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Mensajepor Invitado » Lun 10 Feb, 2020 2:51 am

Aniversario

DAVID GISTAU



UNO DE los argumentos de Paul Auster esbozados por William Hurt en el estanco de Smoke trataba de un hombre que se perdía en la montaña y permanecía congelado durante años, sin envejecer. Al regresar, por fin, una primavera a su pueblo, llamaba a la puerta de casa y descubría que su propio hijo era ya más viejo que él.

Mi padre no va a llamar a la puerta de casa, y hace años que olvidé su último número de teléfono. Sin embargo, este 23 de septiembre será distinto a los 27 anteriores, que habían ido cauterizándose con el paso del tiempo. Esta vez, llego al aniversario teniendo casi exactamente, con una diferencia de apenas cinco días, la edad con que murió. Sí, ya lo sé, no me lo repitan, hace 27 años que oigo decir que le ocurrió muy pronto, que cómo fue posible. Pero, a partir de ahora, cada vez que me entregue a un recuerdo de mi padre, me estaré acordando de un hombre más joven que yo. Esta revelación es impresionante. Sobre todo porque me acuerdo de él como alguien muy erosionado por la vida, en el que no palpitaba una sola reminiscencia de la juventud, pues hasta el sentido del humor se le había hecho ácido, y buscaba, como por instinto animal, un lugar en el que terminar solo. Yo soy más viejo que él, y todavía me parece que todo está empezando. Tanto, que hasta me siento un poco culpable por no aceptar como herencia, en la edad de su muerte, la progresiva, discreta extinción de quien ya no es sino desánimo y renuncia.

En una de sus hermosas columnas terapéuticas, Cuartango agregaba entre sus motivos para la tristeza el momento en el que se veía a sí mismo en las fotografías de su padre. Esa sensación, yo la tuve muy pronto, desde que me dejé barba. No voy al encuentro de un viejo. Al revés, mi familia podrá imaginar cómo habría sido la vejez de mi padre mirando las fotos que yo deje en los próximos años, que seguirán siendo los de la corrección de un error, los de la revancha de un fracaso. Esta frase está dedicada a Israel Vicente: «Me he convertido en el partido de vuelta de mi padre contra la vida», y más en este 23 de septiembre en el que amaneceré joven y vital, con dos niños saltando en la cama. Añado, para que la conozca Israel, otra frase, la que pensé para mi primer hijo cuando me lo pusieron en los brazos: «Te juro que tú no serás un adolescente enfadado con el mundo por culpa de tu padre».

