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Congo: Un día en el hospital de los milagros

Mensajepor Invitado » Mar 27 Dic, 2011 7:15 am



Un niño duerme en la sala de desnutridos del hospital de Kalonge, en la que los pequeños se muestran mareados y desorientados por su extrema debilidad.

Un día en el hospital de los milagros

VIAJE AL INFIERNO DEL CONGO
En el centro médico de Kalonge, los bebés nacen sin parar junto a heridos de bala, enfermos desnutridos y mujeres violadas. ELMUNDO presencia una jornada en una de las zonas más pobres y violentas de África


ALBERTO ROJAS /
Kalonge (R. D. del Congo)


Ni la lluvia ni la niebla las desanima. Una chica dice adiós a sus compañeras de parto y hay que despedirla con música, como merecen las congoleñas. La canción que entonan unas 30 pacientes del hospital repite una palabra en swahili destinada al recién nacido que se acurruca en los brazos de su madre: karibu (bienvenido).

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Un grupo de niños espera a recibir su vacuna en una de las salas del hospital.


Hinchados y desnutridos

En una de las salas del hospital de Kalonge, bañada por una luz mortecina, ocho o nueve niños dormitan en camas con sus madres, aparentemente sanos, pero mirando a los visitantes como drogados, con ojos desconectados de la realidad. «Estos que ves aquí son niños desnutridos», comenta el doctor congoleño encargado del área. «La ausencia de las proteínas y nutrientes más esenciales en la dieta de estos niños es la responsable de este cuadro de desnutrición, que técnicamente se llama kwashiorkor». Y señala a uno de los pequeños: «Los cabellos quebradizos, las manchas en la piel y la retención de líquidos en las extremidades que en ocasiones dan una falsa imagen de niño rellenito y saludable. Pero los niños que lo sufren están apáticos».

Y efectivamente parecen hinchados, no en los huesos, como los de las imágenes que nos llegan de Somalia, pero su diagnóstico es el mismo: «desnutrición severa». La culpa la tiene su dieta: comen lo que aquí llaman 'ugali' o 'fufú' y que no es otra cosa que mandioca. El pasado año la República Centroafricana sufrió una gigantesca crisis alimentaria por este mismo problema.

Nuria Salse, la nutricionista de la ONG, asegura que la mandioca «te sacia el hambre, porque te da la sensación de tener llena la tripa, pero aporta pocas proteínas y minerales. No pasa nada por comerla con carne o pescado, pero no puedes basar tu dieta sólo en ella». Por esa razón «los niños detienen su crecimiento, tienen riesgo de sufrir enfermedades como hipotiroidismo en las madres y retraso físico y mental en los recién nacidos, porque la hoja de la planta es tóxica».

«Pasa lo mismo en Níger con el sorgo, o en el norte de África con el cuscús, o con el maíz en Angola, o con el mijo en Nigeria», dice Salse. «La mayoría de la gente come una vez al día y casi siempre come lo mismo».




Este bullebulle de voces y palmas se entremezcla, una vez dentro, con un sonido más sutil, casi imperceptible. Tres mujeres lloran en torno a una cama vacía mientras dos enfermeros sacan de la sala una camilla con un hombre que acaba de fallecer. «Una complicación renal», dice un enfermero. Las dos realidades, las risas y las lágrimas, chocan en un espacio separado por apenas 10 metros. Uno de los doctores congoleños percibe el desconcierto del periodista y se encoge de hombros. Alguien en la sala recurre a la coletilla «welcome to Africa», como si ese mantra pudiera explicarlo todo.

El Hospital General de Kalonge, apenas seis pequeños edificios de ladrillo, se encuentra en medio del parque natural en el que viven gorilas de llanura y elefantes. Es un vergel enclavado en el este de la República Democrática del Congo, uno de los parajes más aislados, subdesarrollados, violentos y hermosos del continente, un agujero negro en medio del paraíso, o un paraíso en medio de un agujero negro, según se mire.

La interminable guerra entre las Fuerzas Armadas congoleñas y el incomprensible avispero de milicias rebeldes, sobre todo las temibles Fuerzas de Liberación de Ruanda o FDLR, ha desplazado a esta zona a poblaciones enteras empobrecidas sin acceso alguno a la sanidad.

Desde 2008, la sección española de Médicos sin Fronteras abandera aquí un proyecto para procurar una asistencia sanitaria y humanitaria a estas gentes golpeadas por el conflicto durante décadas y que sólo pueden luchar por sobrevivir.

Seis expatriados (una ginecóloga argentina, un logista colombiano, un coordinador burundés y tres enfermeras, portuguesa, nigeriana y madrileña) llevan las riendas de un equipo formado por unos 35 profesionales congoleños que se ocupan del centro y que apoya a ocho pequeños dispensarios más alejados. En breve, podrán disfrutar además de tratamiento contra el sida, algo impensable para las estructuras sanitarias del país con peor índice de desarrollo humano del mundo.

María Laura Vasilchín, ginecóloga argentina, ha pasado por Irak, Liberia, Afganistán o Palestina, pero en su opinión es en el Congo donde la presencia de los trabajadores humanitarios tiene un impacto más alto sobre la población y su calidad de vida. «Hace poco vino a verme una mujer. Había tenido a su hijo hace cinco años y en el parto se había rajado el esfínter». Y aclara que se trata de «un problema común en los hospitales de todo el mundo. El caso es que nadie la había operado después para repararle el daño. Esta mujer había perdido su dignidad porque no podía controlar sus deposiciones. Claro, no podía salir de su casa porque se reían de ella. Yo le practiqué una cirugía sencilla y le reparé la zona». ¿Esa mujer lo agradeció? ¿Agradecen estas gentes la labor humanitaria? «Esta chica, que era muy joven, apenas 25 años, me dijo que yo le había devuelto su vida, así que figúrate si lo agradecen».

    No tienen incubadoras, así que los médicos recurren a papel de aluminio para recubrir a los niños prematuros

    La celebración por cada niño que nace se mezcla con el llanto del que se va
Bajo la luz sucia del atardecer que se filtra por un gran ventanal, cuatro mujeres que acaban de tener a sus bebés prematuros se acurrucan con ellos en la cama. No hay incubadoras, así que descansan en la habitación más cálida del hospital, con las criaturas cubiertas con una especie de papel de aluminio para retener la temperatura corporal. Una mujer llamada Bora, que arrastra las palabras por el cansancio, relata que su parto «fue de gemelos», pero que al dar a luz en un camino, en su ruta hacia el hospital, perdió a uno de ellos. «Murió nada más salir». Con una mezcla de ternura y confusión, mira al que le queda, un niño sietemesino poco más grande que un botellín de cerveza.

    Desde 2008, Médicos sin Fronteras trabaja para dar una asistencia digna a la población

    Para la mayoría de los congoleños, la sanidad es un lujo que no pueden pagar
Para la gran mayoría de ciudadanos congoleños, la sanidad es un lujo que no pueden permitirse. Cada ingreso les vale 35 dólares por ocupar una cama. Y las medicinas se pagan aparte. «Para una población que vive con menos de un dólar al día, estos precios convierten el servicio en inaccesible», dice Constantin, un psicólogo congoleño contratado por MSF para su gabinete de salud mental, algo inédito hasta ahora en estas tierras.

Aquí, en la región de Kalonge, sus habitantes están de suerte: la ONG completa salarios, se hace cargo del suministro de medicamentos a la farmacia del hospital y de los puestos de salud, da formación al personal sanitario local, refuerza las estructuras de los centros y aporta, mejora y renueva instalaciones y materiales. A cambio de todo ello se asegura de que todas las consultas, diagnósticos, hospitalizaciones y tratamientos sean gratuitos. «De otra manera esta población no vendría al centro. Ninguno de ellos puede pagar lo que no tiene», dice la ginecóloga argentina.

En este lugar, las crisis nunca vienen solas. Un ataque armado contra civiles provoca un desplazamiento de población, hacinamiento y un brote de cólera, el cólera asusta a la gente, que huye del lugar, lo que la hace más vulnerable en los caminos y se producen violaciones masivas... No hay descanso. El estado de emergencia es continuo y, a pesar de todo, cualquier chispa enciende la risa de los pacientes.

«Hace unos meses tuvimos el último brote de cólera», recuerda María Laura. «Por suerte lo detectamos a tiempo, aislamos a 42 enfermos en tiendas alejadas del centro médico y los tratamos», y señala una zona a unos 100 metros del hospital. «No se nos murió ningún paciente. Es para estar contentos».

