Los regres y los progres

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Los regres y los progres

Mensaje por Invitado » Vie 25 May, 2018 2:13 am


"Es una vergüenza". El micrófono capta el enfado de la presidenta del Congreso cuando la mayoría de los diputados sale a comer tras una tanda de votaciones.

Los regres y los progres

Mensaje por Invitado » Vie 19 Ene, 2018 8:15 pm

La Inquisición lleva barba hipster


Cristian Campos


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Una de las confusiones más habituales entre nuestros adolescentes políticos de entre 18 y 88 años es creer que los viejos totalitarismos van a plantarse frente a ellos hoy, en 2018, con la misma forma que tenían en el siglo XX. Con los mismos logotipos, los mismos uniformes, los mismos eslóganes y la misma plástica. Que las esvásticas de hoy en día, las que pueden verse tatuadas en los brazos y los cuellos de apenas unos cuantos cientos de hooligans y casi siempre restringidas al campo de batalla de los bares cercanos a los campos de fútbol de Primera y Segunda División, suponen el mismo peligro que las de 1939, cuando las llevaban cosidas a la chaqueta millones de niños, profesores, médicos, funcionarios y soldados alemanes.

En 1920, la esvástica era sólo un logo político más. El arqueólogo Heinrich Schliemann la descubrió en 1872 en el emplazamiento de la antigua Troya y la interpretó como "un símbolo religioso de nuestros antepasados remotos". La teoría fue comprada por los nacionalistas alemanes y el resto es historia.

Es fácil imaginar que en 1920 ningún alemán pensó, a la vista de la esvástica, "oh, Dios mío, el símbolo nazi, todos a cubierto". Y eso porque los nazis no eran en ese momento los nazis de la II Guerra Mundial, sino sólo un partido político nacionalista, con un logotipo raro y defensor de la idea de que Alemania sería siempre suya. Si los nazis de por aquel entonces llegaron hasta donde llegaron fue porque la olla de la Europa de la época contenía todos los ingredientes necesarios para el estallido de un conflicto bélico global. El principal de ellos, la inexistencia de una Europa unida.

Si los totalitarios de 1920 y 1939 vivieran hoy, no diseñarían campos de concentración ni invertirían la mayor parte de sus recursos en la construcción de un ejército capaz de conquistar el resto de Europa. Dadas las circunstancias políticas, culturales y sociales actuales, es bastante más probable que optaran por una guerra de propaganda que desarrollarían a través del control de las televisiones y los medios de comunicación, a los que subvencionarían generosamente ligando su supervivencia a la de la permanencia en el poder de los funcionarios que les conceden esas ayudas.

Es probable también que se inventaran una historia falsa en la que mezclarían gestas épicas, victimismo sentimentaloide y un afán expansionista que llegaría hasta las regiones vecinas. O que apostaran por movilizaciones masivas en las que cientos de miles de acólitos obedecerían fielmente las instrucciones transmitidas por organizaciones civiles indistinguibles de los partidos en el poder. Movilizaciones en las que todos los emblemas serían proscritos excepto uno o dos muy concretos: la bandera del movimiento y, quizá, algún tipo de insignia que simbolizara la solidaridad con los mártires de la causa.

Es también probable que esos totalitarios de 2018 se dijeran pacíficos, demócratas y tolerantes, pero que marginaran sistemáticamente el idioma, las costumbres y la cultura de aquellos a quienes ellos consideran ciudadanos de segunda categoría. Es probable incluso que los totalitarios de 2018 le reclamaran a esos ciudadanos de segunda categoría su agradecimiento por haberles dado acogida en lo que ellos llamarían su país. Es probable, finalmente, que intentaran controlar todos los resortes de poder, y a la cabeza de ellos el Parlamento, utilizando para ello a los tontos útiles de cualquier partido de izquierdas capaces de creer que una vez conseguido el objetivo común de la destrucción de la legalidad democrática, los totalitarios compartirían el poder con ellos en vez de marginarlos política y socialmente.

Por supuesto, lo anterior es una caricatura. Comprendo bien las diferencias entre el nacionalsocialismo alemán y el nacionalismo catalán y lejos de mi intención compararlos, más allá de sus obvios orígenes filosóficos, ideológicos y estéticos comunes. Sí es mi intención señalar que las amenazas a la democracia, sin llegar a los extremos de la década de los años 30 por las abismales diferencias en sus contextos políticos, sociales y culturales, no están hoy en manos de los nostálgicos de los viejos totalitarismos sino en las del populismo nacionalista.

