HABLEMOS DE LECTURAS CUALES SON VUESTROS AUTORES/AS...

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Assia
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Re: HABLEMOS DE LECTURAS CUALES SON VUESTROS AUTORES/AS...

Mensajepor Assia » Mar 29 Ago, 2017 10:09 am

Si, algo de eso he leido de esta Carmencita que no sabe ya lo que inventarse para salir en la prensa basura. Pero la tonteria mas grande que ha comentado esta Carmencita es que '' ME GUSTARIA CASARME CON 1 IMPOTENTE MILLONARIO'' Ahi va mi consejo Carmencita: associate a los REUBLICOS del eminente pensador y llevalo a que os case Garzon y veras lo de millones que heredara con el pagne que hizo la mujer y cunada de Trevijano con el negocio que puso su mujer (murio sin testar) y su cunada Simone con el CACAO Y CAFE DE LA GUINEA. Aprovecha mi consejo Carmencitsa y seras la duena del palacete del eminente pensador y de sus millones que no los hizo por ser el ''mejor abogado del mundo'' Vamos, que segun el eminente pensador el no quiso ni 1 centimo del la herencia de sus padre y dejo toda la herencia de su padre para sus hermanos y todo lo gano el con su carrera de abogado que para eso es el ''mejor abogado del mundo'' segun 1 de sus chupaculo.
SUERTE EN ''CAZARLO'' A ESTE EMINENTE PENSADOR!!!
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Mensajepor Invitado » Dom 24 Sep, 2017 7:02 pm


Entrevista a Juan Carlos Onetti - Encuentros con las letras (TVE, 1977)
Entrevista en profundidad al escritor uruguayo Juan Carlos Onetti en el programa "Encuentros con las letras", emitido el 27 de mayo de 1977 en TVE. El autor nos confiesa que no se prodiga debido a su timidez y al aburrimiento que le provocan las preguntas de los periodistas. El escritor uruguayo nos habla además de sus referencias literarias, sus obsesiones, sus personajes, su álter ego literario, etc.

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Re: HABLEMOS DE LECTURAS CUALES SON VUESTROS AUTORES/AS...

Mensajepor Assia » Mié 27 Sep, 2017 5:09 am

Onetti en el Hilo politica, Onetti en este Hilo, con tanto Onetti, se me han quitado las ganas de escribir lo que tengo anotado de Gelrald Brenan. Ahora Onetti, antes se le inchaba el pecho con: '' NOSOTROS LEEMOS A UMBRAL Y TU A QUIEN LEES.?''Pobre ignorante! que cuando le dije que el unico libro que lei de Umbral era: '' LORCA, POETA MALDITO'' y no me gusto. Se le notaba en la cara, la decepcion de que a mi no me gusto Umbral y para colmo, me di el gustazo de no decirle los autores que leo y me gustan. Espero que se pase esa calento ne Onetti, para seguir con otro autor en este Tema.
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Mensajepor Invitado » Sab 30 Sep, 2017 3:09 am

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Valença do Minho. Fotografía: Alice (CC).


Lusofobia desde una toalla portuguesa

David Araújo


«Vende toallas, Cristiano vende toallas, vende toallas, Cristiano vende toallas…», cantaban los aficionados del Celta en uno de los últimos partidos en Balaídos a los que pude acudir. Ronaldo, tan atento él a todo lo que puede estar relacionado con su autoinstitucionalizado yo, parecía desconcertado por aquel cántico.

No hay familia de Vigo que no tenga, como mínimo, una toalla comprada en Portugal. Son toallas de playa, enormes, de tejido perenne, que sobreviven a varias generaciones. Normalmente nos las traemos de Valença do Minho, pero a lo largo de los últimos años los censos toallísticos de la ciudad olívica han registrado un incremento de las adquiridas en Oporto, El Algarve, Lisboa y alrededores. Además de la más obvia de sus funciones, la toalla portuguesa nos reafirma como personas de mundo: es nuestro certificado de que hemos ido al extranjero. ¿Y qué pasa cuando una persona viaja más allá de nuestras fronteras, aunque sea yendo y volviendo en el mismo día? Que, inevitablemente, se convierte en una voz lo suficientemente autorizada para esgrimir juicios políticos, geográficos, fisonómicos y sociológicos sobre el país que ha visitado.

Viajé a Valença por primera vez con nueve años, con mis padres. Como buenos españoles, honramos nuestra carpetovetónica idiosincrasia pasando de estraperlo por la aduana un reloj de salón que aún hoy funciona y se muestra ufano en el recibidor de la casa de mis padres. Considero a mi familia bastante más decente que la media española, pero volver de Portugal declarando honestamente todo lo que habíamos comprado suponía manchar, además en un escenario tan representativo como es el puente sobre el río Miño que separa Tui de Valença, la imagen que nuestros coterráneos habían forjado durante tantos años. A ver si iban a pensar que éramos japoneses.

Ese era mi debut en el país vecino, y yo, entonces, ya tenía enquistados los tres «todos» de los portugueses: todos están en verano a las 9 de la mañana en la playa de Samil para quitarnos el sitio (y, además, todos están también, a la vez que en Samil, petando El Corte Inglés); todos conducen como locos; y todas las mujeres son feas y tienen bigote. No había giro copernicano que desplazase estos asertos.

En lo de superpoblar la playa de Samil sería injusto no reconocer que permitimos que los lusos compartan culpa con los orensanos: el arenal es grande, y, además, existe un espacio con césped equivalente, ahora que todo se mide en campos de fútbol, a los estadios del Benfica y del Oporto juntos. Ahí los orensanos («paragüeros de los cojones») tienen que dar un paso al frente y reconocer su parte de responsabilidad. Lo paradójico del tema es que la mayoría de los vigueses (y si me apuras, de los seres humanos) tirando un poco del hilo genealógico encontrarían un padre, una abuela, o una mascota de Ourense que en un momento dado emigró a Vigo para ganarse las habichuelas y que a partir de ese momento empezó a colaborar en el proceso de procrear potenciales personitas que se creen dueñas de Samil y de El Corte Inglés. Por mucho que en julio y agosto Orense sea una de las ciudades que figura varias veces como la que más alta temperatura ha alcanzado en todo el territorio nacional (sí, España, en la fría y lluviosa Galicia existen lugares en los que hace calor en verano), el hecho de que sus habitantes huyan hacia la costa se ha considerado siempre como un acto de pillaje. Y no caigamos en el buenismo, que hay que reconocer que los orensanos tienen sus defectos: a mí, por ejemplo, me mata su uso de los tiempos compuestos; aprovecho que este artículo nos ha traído hasta aquí para hacer un llamamiento no solo a la provincia de Ourense (aunque creo, sin ninguna pretensión de verdad científica, que aquí está el foco de infección), sino a toda la comunidad autónoma: gallegos, somos de verbos simples, sobre todo en el lenguaje hablado, quizás porque siempre hemos sido también gente simple, en el mejor sentido de la palabra; entre nosotros meter un «he ido», por muy bien traído que esté, es una pedantería, pero es que además solemos confundirnos y atentamos con armas lingüísticas como «ayer he ido al cine». No se puede consentir que delincamos de ese modo por no ser nosotros mismos. Cuando en la conversación esté presente alguien de más allá del Padornelo se puede intentar, pero con cuidado. Solo las madres gallegas, cuando quieren aumentar el grado de seriedad de la represalia, tienen plena libertad para tirar de verbos compuestos: un «¿Yo qué te dije?» no impone lo mismo que un «¿Yo qué te he dicho?», aunque no debemos olvidar que tenemos la variante autóctona del «¿Yo qué te tengo dicho?».

Pero volvamos al portugués colonizador de playas y de centros comerciales. Mientras que en cualquier ciudad del mundo cuando el tráfico está menos fluido de lo habitual la gente se pregunta «¿Habrá habido algún accidente?», en Vigo decimos «¿Será festivo en Portugal?». Y, como con los orensanos, tampoco quiero hacer yo de abogado del diablo con nuestros compañeros de península: porque, por ejemplo, los bañadores masculinos que me llevan no hay por dónde cogerlos, metafórica y literalmente. Si queremos que Vigo cuente con la playa con las mejores vistas del planeta hay que hacer dos cosas: la primera, tirar el edificio de la isla de Toralla, y la segunda, que Samil sea nudista. Por mucho que votemos al PP, no puede haber miembro viril que escandalice más a la sociedad gallega que esos trozos de tela en los que se embuchan de manera sórdida accidentes anatómicos. El problema es que en España los hombres tampoco estamos muy afortunados últimamente escogiendo la ropa de playa, o quizá es que no estamos finos juzgando nuestro físico (estoy muy a favor de la autoestima, pero también de la gestión del entusiasmo), así que si queremos tener un argumento de peso para justificar nuestra lusofobia, apliquémonos más en este aspecto y tendamos a la contención holgada de la mayoría de los cuerpos.

Que los portugueses tengan a Cristiano Ronaldo y a Mourinho como estandartes futbolísticos tampoco nos vale para verter sobre ellos nuestro odio: en primer lugar, cuando mi familia sacaba el reloj de estraperlo de Valença, yo ya sabía que los portugueses nos molestaban, y Cristiano Ronaldo igual entonces ni había nacido, o autogestado, porque a lo mejor lo de que este chico se haya hecho a sí mismo es literal, e igual que no necesita de otros para ganar partidos no necesitó tampoco de seres que lo gestasen. Y, en segundo lugar, porque si en algún país tiene prestigio social la grosería y la soberbia es en el nuestro, y no creo que allí los hayan encumbrado más de lo que lo ha hecho media España. Así que, descartados Cristiano Ronaldo, Mourinho y los bañadores como justificantes de la lusofobia, sigamos buscando pruebas para ver por qué amigos de otras partes de Galicia no quieren venir a Samil, porque «en Samil solo hay portugueses». Y no, no lo dicen por el sentido pretendidamente peyorativo (¿?) que aplican al gentilicio para referirse a los vigueses, que sabemos contraatacar llamando «turcos» (putos turcos) a nuestros vecinos del norte o «paragüeros» a los orensanos o «madrileños» a todos los de fuera de Galicia que son de interior. Como cuando les pregunto «¿Y cuál es el problema con los portugueses?» no saben darme una razón, y simplemente se quedan en bucle recitando «No me gusta que haya portugueses —y en Samil hay portugueses—. No me gusta que haya portugueses —y en Samil…—», me dedico últimamente a analizar qué actitud provocó que ese rechazo se instaurase en el subconsciente de mis amigos.

