La Memoria Histórica: verdades y mentiras

Un lugar con buen talante y pluralidad democrática donde se debate lo más relevante de la política y la actualidad nacional e internacional.

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Mathias

La Memoria Histórica: verdades y mentiras

Mensajepor Mathias » Sab 23 Jun, 2007 8:27 pm



La Memoria Histórica en Libertad Digital TV

El siete de julio de 2006, El Boletín Oficial del Estado publicó la declaración de ese año cmo de la Memoria Histórica. Desde 2004, los partidos de izquierdas, los nacionalistas y diversos grupos privados vienen llevando a cabo una intensa labor de difusión de una interpretación de nuestro pasado reciente ante la que la gran mayoría de los ciudadanos ha expresado su indiferencia, cuando no su oposición.

Las acusaciones de parcialidad y autoritarismo con respondidas por el Gobierno con mensajes que ponen en entredicho los valores democráticos de sus críticos. Asimismo, desde hace tiempo asistimos a la denominada "querella entre historiadores" en la que los argumentos científicos se confunden con campañas de desprestigio personal. ¿Se puede legislar la historia? ¿Es posible llegar a un acuerdo sobre las causas de la Guerra Civil y el balance del franquismo? Estas y otras preguntas serán el objeto de esta nueva edición de Debates el Libertad, que cuenta con cuatro invitados de expcepción: los historiadores Ricardo de la Cierva y Pío Moa, el historiador y novelista César Vidal, y el historiador y sacerdote Ángel David Martín Rubio. La Memoria Histórica a examen en Libertad Digital Televisión.

Fuente: Larepublica.foros.ws

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Edison
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Mensajepor Edison » Dom 24 Jun, 2007 2:36 pm

Dime con quien andas...

No me dedico a llenar páginas y más páginas a base de corta y pega. Creo que con poner un enlace es suficiente:

Un franquista declarado "Yo siempre he defendido al General Franco, y su régimen y los principios del 18 de Julio"
Un converso caído del caballo (y miembro fundador del GRAPO)
Alguien que se opone a la teoría de la evolución

Fuera de L.D. hay vida. Y además es vida inteligente.
Francesc

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Mathias

Mensajepor Mathias » Dom 24 Jun, 2007 3:31 pm


No deja de tener su mérito ser consecuente con las ideas que se tienen, y en todo caso si se cambian que no sea por sacar partido de las circunstancias.

EL señor de la Cierva es franquista confeso, como muchos otros cuando serlo era muy rentable. Pero los que dejaron de serlo (franquistas) cuando ya no lo era (rentable), esos no son ejemplo para nadie que aprecie mínimamente la integridad intelectual y moral en las personas.

Polanco, Cebrián, su majestad el Rey... por poner unos ejemplos. Y por poner otros, aunque matizadamente diferentes, los de aquellos que se llenan la boca diariamente de Memoria Histórica y reproches franquistas pero que se aprovechan sin pudor de los beneficios que sus padres sacaron de la participación activa en el régimen del Generalísimo, como la señorita de la Vega, Bono o el mismo ZP, que sólo se acuerda de uno de sus cuatro abuelos, maquillando además detalles como su participación en la represión del 34 durante el levantamiento contra la legalidad constitucional que promovió precisamente el PSOE (el levantamiento). Ya ves, lo único bueno que hizo su abuelito republicano y encima lo oculta. Losantos fue comunista y antifranquista cuando serlo era difícil y necesario para luchar por las libertades. Pío Moa otro tanto. Y sobre todo lo eran (antifranquistas) cuando vivía Franco. El antifanquismo de muchos "progres" sinvergonzones y trepadores, ahora que no hay franquismo, es de risa. Polanco, que se hizo rico precisamente con el franquismo, que hizo negocios con Pinochet y otros dictadores del Cono Sur, ahora viene a darnos clases de antifranquisdmo. Está todo dicho.

La diferencia entre ser de derechas con Franco o serlo en democracia no parece importante para la gentuza que juega a la demagogia de los "fachas españoles" pero al mismo tiempo lame el culo de la derecha europea, ntentando desacreditar alternativas a su poder de la manera más miserable. Una muestra más del totalitarismo auténticamente fascista, sin paliativos, de nuestra izquierda, capaz de canonizar a una banda armada racista, nacionalista y con una naturaleza neonazi más que palpable, al mismo tiempo que predican "cordones sanitarios" para el partido democrático que da voz a la mitad de los españoles. Esa es la izquierda española, esos sois los sinvergüenzas.