De la misma forma que la Inquisición de hoy en día no está en manos de unas cuantas docenas de ancianos sacerdotes temerosos de Dios sino en las de miles de millennials con barba hipster y cuenta en las redes sociales de turno. De la misma forma que las amenazas a la libertad de expresión no están hoy en manos de equipos de censores franquistas con rotulador negro y manguitos sino en la de miles de universitarios muy titulados pero muy poco formados que impiden por la fuerza las charlas de los conferenciantes que ellos consideran inconvenientes. De la misma manera que las cazas de brujas contemporáneas no están en manos de la turba analfabeta sino en las de las multimillonarias estrellas de Hollywood. De la misma manera que el puritanismo, la beatería y la represión sexual no están hoy en manos de la derecha sino de la izquierda.

Hay que aprender a ver más allá de las apariencias. Porque el resto son sólo logotipos.

Los regres y los progres

Mensaje por Invitado » Jue 20 Jul, 2017 1:24 pm


O SE VIVE COMO SE PIENSA O SE ACABA PENSANDO COMO SE VIVE
Hoy, el director de www.hispanidad.com, Eulogio López, recuerda lo de Chesterton: dogmáticos que saben que lo son y dogmáticos que no saben que lo son.

Los regres y los progres

Mensaje por Invitado » Jue 06 Jul, 2017 3:33 pm


'BOBOS': BURGUESES Y BOHEMIOS
Hoy, el director de www.hispanidad.com, Eulogio López, recuerda a los burgueses bohemios. Es decir, a los 'Bobos'.

Lobo/serpiente - David Gistau

Mensaje por Invitado » Dom 07 Ago, 2016 7:11 pm

Lobo/serpiente

David Gistau



EL HECHO de que España haya estado unos días pendiente de si una pareja de Fuenlabrada conseguía o no imponer a su primogénito el nombre de Lobo me trajo el recuerdo de los lentos veranos de antaño. Cuando en las redacciones, desoladas, carentes de sentido por la parálisis de la información política, ocupadas por escasos redactores jefe que buscaban una foto de tangas para el suplemento estival y otra de teatro clásico como coartada cultureta, estas cosas entraban gloriosamente en la categoría de «serpiente de verano». Es decir, una pollada inflada hasta la hipertrofia para llenar páginas y confeccionar titulares como sea, pues no todos los veranos conceden un serial tan apasionante como lo fueron los del hundimiento del «Kursk» y el fichaje de Bale.

A las cuitas contra el Estado desalmado y robótico de la esteparia pareja de Fuenlabrada no consigue uno descubrirles el interés. Ni compartiendo la devoción por el lobo. Un bello animal lleno de complejidades sociales pero destruido en la percepción colectiva por la mala propaganda que le hicieron los cuentos infantiles escritos en una época con mentalidad rural, de pequeño propietario ganadero. Hasta el término «lobo solitario», aplicado a los yihadistas, es un error y una infamia porque los lobos todo lo hacen en manada y de acuerdo a una meticulosa jerarquía que los aliena como individuos. Lobo solitario es oxímoron. Y Caperucita seguro que iba provocando.

Que el niño/lobezno de Fuenlabrada haya apasionado a la opinión pública a pesar de que estos veranos de nuestro descontento escupen titulares políticos sin cesar puede considerarse el síntoma de que España ansía regresar a las vacaciones de antes y al consumo de serpientes de verano. A la rutina. A la lucecita del Pardo ya apagada. A los próceres que no asoman en los periódicos vestidos de traje, sino chupando cabezas de gamba en un chiringuito, o anunciando su elección de lecturas para la modorra, o practicando el deporte elegido, que en ningún caso alcanzará las cotas de heroísmo y virilidad de las costumbres recreativas de Putin.