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    Un grupo de mujeres espera en la casa de embarazadas a dar a luz en el paritorio, cuya actividad nunca se detiene en Kalonge.
¿El objetivo? Una sanidad que, en unos años, cubra las necesidades básicas de la población sin coste alguno, como sucederá en países como Benín, que acaba de presentar esta semana su plan para reconvertir su sanidad en pública y universal.

    Un lugar feliz
El paseo por el hospital continúa por otras salas de internos llenas de enfermos. Aquí la falta de medios es directamente proporcional al ingenio del equipo médico para curar a aquellos que la lógica dice que no se puede. Milagros en Kalonge suceden a diario, pero hay problemas que ni los milagros pueden sanar. Una niña con hidrocefalia (trastorno basado en la acumulación excesiva de líquido en el cerebro) sonríe a su madre, sentada en un extremo de la cama. El gesto mudo del doctor es elocuente negando con la cabeza: aquí esta pequeña está condenada.

DEL ‘PRIMER’ AL ‘TERCER’ MUNDO

Medios. El Hospital Gregorio Marañón de Madrid dispone de nueve habitaciones paritorio individuales, 11 quirófanos y 42 puestos de vigilancia intensiva. El Hospital de Kalonge posee dos paritorios en la misma sala y seis camas en la sala posparto.

Salarios. Un médico congoleño cobra menos de 300 euros al mes. Uno español, a partir de 2.000 euros al mes.



Donde realmente se aprecia la actividad del centro, con 90.000 consultas al año, es en el paritorio. En el ala sur del hospital huele a comida y hay una revolución de cuerpos que van y vienen. A pesar de que todas son mujeres en el último mes de gestación, se mueven con agilidad y acarrean trozos de leña. Estamos en la viñola, como la llaman aquí, o casa de las embarazadas. Unas 50 o 60 mujeres esperan el momento de dar a luz en el paritorio, que aquí nunca descansa. «Están acostumbradas a trabajar duro desde niñas, a ir a por agua temprano, a cultivar la tierra, a recoger leña, a criar a sus hijos», dice María Laura entre el revuelo que despierta un blanco armado con una cámara de fotos.

«Vienen aquí dos o tres semanas antes de parir para no tener que hacerlo en su aldea o de camino. Aquí esperan, descansan y se divierten. Es como unas vacaciones para ellas, por eso es un lugar feliz».

Fuera de la sala, bajo la lluvia que chocolatea las sendas de tierra roja, unas mujeres lavan sus trajes a mano. Ninguna puede permitirse la considerada como auténtica seda africana, y que curiosamente sólo se fabrica en Holanda a 1.200 euros el tejido. Todas ellas llevan coloristas prendas procedentes de Tanzania o Kenia, más asequibles a sus bolsillos.

Las que están a punto de dar a luz caminan durante horas en la sala para provocar el parto. Cuando llega, van a uno de los dos potros, cuyo asiento nunca se enfría. Casi 4.000 nacimientos al año. A veces no da tiempo a que las mujeres acudan al hospital y hay que atenderlas sobre el terreno. No será la primera vez que un niño nace en el asiento del Toyota de la ONG, con el conductor asistiendo al parto como uno más.

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    La pizarra en la que el personal médico apunta las consultas diarias del centro, coronado con la leyenda en francés ‘Movimiento de enfermos’.

El aspecto del hospital es decadente, con las paredes descascarilladas y las mantas raídas, pero parece limpio y ordenado. En las salas de internos huele a lejía, a linimento, a enfermedad y a sudor. Hay un modesto quirófano con dos ollas grandes para desinfectar el instrumental y un generador para alimentar los focos, bajo los que se han practicado 743 operaciones en lo que va de año.

Al final del día llega un herido de bala que necesitará una operación de urgencia, una cirugía de guerra a la que el personal está muy acostumbrado. Es algo habitual en un lugar en el que un Kalashnikov puede comprarse por 10 dólares y muchos hombres sólo aspiran a enrolarse con cualquier señor de la guerra que les permita saquear para sobrevivir.

Aunque las dentelladas de la malaria también se sienten aquí con fuerza, la peor epidemia que sufren estos bosques, amplificada por el virus de la impunidad, es la de la pavorosa violación de mujeres. Aunque cada vez son más las que acuden al médico, todos los profesionales de MSF saben que es un porcentaje ridículo en comparación con las que son forzadas a practicar sexo con hombres armados en los caminos para después quedar tiradas como un escombro en las cunetas.

«La atención médica aquí está centrada en la prevención de enfermedades de transmisión sexual, apoyo psicológico y anonimato total de la violada para que no sea repudiada por la comunidad. La hacemos pasar con consulta ginecológica normal para que nadie sospeche», dice Edvigde. «También les ofrecemos un certificado de violación por si quieren denunciar, pero como no hay donde acudir y nadie se fía del Ejército, casi ninguna se lo lleva», comenta otro enfermero de MSF.

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Una mujer come mandioca con carne fuera del hospital.


Los miembros de la ONG destacan que cada vez son más las mujeres que han comprendido la importancia de acudir al médico antes de que transcurran 72 horas de la violación para poder tratar de evitar enfermedades de transmisión sexual y embarazos no deseados.

En los últimos meses se ha dado una siniestra tendencia entre los grupos armados: dejar una mujer sin violar en los asaltos sexuales masivos para que al menos quede una testigo que lo cuente. Así se consuma la humillación en la comunidad.

A pesar de que algunas mujeres portan en su cuerpo una memoria de embarazos difíciles, abortos, cesáreas practicadas sin anestesia, violaciones masivas y su útero -cansado y cicatrizado de tanto parto- amenaza con romperse, poniendo en riesgo la existencia de madre e hijo, la vida se abre camino y los niños lloran con fuerza cuando abren sus ojos por vez primera. Y vuelve a sonar la música. Karibu (bienvenido).




EL MUNDO. MARTES 27 DE DICIEMBRE DE 2011

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nigeria

Mensajepor nigeria » Mar 27 Dic, 2011 9:36 am

en nigeria pegan fuego a las iglesias con los cristianos dentro (si pueden).
mas de 40 muertos.

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Kony 2012

Mensajepor Kony 2012 » Mar 13 Mar, 2012 12:32 am



Buscando a Joseph Kony

El líder del grupo paramilitar conocido como Ejército de Resistencia del Señor (Lord´s Resistance Army, LRA) quiere hacer de Uganda una teocracia. Se considera un buen cristiano y quiere que su país se 'convierta' al cristianismo y que sus leyes se desarrollen conforme a los Diez Mandamientos.

En 1987 creó el LRA y desde entonces ha secuestrado a más de 40.000 niños. A ellas las usa como esclavas sexuales y a ellos, tras un rito de iniciación en el que son obligados a matar a sus propios padres, los usa como soldados. Se llama Joseph Kony, es el delincuente más buscado por la Corte Criminal Internacional, y la organización Invisible Children se ha propuesto encontrarlo.

Para ello su fundador, Jason Russell, ha lanzado una campaña en la que le ha dado a las redes sociales un papel protagónico. Por un lado ha elaborado un documental de media hora, 'Kony 2012', en el que denuncia la terrible realidad que ha creado este asesino, y que ya han visto más de 20 millones de personas. También ha aprovechado la fuerza de Facebook, mediante una página creada especialmente para esta iniciativa que ya cuenta con casi 2 millones de afiliados. Además, en Twitter, #josephkony se ha convertido en trending topic (tema más comentado) mundial.

El objetivo de Russell es detener a este sanguinario fundamentalista antes del 31 de diciembre de 2012, fecha en la que desaparecerá de las redes sociales y de Youtube todo el material relacionado con la campaña. Personajes conocidos como Bono, Angelina Jolie, George Clooney o Lady Gaga se han unido a la campaña para tratar de darle más visibilidad aún. "Joseph Kony lleva 20 años cometiendo crímenes sin que a nadie le importara -advierten en el vídeo- A nosotros nos importa"



Así te ha manipulado el vídeo de Kony 2012

Kony es el meme de internet intencionado más grande que hemos visto hasta la fecha. El primer gran triunfo de la propaganda memética. Entre la versión de YouTube, la de Vimeo y los vídeos que espontáneamente se han subtitulado pronto cumplirá los 100 millones de visualizaciones. Según Visible Measures, es la campaña de vídeo con el crecimiento más rápido de la historia (ha tardado menos que Susan Boyle, en llegar a los 70 millones de visualizaciones). Más aún: recaudó 5 millones de dólares [url][/url]en las primeras 48 horas. Y no solo el vídeo: también los artículos que han generado en los medios de todo el mundo o las webs creadas como crítica han sufrido un torbellino viral.

