Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Las últimas noticias de la Realeza. Monarquía vs. República
¿Cuánto reinarán Felipe VI y Letizia?


Imagen

Avatar de Usuario
Invitado

Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensajepor Invitado » Dom 22 Mar, 2020 3:46 am



Concha García-Campoy

¡Quedarnos en casa! Lo que para mí, que estoy todo el día con la maleta puesta, era un sueño irrealizable, se ha convertido en un potro de tortura en el que solo puedo mirar pantallas con los nervios erizados y bulímica de nuevas noticias.

Y entre todos los informadores que desfilan ante mis cansados ojos, me quedo con el rostro juvenil de mirada limpia de Lorenzo Díaz García-Campoy, el hijo de Concha y de Lorenzo. Cuando el otro Lorenzo televisivo pasó de héroe a villano en tan solo una semana, este Lorenzo de 27 años se erige como la gran esperanza blanca de nuestro mejor periodismo. Ay, Concha, Concha, ¡lo orgullosa que estarías de tu Lorencito si esa maldita leucemia no se te hubiera llevado a los 54 años!

¡Me acuerdo tantas veces de ella y de los años en que trabajamos juntas! Por ejemplo, de cómo se arreglaba. Llevaba ropa de buena calidad, pero poco ostentosa, abrigos grandotes de Max Mara, zapatos planos porque era muy alta, cómodos pantalones de franela, jerséis de cashmere… Era la persona menos cursi que he conocido, decía que la ropa de hombre era más elegante que la de mujer, y, sin embargo, era la femineidad personificada, aunque se lavara el pelo en la ducha, se lo peinara con los dedos y casi nunca fuera maquillada. ¡Era tan guapa! Tenía unas pestañas larguísimas, pómulos de artista de cine, el cutis sin mácula, el dibujo de la boca, con las comisuras hacia arriba, era infantil y encantador… Sexy e interesante, y la prueba eran los innumerables admiradores que la llamaban por teléfono (políticos muy conocidos), o la venían a buscar a la radio con distintas excusas...

Ella se los quitaba de encima con elegancia, como si no se diera cuenta de que todos querían ligar. Lorenzo, su marido, que es hombre inteligente, reía: “Ya están ahí los . de Concha”. Compartían dirección en el programa y vivían en un gran piso frente al Retiro, formaban un equipo que me daba mucha envidia porque eran equilibrados, modernos e intelectuales como una especie de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir manchegos… Lo leían todo, lo veían todo, tenían amigos en todas partes…

■ ■ ■

Lorenzo Díaz García-Campoy

Hasta que Concha se enamoró locamente del productor Andrés Vicente Gómez y esa vida ideal saltó por los aires. ¡Fue un escándalo, porque su mujer, Carmen Rico Godoy, se estaba muriendo de cáncer! En realidad, fue al revés, Andrés se enamoró de Concha con la desesperación de los suicidas, hizo lo imposible para conquistarla, incluso compró un piso en la misma finca a un propietario que no tenía ninguna intención de vender… Al final, Concha se entregó como lo hacía ella, con pasión y sin disimulo porque era honrada desde la punta del mocasín de Gucci hasta las cejas, y empezaron los perversos rumores.

Me preguntaban los colegas, Encarna Sánchez, que la odiaba por pura envidia, empezó a llamarla en su programa pu…, con las risas cómplices de sus compañeras de mesa camilla... Pero no se supo nada a ciencia cierta hasta que no aparecieron unas fotos de los dos en Marruecos. ¡Todo Madrid le hizo el vacío! En el colmo del machismo, no a Andrés Vicente Gómez, poderoso hombre de cine, sino a Concha, ¡iba a los sitios y le volvían la cara! ¡Ganó el premio Ondas y la mitad del auditorio se negó a aplaudir! La semana que aparecieron las fotos, emitíamos el programa desde el teatro de una capital de provincias. Lorenzo estaba demudado, Concha pálida… No sé cómo pudimos hacerlo, pero, como eran dos profesionales, el oyente no se percató de nada.