Estos Veranos del Bloqueo, ahora, y de la Crisis, antes, en los que los partidos políticos tocan zafarrancho de trascendencia y presumen de que ninguno de los suyos se toma un instante de asueto. Pero todo ello, al final, sólo sirve para que contemplemos una y otra vez el espectáculo circular de su fracaso y de su exceso de importancia autoconcedida. Como para no desinteresarse. Como para no aferrarse con una pasión ilegítima a asuntos menores como el niño/lobo que ha adaptado a Mowgli a la jungla urbana de Fuenlabrada y que acaso haya sido amamantado por las ubres de la loba capitolina de Rómulo y Remo, la Luperca. Que probablemente, por cierto, era una prostituta a la que conmovieron los pobres huérfanos fundacionales, si se atiende al origen etimológico de la palabra «lupanar» y al hecho de que, en Roma, a las meretrices las llamaban lobas.

Los regres y los progres

Mensaje por ¡Dejen de legislar! » Dom 12 Jun, 2016 4:30 pm

¡Dejen de legislar!

Los partidos políticos miden el éxito de su gestión por el peso o las páginas del BOE que han rellenado desde el poder; no les interesa el cumplimiento o los efectos reales que hayan producido. La vorágine normativa ha devaluado el Estado de Derecho

José María Ruiz Soroa 6 JUN 2016


Lo escribía ya hace años el implacable realista que es Giovanni Sartori: el Estado de derecho no es el Estado que crea a su albedrío y sin cesar un nuevo derecho, sino un Estado en el que el ejercicio del poder está limitado por vínculos jurídicos precisos y estables. De ello se desprende que la gigantesca burbuja de la praxis contemporánea de “gobernar legislando” está vaciando el Estado de derecho, convirtiéndolo en un gobierno de los hombres aunque sea en nombre de la ley. La vorágine normativa en que se ha convertido la actividad de gobernar ha devaluado hasta límites insospechados la calidad del Estado de derecho, que ya no funciona como límite al poder precisamente porque el exceso de derecho provoca su inoperatividad real. “El marco normativo español es complejo, confuso, en continuo cambio, de mala calidad, genera incertidumbre e inseguridad jurídicas, desincentiva la eficiencia y el emprendimiento y eleva los costes del sistema”, sentencia lapidario Carlos Sebastián en España estancada. Hay vigentes en España cien mil disposiciones normativas, diez veces más que en Alemania, un país cuyos ländertambién disponen de capacidad normativa, y que nos duplica en población. El problema no es ya de calidad técnica, eso sería un problema jurídico, el problema es de mal funcionamiento sistemático de las instituciones, y eso es un problema político.

Y sin embargo, la ambición de los políticos españoles, de todos, es hacer y hacer nuevas leyes. Una legislatura se considera un éxito cuando ha añadido a la colección legislativa unos cuantos textos, un fracaso cuando no ha conseguido sacar adelante ningún proyecto. Así miden su propia función los partidos y las élites que los gestionan: por el peso o las páginas del BOE que han rellenado desde el poder. En cambio, el control del grado de cumplimiento de las leyes o el de su implantación, o el de los efectos reales que hayan producido —los previstos y los insospechados— no interesa. Si una ley no funciona se hace otra más, que tampoco funcionará. Hace unos años se creó la Agencia Estatal de Evaluación de las Políticas Públicas que, en teoría, iba a realizar una valoración y un seguimiento del cumplimiento de las normas. Pronto se la convirtió en una agencia zombi que sólo valora los servicios públicos, no las normas ni las instituciones.

No lo confiesa pero la política lo sabe bien: hacia fuera, las leyes no son sino operaciones de imagen con las que el Gobierno o la oposición de turno parece que reaccionan eficazmente ante los problemas sociales (cada vez más las leyes son “medidas puntuales”), o bien una ocasión de proclamar principios excelsos (las leyes cada vez son menos normativas y más declamativas). Hacia dentro, ante la clientela de intereses con acceso al poder, las leyes (en sus disposiciones adicionales, finales y transitorias más que en su texto) son la vía para el pago de favores y para la generación de connivencia con sectores económicos o profesionales relevantes.