22/09/2012



DEL MARTINI AL MECONIO

DAVID GISTAU



OÍ DECIR que las mujeres viven la maternidad desde que se quedan embarazadas. Pero que, para asumir la paternidad, los hombres necesitan ver al niño ya nacido. De hecho, algunos no lo aceptan ni aparecen hasta que el chaval gana su primer Roland Garros. Algo hay de cierto. Durante el embarazo de Romina, cuando nos hacíamos la broma de que por fin tenía una novia con más barriga que yo, ella hablaba a alguien que todavía no existía, le ponía música clásica para sosegarlo, acercaba el vientre al televisor para comprobar si reaccionaba a los goles, y hasta creía que las patadas eran una suerte de código Morse que permitía la comunicación. En cambio, yo hacía planes de viajes para los meses siguientes y luego me sentía culpable por no haber recordado que para entonces estaríamos anclados por un recién nacido que, a diferencia de las plantas, no podría confiarse a alguien que lo regara. Romina había hecho una mutación psicológica de la que emergieron una determinación a la espera y cierta trascendencia más allá de sí misma, de las pequeñas miserias personales que ya no importaban. Yo me hacía el remolón para paladear todavía un ratito la más infantil concepción de la libertad: aquélla según la cual ninguna decisión afecta a nadie salvo a uno mismo, aquélla en la que puedes declararte disponible para lo que venga, para los tam-tams que llaman a lo azaroso. Un hijo es decir no y quedarte cuando antes decías sí y te ibas. Aún tenía que descubrir que de semejante fijación saldría una mejor versión de mí mismo: cimiento sobre el cual proyectar cosas que perduren. Tampoco ver nacer a Luca me bastó para sentirme padre. No inmediatamente, al menos. Las contracciones comenzaron a las cuatro de la mañana. Y, en vez de dejarnos arrebatar por el zafarrancho de parto, calculamos por los minutos transcurridos entre una y otra que aún podíamos dormir en vez de abocarnos a esperar en el ambiente hostil, gélido, de una sala de hospital. Ya allí, Romina aguantó el dolor como si le hubieran dado un trago de whisky y un trozo de cuero para morder durante la extracción de una bala en un western. En el paritorio, ubicado detrás de Romina, yo sólo pensaba en controlar las emociones ante extraños por pudor, y me fijaba en los rostros del médico, de la matrona y de las enfermeras porque creía que, si algo salía mal, alguna expresión torcida les delataría. Vi los fórceps, como una prótesis de Robocop, y pensé en eso: en que parecían una prótesis de Robocop, no en que pudieran dañar al niño. «Es muy rubito», dijo alguien. Y entonces apareció Luca, amoratado, con la cara arrugada y aplastada como la de un cachorro de Shar Pei, pero no me sentí padre. Me lo pusieron en los brazos, lloroso, y le busqué defectos, mutilaciones, manchas con la forma de Australia o del ratón Mickey, pero no me sentí padre. Lo tuvo Romina cobijado en el pecho, le habló en un tono amistoso, ligero, sin excesos emotivos, y no me sentí padre. Desfiló por la habitación toda la familia buscándole parecidos, y no me sentí padre. Le pusieron manoplas para que no se arañara y un gorrito para que no se enfriara, mamó por primera vez, y no me sentí padre. Hice infinidad de llamadas para dar la noticia, muchas de ellas a la Argentina, y no me sentí padre. Llegaron flores, compré hamburguesas en un Vips y una tarjeta para el televisor, me trajeron una bata y un neceser para asar la noche, confirmé al periódico que cubriría la sesión parlamentaria dos días después, y no me sentí padre. Me sentí padre por primera vez cuando, ya desaparecías las visitas, oscurecido el día, vinieron para llevarse a Luca al nido. Una enfermera empujó su cuna y, como debía entrar en otra habitación para recoger a otro recién nacido, dejó a Luca solo, abandonado en mitad del pasillo, a merced de cualquier orco o leopardo que pasara por ahí. Y fue esa indefensión del niño incapaz todavía de reñir sus peleas, de mi hijo, la que avivó un hondísimo instinto de protección por el que me abofeteó el descubrimiento de que era padre. Me enteré yo, y también la enfermera que a altas horas de la madrugada hubo de explicar a un tipo en bata que o hacía falta que montara guardia en la puerta del nido, «no hay orcos, no hay leopardos, y usted también debe descansar». El primer mes en casa de un recién nacido es un excelente motivo para preguntarse dónde está Zihuatanejo, aquel pueblo mexicano donde el Tim Robbins de Cadena perpetua creía que nadie le buscaría jamás. La situación no sería tan estresante si no incluyera la obligación de mantenerlo vivo. Cada tres horas, suena el llanto de una alarma como la de la cuenta atrás de Lost. Se acabó dormir, para siempre, porque incluso en los meses siguientes uno descubrirá que no es ya capaz sino de un sueño superficial, de garita, que permita atender el llanto. Hoy en día, incluso cuando duermo a cientos de kilómetros de Luca, salto en la cama si rechina la bisagra de una puerta en otra planta del hotel. Para las parejas primerizas, la experiencia sólo puede acarrear dos consecuencias: o las destruye, o las amarra con ligazones nuevas, más fuertes que las anteriores, cuando quererse consistía en esperarse delante de un cine o en decir qué guapa estás antes de salir a cenar, y no en aprender juntos a introducir un supositorio en el culo de un bebé al que torturan los cólicos y el estreñimiento mientras el reloj avisa de que apenas faltan unas horas para ir a la oficina. Quién nos habría dicho que los dedos de sostener Dry Martinis acabarían manchados de meconio, y que no importaría, que no habría por ello nostalgias de otra vida. Quién nos habría dicho que el sosiego repentino de un niño insomne que se acurruca junto a tu piel entregándose contendría muchas más emociones que todos esos viajes postergados, que todas las promesas del tam-tam. Y así, con cada expresión nueva descubierta en su rostro, con el primer paso, la primera sonrisa, sus primeros brazos tendidos en bienvenida cuando llegas a casa, las primeras veces que es capaz de jugar y de reír a carcajadas una gracia. Y no sigo porque ya dije que el pudor me impide sentir ante extraños, y ustedes lo son. Hay hombres impermeabilizados a los que no cambia una experiencia intensa. No soy uno de ellos. Luca me ha cambiado, ha espantado ansiedades y búsquedas heredadas de los afanes encontrados en las lecturas. No me importa sentir que para mí ya es tarde para muchas cosas, porque las hará él y, por delegación, las haré a través de él. Salgo de las librerías con colecciones completas de Corto Maltés, de Astérix, de Tintín, que permanecerán un tiempo largo empaquetadas, hasta que él pueda hacer sus primeros descubrimientos de lector. Me preparo para sus preguntas, me esfuerzo por ser mejor, excelente, por si acaso en el futuro le da por tomarme como ejemplo. Encima se me parece muchísimo, por lo que veo en él un yo sin estropear, con todas las posibilidades intactas, que me ha prolongado el ciclo vital como si mi resurrección ya hubiera ocurrido. Siento admiración anticipada por el espectáculo que será su juventud, por los mínimos esbozos de personalidad que me permiten intuir en él a un tipo que vivirá con gozo y al que ya tengo ganas de contarle cuánto de hermoso le aguarda. Que salga a vivir, algún día, sabiendo que cualquier rescate estará a tan sólo una llamada de teléfono. Que sea un hombre con códigos del que nadie pueda decir que falló como amigo. Ya iremos viendo todo eso. Ya lo iremos hablando. Lo que pido es tiempo para acompañarle al menos un trecho largo de su camino vital, como espectador y como cómplice. Porque, de todas las sensaciones nuevas que me ha inoculado Luca, la peor es la hipocondría. Por primera vez en mi vida, temo morir. Me siento obligado a permanecer aquí al menos 25 años más, los que él pueda necesitarme, y en eso no quiero fallarle. Mi hijo no ha de ser lo que yo fui: un adolescente enfadado con el mundo porque se le murió el padre demasiado pronto. Voy a dejar de fumar.