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Mensajepor Invitado » Sab 17 Mar, 2012 2:42 am




Clooney, libre tras ser detenido ante la embajada de Sudán en Washington

El actor George Clooney fue arrestado este viernes durante una protesta frente a la embajada de Sudán, en Washington. Tras haber recibido varias advertencias de la policía, Clooney fue detenido y puesto en libertad unas tres horas después.

Clooney, su padre Nick y otros activistas ignoraron las advertencias verbales de los agentes para que abanadonaran el lugar, por lo que finalmente fueron detenidos. El actor fue acusado de desobediencia civil, por atravesar un cordón policial, según declaraciones de Max Millien, portavoz de los Servicios Secretos, recogidas por la CNN. El intérprete ha pagado 100 dólares para evitar aparecer ante la Corte.

A su salida, preguntado sobre el trato recibido, ha bromeado: "Pueden imaginárselo, ¿han estado alguna vez en una celda con esta gente?", en referencia a algunos congresistas y otros activistas también detenidos, entre ellos el hijo de Martin Luther King.

La protesta tenía el objetivo de denunciar el conflicto que vive el sur de Sudán y pedir que se aumenten los esfuerzos para que llegue ayuda humanitaria a la zona. "Estamos aquí para pedir dos cosas muy sencillas. La primera debe ser inmediata, porque inmediatamente necesitamos que permitan entrar en Sudán la ayuda humanitaria", declaró Clooney antes de su arresto. "La segunda es que el Gobierno de Jartum detenga sus matanzas. Es todo lo que pedimos", añadió



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síndrome del cabeceo

Mensajepor Invitado » Mar 27 Mar, 2012 6:49 pm



El agónico síndrome del cabeceo
El síndrome del cabeceo es una enfermedad que afecta a niños africanos de entre cinco y 15 años y que paraliza su sistema nervioso al cabo de tres años, acabando con sus vidas.



El síndrome que solo mata niños

Miles de menores han muerto en una pequeña zona de África oriental a causa de un mal llamado "enfermedad del cabeceo"

Es una especie de epilepsia que les consume poco a poco y les impide crecer

Los científicos llevan 10 años intentando descubrir el enigma



La primera vez que el doctor Warren Cooper oyó hablar de la misteriosa enfermedad del cabeceo fue en 1998, en el destartalado y rudimentario hospital donde trabajaba, en la ciudad sursudanesa de Lui. Pero las preocupaciones del cirujano se ceñían entonces a mantener unas mínimas condiciones en el quirófano y a atender a los miles de heridos de la larga y sangrienta guerra civil que devastaba Sudán en esos años.

Con el tiempo, las historias que le contaban algunas familias empezaron a llamar su atención. Los padres aseguraban que sus hijos padecían unos extraños ataques que les hacían balancearse de atrás adelante, especialmente cuando comían. Los niños sufrían además mareos, convulsiones y pérdidas de consciencia. Eran los primeros síntomas del síndrome del cabeceo, una enfermedad desconocida entonces y que en 10 años ha matado a miles de niños en Sudán del Sur, Uganda y Tanzania, según las autoridades sanitarias, que han señalado un aumento de casos en los últimos años. Los relatos que escuchó el cirujano eran también el principio de un enigma científico que sigue irresoluble hasta la fecha.

Cooper, un médico misionero que trabajaba para la ONG cristiana La Bolsa del Samaritano, visitó las aldeas de la zona y grabó horas de vídeo con los pacientes. Los afectados apenas podían hablar y sufrían un retraso mental. Muchos ni siquiera lograban mantenerse en pie y tenían cicatrices causadas por los continuos golpes que se daban contra el suelo. "La enfermedad avanzaba con el paso del tiempo y los niños mostraban cada vez más síntomas de malnutrición. Tenían problemas para atender en la escuela y finalmente acababan presentando discapacidades mentales",

recuerda Cooper desde Kansas, en Estados Unidos.

En una ocasión, Cooper atendió a un paciente que había caído al fuego y se había quemado la cara; en otra tuvo que amputar las manos de una niña con heridas similares. El cirujano informó a las autoridades médicas del misterio y les envió los vídeos que había grabado. "Intenté conseguir ayuda de varias organizaciones", comenta el médico. "Llegaron varios equipos de la Organización Mundial de la Salud. Uno de ellos contaba con especialistas en enfermedades infecciosas, toxicología, neurología y epidemiología. Hicieron encuestas y tomaron muestras biológicas. Los resultados no fueron concluyentes".

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Una niña de 12 años afectada por el síndrome del cabeceo permanece amarrada a un árbol, el pasado febrero en Uganda, para evitar que en uno de los ataques se adentre en el bosque y se pierda.

Una década después de que Cooper y otros médicos alertaran a la comunidad científica, el síndrome del cabeceo (nodding syndrome) continúa siendo un misterio que por ahora afecta exclusivamente a niños de 5 a 15 años en tres zonas de África oriental: Sudán del Sur, norte de Uganda y sur de Tanzania. El cabeceo es solo un síntoma de esta especie de epilepsia que se produce en la mayoría de los casos cuando los niños tienen frío o empiezan a comer. Pero las consecuencias van más allá. La enfermedad afecta al crecimiento y al desarrollo del cerebro. Los espasmos se hacen más incontrolables con la edad y acaban consumiéndoles hasta provocarles la muerte. A veces, esta llega antes si los niños, en uno de esos ataques, caen al agua o al fuego.

"Durante mi estancia en Sudán, intenté llamar la atención sobre la enfermedad", prosigue Cooper, "pero no parecía haber mucho interés sobre un mal que afectaba a una pequeña área de una zona destrozada por la guerra". "Afortunadamente, eso está cambiando", concluye el cirujano.

Eso está cambiando por el alarmante aumento de casos que se está produciendo, según las autoridades de Sudán del Sur y Uganda. Aunque no hay cifras exactas, las investigaciones parecen confirmar la existencia de miles de afectados.

En el oeste de Sudán del Sur, los ataúdes son últimamente demasiado pequeños. Junto a los tukuls, las típicas chozas de barro y paja, los hombres cavan las tumbas de sus hijos, destrozados por la enfermedad. La escena se repite en algunos reportajes emitidos por televisión. Entre un grupo de niños que juegan en el poblado, uno cabecea junto a un árbol sin que los demás le presten atención. Luego el niño cae al suelo y entra en una especie de letargo que dura unos minutos. Después despierta, como si nada hubiera pasado, aunque su rostro sigue aturdido. A veces es frecuente verles atados al tronco de los árboles para evitar que se adentren en el bosque y se pierdan.

Nadie en las aldeas tiene explicación para lo que les pasa a los niños. Los más viejos han contado a los investigadores las teorías más peregrinas. Los dinka, la tribu mayoritaria en Sudán del Sur, culpaban del mal a la costumbre de algunas tribus de comer carne de mono. La superstición también sembró dudas sobre las vacunas occidentales, las armas químicas utilizadas durante los conflictos, los matrimonios entre los miembros de algunas tribus con desplazados de la guerra, el ataque de unas moscas y otras causas sobrenaturales, según relataron en 2011 a un grupo de expertos sudaneses en Witto Payam, al oeste de Sudán del Sur. (Investigation into the Nodding syndrome in Witto Payam, Western Equatoria State, 2010, Southern Sudan Medical Journal).

Ninguno de los investigadores que estudiaron los casos encontró ni una sola prueba que apoyara estas teorías. En otras ocasiones han sido los propios científicos los que han anotado curiosidades que solo han servido para oscurecer aún más el enigma. A principios de la década, algunos estudios señalaron como curiosidad que los ataques solían producirse cuando los niños ingerían comida local, normalmente un plato de alubias y fécula. Los científicos señalaban que, aparentemente, las barritas de chocolate y otras golosinas que los niños jamás habían probado previamente no habían causado el mismo efecto.

Por supuesto, los curanderos locales tampoco han encontrado remedio para aliviar la enfermedad. En Witto, los jefes de la comunidad determinaron que lo mejor sería aislar a los niños que padecían los ataques. Los afectados dormían solos, bebían solos y comían solos. Pero eso no sirvió para que no hubiera más casos. Una de las pocas cosas que parecen estar claras, según todas las investigaciones, es que el síndrome no es contagioso.

Lo único que ha servido para calmar los ataques, o más bien para distanciarlos en el tiempo, ha sido el fenobarbital. El pediatra ugandés Martin Otine utilizó este frecuente anticonvulsivo a principios de la década para tratar a los pacientes. "Algunos mejoraban, pero solo temporalmente", señala el doctor Cooper, que intentó hacer una biopsia cerebral a un niño que había fallecido. "No conseguí que me dejaran, probablemente por razones culturales".