Si algún bien ha traído la sectaria incapacidad de nuestros partidos para formar Gobierno es la de que durante unos nueve meses ha cesado la diarrea legislativa que parece consustancial a la política patria. Claro que, todo hay que advertirlo, el futuro se presenta por ello mismo más amenazante aún, pues prima el proyecto ansioso y prestigioso de regenerar el sistema político (consista esto de regenerar en lo que sea, que es difícil saberlo) y, para ello, ponerse a legislar a calzón quitado sobre todos los defectos detectados, sospechados, imaginados o atribuidos a ese pobre espantajo que es “el sistema”. Por leyes, se nos anuncia, no va a quedar, que hasta la Constitución va a ser reformada. Estamos ante un pensamiento acusadamente mágico (en la mejor tradición leguleya hispana) que confunde el cambio de la realidad con el cambio de la norma que lo regula. No es así, claro: cuando el problema esencial está en los comportamientos y códigos informales de la política por relación a las instituciones, la solución de sus disfunciones no está en modificar sin freno las reglas formales de esas instituciones, sino en cambiar los comportamientos de las élites políticas. En el fondo, me temo, el discurso de la regeneración forma parte de la fase de degeneración, no es sino uno de sus últimos estadios.

Me atreveré a proponer una hipótesis radicalmente contraria a la de la vulgata políticamente correcta. ¿Y si el mayor defecto de las instituciones españolas consistiera, precisamente, en la sobreabundancia de normas reguladoras? ¿Y si lo que hubiera que cambiar fuera, cabalmente, el hábito de intentar resolver los problemas añadiendo leyes a normas y amontonando decretos sobre pragmáticas? ¿Y si tal hábito no fuera, exactamente, sino una manifestación de la falta de estudio ponderado de los problemas y a la vez de la urgencia por la explotación política de las operaciones legiferantes? Una institucionalidad bien gobernada se caracteriza por un número escaso de normas y un grado elevado de su cumplimiento. Una mala, por la sobreabundancia de leyes y su escaso cumplimiento. ¿No convendría entonces, para mejorar la calidad de nuestro Estado de derecho, hacerle una poda severa?

¿Por qué entonces no intentar la mejora operativa de las instituciones mediante el simple y barato método de dejar de producir leyes? Por lo menos por un tiempo. ¿Qué les parecería como programa el de dar al Parlamento un descanso mínimo de dos años sin legislar? Sin duda, muchos menearán incrédulos la cabeza: ¿cómo, estando como estamos en “emergencia social y política”, se le ocurre proponer nada menos que parar la producción de normas? ¿Qué harían entonces los parlamentarios electos?

Bueno, mi sugerencia es la de que parlamenten políticamente, que para eso sí están. Todos los grandes teóricos de la (desde Rousseau hasta Stuart Mill) no creyeron que la función de los Parlamentos representativos fuera hacer las leyes, sino sólo aprobarlas o no. Para hacer técnicamente las leyes merece la pena probar con las cámaras de expertos y con los minipúblicos aleatorios de orientación ciudadana, como propone el neorrepublicanismo de Philip Pettit en Despolitizar la democracia. Las cámaras de representantes han demostrado ya suficientemente su incapacidad al respecto, probemos entonces unos años con otros métodos. Aunque lo primero que habrían de hacer es derogar miles de normas y codificar in claris lo que quede.

Pero, eso de seguir creyendo, en la época del gobierno en la incertidumbre, que los Parlamentos son los foros adecuados para resolver los problemas legislando directamente sobre ellos es puro voluntarismo bobalicón, o listo interés sectario de unos partidos que se niegan a soltar el bocado con el que tienen atrapada a la sociedad. Porque razonable, desde luego, no es.

La gente - ENRIC GONZÁLEZ

Mensaje por Invitado » Dom 15 May, 2016 3:06 am

La gente

ENRIC GONZÁLEZ



HEMOS acabado hablando de los políticos como si pertenecieran a una raza extraterrestre. Como si fueran una desgracia que nos ha caído del cielo. Cierto que la incompetencia de quienes gestionan nuestros asuntos públicos resulta con frecuencia asombrosa (miren las imágenes de la humareda de Seseña, si no tienen a mano otro ejemplo) y que la corrupción crónica, eso que en el PP llaman "casos aislados", forma parte de la democracia española igual que formó parte de los regímenes anteriores. Recuerden el dinero alemán de 'Flick' para el PSOE o los regalos con que el simpático régimen saudí solía endulzar la vida del anterior jefe del Estado. Todo viene de antiguo.

El caso es que los políticos son gente como nosotros. Y lo sabemos. Pero es cómodo considerarles marcianos, tipos especiales con una afición desmedida por el trinque o las raterías. El pueblo llano, la gente, somos buenos.

