrorismo. Antes de la Segunda Guerra Mundial, el término «resistencia» designaba las fuerzas reaccionarias que se oponían al progreso. Pero a partir de esa guerra, cuando se habla de «resistencia» ese término designa «todo movimiento que se opone a las fuerzas extranjeras que ocupan un país», tomando como referencia la lucha de la Resistencia francesa contra la ocupación nazi y contra los elementos franceses que colaboraban con las fuerzas ocupantes y con los funcionarios civiles o militares del Reich.


Al-Qaeda según el Departamento de Estado

Así que el informe del Departamento de Estado mete en el mismo saco los crímenes cometidos indiscriminadamente contra los civiles –exceptuando, claro está, los cometidos por el Imperio– y los actos de resistencia. Como el documento reconoce que el centro del terrorismo mundial se halla actualmente en la región MENA (siglas en inglés para Medio Oriente y Norte de África) y que gira alrededor de al-Qaeda y sus afiliados, presté particular atención a la presentación de cada uno de los países de esa zona. Si bien el informe reconoce que en 2013 hubo en Irak 8 800 víctimas del terrorismo, el resto del documento está lleno de omisiones.

  • El informe no menciona que el ex número 2 de al-Qaeda, Abdelhakim Belhaj, se convirtió en gobernador militar de Trípoli –la capital libia– y en jefe del partido Al-Watan, de donde provenía el primer ministro Ali Zeidan.
  • El informe tampoco menciona la calurosa acogida de Israel a los combatientes heridos de al-Qaeda ni las felicitaciones que estos recibieron personalmente del primer ministro israelí Benyamin Netanyahu, quien se tomó el trabajo de ir a visitarlos en sus hospitales.
  • Turquía, clasificada como país europeo en vez de asiático, es presentada como un viejo socio de Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo. El informe se extiende sobre las acciones del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán) pero no dice ni una palabra sobre la existencia de 3 campos de entrenamiento de al-Qaeda en territorio turco –dos cerca de la frontera con Siria y un tercero en las afueras de Estambul. Por supuesto, tampoco menciona la investigación de la justicia turca que muestra que el primer ministro Recep Tayyip Erdogan recibía secretamente al banquero de al-Qaeda para financiar sus operaciones en Siria [3], a pesar de que esta información fue la noticia más importante del año 2013 en materia de terrorismo.
  • El informe estadounidense no contiene ni una palabra sobre la nominación de Nayif Muhammad al-Ajmi como ministro de Justicia y Asuntos Religiosos de Kuwait, a pesar de que el propio Departamento del Tesoro estadounidense lo acusa de ser uno de los principales recaudadores de fondos para al-Qaeda [4]. Como eso se supo el 5 de enero de 2014, pudiéramos considerar que no entra en el periodo de tiempo considerado en el informe de 2013, pero el documento menciona otros hechos que datan de febrero de 2014.
  • Tampoco aparece en el informe ni una palabra sobre Arabia Saudita, país cuyo consejero de seguridad nacional y jefe de los servicios secretos era en 2013 nada más y nada menos que el príncipe Bandar Ben Sultan, considerado como el verdadero jefe de al-Qaeda desde que Osama Ben Laden tuvo que jubilarse por razones de salud en agosto de 2011.


Los patrocinadores del terrorismo, según el Departamento de Estado

El informe pasa en revista los diferentes países afectados por el terrorismo, con excepción de 4 que Washington considera responsables del terrorismo internacional, o sea que no los considera víctimas sino verdugos: Cuba (desde 1982), Irán (desde 1984), Sudán (desde 1993) y Siria (desde 1979).

  • Cuba es acusada de dar albergue a terroristas estadounidenses fugitivos a los que da alojamiento, alimentación y atención médica. En realidad se trata de ¡sobrevivientes de los Panteras Negras!
  • Irán es acusado de respaldar la Resistencia (cosa que Irán no oculta) en la región del Levante, o sea el Hezbollah libanés, la Yihad Islámica Palestina y el Frente Popular de Liberación de Palestina (FPLP), y en Yemen. Y sobre todo afirma que en Irán hay bases de al-Qaeda (?) dirigidas por Muhsin al-Fadhli. El informe asegura que Teherán autoriza envíos de fondos y de yihadistas a través del territorio iraní… hacia Siria (?). Según el informe del Departamento de Estado, Irán es por lo tanto aliado de al-Qaeda en Siria y lucha junto al Estado sirio y los terroristas contra la «oposición pacífica». El informe no contiene ni una palabra sobre los asesinatos de científicos iraníes ni los atentados de los Muyahidines del Pueblo.
  • Según el informe, el gobierno sudanés colabora con Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo pero se obstina en respaldar al Hamas y por eso sigue bajo «sanciones». Los redactores del informe parecen no saber que el Hamas es dirigido desde el fiel y ejemplar emirato de Qatar.
  • Se acusa a Siria de apoyar la Resistencia en el Levante (de lo cual Siria se enorgullece). El informe subraya que, a pesar de su adhesión a la MENAFATF [5], Siria es incapaz de controlar el financiamiento del terrorismo porque el 80% de sus ciudadanos realizan sus transacciones en efectivo, escapando así a la vigilancia bancaria. También se menciona que Siria se comprometió a destruir su armamento químico, sobre el cual ya se sabe que podría haber sido utilizado por grupos terroristas. Y nada más.
En 2013, según el Departamento de Estado, no hubo terrorismo en Siria, a pesar de ser este país el principal destino de al-Qaeda y de que esa afluencia de miles de yihadistas plantea un problema para Estados Unidos y sus aliados. Al contrario, «el régimen ha tratado durante todo el año de presentar el país como víctima del terrorismo, caracterizando a todos sus opositores armados como terroristas». A Washington no le interesan las cabezas cortadas que se exhiben en las entradas y las plazas centrales de las «zonas liberadas» por esa «oposición» a la que tanto respalda la OTAN. Por el contrario, le regocija que al-Nusra y el Emirato Islámico de Irak y el Levante digan que no tienen nada que ver con la Coalición Nacional, que Washington patrocina oficialmente.