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Edison
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Mensajepor Edison » Dom 24 Jun, 2007 4:07 pm

Un curioso discurso basado en agrupar a todos los que opinan cualquier cosa diferente a las genialidades de L.D. en un solo bloque y llenarlos de insultos. Como hacía el paquillo cuando todos eramos comunistas, judios y masones pagados por el oro de Moscú, pese a que tal mezcla es más difícil que disolver agua en aceite.

Ninguno de estos supuestos historiadores son considerados demasiado fiables, fuera de su pequeño circulo de pelotas y amigos. Y de nada sirve dedicar tantos adjetivos a otras personas que, por otra parte, tampoco son historiadores. Da igual lo que hiciese o dejase de hacer el abuelo de Zapatero, Bono, el rey o el Sursum Corda.
Francesc

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Mathias

Mensajepor Mathias » Dom 24 Jun, 2007 7:29 pm


Al menos "Paquillo" hacía el mínimo esfuerzo de matizar tres grupos diferentes. Vosotros ni eso: ahora el que se sale del pensamiento único pasa a engrosar automáticamente una "masa fascista" dentro de vuestro "cordón sanitario". Ni en eso dais la talla.


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PSOE culpable GuerraCivil

El PSOE fue el culpable de la Guerra Civil española

Mensajepor PSOE culpable GuerraCivil » Dom 12 Ago, 2007 2:40 am



El PSOE fue el culpable de la Guerra Civil española. Zapatero te vamos a ayudar a mejorar tu mala memoria historica

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son fascistas

Mensajepor son fascistas » Dom 12 Ago, 2007 6:43 pm

Lo cerdo de Matias es el alma, el cuerpo podría ser el de cualquiera- Sus ideas son cínicas e inmorales, comoi las del Pp: la culpa es del PSOE. Hay que ser canalla.

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recordemos

Mitos al descubierto

Mensajepor recordemos » Mar 25 Sep, 2007 3:47 pm



Mitos al descubierto
Una serie de 13 capítulos que analiza la Guerra Civil con motivo del 75 aniversario de la contienda. El trabajo, elaborado por el Instituto de Estudios Históricos del CEU, cuenta con dirección y guión de los historiadores Alfonso Bullón de Mendoza y Luis Togores, e incluye gran cantidad de imágenes históricas, así como recreaciones fidedignas elaboradas con elementos de época.

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mitos de la Guerra Civil

Mensajepor mitos de la Guerra Civil » Mar 25 Sep, 2007 4:21 pm



Los mitos de la Guerra Civil
Uno de los acontecimientos de la historia del siglo XX que más atención ha suscitado por parte de historiadores, escritores y artistas de todo el mundo. Sin embargo, pasados más de setenta años de su inicio, la controversia entre los historiadores se recrudece con acusaciones de creación de mitos y seguidismo político. Tras el documental La Guerra Civil, cuyo director sostiene las tesis defendidas por gran parte de la historiografía de izquierdas, los historiadores César Vidal, José Rodríguez Lavandeira y Pío Moa arrojarán luz sobre la contienda española, sus causas y desarrollo. ¿Cuáles son los mitos de la Guerra Civil? ¿Por qué algunos los defienden?.

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forgotten

Mensajepor forgotten » Jue 27 Ago, 2009 11:46 pm

"Vinieron a buscarla la noche del 30 de septiembre del 36..."
Laurentino, de 91 años, recuerda a su madre, la maestra fusilada que los arqueólogos buscan en León

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María de los Desamparados y su único hijo


Mientras esperaba, nervioso, alguna noticia de los arqueólogos que arañaban la tierra buscando los restos de su madre, María de los Desamparados Blanco, Laurentino, de 91 años, explicó quién era aquella mujer y cómo había acabado en aquella fosa de Lario (León) con otro maestro, Eusebio González, al que prácticamente acababa de conocer:

"Los fascistas vinieron a buscarla la noche del 30 de septiembre de 1936. Yo estaba durmiendo. Me despertó y me dijo: Mañana estoy aquí. Tú tranquilo. Los fascistas le habían dicho que necesitaban llevársela para que declarara en León en el juicio de otro maestro. Mi padrastro vio cómo la subían en un coche con otro maestro, Eusebio, totalmente pálido. Cuando ella quiso volver a entrar en casa a por dinero, Eusebio le dijo: María, donde vamos, no lo vas a necesitar. Mi padrastro oyó aquello. Antes de marcharse, los fascistas le dijeron: Y mañana vamos a por ti."