Hagan algún viaje en un tren de cercanías y fíjense en la notable cantidad de matones y zumbados que le harán compañía, especialmente si son ustedes mujeres. Vale, esos son la escoria. Subamos un peldaño. ¿Y los que no pagan en el autobús y el metro? Muchas veces se trata de chavales majetes, jóvenes sin pasta, y, después de todo, ¿cuántos de nosotros no hemos viajado gratis alguna vez? Pasemos a los que no van necesariamente mal de dinero, esos que proponen facturas sin IVA o con un IVA simbólico, y que en ocasiones aceptamos. Claro, el IVA es muy elevado, un abuso. ¿No pagan los ricos lo menos posible a Hacienda? Pues lo mismo podemos hacer la gente, ¿no?

Me dirán que no se puede comparar al que viaja sin billete en el metro con un partido que se financia ilegalmente y reparte sobres en negro, o con un partido que roba dinero europeo destinado a los parados, o con el ricachón de Panamá. Pero yo creo que sí. El caso es el mismo, cambian las circunstancias. Se trata de aquel chiste viejísimo: "¿Se acostaría usted conmigo por mil millones de euros? ¡Sí! ¿Y por un euro? ¡Oiga, por quién me ha tomado! Lo que es usted ya ha quedado claro, ahora estamos negociando el precio".

Pues eso. No hagamos tantos aspavientos, porque quizá las personas decentes son minoría. A ver cuánto aguantan. A ver si un día de estos los agentes de policía, los funcionarios, los periodistas (tampoco sería novedoso) y quienes sea que puedan hacerlo empiezan a exigirnos sistemáticamente 'mordidas' por hacer tal cosa o no hacerla. Es extraño que no hayamos llegado aún ahí.

Los regres y los progres

Mensaje por Invitado » Lun 18 Abr, 2016 3:29 am



Las Noches Blancas: Progres

Debate presentado por Fernando Sánchez Dragó, emitido el 14 de marzo de 2006. Se tratará el progresismo a lo largo de la Historia y sus influencias en la literatura.

Invitados: Los escritores Antonio García-Trevijano Forte (abogado, profesor de Derecho, político y ensayista), Cristina López Schlichting (periodista y presentadora), Santiago de Mora-Figueroa y Williams, IX Marqués de Tamarón (diplomático y embajador), Pedro Fernández Barbadillo (periodista y profesor), Carlos Rodríguez Braun (Catedrático de Historia del Pensamiento Económico, periodista y economista) y Javier García Pelayo (empresario y articulista).

Mensaje por Invitado » Lun 27 Jul, 2015 3:17 am

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Un poco de higiene (aunque no haga falta)


Aunque los cenizos siempre nos cuentan que hemos venido a este valle de lágrimas a sufrir, lo cierto es que la existencia humana ha ido alcanzando metas que hace no demasiado tiempo se consideraban utópicas. Hasta principios del siglo XIX, el hacinamiento y la ausencia de infraestructuras de seguridad y saneamiento en las ciudades (falta de iluminación en las calles, de agua corriente, de cloacas para evacuar los residuos humanos, de vertederos) producían frecuentes rebrotes de cólera y fiebre amarilla. Eran también comunes las pestes, el tifus, la fiebre amarilla y las enfermedades venéreas. Al leer biografías de época, llama la atención la abundancia de muertes por enfermedad a edades tempranas y el gran número de fallecimientos en los partos, bien de las criaturas o de sus madres. Los hospitales eran lugares especialmente insalubres pues, desconociendo las mínimas normas higiénicas, se convertían en focos de infección.

Las autoridades públicas, preocupadas por cómo se propagaban las plagas y enfermedades, difundieron las ideas higienistas y las materializaron construyendo cloacas, depósitos de agua, duchas públicas, hospitales, maternidades, mataderos y mercados municipales. También se generalizaron las normas de construcción higiénica y empezaron a proliferar las viviendas «ventiladas», con agua corriente, techos altos y luz natural, y se extendieron costumbres inéditas, como el fregado de los suelos con sosa o lejía.

Cualquier persona mayor de cincuenta años, especialmente si ha vivido en una ciudad obrera, habrá tenido ocasión de ver aún en pie algunas de las reliquias arquitectónicas del pasado higienista, como las casas de baños o las duchas públicas. Si se miran con atención las viviendas de los cascos antiguos de las ciudades, aún pueden distinguirse algunos retretes adosados, cubículos minúsculos que se incrustaron de mala manera en las fachadas posteriores como evacuatorios, tan distintos de los modernos «cuartos de baño».