19.03.2010

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Re: Obituario

Mensajepor Assia » Lun 10 Feb, 2020 6:24 am

No se si la noticia viene en EL MUNDO o la lei en GOOGLE...? David al parecer no solo deja a Romina viuda, deja sin padre a 4 hijos y creo que lei que David tambien cuidaba de su madre. Parece ser que cuando fue ingresado en el hospital, los medicos creyeron que se salvaria pero desgraciadamente, ayer domingo, murio

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Mensajepor Invitado » Lun 10 Feb, 2020 1:09 pm


El homenaje de Federico a David Gistau: "Es tan difícil ser buen escritor y buena persona"

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Mensajepor Invitado » Mar 11 Feb, 2020 12:42 am




Cuando os pregunten quién fue David Gistau

De alguien que tenía la capacidad de hacerte sentir huérfano si desaparecía dos minutos no se escribe un obituario, se escribe una celebración

Manuel Jabois


A Luca, a Leo, a Dante, a Bianca. Cuando alguien os pregunte quién fue vuestro padre, si queda algún incauto en España que no lo sepa, mandadlo a leer. Y cuando vuelva leído y aún tenga en la cabeza martilleando el primer relato de Gente que se fue (“se decía a sí mismo que estaba enfadado con la vida porque no se atrevía a admitir que estaba enfadado con su padre”), contadle que era una persona que, cuando se levantaba un segundo de cualquier parte y decía “ahora vuelvo”, dejaba un vacío absurdo, como si en lugar de levantarse para ir al baño se hubiese levantado para ir al espacio.

De alguien que tenía la capacidad de hacerte sentir huérfano si desaparecía dos minutos no se escribe un obituario, se escribe una celebración. Así que decidle esto a quien pregunte: fue la mejor de nuestras compañías, la más libre y la más feliz de todas. Daba un enorme calor a quien se acercase a él. Era inteligentísimo, brillante, guapo y divertido. Le volvía loco la historia y la mafia, leía clásicos hasta soltarte citas disparatadas, bebía con prudencia en medio de un escuadrón suicida y siempre, a una hora concreta, se iba muerto de risa hacia el ascensor. Tenerlo a tu lado, saber que eras de su equipo, era la sensación más agradable del mundo. Escribirlo en pasado, la peor.