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Playa de Samil, Vigo. Fotografía: arfoo (CC).

Así que desde mi toalla, comprada en Faro en la Semana Santa del año 1990 y que tengo previsto que dure como mínimo hasta que toda Galicia tenga AVE —esto es, que pase por dos generaciones más—, me harté a observar portugueses en la playa este verano, intentando como buenamente pude desviar la mirada de sus bañadores. En principio ningún problema, oye. Falan baixiño (y el susurro en la playa es un patrimonio en peligro de extinción que deberíamos empezar a cuidar de verdad); recogen la basura; cuando caminan entre las toallas portuguesas de gente que no tiene por qué ser portuguesa lo hacen sin levantar arena; les encanta jugar al fútbol y lo hacen como mandan los cánones de la buena educación en la playa: en la orilla, mientras la marea está baja; da gusto comprobar además cómo los niños, desde muy pequeños, tienen un exquisito toque de balón. Acabando mis vacaciones, desalentado por no hallar indicios de criminalidad en su modo de actuar, y a punto de rendirme y declarar abiertamente que el estropicio de los bañadores no era motivo suficiente para justificar la lusofobia, apareció en escena un elemento harto perturbador: el paravientos.

Porque un paravientos portugués fue el que casi nos lleva a rememorar las guerras fernandinas: por este artilugio demoniaco, un grupo de cinco o seis señoras mayores llevaron su lusofobia a las puertas de la violencia una bonita mañana de agosto, de un día entre semana, a una hora en que todavía Samil estaba semipoblada, de tal manera que una familia con un paravientos no molestaba a nadie que no tuviera predisposición natural a la indignación. Las pocas toallas extendidas en ese momento en el arenal estaban a suficiente distancia como para que nadie pudiera —ni tuviera que— oír conversaciones ajenas. Claro que este grupo de señoras mayores no falaba baixiño como los portugueses, y sus comentarios xenófobos no podían pasar desapercibidos para los que estuviéramos a menos de trescientos metros de distancia: que si joder con los portugueses, que si no se pueden quedar allá, que deberían estar ayudando a apagar incendios (Portugal sufría esos días una trágica ola de incendios), que si ahora aquí y por la tarde al Corte, que no hay quien aparque en el centro de Vigo con tanto portugués, que, eso sí, hay que reconocer que la canción con la que ganaron Eurovisión era preciosa, que si estás segura de que son portugueses, que como falan tan baixiño yo no estoy segura porque no sé qué idioma están hablando, y además ellas no parece que tengan mucho bigote, que incluso una es guapa, que cómo no voy a estar segura con esos bañadores que me llevan (bien jugado ahí, reconozcámoslo)… Y entonces fue cuando repararon en el paravientos, que impactó especialmente a una señora con una pamela todavía más grande que el mismo paravientos. Esta mujer se transformó de repente en una mezcla de Fresita la de Gran Hermano gritando «Salou es mío» y de una Le Pen enxebre, garante de la defensa de Vigo ante la amenaza foránea. Desatada, la señora se levantó con una agilidad impropia de su edad, porque no era ella la que se desplazaba, era la furia contra el luso lo que la movía. Atraídas por su liderazgo, otras dos del grupo se irguieron para flanquearla; la acompañaban hipnotizadas por su carisma, iban hacia el paravientos, pero podían haberse dirigido a Tui a levantar un muro para impedir la llegada de indeseables, exigiendo encima que los portugueses lo costeasen, si la de la pamela las hubiera dirigido inmediatamente allí. Lanzando vítores como «es que además de no dejarnos sitio para aparcar ponen ese chisme y no nos dejan ver la playa», puño en alto, se plantaron ante la familia portuguesa y sin apenas darles tiempo para reaccionar la señora de la pamela arrancó el paravientos.

Eché de menos un «¡Santiago y cierra España!», pero pensé que como gesto simbólico para cualquier batalla de reconquista aquello no estaba nada mal. Con lo que no contaba «pamela Anderson» es con que hasta sus adláteres se percataron de que aquella era una guerra desproporcionada, que un paravientos igual no era el arma de destrucción masiva que habían pensado, y que a lo mejor habían metido la pata consintiendo en posar para aquella especie de foto de las Azores de andar por casa. Avergonzadas, empezaron a recular. Quizás influyó que muchos vigueses no somos lusófobos (y, de los supuestos lusófobos, la mayoría lo son solo de boquilla, por hablar por hablar, lo que no deja de ser feísimo) aunque apenas se note porque falamos máis baixiño que aquellos que sí lo son, y que varios tomamos partido para poner a la señora en su sitio (no literalmente, porque su sitio es un manicomio) y consolar a aquella familia, que aunque abochornada y todavía en estado de shock, no perdió en ningún momento ni la compostura ni la educación. En un momento, desde todas direcciones empezó a llegar gente de todas las edades con el objetivo de manifestar su posicionamiento, de manera rápida y contundente, y de contrarrestar una situación descabellada. Aunque pueda parecer insignificante, lo vi como una maravillosa y reconfortante reacción de solidaridad, que refleja que a veces somos mejores personas actuando de manera espontánea, reaccionando casi de manera refleja, que cuando nos dejamos llevar por la inercia del hablar por hablar, por la charla insustancial, por la corriente del prejuicio que nos sirve de calzador para encajar nuestro parecer en el bulto de la conversación.

Por mi parte, mi papel en este guirigay playero consistió, también en un arrebato, en salir escopeteado hacia el epicentro de la batalla. Interrumpiendo a la señora, me dirigí —en un portugués construido a base de hablar gallego y meter un –ao en las palabras que acaban en –ón— a aquella familia que estaba siendo avasallada y les espeté un «Nao marchedes de aí, que non molestades a ninguén; a que molesta é ela e a súa pamela» lleno de sentimiento. Los cuatro o cinco portugueses que formaban aquella familia, alucinando aún con todo lo que estaba pasando, se limitaron a aplaudirme, y uno me hizo el gesto del pulgar hacia arriba.

Volví hacia mi toalla portuguesa, preguntándome si quizá había perdido una buena oportunidad para, en pos de la alianza de civilizaciones, comentarle al del pulgar hacia arriba que hiciese el favor de cambiar de bañador.

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Playa de Samil, Vigo. Fotografía: Jota Barros (CC).

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Re: HABLEMOS DE LECTURAS CUALES SON VUESTROS AUTORES/AS...

Mensajepor Assia » Mié 04 Oct, 2017 10:21 am

No se si veremos publicada las memorias de Lady Lucan. Se rumoreo que Lady Lucan tenia ya escrito sus memorias para ser publicadas despues de su muerte. Tenia 1 contrato con 1 editorial pequena que la publicaria. Dias antes de su muerte, hablo con el editor de esa pequena editorial inglesa y parece ser que le dijo que ya estaba acabado, pero que habia pensado rectificar 2 capitulos porque podia hacer danos a sus hijos y familiares y no queria hacer dano a nadie de su familia despues de muerta. Segun la policia que forzo la puerta de su mansion y la encontro muerta, la explicacion a la prensa de sos policias fue: '' una extrana muerte pero no sospechosa'' No se si algun lector de este foro, ha tenido mas suerte que yo porque no he encontrado nada sobre el funeral de Lady Lucan ni si le practicaron o no la auptosia.
Triste vida la de esta Dama que pronostico su muerte en la ultima entrevista que concedio a la prensa. "' No me importa morir sola, deseo morirme antes que tener que depender de otra persona para llevarme al bano por mi vejez.No quiero depender de nadie'' Lady Lucan, fue 1 activista para el suicidio voluntario con asistencia medica. Pese a que esta historia siempre me fascino y he leido varios libros, no os recomiendo ninguno porque la verdad no sabemos mas que lo que conto Lady Lucan, la policia y el ultimo matrimonio que visito Lord Lucan esa misma noche de su desaparacion para nunca mas ser encontrado ni vivo ni muerto. Era el dia libre de la ninera, pero Lady Lucan, no se encontraba bien y le pidio a la ninera que se quedara ese dia en casa. Lady Lucan le pidio a la ninera que le subiera 1 taza de Te. Como la ninera tardaba mucho en subirle la taza de Te, Lady Lucan bajo a ver lo que pasaba y encontro a su marido (del que estaba divorciada) tratando de meter en 1 saco el cuerpo sin vida de la ninera. Lord Lucan, al ver a su mujer, trato de estrangularla y Lady Lucan escapo corriendo y se fue a 1 taberna gritando que su marido habia tratado de estrangularla que llamaran a la policia. La policia encontro el coche de Lord Lucan con sangre, pero ese coche no era de Lord Lucan, lo pidio prestado a 1 amigo. Segun el matrimonio que vio a Lord Lucan, declaro a la policia que les habia dicho que al pasar por casa de Veronica (Lady Lucan) vio como 1 extrano quiso atacar a Veronica y el la salvo.Pero segun ese matrimonio, no informo a la policia de este suceso porque Lord Lucan no menciono que la ninera habia sido asesinada.
Tantas veces fue cuestionada por la policia Lady Lucan que decia mil veces que era su ex-marido al que vio. Tantas preguntas le hicieron conque posiblemente con poca luz que habia a lo mejor era 1 extrano y no su marido. Lady Lucan con tantas preguntas y cansada de tan largos interrogatorios acabo diciendo que podia haber 1 posibilidad. La ''profesion'' de Lord Lucan era la de jugar en los casinos, cuando desaparecio dicen que habia dejado 1 deuda de mas de 49 mil libra esterlinas. 1 gran suma de dinero en aquellos anos. 1 fuerte depresion y en tratamiento psiquiatrico, los hijos de Lady Lucan no quisieron vivir con su madre y se fueron a vivir con su tia materna. Custodia que tiempo despues fue autorizada por 1 juez. Cuando se casaron los hijos, no invitaron a la madre y no han tenido contacto con su madre. En su ultima entrevista, lady Lucan dijo a la entrevistadora (Ceo que era del periodico MIRROR) '' FUI A COMPRARME 1 CARDIGAN Y 1 PERIODISTA ME DIJO: LADY LUCAN, HOY SE ESTA CASANDO SU HIJA PEQUENA... NO CONTESTE ME ALEJE DEL PERIODISTA LO MAS RAPIDO QUE PUDE'' Por mucho que he buscado en GOOGLE, no he encontrado el funeral ni si sus hijos asistieron al funeral de su madre
Esperemos que ese manuscrito sea publicado, pero.... la muerte inesperada ''extrana pero no sospechosa'' de Lady Lucan, me hace pensar en algo misterioso esa muerte, muy conveniente y muy a tiempo. Eso es lo que yo pienso.
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Re: HABLEMOS DE LECTURAS CUALES SON VUESTROS AUTORES/AS...