Hoy en día nos parece muy normal ducharse todas las mañanas, pero en «Luces de Bohemia» (1920) de Valle-Inclán, el librero Zaratustra comenta: «Es verdad que se lavan mucho los ingleses. Lo tengo advertido. Por aquí entran algunos, y se les ve muy refregados. Gente de otros países, que no siente el frío, como nosotros los naturales de España». Es, naturalmente, una exageración caricaturesca, pero hasta los años 70 del siglo XX, no era costumbre tan extraña entre las clases populares lavarse en profundidad sólo una vez a la semana, generalmente antes de ir a misa, para luego vestirse con «ropa de domingo» o «endomingarse». Recuerdo a un estudiante navarro a quien le gustaba escandalizar a las mozas presumiendo de lavarse y cambiarse de calzoncillos al menos una vez al mes, «aunque no hiciera falta».

El resultado de las medidas higiénicas, unido al desarrollo de la medicina, la fabricación masiva y barata de objetos de uso cotidiano y la generalización del trabajo asalariado, además de traer consigo el famoso boom demográfico, produjo sociedades con un nivel de confort notable y se convirtió en un modelo universal. Incluso ahora, cuando todo apunta a que el desarrollo económico empieza a contraerse, aún hay muchas sociedades humanas que en cuestión de higiene se encuentran en la casilla de salida.


Higiene política

En cierta medida, puede decirse que el socialismo utópico, el liberalismo, la psiquiatría o la psicología algo le deben a las baldosas blancas y la hidroterapia externa e interna del higienismo. También algunas tendencias socioculturales, como la dietética, la macrobiótica o el new age, que no dejan de ser sino propuestas de higiene física y mental, con sus técnicas de aireación y baldeo.

Sin embargo, y al contrario de lo que ha ocurrido en el ámbito material, las corrientes higénicas no han tenido demasiado éxito en el ámbito político. Hasta entrado el siglo XXI, y más como resultado de la presión de los nuevos sistemas de comunicación universal que de una decantación ideológica, no se ha empezado a hablar de limpieza en los procesos internos*, de códigos éticos, de participación ciudadana real, de transparencia en la toma de decisiones. Partidos políticos y organizaciones sociales que han defendido la implantación de sistemas democráticos en las administraciones públicas no acaban de ver claro que la higiene democrática beneficie a sus intereses, así que hacen como que pasan la lejía, se afeitan la pelambre del alerón, se duchan ocasionalmente y se endomingan antes de las elecciones. Pero no acaban de tomarse en serio las ideas transformadoras, regeneradoras e higiénicas que en otros campos ya parecen de sentido común, como que la luz purifica, que hay que renovar el aire en los espacios cerrados y que conviene lavarse las manos después de limpiarse el culo. (Aunque no haga falta).

_______

*Conviene aclarar que, históricamente, las organizaciones comunistas han tenido una conciencia elevada de la limpieza interna, si bien lo que han dado en llamar «autocríticas» y «depuraciones» han tendido a rebasar ampliamente lo que se viene conociendo como higiene.

Mensaje por Invitado » Sab 25 Jul, 2015 4:40 am

EMOCIÓN

ENRIC GONZÁLEZ



HEMOS decidido, parece, que la política es emoción y sentimiento. Resulta preocupante. La democracia representativa está diseñada para constituir un juego de intereses racionales, cálculos egoístas y pequeñas mezquindades (el voto de cada uno) que, engranado con la necesidad de conseguir una mayoría capaz de gobernar, desemboca en proyectos colectivos. Si no hay raciocinio y el ciudadano no logra identificar sus auténticos intereses, la cosa deja de funcionar.

La política de emociones lleva tiempo extendiéndose por gran parte de lo que llamábamos Occidente. La respuesta emocional de los estadounidenses a los atentados del 11-S permitió los desmanes de George W. Bush, y qué decir del 11-M en España; la nostalgia imperial de los ingleses conducirá a un referéndum sobre la pertenencia a la Unión Europea; el malestar por la pérdida de la grandeur está detrás del auge de la ultraderecha francesa. Y no hay nada más sentimental, y por tanto menos racional, que el movimiento independentista catalán.