Su pasión, una pasión obsesiva y maravillosa, era el boxeo. Podía estar horas hablando de boxeo, leyendo de boxeo, viendo películas de boxeo. Y entrenando, por supuesto. En el gimnasio de Jero tenía su cielo en la tierra: el ring, los guantes, el saco y el propio Jero, su amigo. Si hay que morir, que se muera uno en el sitio en que ha sido tan feliz.

Fuera de allí, se ganó el respeto de una profesión a menudo cainita, la de periodista, y lo hizo de una forma tan insobornable que daba vértigo el filo en el que se instalaba respecto a jefes, políticos y lectores; a todos los mandó a paseo. Uno de los espectáculos más íntimos a los que accedíamos quienes éramos sus amigos era el de la generosidad; tenía el raro talento de ayudar por encima de discrepancias, discusiones y enfados. Estaba muy por encima de las pasiones pequeñas que lo envenenan todo, de las mezquindades sin sentido, de ese odio tonto que mucha gente utiliza a veces por entretenimiento. Su vida era más grande que todo eso, por eso sus pasiones se reservaban a acontecimientos mayores, como vosotros, y decía que escribía porque ahora estaba mal visto cazar búfalos. Pero siempre se vio así, un cazador recolector de gran tripa y gran barba que lleva el sustento a la cueva para alimentar la prole de la que él no pudo disfrutar porque su padre un día, cuando él era niño, decidió quitarse de en medio. Él nunca lo haría, dijo. Lo cumplió. Vivió mucho, y lo hizo con una elegancia natural y con una clase tan maravillosa que no bastaba con respetarlo, había que quererlo.

Fue un hombre feliz. Tenía todo en contra para serlo. Tenía todo a favor para ser uno de esos señores que creen que por sus desgracias familiares la vida contrae una deuda con ellos y gastan sus años pretendiéndonosla cobrar a los demás. Supongo que tuvo esa tentación en la adolescencia. Su círculo se cerró cuando no solo se convirtió en el partido de vuelta de su padre contra la vida, como él mismo escribió, sino que se dedicó a jugar ese partido y a ganarlo.

Había sido guionista de la televisión más disparatada de Pepe Navarro, escritor de revistas de viajes, columnista de éxito después, cronista político y extraordinario reportero de sucesos. La Razón, El Mundo, Abc, otra vez El Mundo. Onda Cero (nuestra amada Cultureta, lagrimazas de risa), Cope. Tenía la virtud tan escasa de hacerte pensar, de dar luz, de argumentar, de proporcionar información; tenía el poder, tan raro en estos tiempos, de hacerte cambiar de opinión, y un poder aún mayor, el de cambiar él mismo si otra idea era más interesante o más convincente. Jugaba en ese campo, pertenecía a esa élite.

Cuando lo conocí vivía en la calle Ramón de la Cruz de Madrid y era vecino de Quino, el dibujante. Una vez compartieron ascensor, y David le pidió perdón por el jaleo que tenía diariamente en casa. “Los niños le deben de traer a usted loco”. Quino lo miró y le dijo: “Son niños. Su trabajo es hacer ruido”. Otro día, al cruzarse en el portal, Quino le preguntó a Romina la edad de uno de vosotros. Cuando la supo, dijo: “Tres años... Pronto cumplirá la edad en la que las personas dejan de ser interesantes”. David y Romina son las dos únicas personas que conozco que han hablado con Mafalda.

De aquel piso de Ramón de la Cruz lo echasteis vosotros, sus hijos. Nacisteis muchos. Así que montó su despacho en el Vips de la esquina de Velázquez con Ortega y Gasset; desayunaba unas tostas enormes y un café en el que se podía nadar. Abría el iPad con su tecladito y se ponía a aporrear el artículo del día, o el libro que estuviese escribiendo (en aquella época, Golpes bajos, una novela magnífica sobre boxeo). Yo creo que le gustaba trabajar allí porque así recibía como jefe de una banda mafiosa venida a menos, su adorado Soprano; uno llegaba al Vips, se sentaba en su mesa y podía distinguir, en las mesas de al lado y en la barra, a gente haciendo tiempo y esperando su turno mientras él ponía perdido el plato de sirope.