El padre de Laurentino, militar, había desaparecido en el desastre de Annual, la derrota militar española ante los rifeños en 1921. "Yo tenía entonces tres años. A los nueve, declararon a mi padre muerto, a mi madre viuda y a mí, huérfano militar", cuenta. Su madre, que había creado un colegio para niñas y daba clases de piano a las familias pudientes de la zona, se casó poco después con otro maestro. "Al día siguiente de que mataran a mi madre fui en bicicleta a ver al jefe local de Falange, a Riaño. Le expliqué que mi padre había muerto en Marruecos, que a mi madre la habían matado la noche anterior y que a mi padrastro estaban a punto de hacerlo también. Me dijo: vete tranquilo. Y paró la ejecución".

Fue la primera vez que le salvó la vida a su padrastro. La segunda fue cuando se alistó en la División Azul para interceder por él. "Había desertado del ejército y estaban a punto de procesarlo". Iba a caerle una pena de muerte o 30 años. Al final lo liberaron.

La División Azul era un salvoconducto para el resto de la familia. "Yo conocí a un comunista que se había alistado para salvar a su padre", cuenta.

Sin embargo, Laurentino iría poco a poco perdiendo relación con aquel hombre al que había librado de la muerte en dos ocasiones. "Se me metió en la cabeza que a mi madre la habían matado por las ideas de él".

Y hubo un día que estuvo a punto de tomarse la justicia por su mano. "Al volver de la División Azul, como tenía algo de dinero, cogí un taxi y me fui al bar de la familia que creía que había denunciado a mi madre. Llevaba una bomba y una parabellum y entré dispuesto a hacer una barbaridad, pero el taxista me convenció..."

Algunos vecinos le contaron después que además de aquella familia, también estaba implicado el cura del pueblo y que oyeron a su madre rezar antes de ser fusilada. "Era muy católica. No faltaba un día a misa". "Uno de los asesinos le quitó la ropa y se la regaló a su mujer, porque luego la vieron por el pueblo paseando con el abrigo de mi madre. Ojalá esté aquí".



Arranca la búsqueda de dos maestros fusilados en 1936

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Laurentino, en el terreno donde un equipo de arqueólogos
ha empezado a buscar a su madre, una maestra fusilada en 1936
Los arqueólogos del equipo de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica han empezado a buscar hoy a María de los Desamparados Blanco y a Eusebio González de la Riva, dos maestros fusilados la noche del 30 de septiembre de 1936 en la localidad leonesa de Lario.

María nació en 1894. Su madre murió en el parto, y su padre, que quería que fuera monja, la envió al hospicio de León cuando tenía 6 años. Al cumplir los 18, María abandonó el hospicio, y empezó a ganarse la vida dando clases de piano y solfeo a familias pudientes. Poco después, puso un colegio para niñas y se casó con un militar con el que tuvo a su único hijo, Laurentino. Su marido moriría en el desastre de Annual (Marruecos). Ella siguió adelante con su carrera de maestra, primero como interina y luego nacional. Tras pasar un tiempo destinada en Canarias, regresó al pueblo de Bercianos del Parmo, se casó de nuevo, con otro maestro.

Al estallar la Guerra Civil, se convirtieron en uno de los objetivos preferidos de los hombres de Franco, especialmente, en la montaña leonesa. En el pueblo donde María y Eusebio González, padre de tres hijas, daban clases el secretario, su mujer y el cura se pusieron enseguida del bando de los falangistas. Estaban sentenciados. La noche del 30 de septiembre de 1936 en un pueblo cercano, Lario, fueron fusilados a la orilla de una carretera. Los vecinos aún recuerdan los gritos de las víctimas, que oyeron desde el pueblo. Uno de los asesinos, natural de Polvoredo, desvistió a María, antes o después de matarla, porque poco después, su mujer apareció en el pueblo luciendo su abrigo y su bolso.

Laurentino, hoy un anciano, espera poder encontrarla en la tierra que han comenzado a excavar hoy los arqueólogos de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica.

EL PAÌS.com

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camisa blanca

Mensajepor camisa blanca » Mar 01 Sep, 2009 11:51 pm

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La camisa blanca

He recibido carta de una lectora que comenta un artículo aparecido en esta página sobre cadáveres de la guerra civil enterrados o por desenterrar, lamentando que no mostrara yo excesivo entusiasmo por el asunto del pico y la pala. El contenido de la carta es inobjetable, como toda opinión personal que no busca discutir, sino expresar un punto de vista. Comprendo perfectamente, y siempre lo comprendí, que una familia con ese dolor en la memoria desee rescatar los restos de su gente querida y honrarlos como se merecen. Lo que ya no me gusta, y así lo expresaba en el artículo, es la desvergüenza de quienes utilizan el dolor ajeno para montarse chiringuitos propios, o para contar, a estas alturas de la vida, milongas que, aparte de ser una manipulación y un cuento chino, ofenden la memoria y la inteligencia. Envenenando, además, a la gente de buena fe. Prueba de ello es una línea de la carta que comento: «Parece que para usted todos los muertos de esa guerra sean iguales».