En España nos asomaremos, después del verano, a una situación muy compleja y peligrosa. Lo haremos, según todos los indicios, con la emoción como brújula. La ira, el desprecio hacia el adversario, la hipersensibilidad (¿han notado que cada vez circulan más noticias acerca de lo ofendidos que se sienten tales o cuales?), la incapacidad para el diálogo, son, además de la falsedad, los rasgos que definen el debate político, si es que se le puede llamar debate. Y los ciudadanos estamos desbordando a la mismísima clase política en el ámbito de la demagogia.

Por otra parte, nuestro nivel intelectual es, colectivamente, el que es. Empezando por presidentes del Gobierno que no hablan otro idioma que el propio (cosa mucho más grave de lo que a veces se cree) y siguiendo por cada uno de nosotros. Cada vez nos expresamos peor y basta con mirar la televisión para comprobar nuestras dificultades cuando intentamos articular verbalmente una idea simple. Leer en Internet textos espontáneos, cosas como tuits, comentarios y demás, produce desolación. Quizá la Academia debería aceptar el generalizado haber en lugar de a ver y hacer intercambiables la b y la v, al menos para los hispanohablantes españoles, a fin de que no se note tanto el cataclismo ortográfico.

Considerando que en materia de conocimientos no damos para mucho y que el raciocinio ha perdido atractivo político, puede convenirnos seguir guiándonos por las emociones. Haber hasta dónde llegamos. Eso sí será emocionante.

Mensaje por Invitado » Lun 08 Jun, 2015 1:13 am

Política en tiempo real

PEDRO G. CUARTANGO



FUE el filósofo francés Henri Bergson quien profundizó en el concepto del tiempo como algo subjetivo. El tiempo se encoge o se alarga en función de las vivencias, como nuestra experiencia corrobora. Por eso, Bergson prefería hablar de duración.

La duración de las cosas es cada vez más corta, empezando por los objetos que nos rodean: muebles, ropa, coches o teléfonos móviles. Redecora tu vida, dice el eslogan de Ikea, una firma que ha entendido muy bien este nuevo paradigma para expandir sus negocios.

Hoy casi todos tenemos la sensación de que la vida se acelera y de que los ciclos temporales se han acortado mucho. El mundo del año pasado nos parece lejano y la incertidumbre que ha provocado la crisis nos impide hacer planes.

Esto se hace patente en la vida política, donde tres de los cuatro líderes de los grandes partidos son jóvenes y no vivieron la Transición porque ni Rivera ni Iglesias habían nacido cuando murió Franco. Será muy difícil, por no decir imposible, que alguno de ellos tenga liderazgos tan largos como los de Fraga o Felipe González.

Los tiempos en la política no sólo se van acelerando sino que, además, da la sensación de que todo está sometido a una mutación permanente, a un cambio constante de las cosas que impide captar su esencia.

La política se despliega hoy en tiempo real, a la misma velocidad que los estados de ánimo se suceden en las redes sociales o cambian las webs de los grandes medios. Todo parece instantáneo, nada es estable. Un caso de corrupción desplaza a otro y, al final, todo es igualmente irrelevante.

Los dirigentes políticos pueden hacer hoy una afirmación y, al cabo de pocos días, su contraria, porque nadie se acuerda del pasado en este marasmo febril que nos envuelve. El presentismo lo invade todo, las imágenes han desplazado a los conceptos, los eslóganes a las ideas.

El final de la Historia con mayúsculas no es, como creía Fukuyama, la desaparición del comunismo y el triunfo de la economía de mercado. No, el final de la Historia es la fragmentación del sentido y el triunfo de lo momentáneo. Vivimos tan absortos en el instante que hemos perdido la capacidad de entender los procesos.

El público quiere hoy titulares, imágenes, vídeos de apenas un par de minutos. Y el lenguaje político se ha adaptado a esta demanda de mensajes cortos y simplistas, donde los matices no existen. Nada que sea complicado tiene posibilidades de llegar a la gran mayoría, lo inteligente es aburrido y las tertulias televisivas se han convertido en un circo que expulsa las ideas en favor de los eslóganes.

Guy Débord acuñó la noción de sociedad del espectáculo en los años 60. Ahora habría que hablar de la sociedad del instante, en la que las experiencias y las cosas duran un suspiro, en la que todo es efímero. Ya lo decían los latinos: carpe diem.