Durante una época trabajó en el despacho de José Luis Garci, que es padrino del único atlético, Dante: le hizo socio a traición a las horas de nacer. Escribían cada uno en un cuarto. Al rato Garci se levantaba y aparecía en el cuarto de Gistau: “David, un whisky”. Se servían uno solo sin hielo, puro Garci, y a la media hora otra vez: “David…”. El director podía estar así una tarde entera; David a los dos vasos no sabía llegar a su ordenador. “Salgo de allí sin saber lo que escribí”, decía.

La última vez que fui a su despacho del Vips a pasar consulta, antes de que se mudase de piso, fue porque me habían encargado la letra del himno de la Décima del Real Madrid. Se partía de risa. Me recomendó sacar “eres belleza” de la frase “eres lucha, eres belleza” porque tenía incrustado en su memoria sentimental el Madrid heroico de las remontadas sobre el barro, y mi Madrid era la volea de Zidane por televisión. No lo cambié y me arrepentí siempre, no porque no me guste cómo queda, sino por la propuesta para sustituirla que supe después por él: “Eres lucha, eres galerna”. Eso era, así tuvo que haber sido.

Fue un tipo tan extraordinario y con un impacto tan grande en la vida de quienes lo conocían que parece increíble la idea de que su “ahora vuelvo” sea para siempre. Hasta en estos dos meses injustificados y torturadores dio una última luz, un fogonazo deslumbrante de amor: el de una madre que no se separó de la cama del hospital de su niño hasta el final; el de unas hermanas, el de una mujer. Esa fuerza que se devuelve a la misma velocidad con la que llegó, su propia fuerza.

Era algo más que un amigo o un hermano; era una manera de ser, una manera de estar en el mundo que había que tratar de imitar. Lo voy a recordar siempre enseñando su piso nuevo, grandísimo, en la calle Alcalá. Tenía 46 años, una familia numerosa y por fin un despacho propio. Decorado con guantes de boxeo, pósters de ídolos, mesa enorme para un ordenador, vistas al Retiro. Era un día de sol y se metía la luz por todos los rincones. Un salón gigante para la tropa, para vosotros. Nunca lo vi tan dichoso y recuerdo decírselo a mi pareja cuando bajábamos las escaleras, la dicha que transmitía aquel mediodía de sábado en su nueva casa. Él tenía una gran carrera y empezaba a tener unos grandes libros, pero su mayor ambición era un hogar. Salí a la calle imaginándolo escribiendo con el ruido de los niños de fondo, que es el ruido de la vida, ese que el creador de Mafalda exige por contrato. We few, we happy few, we band of brothers. Ese ruido que no se apaga con su muerte y que seguirá siempre gracias a vosotros, que tenéis edad de ser siempre interesantes porque habéis tenido al padre más curioso y más interesante de todos.

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Mensajepor Invitado » Mar 11 Feb, 2020 1:12 am

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AQUELLA LUCIDEZ ASOMBROSA, ESE HUMOR TAN SUYO Y TAN ‘BRITISH’

JOSÉ LUIS GARCI

David es un nuevo Damon Runyon. Escribe con esa profunda sencillez, casi transparente, del creador de Lady Manzanas, tan difícil de conseguir y al alcance de tan pocos. David gasta una lucidez asombrosa y un humor muy british, muy Downton Abbey, aunque él es casi francés. Puede escribir de todo, y, de todo, como el mejor. Política, arte, «corazón», recuerdos de Buenos Aires –también es vocacionalmente porteño–, o de esa cosa tan manida que llamamos vida; de cualquier tema, ya digo, sin olvidar los Deportes, a los que trata con el mimo de Liebling, Plimpton o Schulzberg.

Gistau está llamado a recoger el título de Manolo Alcántara, quien, a su vez, lo heredó de César González-Ruano. Y me parece que el cinturón –no sé si en papel o en digital– le va a durar a David más que a Joe Louis el suyo, y si no, ahí está su amigo Jero para adiestrarle en las peleas con la corona en juego.