Así que hoy, al hilo del asunto, voy a contar una historia real. Cortita. Lo bueno de haber nacido doce años después de la Guerra Civil es que las cosas las oí todavía frescas, de primera mano. Y además, en boca de gente lúcida, ecuánime. Después, por oficio, me tocó ver otras guerras que ya no me contó nadie. Con el ser humano en todo su esplendor, y la consecuente abundancia de fosas comunes, de fosas individuales y de toda clase de fosas. Esto, aunque no lo doctore a uno en la materia, da cierta idea del asunto. Permite llegar a mi edad con las vacunas históricas suficientes para que ni charlatanes analfabetos, ni oportunistas, ni cantamañanas, vengan a contarme guerras civiles o guerras de las galaxias como burdas historietas de buenos y malos. A estas alturas.

La señora que me refirió la historia tiene hoy 84 años. Cumplía doce el día que acompañó a su madre al ayuntamiento de la ciudad en donde vivía: una ciudad en guerra, con bombardeos nocturnos, miedo, hambre y colas de racionamiento. Como casi toda España, por esas fechas. Era el año 37, y el edificio estaba lleno de hombres con fusiles y correajes que entraban y salían, o estaban parados en grupos, liando tabaco y fumando. A la niña todo aquello le pareció extraño y confuso. La madre tenía que hacer un trámite burocrático y la dejó sola, sentada en un banco del primer piso, en el rellano de la escalera. Estando allí, la niña vio subir a cuatro hombres. Tres llevaban brazaletes de tela con siglas, cartucheras y largos mosquetones, uno de ellos con la bayoneta puesta. A la niña la impresionó el brillo del acero junto a la barandilla, la hoja larga y afilada en la boca del fusil, que se movía escalera arriba. Después miró al cuarto hombre, y se impresionó todavía más.

Era joven, recuerda. Como de veinte años, alto y moreno. De ojos oscuros, grandes. Muy guapo, asegura. Guapísimo. Vestía camisa blanca, pantalón holgado y alpargatas, y llevaba las manos atadas a la espalda. Cuando subió unos peldaños más, seguido por los hombres de los fusiles, la niña advirtió que tenía una herida a un lado de la frente, en la sien: la huella de un golpe que le manchaba esa parte de la cara, hasta el pómulo y la barbilla, con una costra de sangre rojiza y seca, casi parda. Había más gotitas de ésas, comprobó mientras el chico se acercaba, también en el hombro y la manga de la camisa. Una camisa muy limpia, pese a la sangre. Como recién planchada por una madre.

La sangre asustó a la niña. La sangre y aquellos tres hombres con fusiles que llevaban al joven maniatado, escaleras arriba. Éste debió de ver el susto en la cara de la pequeña, pues al llegar a su altura, sin detenerse, sonrió para tranquilizarla. La niña –la señora que setenta y dos años después recuerda aquella escena como si hubiera ocurrido ayer– asegura que ésa fue la primera vez, en su vida, que fue consciente de la sonrisa seria, masculina, de un hombre con hechuras de hombre. Sólo duró un instante. El joven siguió adelante, rodeado por sus guardianes, y lo último que vio de él fueron las manchas de sangre en la camisa blanca y las manos atadas a la espalda. Y al día siguiente, mientras su madre charlaba con una vecina, la oyó decir: «Ayer mataron al hijo de la florista». Al cabo de unos días, la niña pasó por delante de la tienda de flores y se asomó un momento a mirar. Dentro había una mujer mayor vestida de negro, arreglando unas guirnaldas. Y la niña pensó que esas manos habían planchado la camisa blanca que ella había visto pasar desde su banco en el rellano de la escalera.

La niña, la señora de 84 años que nunca olvidó aquella historia, no sabe, o no quiere saber, si al joven de la sonrisa lo desenterraron en el año 40 o lo han desenterrado ahora. Le da igual, porque no encuentra la diferencia. Como dice, inclinando su hermosa cabeza –tiene un bonito cabello gris y los ojos dulces–, todos eran el mismo joven. El que sonrió en la escalera. A todos les habían planchado en casa una camisa blanca.