En Lui, la ciudad donde Cooper trabajó durante cinco años, hay familias en las que dos o más niños tienen la enfermedad. La revista The Lancet encontró en 2003 casos como el de la familia Badi. Charity Badi, madre de seis niños, tres de ellos afectados por el síndrome, lo relataba así: "Mis hijos estaban creciendo bien. Entonces empezaban a dejar de comer y a cabecear. La enfermedad venía y les atacaba". Otro testimonio publicado en la revista médica, el del administrador de Amadi, señalaba: "Hace tiempo ni siquiera veíamos la enfermedad. Ahora nuestros hijos ni siquiera pueden crecer".

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Una de las víctimas del síndrome del cabeceo, en Kitgum (Uganda)

La principal pista que siguen los investigadores se encuentra en una enfermedad común a las tres zonas donde se han dado casos del síndrome del cabeceo. Se trata de la oncocercosis o ceguera del río, una enfermedad parasitaria causada por un gusano llamado Onchocerca volvulus que es transmitido por varias especies de moscas negras. Efectivamente, el gusano es un habitual en Sudán del Sur, Uganda y Tanzania, pero también lo es en otros países africanos, asiáticos y sudamericanos donde no se ha documentado ni un solo caso del síndrome del cabeceo.

El Centro para el Control de Enfermedades, en Atlanta, sigue esa pista desde hace un par de años. En su último informe, de enero de 2012, el centro proporciona datos que apuntan a algún tipo de asociación entre ambos males. Los investigadores evaluaron a 38 pacientes que padecían el síndrome en dos localizaciones del oeste, Witto y Maridi. El 76% de los niños con el síndrome tenía oncocercosis. En los que no padecían la enfermedad, la prevalencia era solo del 47%. Los investigadores no tienen la más remota idea de cuál de las dos enfermedades surgió primero. Los datos tampoco son concluyentes porque, según el informe del CDC, la coincidencia de ambas enfermedades solo era significativa en Maridi, una zona semiurbana. En el poblado de Witto, la coincidencia solo se daba en un 58% de los pacientes. "Lo que sabemos es que los niños con la enfermedad del cabeceo tienen más probabilidades de tener oncocercosis. Pero no estamos seguros de que haya una relación causal", explica el epidemiólogo Jim Sejvar, del CDC.

"No tenemos ninguna prueba de que el parásito esté entrando en el sistema nervioso. Se necesitan más estudios para entender la etiológía de este posible nuevo tipo de epilepsia", había declarado años antes, en 2008, Andrea Winkler, autor de un estudio que analizaba casos del síndrome en la localidad de Mahenge, al sur de Tanzania. Este país pudo ser el primero en el que se registraron casos del síndrome. A principios de los sesenta, la doctora Louise Jilek-Aall había descubierto que la tribu wapogoro, en las montañas de Mahenge, hablaba de un mal que les estaba aniquilando. Le llamaban kifafa y quienes lo padecían sufrían convulsiones y un extraño cabeceo. Los wapogoro creían que estaban malditos y los apartaban de la comunidad. La doctora les proporcionó medicinas para tratar la epilepsia y trató de aliviar sus miserables vidas con la fundación de la Clínica de Epilepsia Mahenge. La relación entre los brotes de Tanzania y los de Uganda y Sudán del Sur no ha sido comprobada del todo.

Para el CDC, el síndrome del cabeceo se ha convertido en una prioridad. Ocupa el primer lugar en una lista de las enfermedades que está investigando. Desde 2009, sus expertos visitan las zonas afectadas habitualmente y están en permanente contacto con las autoridades para tratar de saber si la enfermedad va en aumento. Dicen que pueden tardar años en encontrar la causa, pero prometen que no cejarán en su empeño y resolverán el misterio.

Para ello no necesitan más dinero. Sejvar no se queja de falta de financiación. "Nosotros tenemos para seguir investigando, los que necesitan el dinero son las comunidades. Estos pueblos tienen ahora un montón de niños con discapacidades, y eso supone un gran coste para las familias", explica el epidemiólogo.

En el caso de Sudán del Sur, existen además otros problemas. El país se convirtió en un nuevo Estado el año pasado. Tras la guerra civil, que duró más de 20 años (1983-2005), y un periodo de autonomía, los sudaneses del sur, cristianos, decidieron en referéndum separarse de sus hermanos del norte, musulmanes, y emprender un nuevo rumbo solos. Pero sigue habiendo tensiones en la frontera con el norte. Y la enfermedad del cabeceo es solo una más dentro de la larga lista de enfermedades que se dan en el país: tuberculosis, sida, fiebre tifoidea, lepra, oncocercosis, dracontosis, filariasis, malaria o enfermedad del sueño. Todo está por hacer en Sudán del Sur, un país pobre pese a sus reservas de petróleo donde a todas las instituciones, también a las sanitarias, aún les queda mucho camino por recorrer.

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Mensajepor Invitado » Vie 17 Ago, 2012 5:29 am

Aviso, el vídeo es muy fuerte.



La policía sudafricana ametralla a 18 huelguistas armados con palos

Al menos 18 personas perdieron la vida ayer en una nueva jornada de violentas protestas en la mina sudafricana de Lonmin Platinum, en la provincia Noroeste, que obligó a la Policía a abrir fuego contra los manifestantes, con una sangre fría aterradora, como muestra el vídeo de Reuters.

La agencia de noticias sudafricana Sapa informó de que hasta 18 personas yacían en el suelo en la zona donde se registran las protestas, aunque las autoridades aun no han informado de cuántas de ellas fallecieron. Los medios locales explicaron que la Policía "tuvo que abrir fuego" contra los manifestantes, quienes cargaron contra los agentes armados con machetes y lanzas.

Se desconoce por el momento si algún policía perdió la vida durante la violenta jornada de huelga, al igual que tampoco se ha concretado cuántos han sido víctimas de los disparos de la policía, y cuántos son resultado de enfrentamientos entre los propios mineros.

Los disturbios en la mina de Lonmin, situada en la localidad de Marikana, en la provincia del Noroeste, comenzaron el pasado viernes y hasta ayer habían fallecido 10 personas en incidentes violentos entre los propios huelguistas y enfrentamientos de los mineros con las fuerzas de seguridad.

El conflicto se inició como resultado del enfrentamiento entre dos sindicatos rivales, la mayoritaria Asociación de Trabajadores de la Minería y la Construcción (AMCU) y la Unión Nacional de Mineros (NUM), que comenzaron el viernes pasado tras el inicio de una huelga.

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La pesadilla de Darwin - Darwin's nightmare

Mensajepor Invitado » Jue 30 Ago, 2012 8:16 pm



La pesadilla de Darwin - Darwin's nightmare
Usurpación de los alimentos básicos de otros pueblos, con la destrucción de su ecosistema.

http://www.terra.org/articulos/art01230.html

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buena nueva

Mensajepor buena nueva » Mar 11 Sep, 2012 12:24 am

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Una buena noticia

Antonio Villarreal



Una buena noticia tendrá lugar, probablemente, entre lo que queda de año y el que viene. A comienzos de 2014 a más tardar. El ser humano está a punto de eliminar para siempre el Dracunculus medinensis o gusano de Guinea. No lo han visto en los medios, pero la Organización Mundial de la Salud (WHO) lo anunció la semana pasada a bombo y platillo. Por cuarta vez. Su eliminación estaba prevista inicialmente para el año 1995, pero no se logró. Luego se fijó para 2000, pero el gusano volvió a escapar. Luego para 2009. Casi. Ahora parece que, al fin, lo han acorralado, pero la atención mediática se ha disipado. De fábula de Esopo.

Casi con total seguridad, esta buena noticia ocurrirá en Kapoeta Este, comarca de la provincia de Ecuatoria Occidental, Sudán del Sur, que limita con Etiopía y Kenia. Sudán del Sur —que se independizó del resto de Sudán en julio de 2011— registra hoy el 99% de los casos de dracunculiasis diagnosticados en el mundo. Dentro de Sudán del Sur, el condado de Kapoeta Este registra cuatro de cada cinco infecciones, es el último refugio.

Tras la viruela, será la segunda enfermedad erradicada por el hombre y la primera en ser eliminada sin vacunas ni fármacos. El pian, causado por la bacteria Treponema pertenue, tenía todas las papeletas pero la dracunculiasis parece haber tomado una ventaja decisiva en la recta final de esta carrera por la extinción programada.