Tuve el privilegio de presentar su primer libro, que llegó con algunas temporadas de adelanto, igual que le pasó a Nick Hornby. La prosa de David –más todavía en sus crónicas, que a veces recuerdan las del gran Talese– es neoyorquina, una melodía, clásica y moderna a la vez, a veces silbada, que en muchas ocasiones suena a ópera, en otras a los musicales de Broadway; y, a veces, hasta a las sinfonías impares (que son las mejores) de Beethoven. Si escuchas bien, aunque esto ya es para nota, hay siempre por ahí abajo, en los renglones del final, una cancioncilla de acordeón, muy canalla, muy parisina, muy de Les Halles o de Port des Lilas. Escribía cosas así: «Vi Rumble Fish en aquel cine de verano que antaño instalaban en el Retiro, junto a la Chopera. Dos pantallas contrapuestas, de forma que los disparos de una interferían en los momentos románticos de la otra. Aquello era nuestro Cinema Paradiso, con lodo hasta los tobillos cuando se descargaban tormentas virulentas y las corrientes de agua arrastraban los envoltorios de las patatas fritas. Era bueno pasar esos momentos con una chica, cambiaba el concepto de buscar refugio. En Rumble Fish, Mickey Rourke era el chico de la moto, una engañifa existencialista para adolescentes que nos tenía fascinados y convencidos, como después con Belmondo, de que había que existir á bout de souffle».

Empecé a leerle en La Razón, luego, en EL MUNDO, más tarde en Abc, y años después de nuevo en EL MUNDO. Y os prometo que en todos los periódicos le he seguido con una pequeña sonrisa de felicidad en los labios: la que produce el placer de la lectura.

Puro Rock’n’roll, ese es mi amigo Deivid.

Artículo publicado en el libro Las siete maravillas del cine (Notorious Ediciones)

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Mensajepor Invitado » Mar 11 Feb, 2020 1:16 am

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David Gistau en el ring del gimnasio Metropolitano, en 2017


CUANDO LO DISFRU-TABAS TÚ, TE DABAN PENA LOS DEMÁS

MANUEL JABOIS

Yo sabía que David Gistau siempre estuvo empeñado en que escribiese en EL MUNDO lo que no sabía es hasta qué extremo.

Lo que ha significado David en la vida de muchos jóvenes periodistas lo sabe EL MUNDO mejor que nadie. También sabemos muchos lo que él ha significado para este periódico; cuando más se ha parecido EL MUNDO a Gistau, mejor era EL MUNDO y más grande se hacía la figura de él, esa bajo cuya sombra hemos escrito y aprendido todos. Aquel que bien con una columna o con un perfil llegaba a todas las ramas del personaje. Fuera quiene fuese. Como cuando era capaz de hablar de un gangster como Al Capone y te contaba cosas así:

[...] La narración humana se vuelve desmitificadora del monstruo con las anécdotas del hogar de Prairie Avenue, lleno de hermanos parasitarios y donde su esposa y su italianísima madre provocaban una tensión territorial que casi parecía otra guerra de bandas.

Capone era menos jefe en su casa que en su gang. Capone pasaba semanas refugiado en el hotel Hawthorne de Cicero (el suburbio de Chicago también conocido como Hawthorne), ocupado por miembros del Outfit –la Organización, que aún existe–, donde se sentía cómodo en la compañía de conmilitones como Frank Nitti o su guardaespaldas favorito, Frankie Rio, que llegó a incriminarse voluntariamente con él para seguir protegiéndolo dentro de la cárcel [...].

En esta redacción estaba cuando una mañana se presentó, entró en el despacho de Pedro J., salió y al cabo de un rato leo en internet que se ha marchado de EL MUN- DO. Que yo pensé: «Claro, si acaba de salir por la puerta. ¿Pero esto es noticia?». No, se había ido de verdad. Volvió al cabo de cinco años. Yo creo que este periódico era su casa de verdad, donde él estaba más cómodo, donde podía establecer su morada como trinchera para hacer eso que tan bien se le daba, que era hacer su propia guerra. Al rato de irse él me fui yo. Ahora que lo pienso me he ido siempre de los sitios –también de Onda Cero– poco después de que él se marchase. Se pone emocionante la cosa.

Lo conté hace años y me gustaría repetirlo aquí, donde nos conocimos. Gistau es una de esas personas que cuando las estás disfrutando tú te da pena por los demás. Pertenece a esa clase de gente que inspira tanto, espectaculares en la forma y en el fondo, que uno quiere prestarlos directamente para luego poder hablar de ellos con las visitas. Como las películas y los libros que uno al terminar sólo quiere compartir con los demás, así me pasa a mí con un puñado de amigos: que daría lo que fuese porque viviese todo el mundo con ellos lo que yo.