Mensajepor Assia » Jue 05 Oct, 2017 9:22 am

Segun GOOGLE, las memorias de Lady Lucan titulada ''A MOMENT IN TIME,'' sera publicada al final de este ano por Mango Books.
No estoy de acuerdo con lo que he encontrado de Lady Lucan en ABC.es.'' LADY LUCAN, EL OSCURO FINAL DE LA VIUDA MAS ENIGMATICA...''De misteriosa,'' tenia poco Lady Lucan. Lo incredible fue al duro y larguisimo interrogatoro a lo que la somtio la policia inglesa, hasta hacerla dudar de que dijera: '' cabe la posibilidad de que no fuera mi marido'' Cuando Lady Lucan habia reconocido a su marido y este trato de estrangularla. Ella escapo porque pudo con 1 pie pegarle en los testiculos a su marido. No es cierto lo que dice ABC.es de que Lady Lucan, fue la ultima persona que vio a su marido con vida. Hay muchas ??? sin repuestas. Por que Lord Lucan pidio 1 coche prestado a 1 amigo.? Por que no fue en su mismo coche.? La policia encontro el coche del amigo de Lord Lucan con sangre dentro, pero jamas se ha encontrado a Lord Lucan ni vivo ni muerto. Si es cierto lo que dice el hijo mayor de que su padre se tiro al rio y se suicido, raro que nunca se emncontrara el cadaver a flote. Deseando de poder leer esas memorias de Lady Lucan.
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HABLEMOS DE LA COÑOESCRITURA

Mensajepor Invitado » Dom 15 Oct, 2017 3:36 pm

ImagenErika Irusta, creadora de la primera escuela menstrual del mundo.

Erika, la catedrática en "coñoescritura": así afecta la regla a la hora de crear

La 'madre' de este arte literario escribe para "descubrir heridas", pero la semana del mes importa: en premenstrual es más libre, después de tener la regla es más intelectual. Cientos de mujeres quieren ser sus alumnas.


Paloma es periodista y "coñoescritora". Aprendió el oficio en la Universidad Complutense y a coñoescribir en una comunidad de menstruantes. Como periodista apenas ejerce —ya saben, la crisis—; como mujer documenta su día a día al dictado de su coño. Escribe, a diario, dando rienda suelta a su voz variable, como su propio ciclo. Así ha aprendido que es una y cuatro.

Es tarde y Paloma coloca sus manos sobre el teclado de su portátil. Ahí escribe su novela, por profesión; también lo que siente su cuerpo, por convicción. Paloma, la periodista, es recta, normativa, reflexiva; la coñoescritora es visceral, espontánea y dúctil. Por eso escribe su novela en un serio escritorio y su diario, algo muy personal, en el jardín.

Explica Paloma que la coñoescritura le ha enseñado a cuestionarse paradigmas, incluso a replantearse la naturaleza de los signos ortográficos. A zafarse de un lenguaje regulado y masculino, a encontrar puntos de encuentro con el resto de mujeres en textos escritos con tinta roja, sangre de mujer.

Paloma es una de las ochenta participantes que ha conseguido terminar el curso de coñoescritura que propone la pedagoga, investigadora y divulgadora del ciclo menstrual, Erika Irusta, creadora de la primera escuela menstrual del mundo. Lo empezaron 282 mujeres, más de la mitad de las integrantes de la comunidad Soy una, soy cuatro, un espacio privado en el que comparten experiencias privadas a salvo del escrutinio de mirones. Un lugar seguro, vetado para los hombres, donde expresarse.


¿Qué es coñoescritura?

Pero, ¿qué es la coñoescritura? La voz española de cuntwriting hace referencia a una forma de escritura orgánica, corporal, que nace del cuerpo cíclico y cambiante. Se trata, según su autora, de “un proceso creativo en el que la coñoescritora exorciza la grandilocuente Gramática Universal aprendida para escribir, por fin, desde su cuerpo; no a pesar de este, ni por encima de este”.

Tal definición aparece en el libro Diario de un cuerpo (Casa Catedral, 2016), el primer ejemplo práctico de coñoescritura, la referencia para quienes se inician en este proceso creativo. Un encuentro fortuito, según explica Erika, que surgió como la deformación de un encargo de la editorial.


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Erika Irusta, creadora de la primera escuela menstrual del mundo.


“Querían que hablara sobre la menstruación y pensé en escribir un libro sobre el ciclo, algo muy canalla sobre la cultura y el sistema, pero no podía; no me salía. Hablé de nuevo con mi editora y les ofrecí mi cuerpo, tratar en primera persona los cambios que ocurrían en mí de manera química, y que me afectan anímica, física y mentalmente”, recuerda Irusta, miembro de la Society for Menstrual Cycle Research de Estados Unidos. “Quería que la lectora se topase con todas las personas que hay en mí —revela a EL ESPAÑOL— y lo quería hacer en forma de diario, para que mi cuerpo me contase qué pasaba”.

Así se percató de que escribía diferente en función del momento del ciclo en el que se encontraba. “No era igual escribir en premenstrual que en preovulatoria, me sentía más libre. Después de tener la regla era más rígida, más intelectual. El proceso creativo depende del estado químico del cuerpo. Porque escribes desde el cuerpo, por mucho que quieras silenciarlo”, argumenta Irusta.

Escuchando a su cuerpo, Erika se topó con una serie de acontecimientos latentes, algunos muy traumáticos, que han ido forjando su carácter. Poniendo en negro sobre blanco su diálogo con su cuerpo admitió lo que tanto le había costado verbalizar: era una mujer maltratada, por su padre, y víctima de los abusos sexuales de su tío.

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Neruda asesinado

Mensajepor Invitado » Lun 23 Oct, 2017 4:22 pm

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La viuda de Neruda siempre negó que el poeta muriera de cáncer

Matilde Urrutia defendió la tesis que ahora avala una investigación sobre la muerte del Nobel en 1973

Manuel Araya, víctima de la dictadura de Pinochet, denunció en 2011 el asesinato del Nobel. “Me pusieron una inyección y me estoy quemando dentro”, le dijo el poeta.



“A Pablo no lo mató el cáncer”. Así, de una manera tan rotunda, lo expresó su viuda, Matilde Urrutia, a un periodista de la agencia Efe en las primeras semanas de 1974 en la casa de Isla Negra, junto a las imponentes rocas de la playa y el atronador rugido del océano. Así lo remarcaría de nuevo en numerosas entrevistas de prensa hasta el invierno de su existencia. Y a esta misma conclusión han llegado los científicos que desde 2013 han examinado de manera concienzuda una parte de los restos del poeta en laboratorios de varios países con la tecnología más avanzada.

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El 5 de mayo de 1974, La Patoja, con quien el poeta contrajo matrimonio el 28 de octubre de 1966, explicó al diario bonaerense La Opinión que el doctor Roberto Vargas Zalazar (el urólogo chileno más importante de aquella época) le había asegurado en agosto de 1973: “Pablo vivirá como mínimo seis años y hasta es posible que muera de cualquier otra cosa, pero no del cáncer que tiene, pues está perfectamente controlado”. Fue Vargas Zalazar quien anotó en el certificado de defunción, que completó la mañana del lunes 24 de septiembre de 1973 en su domicilio sin haber examinado el cuerpo inerte, la causa de muerte hoy ya invalidada: “Caquexia cancerosa. Cáncer próstata. Metástasis cancerosa”.

El 19 de septiembre de 1974, en una extensa entrevista concedida al diario Pueblo en España, Matilde Urrutia se reafirmó en su convicción: “La verdad única es que el duro impacto de la noticia [del golpe de Estado] le causó que días más tarde se le paralizase el corazón. El cáncer que padecía estaba muy dominado y no preveíamos este desenlace tan repentino. No alcanzó ni a dejar testamento pues la muerte la veía aún muy lejos”. Efectivamente, en el invierno austral de 1973, aunque casi siempre postrado en su dormitorio de Isla Negra, Neruda prosiguió la preparación de sus memorias junto con su secretario y gran amigo Homero Arce, culminó la escritura de los siete poemarios que se publicaron póstumamente en 1974 e incluso preparaba ya la tradicional despedida de fin de año en su bellísima casa del Cerro Florida de Valparaíso: La Sebastiana.