A.Pérez-Reverte

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Mensajepor Invitado » Vie 24 May, 2013 4:31 pm



Cara a cara: Pablo Iglesias VS Fernando Paz debaten sobre la II República, la Guerra Civil, el franquismo y la Memoria Histórica.


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Mensajepor Invitado » Lun 24 Jun, 2013 2:31 am

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Un café en Huesca

Alfonso Vila Francés


Si pasan por la antigua carretera de Teruel a Zaragoza, a muy pocos kilómetros de Teruel, en un lugar llamado los Llanos de Caudé, presten atención al monótono paisaje. Y no corran. Pasarán a muy pocos metros de un pequeño mausoleo, con sus coronas de flores y su bandera republicana. Ese lugar que vislumbrarán a través de la ventanilla del coche con la fugacidad de las apariciones y los espejismos, señala el lugar donde estaba el antiguo pozo (uno de ellos) al cual fueron arrojadas las víctimas de la represión franquista. Durante mucho tiempo no hubo recordatorio alguno en el lugar. Solo los habitantes de la zona conocían la existencia de esa fosa común. Un pastor de la zona, a base de contar los tiros que escuchaba, llegó a contar 1005 víctimas. Hace poco la zona se urbanizó. Se pretendía construir un polígono industrial. Pero el monumento resiste. Y bajo el asfalto reposan los huesos de las víctimas, esperando que alguien se acuerde de ellas. No son los únicos restos que quedan por exhumar, ni en España ni en Aragón.

Muy cerca de allí, y no es ninguna casualidad, están las lápidas de tres pilotos alemanes de la Legión Cóndor, que fueron derribados en combate. Estas lápidas, al igual que muchos búnkers, trincheras, nidos de metralletas y otros restos de la Guerra Civil, se pueden visitar fácilmente y pueden ser punto final de una serie de excursiones a pie, en bicicleta, a caballo y en coche, que han sido adecuadamente reseñadas en dos libros fundamentales: Lugares de la guerra. 35 itinerarios por la batalla de Teruel y Más lugares de la guerra. Otros 35 itinerarios por la batalla de Teruel, de Alfonso Casas Ologaray. Si tienen tiempo y ganas, cojan una mochila y échense al monte; además de estos restos de la guerra, las sierras de Teruel tienen muchísimos atractivos: grandes bosques, montañas altas pero a las que es fácil ascender, con cumbres de 2000 metros, barrancos y paredes verticales para los que buscan la dificultad, ríos y pantanos donde pescar, bañarse o simplemente sentarse a descansar en la orilla, entre la sombra de los árboles, rincones tranquilos, solitarios, rincones para dejar volar la mente y olvidar los problemas. Luego vuelvan a la civilización. Mora de Rubielos, Rubielos de Mora, Albarracín, Valderrobles, son algunos de los muchos pueblos de la zona que merecen entrar en la categoría de pueblos más hermosos de España. Allí encontrarán buenos restaurantes y buenos alojamientos, con todas las comodidades posibles. Descansen y olviden. Pero no lo olviden todo.


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Este reportaje trata de esto. Del viaje hacia el pasado. Del viaje hacia una parte de nuestra historia reciente. Todo viaje es placer. Pero entre placer y placer no es incompatible un momento de reflexión. Hay historias terribles que tal vez deberían ser olvidadas. O mejor aún: deberían no existir. Pero por desgracia existen. Nosotros no podemos cambiar el pasado. Pero sí podemos conocerlo.

Para lo que les voy a contar a continuación tienen que conducir un poco más lejos. Pasen el largo valle del Jiloca. Pasen los viñedos de Cariñena. Dejen de lado Zaragoza, Fuendetodos, Belchite. Son lugares muy interesantes, que merecen una parada, pero lo dejaremos para otra ocasión. Ahora vamos hasta Huesca, hasta una de las comarcas más desoladas del país (de un país con muchas comarcas desoladas): los Monegros.