La dracunculiasis se contrae al beber agua estancada, algo relativamente frecuente en Kapoeta Este ya que sólo el 6% de la población tiene acceso a agua tratada —con larvicida Abate o pastillas de cloro—. Resulta llamativo ver a jóvenes desnudos que solo portan un tubo colgado alrededor del cuello con un cordel blanco. Se trata de una pipa con filtro de nylon o seda para poder beber de esas charcas, donde el agua tiene el color de la crema de orujo, sin meter larvas del Dracunculus en su cuerpo. Pese a su sencillez, esta táctica de prevención ha demostrado ser muy efectiva, ya que hace un cuarto de siglo se reportaban anualmente más de tres millones y medio de casos de dracunculiasis. Países como Nigeria, Níger o Ghana —todavía considerado endémico para la enfermedad— llevan varios años reportando cero casos.

Una ventaja de la dracunculiasis es su certera detección, incluso por voluntarios. Si el paciente sufre un dolor paralizante, tiene una enorme pústula (en un 90% de los casos, en la pierna) y un largo gusano blanco que asoma a través de ella, entonces padece la enfermedad.

No existe cura. El único método de sanación es abrumadoramente icónico. El procedimiento, que lleva empleándose durante siglos, consiste en enroscar cuidadosamente el extremo del gusano a un palo hasta que salga por completo del cuerpo —una imagen análoga a la Vara de Esculapio, histórico símbolo de la medicina.

Se cree también que este gusano de Guinea, tan próximo a desaparecer, es el mismo que aparecía en un fragmento del Viejo Testamento en el que el pueblo de Israel se queja a Dios por haberlos llevado desde Egipto a morir en el desierto, que si no hay pan ni agua, que si ya están hartos de la pésima comida, etcétera.

“Por eso el Señor mandó contra ellos serpientes ardientes, para que los mordieran, y muchos israelitas murieron” —Números, 21:6. La solución que Dios da a Moisés es “coge una serpiente y ponla en un asta. Todos los que sean mordidos y la miren, vivirán”.

Como sospecharán, en el ser humano no existe de forma natural un conducto entre el estómago y el tobillo. Las larvas del gusano de Guinea entran en el cuerpo a bordo de una pulga de agua pero, a diferencia de estas, sobreviven a los ácidos gástricos. Luego horadan la pared del estómago y comienzan a abrirse paso hacia los intestinos. Una vez que —tres meses después— llegan a los tejidos abdominales, las larvas copulan. El macho muere pero el gusano femenino empieza a crecer, a razón de dos centímetros por semana, y a desplazarse subcutáneamente hacia la pierna. La piel bajo la que el gusano circula comienza a hincharse como si algo hirviera por debajo. “Serpientes ardientes”. Este burbujeo cutáneo es especialmente evidente en la pústula ulcerosa que estallará dejando ver la cabeza blanca del Dracunculus medinensis.

Normalmente trascurre un año desde que las larvas entran en el cuerpo y el parásito sale por completo del mismo. Cuando el dolor empieza a hacerse notar y provoca fiebre, el paciente busca introducir inmediatamente la pierna en agua para aliviarse. Error fatal, ya que entonces el gusano se contrae y expulsa cientos de miles de larvas. Este es precisamente su truco, la táctica que le ha servido para sobrevivir en el planeta durante milenios, aún sin plan B.

Como el gusano de Guinea que está instalado entre, digamos, el tobillo y el abdomen, puede llegar a medir hasta un metro, el proceso de extracción se alarga entre uno y dos meses. Ver al gusano brotar tan lentamente del cuerpo en un estado de dolor, fiebre, parálisis y vómitos puede resultar desesperante, pero es siempre preferible a que el bicho se parta y esto provoque al paciente un shock anafiláctico mortal.

En algunos casos, la dracunculiasis puede ser incluso más virulenta. En 2007, una niña ghanesa de 9 años llamada Hubeida Iddirisu contrajo la enfermedad. En una de sus rondas para vender carbón de leña, le aceptó un trago de agua a un vecino. Un año más tarde, le estaban saliendo de la pierna tres gusanos de Guinea.

Pero tranquilos, ya nos han dicho que, en un futuro cercano, uno de esos gusanos de Guinea será el último de su especie. Conseguir una fotografía que documente esta buena noticia será complicado, ya que, como afirma el doctor Gautam Biswas, director del programa de erradicación del gusano de Guinea de la WHO, “la transmisión también está ocurriendo debido a una población móvil y una inseguridad periódica que resulta en una falta de acceso a zonas endémicas. Esto ha resultado en ciertos focos que reportan un número relativamente alto de casos”. Biswas se refiere sucintamente a los Topasa, una tribu de pastores que vive permanentemente enfrentada con la tribu keniata de los Turkana. Aunque han remitido en los dos últimos años, los saqueos de ganado y conflictos por acceder a los puntos con agua son constantes en el conflicto transfronterizo entre ambas tribus —todo esto en una zona que acaba de superar muchas décadas de guerra civil y sufrió un terremoto hace siete meses.

La única ventaja para el eventual fotógrafo es que en Kapoeta Este los centros de atención primaria se pueden contar con los dedos. Con un centro médico por cada 66.000 habitantes, tiene una de las coberturas sanitarias más bajas del mundo —en algunas áreas, un centro por cada 500.000 personas.

Pero la clave es que la fotografía no muestre nada de esto. Ni siquiera la cara o el nombre del angustiado paciente. Para que esta sea una buena noticia es fundamental el encuadre. Nos bastan la pierna en vilo, los rostros sonrientes del Ministro de Sanidad de Sudán del Sur, Michael Milly Hussein, el doctor Gautam Biswas y el director del programa de erradicación del Centro Jimmy Carter, el doctor Ernesto Ruiz Tiben, un guante de látex en homenaje al voluntario desconocido y, finalmente, el último Dracunculus medinensis vivo, segundos antes de bajarse para siempre de este carrusel y sumergirse en la plácida eternidad del formaldehido.


Dracunculiasis (Guinea Worm Disease) and the Eradication Initiative

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hay gente pa to

Mensajepor Invitado » Mar 11 Sep, 2012 12:29 am


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William Deng

Mensajepor William Deng » Mar 02 Oct, 2012 4:45 am

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Jesse James vive junto al Nilo


Alberto Rojas


Tenía 22 años, dos esposas, nueve hijos y un orificio de bala mal cicatrizado en el muslo izquierdo. Como yo, era zurdo. Solo lo vi escribir una vez y fue su nombre: William Deng. Siempre vestía uniforme de camuflaje y zapatos de domingo. Por la noche abría los botellines de cerveza Red Lion con el gatillo del Kalashnikov y le encantaba reírse con el resto de los chicos de las infidelidades que coleccionaban. Tenía varios cómics arrugados y descoloridos de forajidos del oeste junto a su camastro. Su preferido era uno de Jesse James. Nunca quiso decirme a cuanta gente había matado y no sabía lo que era una foto. Me dijo que iba a misa todos los domingos, aunque eso no pude comprobarlo.

Lo de las esposas tiene su explicación. Su hermano acababa de morir en un tiroteo en la frontera con el enemigo musulmán del norte y su mujer, sus hijos y sus vacas pasaban bajo su protección. Una costumbre entre las tribus nuer que ni los sacerdotes católicos de la zona osaban contradecir.

— ¿Tú cuántas esposas tienes?

Me costó explicarle que en España eso no funcionaba así.

— Tengo novia. Una novia. Tener más no está bien.

— Pues quédate aquí. Hay una chica de las que van a recoger agua que se ha fijado en ti. Si no te gusta escoges a otra de sus nueve hermanas. Es la más guapa de la aldea y solo te costará 30 vacas.

— Sabes que no tengo vacas, William.

— Eso da igual. Le das 1.000 dólares a su padre y solucionado. Y nosotros te ayudamos a levantar la casa. Aquí hay tierra de sobra.

Conocí a William en los días calientes del referéndum por la independencia de Sudán del Sur y me cayó bien desde el principio. El alcalde de la aldea de Ayod, en el estado de Jonglei, me lo ‘encalomó’ nada más llegar en la avioneta de la ONU. ‘For protection’, dijo, aunque en realidad lo que pretendía era tenerme controlado. William, adornado con esas cicatrices tribales que les hacen a los niños cuando dejan de serlo, chapurreaba algo de inglés, aunque con un acento del Nilo azul que en nada se parecía al acento de inglés manchego que recibía por respuesta. Con dificultades, conseguimos entendernos en lo importante: dónde conseguir cerveza en un sitio que me recordaba a Mordor, el triángulo del hambre, el reino del escorpión. Trozos de aviones derribados, tanques herrumbrosos y chicas con pulseras elaboradas con balas. Uno de esos lugares de los que nunca se vuelve.