En septiembre de 1983, en una de las últimas entrevistas que concedió, en este caso a la revista chilena Análisis, Matilde Urrutia volvió a referirse al fallecimiento de su esposo: “Pablo tenía un cáncer. El médico que lo atendía y que lo visitaba a menudo me había dicho que viviría por lo menos cinco o seis años. La verdad es que el golpe lo afectó mucho, prácticamente lo derrumbó. A pesar de que yo trataba de que no se enterara de lo que estaba sucediendo, eso era imposible (…) No me cabe duda que Pablo murió a consecuencia del golpe de Estado”.

La investigación judicial de la muerte de Pablo Neruda enfrenta una nueva etapa. Si los científicos hubieran confirmado la causa de muerte anotada por Vargas Zalazar, posiblemente habría concluido en el plazo de los próximos meses. Ahora, en cambio, estos intentarán esclarecer el origen de la nueva toxina hallada en sus restos para discernir si pudo ser inoculada por terceras personas. En este caso, habrían sido agentes de la dictadura para impedir que viajara a México, desde donde tenía previsto emitir una declaración contra la Junta Militar. En el exilio, la voz poética y política del Premio Nobel de 1971, admirada universalmente, hubiera sido el gran enemigo de Pinochet, quien, por cierto, en aquellos días estaba al corriente del estado de salud del poeta.

Sigue en pie, pues, la posibilidad del magnicidio denunciado por Manuel Araya, el modesto militante comunista que fue su chofer desde diciembre de 1972 y que junto con Matilde Urrutia fue la única persona que lo acompañó, en todo momento, desde aquella mañana del 11 de septiembre que truncó la incipiente primavera de Isla Negra hasta sus horas finales del 23 de septiembre de 1973. Se trata de una compleja investigación judicial, científica e histórica dirigida con tenacidad y rigor por el magistrado Mario Carroza, que ocupa más de tres mil páginas, en nueve tomos de declaraciones e indagaciones, además de un “cuaderno reservado”.

Desde luego, descartado ya el cáncer como causa de la muerte, puede argumentarse con mayor solidez aún que su fallecimiento fue producto, cuando menos, del terrible sufrimiento, de la agonía en que se sumió la última noche de su vida tras conocer en la habitación 406 de la Clínica Santa María el cruel asesinato de Víctor Jara y, en definitiva, la magnitud de la represión contra su pueblo.

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HABLEMOS DE LECTURAS CUALES SON VUESTROS AUTORES/AS...

Mensajepor Invitado » Lun 13 Nov, 2017 3:04 am



Por ese candor infantil que mantuvo siempre (eso dicen), Federico García Lorca podía pasar de la broma al gesto serio sin transición. De la fantasía y el recuento de proyectos acumulados a la queja por la sequía creativa. De la exageración al drama, de la risa a la tristeza renegrida de los ojos. En las entrevistas sucedía así. No le gustaban, pero le gustaban. No las quería, pero las guardaba. Desconfiaba, pero las quería: «En las entrevistas siempre me hace el efecto de que es una caricatura mía la que habla, no yo». Sin embargo, en el despliegue de páginas que protagonizó en los periódicos está ese otro Lorca que es él mismo: el de la confesión en voz alta, el valiente, el enredador, el intuitivo.

Varios años ha pasado el poeta malagueño Rafael Inglada buceando en archivos hasta completar, con la colaboración del periodista Víctor Fernández, el volumen que a finales de noviembre publicará la editorial Malpaso: Palabra de Lorca: declaraciones y entrevistas completas. La baraja completa de las declaraciones a la prensa del poeta es tan abundante como asombrosa. Y completa el contorno de un Lorca hecho de mil palabras que se cruzan, se contradicen, se vapulean o suenan a entusiasmo.

En este trabajo (133 entrevistas recobradas) hay más de un tercio de ellas inéditas en libro, otras amputadas en sucesivas publicaciones y que ahora aparecen como fueron en su versión original. También otras que se publicaron tras la muerte del autor de Romancero gitano. Unas porque habían quedado inéditas y otras porque fueron recuperadas al difundirse la noticia de su asesinato. En España, en Argentina, en Cuba, en Uruguay, en Italia, en Francia. Firmadas por Francisco Ayala, González-Ruano, Giménez Caballero, Indro Montanelli, Mathilde Pomès... En todas lució. En todas dejaba una reflexión vital o devastada, pero siempre con fondo de luz. Ideas que celebraban su misterio glorioso o el oficio de tinieblas de su propio altar de contradicciones. Era un gran predicador de sí mismo.


Yo no soy gitano, soy andaluz, castellano colonizador de Andalucía. Y no he conocido mujer (...)


En algunas de esas entrevistas anotaba también impresiones sobre el resultado de la charla, sobre el periodista, sobre sus propias palabras. Así sucede en la de Mathilde Pomès, donde no quedó satisfecho y apuntó al margen de la página que quizá no se había enterado bien de casi nada. Luego están aquellas en las que habla descargando algún peso vivo, como recuerda Cipriano Rivas Cherif en tres reportajes que publicó en 1957 en el suplemento dominical del periódico mexicano Excelsior, donde recupera algunas confesiones íntimas del poeta en 1935. «Yo no soy gitano, soy andaluz, castellano colonizador de Andalucía. Y no he conocido mujer». Era la primera vez que Lorca hablaba de su homosexualidad para un medio: «¿No te has privado tú de la otra mitad? Lo que pasa es que si es verdad lo que me dices es que eres tan anormal como yo. Que lo soy, en efecto. Porque sólo hombres he conocido; y sabes que el invertido, el marica, me da risa, me divierte con su prurito mujeril de lavar, planchar, coser, de pintarse, de vestirse de faldas, de hablar con gestos y ademanes afeminados. Pero no me gusta. Y la normalidad no es ni lo tuyo ni lo mío. Lo normal es el amor sin límites. Porque el amor es más y mejor que la moral de un dogma, la moral católica; no hay quien se resista a la sola postura de tener hijos. En lo mío no hay tergiversación (...) Pero se necesitaría una verdadera revolución. Una nueva moral, una moral de libertad entera. Ésa que pedía Walt Whitman».

Decía Juan Ramón Jiménez que las entrevistas formaban también parte de su obra. De ahí que con este proyecto quede, de algún modo, rematada también la obra completa del autor de Poeta en Nueva York. «Cuando las lees todas y contrastas algunas cosas percibes que Lorca tendía a ser algo embustero en sus declaraciones. Pero, sobre todo, era un hombre ilusionado con su futuro, comprometido con la República. Un poeta al que aquí se le transparenta el ser humano», dice Inglada.

Los temas de los que habla son muchos. El mar, la música, la política, el teatro, la muerte, ¡Cataluña! Desde Uruguay dice en 1934: «Esto es mi patria. Oye: me siento compatriota. Estoy en mi patria. Para mí, esto, no es viajar. Te juro que en Cataluña siento más la lejanía de mi solar que aquí. No; puede ser que ustedes me consideren extranjero. Pero no puedo, no siento mi calidad de viajero recién llegado a esta tierra que ya es mía».


Yo soy hermano de todos y execro al que se sacrifica por una idea nacionalista asbtracta por el solo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos


Una cierta teatralidad hay en todo lo que hace García Lorca. Una puesta en escena lúdica que pasa por lanzar risas a la atmósfera o esperar en bata al periodista, como en la foto tomada por Alfonso en la que aparece en abril de 1936 junto a Felipe Morales. Era abril de 1936. Le quedan al poeta cuatro meses de vida. La última entrevista se la concedió a Otero Seco pocas semanas antes del crimen en Granada: «La poesía es algo que anda por las calles. Que se mueve, que pasa a nuestro lado. Todas las cosas tienen su misterio, y la poesía es el misterio donde tienen lugar las cosas. Se pasa junto a un hombre, se mira a una mujer, se adivina la marcha oblicua de un perro, y en cada uno de estos objetos humanos está la poesía».

Hablaba a trallazos y a veces también mordía más de lo que era capaz de masticar. Pero como decía Guillén, cuando estaba Federico no hacía ni frío ni calor: hacía Federico. Y sabía de las cosas de la vida como un niño grande, como un muchacho intuitivo aún con el flequillo espeso: «Yo soy un español integral, y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; pero odio al que es español por ser español nada más. Yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista abstracta por el solo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mí que el español malo (...) Y desde luego no creo en la frontera política. (...) Yo soy en el fondo un descreído hambriento de creer». Esto se lo dice a Bagaría en 1936.


Lo normal es el amor sin límites. Porque el amor es más y mejor que la moral de un dogma, la moral católica (...)


Cuando aquel agosto en que es asesinado, el poeta, el dramaturgo, el hombre hecho de claroscuros y asombros que fue Lorca acumulaba un prestigio y una fama extraordinaria: «No busco la popularidad. Ella viene a mí. A veces me molesta. A un poeta no debe de interesarle la fama. Es una frivolidad». Y aun así también la disfrutaba.

Lorca era un festival para un periodista, pero un festival a su aire. Difícil de someter al guión de las preguntas. Él estaba dispuesto a extraer una flor distinta del ala del sombrero en cada frase. Alguien lanzó esta advertencia para principiantes, como explica en el prólogo a la edición el profesor Christopher Maurer: «No vayáis a buscar a García Lorca con un programa determinado ni con preguntas concretas». Dejadle hablar. Eso es. Dejadlo solo. Que se exprese con ganas. A tientas. De golpe. Con la tristeza que tuvo su valiente alegría.

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HABLEMOS DE LECTURAS CUALES SON VUESTROS AUTORES/AS...

Mensajepor Invitado » Dom 19 Nov, 2017 2:58 am

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Mario Vargas Llosa: ultraviolencia contemporánea

Publicado por Carlos H. Vázquez
Fotografía: Patricia J. Garcinuño


Hay un coche parado en la calle, al ralentí. Por las puertas abiertas sale «Mayores», de Becky G, mientras el conductor se tuesta la cara a hostias con otro tipo en la acera, al calor de la farola de la madrugada. Se debían algo, a lo mejor romperse la boca, pero ahora están ajustando cuentas. Mañana saldrán en alguna página de sucesos locales. O no, porque ya es costumbre. Por la escena no aparecen ni la policía local.