Es evidente que, con esa lógica negacionista, la administración Obama no podía aceptar las demandas de la delegación siria en las negociaciones de Ginebra.

Siria es el Estado que más se menciona en el informe. El documento observa que la yihad en Siria se ha convertido en un problema para 26 países que envían combatientes y que ahora temen verlos regresar y hacer en sus territorios lo mismo que hacen en Siria. Eso se menciona en las presentaciones sobre los principales Estados europeos y árabes, pero en el resto del mundo sólo se menciona Kirguistán a pesar de tratarse de un problema ampliamente discutido en muchos otros países, sobre todo en Indonesia. Sin embargo, en otra parte del informe nos enteramos de que ese problema también se plantea en todas las repúblicas de la antigua Unión Soviética.


Las contradicciones del Departamento de Estado

En definitiva, el informe está tan lleno de contradicciones que cualquiera puede darse cuenta de que Washington ya no logra seguir ocultando su juego.

¿Por qué no se menciona el papel de Abdelhakim Belhaj en Libia? Porque hay que ocultar su participación junto a la OTAN en la conquista de ese país. ¿Por qué no se menciona el financiamiento de al-Qaeda con fondos públicos turcos malversados por el primer ministro? Porque Turquía es un país de la OTAN. ¿Por qué se acusa al Hamas de ser una organización terrorista hostil a Israel sin decir que es una organización domiciliada en el amable emirato de Qatar? Porque la política de Washington hacia la Hermandad Musulmana no está bien definida. ¿Por qué no se mencionan las colectas del ministro de Justicia de Kuwait a favor de al-Qaeda? Porque así se financia al-Qaeda en Siria. ¿Por qué no se menciona el papel del príncipe saudita Bandar Ben Sultan, más conocido como «Bandar Bush»? Porque actuaba por cuenta de la CIA.

Si alguien duda todavía que la «guerra contra el terrorismo» es una patraña, que el terrorismo en general y al-Qaeda en particular son instrumentos de la política estadounidense, este informe es una prueba más.


voltairenet.org


Fuente
Al-Watan (Siria)

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Mensajepor Invitado » Vie 19 Sep, 2014 4:40 pm



"Gadafi es un hijo de pvta pero es nuestro hijo de pvta" Pablo Iglesias cita a Roosevelt

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Mensajepor Invitado » Mié 25 Feb, 2015 6:02 pm

Anonymous escribió:Twitters 23/10
La otan y sus mercenarios iban a usar Antrax en Libia: http://t.co/3LpH8scs

Nadie quiere al CNT en Libia, no tienen legitimidad y son responsables de la entrada de la Otan.

Saif tiene más apoyo que cualquiera porque es el hijo del nuevo Omar al Moktar.

Se llaman "civilizados" pero mira lo que hacen. USA es el país más incivilizado del mundo.

David Cameron cuando su pueblo estaba atacando los llamó "los saqueadores y ladrones" y dijo que "no hay derechos humanos falsos". NTC entonces son los saqueadores también.

Saif al Gadafi ha dicho: Iros al infierno vosotros y la Otan detrás de vosotros. Este es nuestro país, nosotros vivimos en él, morimos en él y seguiremos luchando.

La Otan sigue bombardeando Beni Walit.

¿A alguien le preocupan las familias libias, los muertos en libia?
¿A alguien le preocupa el sufrimiento de los libios?
¿Quién alimenta a los libios?
¿Pueden comunicarse los libios?
Cuando estos "DEMOCRATAS civilizados, defensores de los derechos humanos" hablan de libertad. ¿A qué se refieren?¿Para quién es la libertad?.
¿O es que las palabras "democracia", "derechos humanos", "civilizados", han cambiado su significado en este nuevo orden mundial?.
¿Quién respeta los verdaderos propietarios de las riquezas Libias y de Libia?...NADIE. Están todos demasiado preocupados repartiéndose el botín.
Los países de la Otan han perdido su buen nombre, su honor y su respeto porque se han saltado todas las leyes. Han demostrado que los avances tecnológicos solo han servido para matar a más personas en menos tiempo, para ser más perversos y ladrones. NADA MÁS.

http://leonorenlibia.blogspot.com/


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Hallado en Trípoli el cadáver de una conocida bloguera y activista pro derechos civiles

La conocida bloguera y activista pro derechos civiles libia Intisar al Hasiri ha sido hallada muerta este martes en la capital del país, Trípoli, según ha informado el diario 'The Libya Herald y recoge Europa Press'. El cadáver de Al Hasiri ha sido localizado junto al de una de sus tías en el interior de un vehículo. La activista era una de las caras más conocidas de la organización Ilustración, que se centraba en la difusión de la educación, la música y el arte.

El grupo organizó en 2013 la primera feria de libros de segunda mano, si bien el evento no pudo repetirse el año pasado debido a la falta de financiación. Al Hasiri era además muy activa en las redes sociales y su página en la red social Facebook cuanta con cerca de 10.000 seguidores.



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