Yo había hecho 4.000 kilómetros para buscar al protagonista infantil de una foto famosa tomada allí 18 años antes, lo que me convertía, automáticamente, en la atracción de los vecinos. Blanco, con una cámara y unas 240 fotos impresas realizadas allí por un tipo que se suicidó después de fotografiar a una criatura junto a un buitre.

En aquellos días, un general se había rebelado junto a su tropa contra el Gobierno del sur a unos 20 kilómetros y la aldea rebosaba de soldados en chanclas o montados en vehículos que parecían sacados de Mad Max, toyotas robados a las ONG y cortados con radiales para alojar ametralladoras pesadas. Cada día había decenas de muertos civiles en los alrededores, así que andaba uno algo inquieto. El primer viaje a África. Bang bang y a casa en una caja de pino. Mi traductor, un sudanés guasón llamado Mario Marach, me dio una palmadita en la espalda: “Tranquilo, tío, tú tienes a William Deng. Nadie puede hacerte nada”. Y era verdad, nadie me hizo absolutamente nada.

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Mensajepor Invitado » Mié 16 Ene, 2013 6:02 am

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Chual Deng y la hija de Nyadak, en la aldea de Ayod, marzo de 1993 – Fotografía de Kevin Carter


El precio de la inmortalidad

Alberto Rojas



Les enseñas las fotos y se miran por primera vez ante el espejo de un pasado sin retorno. No entienden que las imágenes impresas que les muestro son una combinación química de luz y sombra con 18 años de edad. Estamos en algún lugar al oeste del Nilo blanco, donde aún es posible encontrar trazas de la antigua África, esa en la que los rituales son todavía importantes, en la que a un niño se le clava un cuchillo en la frente hasta que toca el hueso para hacerle cicatrices decorativas cuando él decide que ya es adulto. Es en ese territorio donde muchos, sobre todo niños y adolescentes, aún no han visto al hombre blanco y los pequeños salen corriendo como si hubieran visto a un fantasma. Mary Nyaluak, una madre de familia sursudanesa, me lo advirtió el primer día: “En esa carpeta que llevas hay retratos de gente de la aldea, algunos están aún vivos, otros murieron por el hambre o la guerra. ¿Quieres que te los presente?”. Claro que quiero, Mary. Vamos a verlos juntos mañana.

Y al día siguiente, al atardecer, en el lugar en el que antes se levantaba el feed center de Naciones Unidas, nos esperan ocho personas convocadas por Mary. Nyadak Garkuoth sufre una trepidación en el alma cuando ve la foto que le enseño. Señalo a la niña, la reconoce y hace un gesto afirmativo. Coge el papel, lo mira, se lo enseña a los demás. “Es su hija, ya te lo dije”, comenta Mary en lengua nuer y Mario traduce al inglés. Como si ese retrato fuera un médium para hablar con los muertos, Nyadak habla bajito a la imagen y llora. Los demás me miran como diciendo, tío, de dónde moño has sacado eso, si esa niña murió hace años, qué hace ahí, tan viva, congelada su sonrisa cuando aún era corazón y hueso. Nuestro mundo ya se acostumbró a las fotografías. Hay rincones en los que aún no saben qué clase de magia se desencadena para captar un instante para siempre. Yo a veces me lo pregunto también.

Intento explicar de dónde sale eso. Llevo casi 200 fotografías de un tipo sudafricano que estuvo aquí hace 18 años, que pasó un buen rato junto a otro blanco, que se hizo famoso por retratar al hijo pequeño de uno de vosotros con un buitre de esos que hay por todas partes, que se publicó en un periódico de Estados Unidos, que ganó un premio muy famoso y que luego se suicidó. Pero no entienden nada, claro. “Se llamaba Kevin Carter. ¿Alguien se acuerda de él?”. Todos parecen mayores de 40 y todos aseguran que estaban aquí hace 18, pero nadie se acuerda de aquellos kawais, como llaman aquí a los blancos. “Eran tiempos tristes”, explica Mario. “Aquí la gente se moría por culpa de la guerra con el enemigo del norte, nadie tenía nada que comer y venían a la estación de comida de la ONU, a veces caminaban semanas. Llegaban tan débiles que fallecían en cualquier lado”.

La misma fotografía, que es un certificado de ausencia, también lo es de presencia, porque hay otra persona en la imagen. Se llama Chual Deng. Tiene, ante el teleobjetivo de Carter, grandes quemaduras en sus piernas y espera en el pequeño dispensario improvisado a que alguien le atienda junto a la niña. Hoy Chual Deng es un anciano pero el tiempo no ha borrado las cicatrices, que me enseña cuando le muestro la foto. Estamos en el mismo lugar, el único edificio de ladrillo, que es un colegio y no un hospital improvisado, como en 1993, y está tan lleno de chavales que una de las clases hay que darla bajo un mango enorme. En la puerta de cada aula hay carteles con letras para que sus habitantes sepan dónde tienen que votar para el referéndum que acaba de celebrarse en el país, y que decidirá su independencia del vecino del norte.

Les pido que me acompañen a la misma pared y allí les saco una foto en la misma posición. Click. La perspectiva no es la misma porque yo uso un gran angular que convierte a Deng en un hombre mucho más pequeño que en la instantánea de Carter. Terminada la sesión me dice Mario que estaría bien invitarles beber algo y a eso vamos. De camino al mercado la mujer me pide de nuevo la foto. Recuerdo que no le he preguntado el nombre de la pequeña pero no quiero molestarla. Vuelve a quedarse quieta y concentrada para observar una vez más ese lugar donde la niña vive inmutable, en un mundo de luces y sombras, alejada al fin de una guerra que profanó esta tierra donde todavía las adolescentes llevan pulseras fabricadas con casquillos de balas. Al fin inmortal más allá de una tumba sin nombre, habitante de ese lugar que Alberto García Alix dice que nunca se vuelve.

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Chual Deng con Nyadak Garkouth en el mismo lugar, febrero de 2011 – Fotografía de Alberto Rojas

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Mensajepor Invitado » Vie 01 Feb, 2013 5:36 am



A veces dan igual las reuniones de seguridad, las advertencias de la embajada y todas las precauciones previas. Si te tiene que tocar, te toca. Y si hay un lugar donde no debíamos pinchar era aquel lugar. Frontera entre Níger y Nígeria, los dominios del yihadismo, territorio comanche, con los chicos de Boko Haram al acecho de cooperantes, misioneros e incautos como nosotros. Una de las salas de estar de los barbudos de Sahelistán. Pero son caminos de ganado, pistas de tierra llenas de arbustos espinosos. El pinchazo es una posibilidad tangible y no pasa nada. Bajas, cambias la rueda y a correr. El problema viene cuando descubres que la rueda de repuesto también está desinflada. Entonces el problema, en pleno desierto y cayendo el sol, es más serio.

Pero Raquel Suárez, que debe de ir por los 40 de fiebre con los parásitos de la malaria reptando por su cuerpo, organiza rápido al personal. Vamos en dos coches, así que los dos chóferes pillan la rueda de repuesto y se van al puesto fronterizo, a ver si alguien infla el neumático mientras los demás esperamos. También llamamos a la base de la ONG en Zinder. Oye, que estamos aquí tirados, hace un calor del carajo y llegaremos tarde.

Los dos conductores se ponen en marcha y vemos el trasiego de vehículos, la mayoría viejos camiones franceses de esos que cruzan el desierto como si fueran locomotoras de vapor. Yo decido relajarme y uno de los nigerinos que nos acompaña también. Saca una esterilla y se pone a rezar debajo de un árbol. Allahu akbar.

Veníamos de visitar la aldea de Dankoré, un villorrio alegre en mitad del desierto, con 300 niños rodeándonos porque nunca han visto a un blanco, cosechas gratinadas y cabras con piel de pergamino sin una sola gota de leche. El tercer jinete conoce bien estas tierras cruzadas por caminos invisibles. Aquí un despiste es mortal. Si te pierdes en la ruta hacia el siguiente pozo, puede que no llegues nunca. Los beduinos, que llevan un GPS incorporado, lo saben desde hace siglos.

El día anterior nos contaron que aquí se esconden parte de los miembros de la secta salafista Boko Haram. En la lengua local, el haussa, significa “La educación occidental es pecado”. El ejército nigeriano los ha ido persiguiendo hacia el norte y han acabado refugiándose aquí, en esta frontera que no es frontera porque al desierto no se le pueden poner puertas ni aduanas.