De diez noticias, nueve hieren y la restante es una bala que silba por la oreja. ¿Es la realidad violenta? La violencia en la obra de Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) ha estado siempre ahí, de manera intermitente, desde Los cachorros, su primer libro de cuentos.

    Abrió la puerta y ya se lo llevaban cargado, lo vio apenas entre las sotanas negras, ¿desmayado?, sí, ¿calato, Lalo?, sí y sangrando, hermano, palabra, qué horrible: el baño entero era purita sangre.

    [Extracto de Los cachorros]

En julio de 1976, Jorge Luis Borges declaraba en el periódico mexicano Excelsior por qué en el cuento de La intrusa un hombre mataba a una mujer: Él, como autor, no describía la escena, sino que sugería la violencia que había en ella. Y lo hacía, según contaba, porque así la imaginación adquiría más fuerza pero sin pretender «recrearse en la muerte». Por eso no le gustaban las novelas policíacas americanas y sí las inglesas, porque la violencia no se reflejaba.

En Conversaciones con Borges, del profesor Carlos Cañeque, Fernando Savater explicaba que Borges era «un hombre completamente antiviolento» que «soñaba con la violencia no comprometida —no subordinada a ninguna causa— de los compadritos, con la violencia estética y épica, con las batallas, con el tigre real». Para el filósofo, aquello era vivir con la dignidad del peligro, ya que los enfrentamientos violentos tenían a la vez algo de intenso y sencillo.


Revolución en la sombra

Mario Vargas Llosa, en Conversación en Princeton, explica que «el narrador siempre es un personaje, en todas las novelas». Por lo tanto, si el que escribe es él pero el que narra es un personaje, ¿en Vargas Llosa, como en Borges, todo se transforma y se desdobla? «El punto de vista y la voz narrativa son técnicas literarias que se han usado, desde Homero, para poder contar historias complejas. Cada escritor las usa, a su manera, para propósitos distintos. En una novela como Historia de Mayta, el lector descubre que no hay un solo punto de vista total: ningún personaje, ni siquiera un narrador, tiene acceso a la totalidad de la historia», responde Rubén Gallo, coautor del mencionado libro de conversaciones y catedrático de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Princeton, donde se guardan los archivos de Mario Vargas Llosa y se desarrollaron los cursos sobre literatura y política que ambos impartieron en 2015.

En una de las clases, el autor de Historia de Mayta expuso que las versiones literarias de la historia, muchas veces, se superponían a la historia y la reemplazaban, igual que en Guerra y paz de León Tolstói. Por esta misma razón, y dentro de la bibliografía del escritor peruano, habría que comparar Historia de Mayta con Huajaco, de César Núñez Arroyo. Ambos libros tratan el mismo tema —la frustrada revolución de Jauja, en la sierra peruana, el 29 de mayo de 1962—, pero desde enfoques distintos. Una de las diferencias que hay entre la obra de Vargas Llosa y la de Núñez Arroyo es que el primero escribió la historia desde un punto de vista novelado (sitúa los hechos acontecidos en 1958), mientras que el segundo lo hace desde el rigor histórico y más local.

Cuando se trata de novelas históricas, ¿es obligatorio contar la verdad de manera fiel? Gallo opina que la noción de verdad o de fidelidad opera de maneras distintas en la historia y en la literatura: «La literatura debe ser fiel, ante todo, a lo literario: lo importante de una historia es que esté bien contada, que seduzca al lector, que lo sorprenda al mostrar aspectos de la experiencia humana que aparecen en el comportamiento de los personajes, en la manera en que reaccionan a ciertas situaciones». Es por eso que Mario Vargas Llosa habla de la verdad de las mentiras.

Mayta era un miembro del Partido Obrero Revolucionario (trotskista) que protagonizó un intento de insurrección en Jauja junto con el joven oficial Francisco Vallejo, jefe de la cárcel de la ciudad peruana. Pero reconstruir la vida de Mayta es como coser hilos en el aire: Al final hay que tirar de ficción. Mario Vargas Llosa recuerda cómo llegó hasta él, cuando se encontraba terminando la novela: «Supe la historia del personaje en el que está inspirado Mayta a través de terceras personas que lo habían tratado y que conocían su aventura. Ni siquiera sabía que estaba vivo cuando hice toda la investigación para escribir la novela», reconoce. Cuando estaba trabajando en el final del libro, el escritor pudo saber que el protagonista en el que se había basado estaba vivo, pero en el penal de Lurigancho, en Lima. Vargas Llosa consiguió permiso para verlo, pero, cuando fue a visitarlo, el preso ya era libre (cumplía una pena de diez años de prisión por otro hecho distinto).

    El personaje que entra en el despacho es un flaquito crespo y blancón, de barba rala, que tiembla de pies a cabeza, embutido en una casaca que le baila. Calza unas zapatillas rotosas y sus ojos asustadizos revolotean en las órbitas. ¿Por qué tiembla así? ¿Está enfermo o asustado? No atino a decir nada. ¿Cómo es posible que sea él? No se parece lo más mínimo al Mayta de las fotografías. Se diría veinte años menor que aquél.

    —Yo quería hablar con Alejandro Mayta —balbuceo.

    —Me llamo Alejandro Mayta —responde, con vocecita raquítica. Sus manos, su piel, hasta sus pelos parecen aquejados de desasosiego.

    —¿El del asunto de Jauja, con el Alférez Vallejos? —vacilo.

    —Ah, no, ese no —exclama, cayendo en cuenta—. Ese ya no está aquí.

    [Extracto de Historia de Mayta]

Después descubrió que estaba trabajando en una heladería de Miraflores. «Fui a verlo y se llevó la sorpresa de su vida cuando me acerqué y le dije que había estado pensando en él, escribiendo en cierta forma su biografía a lo largo de los dos últimos años». Absorto, este Mayta abrió los ojos como platos y, cuando lo asimiló, respondió: «Vale, te voy a dar una noche, pero no nos vamos a volver a ver más».

Mario Vargas Llosa y él estuvieron hasta el amanecer conversando en casa de Mario. «Descubrí con gran sorpresa que yo sabía mucho más que él del episodio que había protagonizado. Ese hecho que a mí me había tomado dos años, a él se le había borrado de la memoria». Aunque el entrevistador le mostraba recortes de periódicos al entrevistado, este contestaba de manera equivocada. «Tenía un gran desprecio por la política y no le interesaba nada. Me impresionó y me cambió completamente el final de la novela. Transcribí en el último capítulo el diálogo con este Mayta que nunca volví a ver».

Vargas Llosa se había encontrado con un hombre derrotado por la vida que no tenía ningún entusiasmo ni pasión, salvo una: En la cárcel había formado con otro compañero de prisión un pequeño negocio de venta de frutas; lavaban y limpiaban la fruta para que nadie se fuera a intoxicar comiendo lo que vendían. De hecho, el resto de presos tenían tanta confianza en ellos, que los usaban como banco para guardar su dinero.


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En privado para todos los demás

Vargas Llosa cita Borges para zafarse de los periodistas del corazón: «En poesía solo se admite la excelencia». Le acaban de preguntar si le escribe poemas a Isabel Preysler, su actual pareja. Cinco micros, grabadoras y teléfonos móviles apuntan hacia él mientras el resto de la nube de cámaras y alcachofas de gomaespuma están con Isabel. Revolotean como mariposas a punto de ser cazadas. Ahí estaba, en el Espacio Telefónica, en la Gran Vía de Madrid, todo un Premio Nobel de Literatura, sentado, con apariencia tranquila, sin que nadie le molestara demasiado, observando la escena. Y eso que el protagonista del evento era él y su libro Conversación en Princeton.

El día anterior, el escritor estuvo en lo alto del trending topic, en Twitter, porque se había pronunciado sobre la independencia de Cataluña (residió en Barcelona entre el verano de 1970 y mediados de 1974). «Creo que el referéndum no va a tener lugar, es un disparate absurdo y un anacronismo», publicaba la agencia Europa Press el 20 de septiembre. El domingo 8 de octubre, el Nobel encabezaba la marcha por la unidad de España en Barcelona que organizaba Societat Civil Catalana: «Se necesita mucho más que una conjura golpista para destruir lo que han construido quinientos años de historia», leía Mario Vargas Llosa sobre los peligros del nacionalismo en la Estació de França a una multitud abanderada.

Juan Soto Ivars, periodista de El Confidencial y autor de Arden las redes. La poscensura y el nuevo mundo virtual, duda que le importe lo más mínimo a Mario Vargas Llosa lo que digan de él en Twitter, aunque, insiste, habría que preguntárselo a él. «Es muy importante en estos casos medir: Vargas Llosa, [Arturo] Pérez Reverte o Javier Marías, tres señores masacrados por la izquierda tuitera y milenial, son al mismo tiempo tres figuras de prestigio, respetados, con auténticas legiones de seguidores en todo el mundo. Dudo que al lector alemán, francés o norteamericano les haya llegado el ruido de Twitter España. Y dudo que a ellos les quite el sueño lo que digan en Twitter los votantes de Podemos», contesta.


Todas putas

En su libro, Juan Soto Ivars habla, entre otras cosas, del caso de Hernán Migoya (editor de La Cúpula, donde se publicaba la revista gráfica El Víbora) y lo que sucedió con su obra Todas putas, editada por Miriam Tey, dueña de la editorial El Cobre y, en ese momento (2003), directora del Instituto de la Mujer.