Cuando acabamos, el ayuntamiento nos regaló una reproducción en bronce de la catedral, la colegiata y la biblia en verso: veinte kilos. Llévatelo tú, no, tú. Al final Concha la dejó inadvertidamente en la habitación del hotel, pero salió corriendo el conserje portando a cuestas el sagrado mamotreto: “Señora Campoy, ¡el monumento!”. Lo olvidamos también en el taxi, pero el amable conductor nos lo trajo al pequeño aeropuerto desde el que regresábamos a Madrid, en el que nos pasamos un buen rato escrudiñando dónde podría tener el bonito obsequio su morada definitiva.

Al final lo embutimos en la papelera del lavabo de señoras, pero, como sobresalía, lo cubrimos con abundante papel higiénico, lo que le daba apariencia de un fantasma bajito. Cruzamos los controles, nos embarcamos y ya arriba, en el avión, como chiquillas nos abrazamos y empezamos a dar saltos cuando una azafata nos hizo mirar por la ventanilla. Entre dos empleados nos traían en andas, solemnemente, el monumento en el que flameaba todavía un trozo de papel de váter como una bandera. Concha, tan señora, se dio un golpe en la frente y dijo: “Oh, se me habrá caído”. Y por un instante, me he olvidado de todo, y he reído acordándome de aquellos tiempos en que éramos tan felices y estabas viva, querida Concha.

Avatar de Usuario
Invitado

Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensajepor Invitado » Jue 26 Mar, 2020 3:11 am



Don Felipe y doña Letizia

Acaba de ocurrir. ¡La semana en la que no solo tembló la monarquía sino también el matrimonio de Felipe y Letizia! El miércoles, día 11, recluida en su habitación del primer piso del Pabellón del Príncipe, recorriéndola arriba y abajo como gato enjaulado, la reina hablaba con sus múltiples amistades, miraba las webs, leía las redes sociales –donde figura con varios nombres supuestos y nunca participa–, sin dejar de llamar a su abuela Menchu, grupo de riesgo al contar con 92 años, sus padres y su hermana. Los cuatro besos afectuosos que intercambió el día 6 de marzo con la ministra Irene Montero, infectada por el virus, habían obligado a hacerse un test, no solo a ella, a su marido y a sus hijas, sino al personal de Zarzuela al completo.

Todos habían salido negativos, pero el doctor Manuel Martínez Pérez obligó a Letizia a confinarse, a llevar mascarilla y guantes, comer con una bandeja y recibir solo la visita rutinaria de una enfermera. Letizia había tenido contacto directo con una enferma y deberá mantenerse recluida hasta el día 26. Lo que llevaba peor era no ver a sus hijas, sin colegio ya. Y, sobre todo, no estar con su marido, el rey, en su 23-F. Tantas veces se ha dicho que lo que le faltaba a Felipe para afianzarse en el trono era pasar también por un 23-F, como su padre, ¿y no iba a estar la reina a su lado para aconsejarle?

Claro que hablaba por Skype con todos ellos. Y Letizia le trasmitía a Felipe el clamor popular: “¡La gente está asustada y quiere ver a su rey… quiere que el rey comparta sus preocupaciones!”. Le recordaba cuál era el lema de la casa real de Grecia, de la cual desciende: “Tu fortaleza es el amor de tu pueblo”. “Felipe, tienes que salir a decir algo, están muriendo enfermos, el país está temblando, tienen que saber que estás a su lado, que compartes su sufrimiento…”. Y también: “Los reyes de Suecia, Dinamarca, Bélgica, Japón, Holanda están dando muestras de solidaridad con su pueblo. Nosotros, ¿no?”. Felipe también lo veía, sí, sí, pero necesitaba la conformidad del Gobierno. No hacía falta recordarle a su mujer que esta es una monarquía parlamentaria: “Qué más quisiera yo”, se lamentaba.

■ ■ ■

Familia real

Pero ese no era el único clavo de la cruz de Felipe. También estaba el espinoso asunto de su padre. Esas informaciones que habían aparecido en el periódico suizo la Tribune de Genève y en el inglés The Telegraph en las que se informaba de la fortuna que Juan Carlos había atesorado en unas cuentas opacas con unas donaciones de Arabia Saudí por motivos desconocidos. Un dinero manchado que afectaba a la corona.