Pasan grupos de mujeres que nos sonríen como cualquier terrícola sonreiría a un marciano. Una de ellas posa un buen rato para mí, pese a que lleva un recipiente enorme en la cabeza y un niño en la espalda. No me entiendo con ella y a la vez me entiendo sin problemas. Venga, mama, enséñame ese hijo tuyo. Raquel mientras va poniéndose nerviosa. Apenas hay cobertura. Han pasado varios coches. Seguro que todo el pueblo sabe ya que estamos aquí.

Intenta llamar a los dos chavales de la rueda pero nadie coge el teléfono. Está enferma y cabreada. Llama de nuevo a la base. Mandad un coche que se hace de noche. Mientras yo sigo con la princesa del Sahel, click, click, ponte así, ponte asao. Llegan otras chicas y también les divierte la cámara. Pero Raquel decide que se acabó la sesión, que estamos dando el cante, todos al coche de cristales tintados y a esperar. Hora y media después llega el otro coche de la base, que subamos y a correr, que los barbudos fijo que ya saben dónde estamos. Nos cruzamos con los chicos de la rueda, que vienen de vuelta con el flotador hinchado. Hemos tardado porque estábamos rezando, dice el gachón, estoico.

Una pick up con tos roja del Sahel pasa a nuestro lado con ocho militares armados para tomar Polonia. Los chicos miran con curiosidad nuestro vehículo tras sus gafas de espejo. Cananas de balas cruzan su espalda y me pregunto si son parte de ese enorme mercado de munición que España, por lo legal, va dejando por todo este desierto. Primero vende a Ghana, país democrático y sin restricciones, luego Ghana, que se queda su parte como intermediario, vende a indios y vaqueros. Los vaqueros pagan a veces con ayuda al desarrollo. Los indios, con dinero de rescates de cooperantes, a veces cooperantes españoles. Dinero que sale, dinero que vuelve. Balas suficientes para rodar miles de películas de Tarantino, vendidas a estos países bajo los pseudónimos “tiro olímpico” y “caza”. Pero ni en Ghana hay tradición de caza ni tienen federación de tiro olímpico, a no ser que ahora el tiro olímpico se practique con kalashnikovs.

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Mensajepor Invitado » Mar 05 Feb, 2013 5:14 am

El fiasco francés en Somalia y los límites del poder militar europeo


En la madrugada del sábado 12 de enero pasado miembros del Service Action de la Direction générale de la sécurité extérieure (la unidad paramiltar del servicio secreto exterior) y del Commandement des opérations spéciales lanzaron una operación para rescatar a un agente francés que llevaba secuestrado desde 2009 en manos de las milicias islamistas somalíes. La operación fue un fracaso y se saldó con dos miembros del comando francés fallecidos. El cadáver de uno de ellos, un teniente especialista en desactivación de explosivos, fue recuperado. El segundo fue dado por desaparecido hasta que en la cuenta de Twitter de un grupo islamista somalí aparecieron varias fotos del cádaver junto material capturado a la fuerza francesas: Dos subfusiles Heckler und Koch MP7, una pistola Glock 19, varios cargadores PMAG para fusil de asalto AR15, un cargador para fusil de asalto Sig Sauer, dos cascos Opscore con gafas de visión nocturna PVS-14, una emisora Motorola, barra Halligan, cizallas, etc.


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En este tipo de sucesos los detalles que se filtran y las declaraciones oficiales hay que cogerlas con pinza. Supongo que según vayan rodando cabezas y pisen suelo francés los implicados en la operación empezarán a correr los rumores. De momento se sabe que la operación fue lanzada desde el buque de asalto anfibio L9013 Mistral que navegaba frente a las costa somalí, más allá del horizonte con la escolta del destructor D621 Chevalier Paul. El grupo de cincuenta comandos se trasladó a tierra con la escolta de dos helicópteros de ataque Tigre en varios helicópteros EC 725 Caracal del Groupe aérien mixte 56, la unidad de la fuerza aérea francesa que da apoyo a la DGSE. Aterrizaron a tres kilómetros del objetivo en una noche de luna llena. Al parecer habitantes de la zona oyeron la llegada de los helicópteros y alertaron a la milicia islamista. El resultado es que se entabló un largo tiroteo en el que las fuerzas francesas se vieron sorprendidas por la potencia de fuego de las milicias somalíes. Algo extraño si tenemos en cuenta que Somalia fue el país que dio nombre a los technicals.


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Camión Pegaso con montaje antiaéreo ZPU-4 de 14,5mm. en Somalia



El caos y confusión entre los comandos franceses llevó a que sólo cuando se retiraron y llegaron al punto de exfiltración notaron la ausencia de uno de sus miembros, que se dio luego por desaparecido hasta que se publicó la foto del cuerpo. Según la versión oficial francesa murieron “17 terroristas” y con toda probabilidad el rehén, ya que oyeron disparos dentro de la habitación donde estaba retenido. Dos datos poco creíbles teniendo en cuenta el desarrollo de la operación, donde ni siquiera está claro que el comando asaltante lograra llegar a la edificación donde presuntamente estaba el rehén. Las fuentes locales hablan de cuatro u ocho civiles somalíes muertos en el tiroteo. Según Al Shabab el rehén sigue vivo pero no han proporcionado prueba de ello.


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Una de las fotos del material del comando francés publicadas por Al Shabab muestra una foto satélite que alguien se molestó en ampliar y localizar. Se trata de un área urbana que se parece poco a la remota aldea rural al lado de una ciénaga de la que hablaron las primeras crónicas. Se trata de una zona con una cierta densidad de población donde no es difícil imaginar la repetición de las escenas de la batalla de Mogadiscio en 1993, con cada somalí sacando su AK colgado detrás de la puerta.

Lo primero que llama la atención es el colosal fallo de inteligencia en una operación así. Las primeras razones (excusas) que se dieron fue que la operación militar francesa contra fuerzas islamistas Malí podía traer consecuencias para la seguridad del rehén francés. Pero ahora se sabe que la planificación de la operación llevaba como mínimo un mes, lo que implicó el traslado de los dos buques de la armada francesa de los que se llevaba semanas sin saber nada para preocupación de los familiares de la tripulación. Ser sorprendidos de camino al objetivo y perder a un hombre delata la ausencia de aviones sin piloto con sistemas de visión nocturna que permitiera hacer un seguimiento a la operación. El aterrizaje a tres kilómetros del objetivo fue una decisión de enorme torpeza para quien quiera haya visto y oído en acción a un helicóptero en plena naturaleza. Y más razones da pensar que fueron alrededor de medio docena de helicópteros los que participaron. Una auténtica sinfonía en la noche. El comando francés cuyo cuerpo mostraron los islamistas iba vestido de civil, algo absurdo para una operación militar de esta naturaleza a no ser que pensemos que la “estética contratista de PMC” ha permeado a las unidades de operaciones especiales en su permanente búsqueda de la distinción. Y significativo el detalle de la radio comercial Motorola para una operación tan importante de unidades de élite.

Leyendo y oyendo a los que entienden de estas cosas surgen en la conversación las experiencias estadounidenses en más de diez años de guerras por medio mundo. Nada de esa experiencia es comparable a la de los países europeos, dedicados afanosamente a operaciones de mantenimiento de paz y humanitarias. Basta recordar aquella emboscada en Afganistán en la que murieron diez soldados franceses y que llevó a sus familiares a acciones judiciales por la sospecha de negligencia en el liderazgo, formación y equipamiento de los soldados.

Se sabe ahora que en la operación en Somalia las fuerzas francesas necesitaron la ayuda estadounidense. La Casa Blanca ha emitido un comunicado en el que admite que un avión estadounidense entró en el espacio aéreo somalí. Al parecer sirvió como enlace de comunicaciones. La impotencia francesa la hemos visto recientemente en Malí, con la necesidad de recurrir a los medios de transporte estratégico del Reino Unido y de empresas rusas. Los únicos medios de reconocimiento son un solitario Atlantique 2 con base en Dakar y los soldados del Commandement des opérations spéciales sobre el terreno. Ha habido quejas también por la vetustez de los cisternas C-135FR. Da la impresión de que las fuerzas armadas francesas, como las españolas, son un artefacto hueco. Programas estrellas de alta tecnología (carros de combate, cazabombarderos y fragatas de última generación) mientras falla todo lo demás. Así, la crisis económica terminará enterrar las aspiraciones de la Unión Europea de ser potencia global. Un poder militar que se desvanece por falta de presupuesto y porque la guerra le es cada vez más ajena.