Al autor le acusaron —fue [url=blogs-lectores.lavanguardia.com/pagina-abierta/critica-a-todas-putas]La Vanguardia[/url]— de una supuesta «apología de la violación» por haber escrito una serie de historias que no tenían la menor relación con la realidad. Dicha «apología» está hecha por un personaje ficticio en el monólogo del primer relato («El violador»). ¿Por qué se sigue confundiendo la ficción con la realidad? Para Soto Ivars hay varias formas de responder a esa pregunta: «La más fácil, y quizás la menos exacta, es el infantilismo. El monstruo sigue con nosotros cuando se apaga la luz, después de que termine el cuento».

Derivada de esta, hay otra respuesta relacionada y algo más profunda: «En la sociedad virtual hemos convertido los significantes en significados, es decir, hemos entregado parte de nuestra identidad a esa marca personal con la que nos mostramos en las redes. Dado que nuestra marca personal y la de aquellos con quienes interactuamos es una ficción, la vida en redes sociales nos induce a una lectura muy literal de todas las ficciones, y a una confusión constante entre la expresión y la identidad. Esto nos lleva al auge de la corrección política, que confunde sistemáticamente la forma con el fondo».

Y la tercera respuesta: «Ante la falta de alternativas al capitalismo económico, la izquierda lucha en términos de guerra cultural, donde las identidades colectivas, bien mezcladas con relatos victimistas antagónicos, lleva directamente a lo que llamo poscensura». El caso de Hernán Migoya, previo a las redes sociales, es un anticipo de lo que venía, pero es mucho más sencillo: el PP iba a ganar unas elecciones autonómicas y el PSOE descubrió los cargos de Miriam Tey (directora del Instituto de la Mujer con José María Aznar).

El 8 de junio de 2003, Mario Vargas Llosa publicaba en Piedra de toque, su tribuna en El País, el texto «Todas putas», donde no solo se limitaba a criticar a los linchadores de Migoya, sino que también señalaba la hipocresía de los escritores que habían repetido lo de la «apología» mientras seguían defendiendo el relato. «Detrás de esta concepción ingenua y confusa de la manera como las ficciones de la literatura influyen en la vida hay, en verdad, un miedo pánico a la libertad», escribía Vargas Llosa.

Migoya dejó España y se fue a Lima después de toda la polémica y, sobre todo, porque le preguntaron en una entrevista cuánta violencia contra la mujer había en su siguiente libro Una, grande y zombi, publicado en 2011. Según le comentó Migoya a Juan Soto Ivars en una entrevista, en Perú (tierra natal de Mario Vargas Llosa) «saben reírse despreocupadamente de cosas que aquí (España) se han convertido en tabú, como la guerra de sexos, pese a que allá el machismo y la violencia contra la mujer son todavía más escalofriantes que en España».


Violencia doméstica (I)

Dora Llosa (madre) y Ernesto J. Vargas (padre) se casaron el 4 de junio de 1935, en el bulevar Parra, hogar de los abuelos. «En la foto que sobrevivió (me la mostrarían muchos años después), se ve a Dorita posando con su vestido blanco de larga cola y tules traslúcidos, con una expresión nada radiante, más bien grave, y en sus grandes ojos oscuros una sombra inquisitiva sobre lo que le depararía el porvenir», recuerda Mario en El pez en el agua. El primer plan era dejar Arequipa y viajar a Lima después de la boda.

La familia vivió en la calle Alfonso Ugarte, en Miraflores. Allí se dio a conocer «el mal carácter de Ernesto». Ernesto era un marido carcelero que había prohibido a Dora ver a los amigos y parientes, aunque tenía permiso para visitar a César (cuñado) y a Orieli (cuñada), pero porque eran vecinos en Miraflores.

Ernesto trabajaba como radio-operador de la Panagra (Pan-American Grace Airways). Procedía de una familia muy pobre. A los trece años tuvo que dejar el colegio para ponerse a trabajar y ayudar en casa. Fue aprendiz de zapatero y aprendió radiotelegrafía gracias a su padre, Marcelino Vargas, quien también había maltratado a su propia familia y la había abandonado por la política. Iba y venía en medio de una vida que le había llevado a la cárcel y, después, a la fuga.

Como si de un gen se tratara, ese patrón de comportamiento iba a permanecer en Ernesto, que ya se había convertido en segundo operador de la marina mercante argentina, con la que estuvo cinco años viajando. «De algún modo y por alguna complicada razón, la familia de mi madre llegó a representar para él lo que nunca tuvo o lo que la suya perdió: la estabilidad de un hogar burgués, el firme tramado de relaciones con otras familias semejantes, el referente de una tradición y un cierto distintivo social. Como consecuencia, concibió hacia los Llosa una animadversión que emergía con cualquier pretexto y se volcaba en improperios contra ellos en sus ataques de rabia».

Cuando era niño, Mario no llegó a conocer a Ernesto. Le dijeron que estaba muerto y con eso se quedó. Su padre, en realidad, fue a La Paz por trabajo y dejó a Dora sola en casa, embarazada ya de cinco meses. Su familia, representada por la abuela materna Carmen, decidió ir a Lima para estar con ella, pero fue Ernesto el que se adelantó: «Anda tú a tener el bebé a Arequipa, más bien». Tras la despedida, ni una señal más de vida… hasta pasados diez u once años.


De Arequipa a Cochabamba

Por Lima y Arequipa se habían repartido los restos del naufragio, las habladurías, las palizas y la letra escarlata que a Dorita le habían puesto por ser madre soltera. Los Llosa siguieron al abuelo Pedro por sus negocios con el algodón y se establecieron en el número 168 de la calle Ladislao Cabrera, en Cochabamba, Bolivia.

Mario Vargas Llosa considera que fue un niño feliz en ese periodo cochabambino, una edad dorada en la que vivía protegido por la familia, tan numerosa que él la llama familia bíblica. En los carnavales de Cochabamba, según recordaba con Joaquín Soler Serrano en A fondo, todo el mundo se pasaba una semana empapado, celebrando con música y bailes el Carnaval de la Concordia. «Uno se preparaba para los carnavales con mucha anticipación. Iba llenando canastas con globos y con unos proyectiles temibles que se llamaban cascarones, que eran huevos vacíos que se rellenaban con agua de colores». También se armaban con chisguetes (una especie de pistola de agua).

En la cara oscura estaban las procesiones de Cochabamba, celebraciones que en la memoria del joven Mario eran hechos muy violentos; los hombres del campo bajaban a la ciudad y participaban en las procesiones esgrimiendo machetes y tirando pequeños proyectiles de dinamita. Lo hacían ebrios, como tónica general. Mario Vargas Llosa dice que ha vivido en un mundo muy violento. Estaba la violencia política y también la social; las dictaduras, las enormes desigualdades, los prejuicios, y «esa falta de integración —añadía— de nuestras sociedades», la misma que se iba a encontrar en el Leoncio Prado durante la adolescencia.

En 1945, la familia vuelve a Perú, en concreto a Piura, en el litoral peruano y al noroeste del país. Ni pasando los meses, Mario Vargas Llosa podía dejar de ser un forastero. Hablaba como un «niñito serrano». Después de la edad dorada de Cochabamba, el niño Mario, a punto para la decena, se iba encontrando fuera de los algodones de la sobreprotección. Era distinto para Piura, para el colegio San Miguel de Piura, y hasta para él mismo.


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Violencia doméstica (II)

En Piura, durante el verano de 1946, Dorita le cuenta a su hijo, en el malecón Eguiguren, que tiene un padre y que van a ir a verlo al hotel de Turistas. En realidad, Dorita le estaba tendiendo una emboscada a Mario, pues ella había visto a Ernesto en agosto, en casa de Orieli y César, en Lima.

    —¿No me estás mintiendo, mamá?

    —¿Crees que te voy a mentir en una cosa así?

    —¿De veras está vivo?

    —Sí.

    —¿Lo voy a ver? ¿Lo voy a conocer? ¿Dónde está, pues?

    —Aquí, en Piura. Lo vas a conocer ahora mismo.

    [Extracto de El pez en el agua]

Mario no debía decir ni una palabra sobre lo que acababa de saber por su madre. Ernesto no había llamado en diez años, ni siquiera se había molestado en enviar una carta, salvo una que escribió su cuñada Orieli por instrucción suya. Pero ahí estaba, en el hotel de Turistas de Piura, saludando a Dorita y a Mario, a quien besó y abrazó. Aprovechando el alboroto y la alegría desconcertada del pequeño, Ernesto ofreció un paseo en coche (un Ford de color azul). Primero fue el centro de Piura, y después el campo, hasta el kilómetro cincuenta, donde pararían para tomar unos refrescos. Luego llegaron hasta Chiclayo para que «Marito» conociera «la ciudad del arroz con pato», pero el pequeño ya sospechaba.

    A la mañana siguiente, luego del desayuno, apenas subimos al Ford azul, él dijo lo que yo sabía muy bien que iba a decir:

    —Nos estamos yendo a Lima, Mario.

    —Y qué van a decir los abuelos —balbuceé—. La Mamaé, el tío Lucho.

    —¿Qué van a decir? —respondió él—. ¿Acaso un hijo no debe estar con su padre? ¿No debe vivir con su padre? ¿Qué piensas tú? ¿Qué te parece a ti?

    Lo decía con una vocecita que yo le escuchaba por primera vez, con ese tono agudo, silabeante, que pronto me infundiría más pavor que esas prédicas sobre el infierno que nos dio, allá en Cochabamba, el hermano Agustín cuando nos preparaba para la primera comunión.

    [Extracto de El pez en el agua]

El engaño se consumó en Lima. Era el comienzo de la tragedia humana que estaba a punto de vivir Mario Vargas Llosa, con un pie en la niñez y otro en la adolescencia. Así lo relata en El pez en el agua: «Tenía miedo de que ese señor viniera de la oficina con la palidez, las ojeras y la venita abultada de la frente que presagiaban tormenta, y comenzara a insultar a mi mamá, tomándole cuentas por lo que había hecho estos diez años, preguntándole qué puterías había cometido mientras estuvo separada de él. […] Yo sentía pánico. Me temblaban las piernas. Quería volverme chiquito, desaparecer. Y, cuando, sobreexcitado con su propia rabia, se lanzaba a veces contra mi madre, a golpearla, yo quería morirme de verdad, porque incluso la muerte me parecía preferible al miedo que sentía».