MANIC STREET PREACHERS
¡Ah! Y pongan música. Si puede ser pongan una vieja canción de un grupo británico llamado Manic Street Preachers. Un canción que ostentó el curioso récord de ser la canción que había llegado al número uno con el título más largo. Esta canción es If you tolerate this your children will be next y ese título no es una invención, es el lema de un cartel de la Guerra Civil española. ¿Sorprendidos? Escuchen la canción. Habla de caminar por Las Ramblas, de matar fascistas… La canción fue un gran éxito en 1998, como ya he dicho, justo 51 años después de la creación del cartel del que toma el título. Tal vez ustedes no hayan visto muchos carteles de este tipo. O quizá sí. Sé por experiencia que en algunos casos los carteles de propaganda bélica exageran la realidad. En este caso no hacía falta exagerar nada: un niño muerto por un bombardeo es un niño muerto por un bombardeo. La imagen es suficientemente terrible para llamar la atención y para remover conciencias (al menos de los que la tienen). Pero el cartel no estaba destinado a los españoles, que sufrían la guerra todos los días, sino a los que la veían de lejos, a los que tal vez pensaban que aquello no iba con ellos. Y ahí entraba el texto, que era tan terrible y tan acertado como la imagen: “Si toleras esto tus hijos serán los próximos”. Este cartel podía verse en las calles de Londres y otras ciudades europeas en 1937. Algunos le hicieron caso (muchos voluntarios de las Brigadas Internacionales sabían bien lo que se jugaban, y así lo dejaron escrito), otros no hicieron tanto caso y luego se arrepintieron: como el Gobierno americano cuando reconoció que debían haber ayudado a la República (“¡a buenas horas!”, podríamos decir), y otros, sencillamente, no le prestaron el menor interés. Por desgracia Hitler y Mussolini se encargaron un par de años después de dar la razón a los republicanos españoles. Después de todo sabían muy bien cómo hacerlo: la España republicana había sido un campo de pruebas perfecto.

Volviendo a la canción de Manic Street Preachers, uno podría preguntarse por qué un grupo de rock inglés de la década de los 90 ha decidido escribir una canción sobre una guerra que sucedió 60 años antes y en un país extranjero. Para empezar porque muchos ingleses lucharon en ella. Lucharon voluntariamente, lucharon porque creyeron que era su deber hacerlo. Lucharon llenos de idealismo y también, hay que decirlo, de espíritu de aventura. Para venir a jugarte la vida a un país que no es el tuyo y sin que nadie te obligue tienes que tener las ideas muy claras y ser un poco temerario. Así eran dos de los protagonistas de este artículo, un periodista aún desconocido: George Orwell, y un escritor ya famoso: André Malraux. No fueron los únicos, Hemingway, sin ir más lejos, también merece un lugar especial. Pero Hemingway apenas pisó el frente de Aragón. En cambio, Orwell y Malraux pasaron buena parte de la guerra en estas tierras, Orwell en las trincheras de la sierra de Alcubierre, en los Monegros, y Malraux volando sobre las sierras de Teruel en los aviones que él había conseguido para el bando republicano, que, como es bien sabido, estaba muy necesitado de casi todo. Los dos sobrevivieron y los dos escribieron sobre lo que habían vivido. Orwell escribió un libro fundamental:
Homenaje a Cataluña
, y Malraux escribió una novela, La esperanza, que inmediatamente después fue convertida en película del mismo título.


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Los que hemos tenido la suerte de no vivir ninguna guerra no necesitamos más que leer unas cuantas páginas de Homenaje a Cataluña para hacernos una idea veraz de cómo fue aquello. “No luchábamos contra los fascistas, luchábamos contra los piojos”, llega a decir Orwell. Sus descripciones de la vida en el frente son tan exactas y a la vez tan escuetas que es muy fácil ponerse en la piel del escritor. Pero si no tienen bastante con el libro, o mejor dicho, porque no deberían tener bastante con el libro, si tienen ocasión viajen hasta el pueblo de Alcubierre, en Huesca, y siguiendo las indicaciones lleguen hasta las antiguas trincheras, muy cercanas al pueblo. Verán que han sido restauradas. Que han sido acondicionadas para ser visitadas. Verán que el Gobierno de Aragón ha editado unos magníficos folletos explicativos. Verán que hay paneles y carteles con fotos y señalizaciones, que hacen muy cómodo e interesante el paseo por ese lugar. Pero sobre todo salgan de la senda, métanse en el monte, contemplen la tierra reseca, el altiplano árido y frío, recuerden cómo Orwell nos habla del frío, de la soledad, de la desesperante rutina, de la continua visión del enemigo, tan cerca pero tan inalcanzable (al igual que las luces de la ciudad de Zaragoza, que Orwell llegaba a ver desde su posición en las noches despejadas), de la suciedad y la sed, y del ansia de lucha y del miedo, del dolor, de los compañeros caídos, de las falsas noticias, y de las malas noticias que caían en forma de papel desde aviones enemigos (la noticia de la caída de Málaga a manos de los nacionales, llegada del cielo para desmoralizar a unas tropas a las que les faltaba casi de todo pero les sobraba moral), y de la larga y postergada esperanza de victoria. Si están un momento solos y cierran los ojos casi podrán imaginarse que son George Orwell, o cualquiera de sus compañeros del POUM, siempre conservando el buen humor. “Mañana nos tomaremos un café en Huesca”. Esa era la broma habitual. Cada día, cada semana, esperando la ofensiva, esperando la gran batalla entre escaramuzas inútiles, piojos y frío. Al final la ofensiva llegó pero Huesca resistió. Orwell fue herido, pasó por diversos hospitales: Siétamo, Barbastro, Lérida, Monzón… Y luego volvió a Barcelona y se enteró de que su partido adoptivo, el POUM, había sido ilegalizado. Orwell lo cuenta todo con pelos y señales. No ahorra ningún sufrimiento al lector. Pero hace también algo muy importante: se molesta en rebatir a otros corresponsales, algunos de los cuales escribían sus crónicas sin pisar el lugar de los hechos. Incluso mintiendo descaradamente. Al final, George Orwell, como muchos de sus compañeros, tuvo que salir del país casi como un fugitivo. Pero siempre le quedó pendiente algo. “Si alguna vez regreso a España, me tomaré un café en Huesca”. No lo hizo. No pudo hacerlo.