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Mensajepor Invitado » Dom 10 Feb, 2013 10:18 pm

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ENTREVISTA | Una misionera denuncia los abusos en El Congo
'Para que nosotros usemos nuestro móvil hay gente que tiene que morir'


"Para que nosotros usemos nuestro móvil hay gente que tiene que morir. No podemos dejar que esto continúe, debemos buscar soluciones", lamenta Nuria Juvanteny, hermana carmelita con 25 años de experiencias en África, siete de ellos en El Congo. El 80% de los recursos mundiales de coltán, mineral clave en las nuevas tecnologías, se encuentra en el este del país. "Para extraerlo los rebeldes utilizan a jóvenes y niños. He visto imágenes donde los soldados azotan a menores cuando éstos caen rendidos tras horas de trabajo para obligarles a continuar en su búsqueda del mineral. ¿Cuánto van a vivir? Muchos acaban muriendo en las minas".

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Nuria Juvanteny. | Manos Unidas.

El conflicto del este del Congo ha acabado con cinco millones de personas desde 1998, según Intermon Oxfam. Sus orígenes se remontan a la lucha étnica entre las tribus hutus y tutsis. La lucha continúa pero, desde los años 90, las milicias concentraron sus esfuerzos en el control de las minas. El este del país es la zona más rica en dos minerales imprescindibles para la fabricación de tecnología compacta: coltán y casiterita.

La misionera aunque diferencia entre el conflicto étnico y la explotación de los minerales del este, considera que todo está relacionado y cree en la existencia de un objetivo común: "Las dos milicias formadas por tutsis y hutus luchan por lograr el control de los valiosos recursos del este del país, donde también intervienen los intereses de las grandes potencias", considera la hermana carmelita. Incluido el coltán.

"Sus armas son las mujeres, pueden ser violadas y maltratadas durante días", explica con rabia en sus ojos. Los rebeldes tutsis emplean la expansión del terror para controlar los diferentes poblados. "Los guerrilleros llegan a las casas y se llevan a las mujeres y niñas a la selva. Quieren abusar de ellas, son verdaderamente sus esclavas". Muchos niños también son víctimas de secuestros con el fin de utilizarlos como soldados, obligados incluso a asesinar a sus propios familiares.


'Sus armas son las mujeres'

A pesar de situarse en el otro extremo del país, las secuelas del conflicto del este llegan hasta Kinshasa, la capital de la República Democrática del Congo, donde Nuria Juventeny dedica su vida a diferentes proyectos humanitarios. Rosita, como la hermana le llama, tuvo que andar durante días hasta llegar a la ciudad. "Nos avisaron de que había una niña tirada en la puerta de nuestra casa, necesitaba un médico: tenía muchas infecciones, había sido violada y estaba embarazada".

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Un minero en las mina de Luissia.

Tenía 14 años y había logrado huir de los rebeldes que la retenían. "Nos contó cómo irrumpieron en su casa. Mataron a toda su familia, sólo recuerda ver viva a su abuela, y se llevaron a la niña junto con su hermanita pequeña. Por la noche las violaron y, 'a palos', las obligaban a cumplir órdenes de los soldados".

La niña hutu se quedó bajo el cuidado de Nuria y del resto de las hermanas carmelitas. "Quería encontrar a su abuela, no paraba de decirlo. 'Buscadla, por favor', repetía". No era posible. No sabían en qué rincón de la selva se encontraba su poblado, el acceso al este del país es de extrema dificultad y era arriesgado tratar de localizarla. "Buscamos en un barrio donde había mucha gente del este, no localizamos a su abuela pero conseguimos encontrar una familia que decidió acogerla cuando supieron cuáles eran sus orígenes".

"Cuando la niña comprendió que estaba embarazada mostró un gran rechazo pero entre unos y otros conseguimos convencerla. Me pidió que eligiese un nombre para él", reconoce Nuria. Hoy Jordi tiene un año. No obstante, el trauma continúa en la mente de la que aún es una niña. "Le gustaría volver su pueblo pero no puede ser, los rebeldes continúan allí".

La huida del este

Rosita no es la única que ha huido en busca de paz. Medio millón de personas se encuentran desplazadas por el conflicto. Muchos salen de los poblados del este hacia campos de refugiados, otros continúan caminando hasta alcanzar la capital. "Les vemos viviendo en la calle, llegan destrozados. Tratamos de cuidarles y hacer lo que podamos... No puedo tener una actitud fría con respecto a este conflicto cuando he visto a hombres que parecen esqueletos. ¿Qué vamos a hacer? Te sientes muy impotente delante de esa humanidad que anda por las calles sin saber qué hacer, ni dónde ir".

¿Quién tiene el control de las minas? ¿Quién permite o fomenta las explotaciones denunciadas? "El ejército congoleño debería controlarlas pero la realidad no es ésta: continúan al frente los rebeldes". Éstos dicen que el Gobierno del Congo no ha respetado el pacto de paz de 2009. El Ejecutivo lo niega, acusa a Ruanda de financiar a las milicias para continuar enriqueciendose a su costa.

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Mineros negocian con intermediario chino.

La hermana cuenta cómo los camiones traspasan las aduanas casi sin control, repletos de kilos del valioso mineral. Considera que la incapacidad para lograr el acuerdo es intencionada ante los intereses intrínsecos del conflicto, ante la riqueza escondida en su continuación. "Toda la mercancía pueda salir del Congo sin problema alguno, Uganda y Ruanda lo permiten. Si las minas se están explotando de esta forma tan injusta es porque está consentido bajo el escaso control", sostiene la religiosa.

Ante la supuesta escasez de medidas para evitar continuas vulneraciones de derechos humanos sufridas por la población del este, Juvanteny se pregunta: "¿Qué hace la ONU?" No posee la respuesta. "Ellos son los primeros que tendrían que proteger a la población, que deberían evitar que los rebeldes llegasen a los poblados y los abusos soportados por los trabajadores de las minas... pero todo sigue igual". dice sin tapujos la hermana Nuria.

En la otra cara de la moneda se encuentran las multinacionales: empresas de telefonía móvil, de nuevas tecnologías, de ordenadores. Todos ellos dependientes de su dosis de coltán. A partir de los años 90 el precio de este mineral se disparó, lo que despertó la búsqueda de materia prima barata: el este del Congo se la ofrece a cambio de cinco millones de muertos desde finales de esa década.

"¿Cómo puede haber evolucionado la tecnología tan rápido sin que sus precios sean desorbitados? Les dan coltán a precios ridículos y ellos pueden crear toda la tecnología que quieren mientras esta gran injusticia continúa silenciada", clama una vez más la hermana Juvanteny.

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Guinea

Mensajepor Guinea » Dom 24 Mar, 2013 8:48 pm

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Severo Moto: "Es el petróleo quien se lleva bien con los países, no Obiang"

Luis del Pino ha entrevistado en Sin Complejos a Severo Moto, líder de la oposición en Guinea Ecuatorial.



Guinea Ecuatorial se independizó de España en 1968 e inmediatamente después pasó a ser sometida bajo la dictadura de Francisco Macías. En 1979 éste fue derrocado por un golpe militar a manos de su sobrino, Teodoro Obiang. Según Amnistía Internacional es uno de los países donde menos se respetan los derechos humanos. El punto de inflexión surge cuando se descubren yacimiento petrolíferos y lo que hasta entonces era un país relativamente pobre empieza a ser enormemente rico, lo que no significa que los guineanos sean ricos.

Severo Moto se exilió a España huyendo del régimen de Teodoro Obiang. En nuestro país, como refugiado político, ha sido la cara visible del movimiento opositor guineano. Según Luis del Pino, España y Estados Unidos le dieron la espalda a Severo Moto en el momento en que se descubrieron los yacimientos petrolíferos, porque les interesaba más negociar con el dictador Obiang.

Severo Moto ha asegurado que "el petróleo ha sido un desastre para Guinea Ecuatorial". Y no porque los guineanos no quieran enriquecerse, sino porque "la tragedia es que el petróleo llega cuando ya hay dictadura, el petróleo viene a reforzar la dictadura". El que manda en Guinea Ecuatorial, según Moto, es el petróleo: "Es él quien se lleva bien con los países, no Obiang", afirmaba el opositor refiriéndose al petróleo.

"Los intereses económicos son los que pesan, y si hay un dictador es mucho más fácil aprovechar eso que si hay una normalidad y un presidente con un mínimo peso de derechos humanos y libertades", explicaba el líder de la oposición.





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