Letizia lo apremiaba: “Tienes que desmarcarte públicamente. Tú eres una persona honrada, tienes que explicarlo. ¡Con todo lo que hemos luchado para limpiar la institución y, ahora, esto!”. Don Felipe lo sabía, claro que lo sabía, pero no podía dejar de repetir obsesivamente: “Sí, pero es mi padre… esto lo matará…”. Letizia insistía: “Piensa en nuestra hija… No llegará a reina. ¿Es lo que quieres?”. Felipe intentó protestar, porque hablaba el hijo, no el rey. “Me duele. Para ti, es fácil, figúrate que se tratara de tu padre…”.

Pero aquí Letizia se creció. ¡Tantos reproches y humillaciones ha recibido a lo largo de estos 16 años de matrimonio por ser nieta de un taxista, por haber sido una chica trabajadora, por no llevar genes aristocráticos en su ADN! “¡El comportamiento de mi familia ha sido siempre ejemplar, como muy bien sabes!”. Separados por el confinamiento, sin esos tiempos íntimos que tienen todas las parejas y sirven para restañar heridas, Felipe y Letizia solo hablaban para discutir. Aunque ambos querían lo mismo, parecían enemigos acérrimos. El dilema en que estaba don Felipe –su corazón le decía una cosa, su cabeza otra– no pasaba desapercibido para su padre.

Don Juan Carlos estaba tan triste y abatido que abandonó sus ejercicios fisioterapéuticos, tan necesarios para su recuperación, se limitaba a estar sentado, solo, intercambiando wasaps con los escasos amigos que le quedan. En todo este tiempo de crisis no ha visto ni una sola vez a su mujer, a Sofía, a pesar de que los dos estaban aislados en el mismo recinto, aunque cada uno en su ala del palacio, ya que tienen apartamentos separados. La última salida de don Juan Carlos fue para visitar a su hija Elena. No se sabe lo que hablaron, pero el sábado 14, cuando The Telegraph sacó más informaciones sobre el dinero opaco que tenía en dos fundaciones offshore en Suiza y contó que el beneficiario de dichas cuentas era su hijo, llamó a Felipe y le dijo: “Haz un comunicado y échame toda la culpa a mí”. Y añadió: “Lo hago por la princesa de Asturias”. No dijo mi nieta, no dijo Leonor.

Lo más importante para los reyes es la institución y la continuidad dinástica. Por encima de todo. Emocionado, Felipe, dándose cuenta de que era necesario, doloroso, pero necesario, asintió, aliviado. Llamó a Letizia, que esperaba ansiosa en su habitación. “Vamos a hacerlo”. Letizia, sabiendo lo duro que era esto para su marido, tragó saliva, pero no dijo nada. El domingo, día 15 por la mañana, don Felipe se reunió con sus asesores y redactaron el comunicado que dieron a conocer por la tarde… “El rey… renuncia a la herencia de don Juan Carlos… cuyo origen pueda no estar en consonancia con la legalidad, o criterios de rectitud e integridad… Dejará de percibir su asignación…”. Según El Español, fue don Juan Carlos quien se empeñó en que se añadieran los últimos puntos, para que quedara claro que su hijo desconocía sus turbios manejos económicos: “No informó al rey de sus actividades”, y recordó: “Está retirado de toda actividad pública”.

A Letizia le hubiera gustado estar al lado de su marido en esos momentos, pero se tuvo que limitar a enviarle un beso a través de Skype. Felipe le informó: “El miércoles 18 voy a hacer una declaración sobre la pandemia”. La irreductible Letizia aún protestó: “¿El miércoles? ¿No podría ser antes?”. Felipe le dijo que eran instrucciones del Gobierno y la reina no quiso añadir pena sobre su pena. Letizia conoció el contenido del discurso antes de que el rey lo grabara, y no pudo, como ha hecho otras veces, aconsejarle algún gesto, suprimir alguna palabra, como experta en comunicación que es, y se notó, pues pocas veces se ha visto a Felipe tan rígido y poco natural como en esa alocución. Cuando acabó, la reina, que lo vio en televisión, lo mismo que el resto de los españoles, le llamó y le dijo: “Has estado muy bien”. Me dicen que, en ese momento, don Felipe, sobrepasado por las emociones que había vivido en esa semana espantosa, hincó los codos en las rodillas, hundió la cabeza en las manos y se echó a llorar.




Volver a “La Casa Real”