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Si ustedes pasan por Huesca, si creen en la literatura y en la verdad, tómense un café en recuerdo suyo. Les llevará solo un momento. Y luego pueden ver los cercanos castillos de Montearagón y de Loarre, además de los Mallos de Riglos. O pueden subir a Jaca o a Canfranc.

La estación de Canfranc es hoy un lugar desolado. Hace poco se iniciaron unas obras que pretendían convertirla en un hotel de lujo. Pero la crisis acabó con ellas. Viendo los vagones oxidados, las oficinas arrasadas, las cornisas que sirven de nidos y se caen a trozos, cuesta imaginar cómo sería este lugar en los duros años de la posguerra. Por allí pasaron muchos judíos que huían desde lugares distantes a miles de kilómetros (y en muchos casos su buena suerte acabó allí: fueron detenidos y repatriados). Además de los gendarmes franceses y de los policías españoles, durante la Segunda Guerra Mundial existió un destacamento de soldados alemanes y por ella entraron a España, en vagones de mercancías, las casi 100 toneladas de oro con el que Hitler pagaba el wolframio a Franco y a Salazar. Este edificio esconde lujo, belleza, sueños, esfuerzo y secretos, muchos secretos. Es uno de esos lugares que está pidiendo a gritos una buena novela. Dejen el coche y anden por las vías. O métanse en el bosque y paseen por los alrededores. Pero no se despisten. Las noches del Pirineo son frescas o directamente frías. Mejor volver hacia el sur.

En todas las guerras al final lo único que cuenta es matar o morir. De eso, de matar y morir, aprendió mucho George Orwell, que en el momento de ser herido estaba disparando contra los fascistas… “Pero resultaba casi divertido, pues los fascistas no sabían de donde venían los disparos y yo estaba seguro de acertarle a alguno tarde o temprano. Sin embargo, las cosas resultaron justo al revés: un tirador fascista me hirió”. La sinceridad de Orwell es apabullante, pero se queda corto: no le hirió, casi lo mata. De hecho, si salvó la vida fue por los primeros auxilios de un fotógrafo americano que estaba de centinela (Harry Milton, compañero del POUM) y también por esa suerte inexplicable que tantas veces decanta la balanza: la bala pasó rozando la arteria, pero le atravesó el cuello limpiamente. Orwell llegó a ser el gran escritor que fue por una cuestión de milímetros.

De eso, de matar y morir, también aprendió mucho André Malraux. Malraux, como Hemingway, pensó en qué podía ser más útil a la República y decidió conseguir pilotos y aviones. Uno de esos aviones se estrelló en los montes de Teruel, muy cerca de Valdelinares, el pueblo más alto de España, y los vecinos de la zona rescataron al piloto herido y, cargándolo en una improvisada camilla, lo transportaron por los caminos de las sierras durante dos días hasta ponerlo a salvo. Además, por si fuera poco, cargaron también con los restos del motor del avión. Malraux se quedó impresionado con su humildad y su espíritu solidario. Estos hombres no sabían nada de mecánica de aviones. Habían cargado durante dos días con un montón de chatarra muy pesado y absolutamente inútil, pero las buenas intenciones, si no bastan, al menos sí se deben dignificar, y eso lo comprendió inmediatamente Malraux, que utilizó esta anécdota como punto de partida de su novela y posterior película.