Uno de los peores momentos fue un domingo de misa. Se supone que Mario estaba castigado y no debía salir de casa, pero fue a la parroquia ignorando —creía que el castigo no incluía saltarse la misa— las órdenes de Ernesto. A la salida, su figura violenta pero silenciosa permanecía a los pies del Ford de color azul. Sin decirle nada a su hijo, Ernesto le dio una bofetada que lo tiró al suelo, donde le volvió a pegar. En casa, el padre le continuó agrediendo mientras le obligaba a pedirle perdón. «Me advertía que me iba a enderezar, a hacer de mí un hombrecito, pues él no permitiría que su hijo fuera el maricueca que habían criado los Llosa».

Y con la violencia llegó el odio. «Un padre resucitado, como el suyo, lesiona. En Vargas Llosa lo masculino conquista. Sabotea su mundo de tías y doncellas, todas rendidas ante el niño dientón y adorable. El padre, al entrar ahí, arrasa. Crea belleza y horror, como el miedo cuando habla», expone Karina Sainz Borgo, periodista de Vozpópuli y Zenda.

Al propio Vargas Llosa le aterraba el sentimiento que tenía hacia su padre, pero la guerra civil que se había desatado en su psique no tenía otra salida. «En las noches, cuando, encogido en mi cama, oyéndolo gritar e insultar a mi madre, deseaba que le sobrevinieran todas las desgracias del mundo, me llenaba de espanto, porque odiar a mi propio padre tenía que ser un pecado mortal, por el que Dios me castigaría. […] Siempre tenía la conciencia sucia con esa culpa, odiar a mi papá y desear que se muriera para que yo y mi mamá volviéramos a tener la vida de antes». En los días de misa, en la parroquia, Mario se acercaba al confesionario abrasado por la culpa y la vergüenza.

    Al día siguiente de llegar a Lima, su padre vino hasta su cama y, sonriendo, le presentó el rostro. «Buenos días», dijo Ricardo, sin moverse. Una sombra cruzó los ojos de su padre. Ese mismo día comenzó la guerra invisible. Ricardo no abandonaba el lecho hasta sentir que su padre cerraba tras él la puerta de calle. Al encontrarlo a la hora del almuerzo, decía rápidamente, «buenos días» y corría a la buhardilla.

    [Extracto de La ciudad y los perros]

En una entrevista con Juan Cruz, en 2006, Mario Vargas Llosa explicaba la sensación que tuvo cuando su padre le puso la mano encima por primera vez: «Un día me pegó, y a mí nadie me había pegado nunca, jamás. Eso me desbarató la visión del mundo, me hizo descubrir una forma de violencia, de totalitarismo, y me acrecentó el miedo a la soledad». Conocer a su padre fue decisivo y una experiencia traumática que tuvo consecuencias y desembocaron en su primera novela: La ciudad y los perros.


Los genes no engañan

En 1950, Mario ingresaba en el Colegio Militar Leoncio Prado, donde haría el tercer y cuarto curso de secundaria, hasta 1951. «Creo que la atmósfera que yo viví en el colegio militar, por las características del colegio, se podía llamar muy violenta. Ahí había chicos de muy distintos sectores sociales, que todos llevaban al colegio sus prejuicios, sus rencores y resentimientos. Todo eso se volvía algo muy explosivo dentro del sistema del internado y del sistema militar que teníamos, en el que se respetaban las jerarquías militares de año a año», recuerda.

    Una noche los oyó hablar de él en la pieza vecina. «Tiene apenas ocho años —decía su madre—, ya se acostumbrará». «Ha tenido tiempo de sobra», respondía su padre y la voz era distinta: seca y cortante. «No te había visto antes —insistía la madre—, es cuestión de tiempo». «Lo has educado mal —decía él—, tú tienes la culpa de que sea así. Parece una mujer». Luego, las voces se perdieron en un murmullo.

    [Extracto de La ciudad y los perros]

De la edad dorada al terror. Mario Vargas Llosa no volvería a estar cerca de sus primas Nancy y Gladys y de la niñez. La relación entre Ernesto y su hijo fue difícil y estaba marcada por la violencia y por la autoridad severa, prima hermana de la disciplina militar. De haber un episodio amable, por así decirlo, Juan Cruz lo tiene claro: «Hay un punto de ternura que queda de esa relación, cuando supo que su padre guardaba en su chaqueta un recorte de lo que Time dijo de uno de sus libros». A pesar de haber estudiado en una escuela militar, Mario Vargas Llosa nunca disparó un arma (llegó a confesarle a Julia Otero que tenía muy mala puntería y que no le divertían nada esas maniobras que hacían).

Perú, como describía el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, es un país muy complejo (a su geografía se refiere), con una selva gigantesca que colinda con Brasil, una costa desértica y el mundo andino, a cinco mil metros de altura. Demasiado lejos del suelo para Mario Vargas Llosa: «América Latina, en mi niñez y en mi juventud, era un mundo de gran violencia», comenta, enfocando la conversación hacia la política, ocupación nada ajena a él. Desencantado por el marxismo y por otras corrientes, acabó iniciando a lo largo de los años su propio camino hacia la presidencia de Perú en 1988 junto con el Frente Democrático, siendo derrotado por Alberto Fujimori en las elecciones de 1990. En 1991, su hijo Álvaro Vargas Llosa, portavoz de aquella campaña electoral, publicaba El diablo en campaña, tomando el título de la frase que el senador comunista Genaro Ledesma dijo sobre su padre: «Vargas Llosa es el diablo».

    La muerte rondó desde muy temprano en los desplazamientos de mi padre por el país. A finales de enero de 1989, el avión de la compañía Faucett en el que viajaba a Pucallpa, en la selva, estuvo a punto de volar en pedazos, cuando dos individuos colocaron en la pista de aterrizaje una bomba de dos kilos de dinamita, de aluminio en polvo, clavos de acero y fragmentos de hierro.

    [Extracto de El diablo en campaña]

De esa violencia política también salen las dictaduras, situación que refleja en La fiesta del chivo, abordando la historia de la República Dominicana durante la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo.

    Ya no recordaba cómo empezó aquello, las primeras dudas, conjeturas, discrepancias, que lo llevaron a preguntarse si en verdad todo iba tan bien, o si, detrás de esa fachada de un país que bajo la severa pero inspirada conducción de un estadista fuera de lo común progresaba a marchas forzadas, no había un tétrico espectáculo de gentes destruidas, maltratadas y engañadas, la entronización por la propaganda y la violencia de una descomunal mentira. Gotitas incansables que, a fuerza de caer y caer, fueron horadando su trujillismo.

    [Extracto de La fiesta del chivo]

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Un continente son varios países, conviviendo en la desconfianza y en la ignorancia recíprocas, en el resentimiento y el prejuicio, en un torbellino de violencias que aquí arrasa América Latina. Karina Sainz nació en Caracas (Venezuela), en 1982, y reside en Madrid desde 2006. Conoce, por historia y por ficción literaria, cómo medran los impulsos por América Latina: «En nuestra tierra todo es violento. Desde la geografía hasta la verticalidad social. La mayor violencia que experimenta don Mario es la clase social a la que pertenece. Él creció en un gineceo que funda —y devasta— su obra. Es decir, a él. O así lo interpreto. Eso, créeme, obedece a un paisaje».

La estudiante Alexandra Aparicio expuso en las clases recogidas en Conversación en Princeton que la situación política que aparece en la novela Historia de Mayta es más violenta de lo que era, en la realidad, el Perú durante los años sesenta.

Con esta teoría, habría que preguntarse si Mario Vargas Llosa exageró la situación violenta del Perú de los sesenta en Historia de Mayta para advertir lo que iba a suceder en el Perú de los ochenta con Sendero Luminoso, reflejado en ¿Quién mató a Palomino Molero?. «Creo que Vargas Llosa es muy periodista; todos sus libros grandes, y ese lo es, proviene, aunque sea lejanamente, de su experiencia como periodista. Él investiga hasta que puede, y no se para ni en la dificultad de los viajes o en la búsqueda de los personajes reales; yo he vivido con él la experiencia de algunos viajes delicados: jamás lo vi echarse atrás, se despertaba antes de la madrugada, no se arredraba ante las dificultades militares o terroristas. Creo que, cuando entra en una historia narrativa, se transforma, por lo que no tiene más remedio que tomársela gravemente en serio», analiza Juan Cruz.

    —Me van a matar —gimió la mujer, despacito. Pero no lloraba. En sus ojos secos había odio y miedo animal. Lituma no se atrevía a respirar, le parecía que si se movía o hacía ruido ocurriría algo gravísimo. Vio que el Teniente Silva, con mucha parsimonia, abría su cartuchera. Sacó su pistola y la puso sobre la mesa, apartando las sobras del seco de chabelo. Le acarició el lomo mientras hablaba:

    —Nadie le va a tocar un pelo, Doña Lupe. Siempre y cuando nos diga la verdad. Aquí está esto para defenderla, si hace falta.

    [Extracto de [i]¿Quién mató a Palomino Molero?
    ][/i]

Sobre cuánto y de qué modo ha influido la violencia en la obra de Mario Vargas Llosa, Karina ofrece su opinión como lectora: «La violencia de Vargas Llosa es casi genética. Una violencia acomplejada. De esas que se maman. Incluso sin que fuese explícita, acompaña su biografía. Piensa una cosa: cuando don Mario escribía La casa verde, Julia Urquidi había intentado matarse con un bote de pastillas. Lo hizo en París. Lo cuenta ella en su libro Lo que Varguitas no dijo. Él intentaba acabar su manuscrito. Eso marca… mejor dicho, tatúa. Las sociedades inflexibles, estreñidas, como en la que él creció, engendran esas furias». El suceso al que se refiere Karina pertenece al final de la relación sentimental entre Mario Vargas Llosa y Julia Urquidi (tía política), episodio amoroso que dio pie a La tía Julia y el escribidor.