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Mensajepor Invitado » Mar 11 Feb, 2020 1:29 am

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LO ESTABA HACIENDO BIEN

Lo conocí cuando era un niño rubio y guapo de cuatro o cinco años, al que su madre llevaba al diario Pueblo para ver a su padre, abogado del periódico, que cada noche se quedaba hasta la hora del cierre, revisando que nadie hubiera metido la pata en un artículo y nos cayera un pleito.

ARTURO PÉREZ-REVERTE

Su padre fue mi amigo, y lo recuerdo siempre fumando en su pipa, rubio y barbudo, con aspecto de comandante de submarino alemán, y al pequeño David sentado y dibujando entre galeradas, timbrazos de teléfonos y tecleo de máquinas de escribir. Supongo que fue allí donde empezó a mamar el periodismo, pero también donde nacieron las raíces de su vida, su vocación y su obra. Y sobre todo, de su carácter.

Su padre, al fin separado de la madre y los hijos, murió trágicamente en 1985; y como decía el propio David, fue el periodismo, o aquella clase de periodismo nocturno, bohemio y golfo que aún practicábamos entonces, el que posiblemente le costó el matrimonio, la familia y la vida. «Te quería mucho –me dijo su madre hace unos días, cuando David agonizaba– porque siempre le hablabas bien de su padre».

Esto que acabo de contar es una intimidad; pero una intimidad necesaria para comprender a David Gistau. Porque hasta su muerte fue y quiso ser el hijo de aquel hombre que leía galeradas en las madrugadas de Pueblo a punto de que empezaran a funcionar las rotativas. Quiso serlo para expiarlo y corregirlo. Para mejorarlo, reconvirtiendo aquella vida trágica en una vida feliz. Devolviéndole al hombre que de tal modo marcó su vida, que lo dejó huérfano muy pequeño y al que amaba y admiraba con toda su alma, la certeza de que era posible otro camino. Reconstruyendo la vida de su padre a través de la suya propia.

En cierta ocasión, una noche en la que paseábamos después de aquellas cenas nuestras en Lucio con Raúl del Pozo, Antonio Lucas, Edu Galán y Jabois, que desde ahora quedan mutiladas sin remedio, me dijo algo que define perfectamente su vida en los últimos años: «Quiero demostrárselo, ¿sabes?... Yo sí quiero hacerlo bien». Y ésa era, en efecto, su obsesión. Seguir la huella del padre, pero con pasos acertados esta vez: una familia unida, hijos bien criados, paz de hogar, libros, cultura, vida. No quería ser González-Ruano ni Umbral, ni tampoco Faulkner o Balzac. No lo necesitaba, porque su ambición era otra. Quería ser cabeza de familia a la antigua, clásico, ejemplar. Que sus hijos nunca tuvieran clavada en el corazón la astilla del padre perdido y el hogar destruido, sino todo lo contrario.

Deseaba hacerlo bien, y sus amigos éramos testigos de eso: «La felicidad, la normalidad, los niños, la mujer –bromeaba cuando le tomábamos el pelo–. Sólo nos falta el perro para ser un asqueroso anuncio de Corn Flakes». Ahora, sin embargo, ya no está. La vida, que a menudo premia a los canallas y es despiadada y sucia con los seres nobles, se ha vengado de él casi a la misma edad que la de su padre, volviendo a dejar unos hijos muy pequeños, huérfanos bajo una sombra inmensa. Repitiendo casi punto por punto la vieja tragedia. Por eso confío en que todos quienes hoy nos decimos sus amigos recordemos eso y ayudemos a su mujer y sus hijos en lo que sea posible, como él habría esperado de nosotros. Así honraremos de verdad la memoria del grandullón rubio y barbudo con sonrisa de niño, lector, culto, brillante, mágico, que parecía un ángel del infierno, un vikingo o, como el padre al que tanto extrañó y tanto amó, un comandante de submarino alemán. Quiso hacerlo bien, como decía, y lo estaba consiguiendo.

Descanse para siempre David Gistau en el recuerdo de los innumerables amigos a los que deja con el corazón destrozado. Descanse en la paz eterna, tan merecida, de los hombres grandes, nobles y valientes.




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