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Idealistas y pragmáticos. Todas las guerras están llenas de idealistas y pragmáticos. La película de Malraux llegó tarde, cuando se estrenó la guerra ya estaba casi perdida. Y Malraux, como Orwell, nunca volvió a España. Como ellos hubo muchos más. No sé cuál era el porcentaje de idealistas y de pragmáticos en las Brigadas Internacionales pero creo que no me equivoco si digo que debían abundar los primeros. En los momentos tranquilos del viaje, piensen en una historia que me contó mi abuelo. Mi abuelo, permítanme que lo diga, luchó en el bando republicano. Luchó porque le tocó luchar, como muchos otros. Mi abuelo no solía hablar de la guerra. Y yo, la verdad sea dicha, tampoco solía preguntarle mucho. Pese a todo, en una ocasión me contó, no recuerdo cómo empezó la conversación, cómo algunos soldados que él conocía, vecinos suyos, habían vuelto del Teruel recién conquistado con los bolsillos llenos de unos billetes que en la zona republicana no tenían ningún valor. No los destruyeron. Ni los dejaron donde estaban, en el suelo, entre los escombros. Decidieron guardárselos “por si acaso”. Ese “por si acaso” dice mucho de esos soldados. Y uno no puede evitar preguntarse: ¿qué habría hecho Orwell, qué habría hecho Malraux, qué habría hecho cada uno de nosotros?

Cuando pasen por Teruel, suban a sus torres mudéjares. Sigan la ruta de los edificios modernistas. Si tienen niños, pasen el día en Dinópolis. Aunque no entre en sus planes, quédense a pasar la noche. Encontrar un buen hotel, céntrico y barato, no les costará mucho. Y después de cenar dense una vuelta por la plaza del Torico y las calles adyacentes. Encontrar un buen pub o un buen bar no les costará casi nada. La ciudad resultó muy dañada en los diversos ataques del 37-38. Pero los edificios fueron reconstruidos. Y se aprovechó para ensanchar algunas calles y abrir algunas plazas. Aunque al mismo tiempo se derribó la única iglesia románica que quedaba en pie. Los idealistas y los pragmáticos, siempre mezclados, siempre luchando y trabajando codo con codo, en la guerra y en la paz.

Si se acercan a Alcañiz, si visitan el castillo (hoy convertido en un estupendo Parador), recuerden, aunque solo sea por un momento, a esa maestra republicana que decidió llevarse de excursión a los niños de la escuela. Hoy nada en ese lugar recuerda qué sucedió aquel día. Era un día soleado y la maestra pensó que era una buena ocasión para subir al castillo. No podía pensar que unos aviones iban a descargar sus bombas sobre ella. Y luego recuerden ese viejo cartel de la República, y piensen en esa terrible frase de advertencia, de súplica, que luego, 50 años después, se convirtió en el estribillo de una canción que iba a llegar al número uno de las listas de éxitos inglesas. Los propagandistas de la República por desgracia no tuvieron que rebuscar mucho para encontrar una imagen que simbolizara todo el horror que vivía el pueblo español: tenían de sobra donde elegir. El bombardeo de Alcañiz solo fue uno entre tantos.

Piensen en ello, en lo que han visto. Recuerden cómo era la vida de miliciano que Orwell contó en sus libros y que ustedes aún pueden casi revivir con un breve paseo por las trincheras de Alcubierre. Hay lugares hermosos y lugares terribles, y hay lugares hermosos y terribles a la vez. En Teruel y en Huesca hay algunos de ellos. Visítenlos con calma. Detengan el coche y hagan fotos. No tengan prisa y déjense llevar. Vean ermitas góticas encaramadas a las rocas. Trepen por las ruinas de sus castillos. Si quieren esquiar, esquíen. Si quieren vivir emociones fuertes, vayan a la sierra de Guara y desciendan los cañones del río Vero. Muy cerca de allí está Barbastro, donde iban a parar todos los heridos de Alcubierre, después de un penoso viaje en camión que Orwell tuvo que vivir en persona y cuyo relato no expondré aquí pues merece la pena que lo lean ustedes mismos. Háganlo. Vean. Lean. Hablen con la gente del lugar. Después saquen sus propias conclusiones. Pero no olviden. El recuerdo no inmuniza contra la barbarie. Pero el olvido es mucho peor.


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La Guerra Civil en color

Mensajepor Invitado » Lun 24 Jun, 2013 2:38 am


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Mensajepor Invitado » Mar 23 Jul, 2013 3:32 am



Cara a cara: Kiko Méndez y Gustavo Vidal. LXXVII Efeméride del alzamiento del Generalísimo Franco.




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