La periodista María Renée Canelas, en una entrevista pública con Vargas Llosa celebrada en Cochabamba en 1998, desvelaba que en la familia de los Llosa había más de diez casamientos entre primos-hermanos. «Yo estoy seguro —afirmaba el escritor riendo— que hay más. Los Llosa han tenido siempre una tentación terrible por la familia». Su segunda mujer, Patricia Llosa Urquidi, además de ser cochabambina, era sobrina de Julia y prima-hermana de Mario, aunque él cree que no se enamoró por un mandato genético.

    Sumergida en esa angustia que no me dejaba pensar con claridad busqué entre los medicamentos que tenía y encontré unas pastillas para dormir que me habían recetado tiempo atrás. No sé cuántas tomé, pero al momento desperté y volví a tomar más. Vacié todo lo que quedaba en el vaso y me las llevé a la boca. Llegado el momento de dejar el hospital, Mario me esperaba afuera: no me dirigió ni una sola palabra de aliento que me hubiera ayudado a vencer la vergüenza que sentía. Mi ansiedad fue vana. Solo me tomó el brazo con torpeza guiándome a la administración y me dijo: Entra y pregunta cuánto se debe por tu ridículo chistecito. Pagamos y salimos.

    [Extracto de Lo que Varguitas no dijo]


El Mortadelo de Gabo

La relación de amistad entre Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez comenzó en 1967 y terminó en 1976. A mediados de los sesenta, Vargas Llosa trabajaba en París, en la radio televisión francesa, en un programa de literatura donde comentaba y analizaba las obras que llegaban a Francia y podían tener repercusión en América Latina. Un día recibió un libro con el título Pas de lettre pour le colonel (El coronel no tiene quien le escriba), de Gabriel García Márquez. «Me gustó mucho por su realismo tan estricto, por la descripción tan precisa de este viejo coronel que sigue reclamando una jubilación que nunca le llegará», rememoraba Vargas Llosa. Después, ambos escritores mantuvieron contacto a través de generosas cartas que se enviaban.

El 5 de junio del 67 se lanzaba Cien años de soledad y los dos, al poco tiempo, se encontraron en el aeropuerto de Caracas para asistir a la entrega del premio Rómulo Gallegos por La casa verde: «Cuando nos vimos las caras en el aeropuerto de Caracas en 1967 ya nos conocíamos y ya nos habíamos leído, pero el contacto fue inmediato, la simpatía recíproca y creo que al salir de Caracas ya éramos amigos. Y casi, casi diría que íntimos amigos. Luego estuvimos juntos en Lima, donde yo le hice una entrevista pública en la Universidad de Ingeniería, uno de los pocos diálogos públicos de García Márquez, que era bastante huraño y reacio a enfrentarse a un público. Detestaba las entrevistas públicas porque en el fondo tenía una enorme timidez, una gran reticencia a hablar de manera improvisada. Todo lo contrario a lo que era en la intimidad, un hombre enormemente locuaz, divertido, que hablaba con una gran desenvoltura», analizaba Vargas Llosa con el antropólogo Carlos Granés en los cursos de San Lorenzo de El Escorial.

París los unió más si cabe, como a toda una generación de escritores latinoamericanos, y pasaron por las mismas penas (y glorias) en la capital francesa. «Lo primero que hice al llegar a París fue preguntar por los señores Lacroix en el Hotel de Flandre. Me dijeron que no sabían dónde se habían ido. La semana pasada pasó por aquí Mario Vargas que se hospedó en el Hotel Wetter y cuando entré en ese hotel me encontré con que los administradores eran los mismos señores Lacroix. Y lo formidable es que Mario se encontró en una situación idéntica en 1960 y le dijeron lo mismo, que subiera a la buhardilla, y él también se quedó mucho tiempo sin poder pagar. Gracias a eso yo escribí El coronel no tiene quien le escriba y Mario escribió La ciudad y los perros. París no ha cambiado, soy yo quien ha cambiado», confesaba Gabriel García Márquez a los medios franceses en 1968.

En el 71, Mario Vargas Llosa publicaba Historia de un deicidio, la tesis doctoral sobre Gabriel García Márquez con la que obtuvo el doctorado en la Universidad Complutense de Madrid (su título original fue García Márquez: lengua y estructura de su obra narrativa).

Al igual que París, Barcelona y la gauche divine configuraron una amistad que no iba a tardar en romperse (compartieron agente editorial, la señora Carmen Balcells). «El que quiera saber, que investigue», se escurría Vargas Llosa siempre que le preguntaban por la repentina enemistad con Gabo. Una de las razones pudo haber sido propiciada por el encarcelamiento del poeta Heberto Padilla por parte del castrismo, provocando la escisión de los intelectuales latinoamericanos respecto a la Revolución cubana (Mario Vargas Llosa tenía una postura diferente a la de García Márquez, por ejemplo).

Pero hubo más en esta rocambolesca historia. Al margen de las diferencias políticas, los supuestos líos de faldas de Vargas Llosa originaron otro enfrentamiento entre los dos escritores y, hasta entonces, amigos. Las versiones son dispares y confusas, pero todas ponen a Patricia Llosa en medio, que sufría las ausencias de su marido y se apoyaba en el matrimonio formado por Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha.

Al final, la discusión se zanjó con más violencia: El 12 de febrero de 1976, Mario Vargas Llosa aterrizó en Ciudad de México para asistir al estreno de la película La odisea de los Andes, largometraje que él había escrito. En el vestíbulo del Teatro Bellas Artes se encontraba Gabriel García Márquez que, al ver a su amigo, fue hacia él para saludarlo con un «¡Hermanito!» que fue correspondido con un puñetazo de Mario que dejó el ojo izquierdo de Gabo a la funerala. «¡Esto por lo que le dijiste a Patricia!», describen los testigos de la pelea, aunque otros afirman que la frase fue: «¡Esto es por lo que le hiciste a Patricia!». Un sindiós de teorías con otros nombres, viajes, azafatas y habitaciones de hotel. Cuentos con regusto a calcio.

Otra versión de la historia es la que contó el cómico Ignatius Farray en La vida moderna: «Era una amistad histórica la de Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez… hasta que sucedió algo en un día concreto en el que perdieron la amistad y nunca se ha sabido por qué. Siempre ha sido un misterio de la literatura». La comedia, sin lugar a dudas, es el nuevo rock and roll.

Alguien dijo que una piedra lanzada por un enemigo no dolía tanto como la pedrada de un amigo. El pintor peruano Fernando de Szyszlo y su esposa, Lila Yábar, tropezaron con la muerte en las escaleras de su propia casa, justo el 9 de octubre de 2017. Él tenía noventa y dos años y ella noventa y seis. A Mario Vargas Llosa le pilló la noticia en Moscú, donde recogía el premio Yásnaia Poliana. Él y Szyszlo (Godi para los amigos) se conocieron en el verano de 1958 y juntos habían cultivado la amistad desde entonces, incluso en los momentos más complicados. «La amistad es tan misteriosa e intensa como el amor», escribía sobre su amigo fallecido.


Talkshockear (agredir con el verbo)

Aunque todo esto represente un tipo de violencia, el propio Mario Vargas Llosa no se decanta por ella, como confiesa: «No tengo, digamos, ninguna inclinación por la violencia. Todo lo contrario, creo ser una persona bastante pacífica. Y, sobre todo, en el campo de la política, creo que la violencia conviene erradicarla». No obstante, incide en la materia: «Seguramente, todas esas violencias, de alguna manera, se transparentan en lo que yo he escrito». Sin embargo, es inevitable dejar ver en esa transparencia los efectos de los golpes físicos y verbales, tanto propios como ajenos. Harold Bloom, profesor de Literatura en la Universidad de Yale y crítico literario de prestigio, así lo confirma: «La violencia me resulta inquietante, pero me parece que es esencial en Vargas Llosa. Sin ella, su obra se debilitaría», contaba por correo electrónico.

La violencia está en la naturaleza, incluso desde pequeños, como las crías de tiburón toro que devoran a sus hermanas aún estando en el vientre materno, como un puñado de hermanos pegándose en un tanatorio de As Burgas (Ourense) por la herencia del padre. También los individuos deformados por la violencia que visten de uniforme o llevan un pasamontañas. La novelista norteamericana Mary McCarthy tenía razón: «Con la violencia olvidamos quiénes somos».

Libros como Historia de Mayta, La guerra del fin del mundo, La fiesta del chivo, ¿Quién mató a Palomino Molero?, El pez en el agua, Cinco esquinas o El sueño del celta, por poner algunos ejemplos, están basados en hechos históricos, pero violentos. «La violencia es una parte fundamental de la vida en sociedad. Las novelas de Mario Vargas Llosa, como casi toda la buena literatura, nos dan claves para entender la violencia, que en la experiencia es algo irracional y presentan un análisis de la historia que nos permite ver cómo surge la violencia y qué efectos tiene sobre los individuos y sobre la sociedad», argumenta Gallo.

Mientras se escribía este artículo, Nueva York volvía a sufrir un atentado. Con el tiroteo en el festival country Route 91 de Las Vegas todavía reciente, en la página web de El Mundo, donde se publicaba la noticia, alguien, más abajo, comentaba: «Estamos totalmente vendidos, en cualquier parte, en el sitio más insospechado». Hay violencia escondida hasta en las arrugas de la piel.

    De repente caía en la cuenta de que pensar era para los atristos, y que los omniosos cuentan con la inspiración y con lo que el dueñor manda.

    [Extracto de La naranja mecánica]


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