Sí, vivamos el momento, sumerjámonos en él y dejémonos llevar por el presente sin pensar ni de donde venimos y ni a donde vamos. Tal vez esa sea la mejor manera de escapar de esas preguntas que nos atormentan y para las cuales no tenemos respuesta.


EL MUNDO. LUNES 8 DE JUNIO DE 2015

Mensaje por plas plas plas » Mié 20 May, 2015 10:03 pm

PROVISIONES

DAVID GISTAU



EN general, espero poco de la gente considerada colectivamente. Como las élites están liquidadas, el miedo a la gente y a su capacidad de escarmiento ha impuesto un discurso que pasa por atribuir al «pueblo» superioridades e infalibilidades que en realidad no existen. Esto no sólo le ocurre a la política, también al periodismo, que tampoco está fuerte como para andar ofendiendo a la clientela con ideas que no sean complacientes. Por debajo de sus vapuleados dirigentes, la sociedad española está sobrevalorada. Tanto, que ha podido esquivar el examen introspectivo de su propia responsabilidad en la Decadencia desviando toda la culpa a unas élites cleptocráticas compuestas por seres de otra naturaleza, cuando no de otro planeta, que no podían emanar de la misma sociedad, sino que, como explicó el populismo, mantenían cautivos a «los de abajo», inocentes todos ellos. Alfas y Epsilons como en la distopía de Huxley.

Interlocutores de mis conversaciones habituales que esperan más de la gente entendida colectivamente dicen que la sociedad española se levantó por razones morales y decidió luchar contra el Leviatán partitocrático en una admirable epifanía transversal. Yo, como soy borde y padezco una misantropía devastada como la de las cenas en la terraza de Gambardella, creo que el motivo fue otro: la sociedad española se enojó cuando el Estado incumplió el contrato de provisión, cuando falló esa urdimbre de pequeños sobornos asistenciales que se dio en llamar Bienestar y que alcanza el paroxismo en regímenes como el peronista. Una prueba a favor de lo que digo es que España no se volvió corrupta en los últimos años. Lo fue siempre. Lo fue durante todo el ciclo democrático. Pero a nadie le importó que se perdiera en la cleptocracia una porción del dinero –de ese dinero público que «no es de nadie», dijo la ministra de Cultura zapaterista– mientras hubiera suficiente para cumplir con los compromisos del Bienestar. A la sociedad española empezó a escandalizarla la corrupción sólo cuando se consideró que ésta desviaba recursos necesarios para satisfacer el concepto de «pueblo» subvencionado. Búsquenme iras populares en los noventa, los de mayor actividad de Bárcenas y los Pujol.

Esta mentalidad explica que, en España, la única forma exitosa de gobernar sea siempre estatalista. Lo único que debe hacer el Estado es cumplir con sus obligaciones proveedoras: se le aceptarán todas las alienaciones individuales mientras lo haga. La izquierda, sobre todo la izquierda redentora de Iglesias, propone este contrato que hace de la sociedad un inmenso cliente del Estado sin ningún disimulo, e incluso inventa coartadas morales para obtener mediante la incautación el dinero que necesita. Pero la derecha no es muy distinta: obsérvese el maná peronista que, en vísperas electorales, anunció la vicepresidenta después del último consejo. Vamos a aclararlo ya, que andamos liados con las adjudicaciones de etiquetas: en España, socialdemocracia es todo.

Mensaje por El modo imperativo » Vie 03 Abr, 2015 2:00 am

Por el mar corren las liebres

Manuel de Lorenzo


Me alegró mucho saber, hace ya cuatro meses, que la Mesa del Congreso había decidido adoptar por fin las medidas necesarias para garantizar la transparencia en el ámbito parlamentario. Fue uno de esos gestos decentes que suelen comenzar con alguien mesándose la barba y musitando algún aforismo. Otra cosa es cómo terminen.

El asunto de los viajes de Monago había agitado demasiado un panorama político ya de por sí nervioso y con cierta tendencia a autolesionarse, por lo que se imponía hacer concesiones a la ciudadanía para evitar que el clima de desconfianza que reinaba entre el electorado se pudiese traducir en una hemorragia de votos todavía mayor. Todos los grandes partidos, salvo PNV, UPyD y el grupo parlamentario Izquierda Plural, dejaron a un lado su tradicional rivalidad y, apenas sin deliberaciones, prescindiendo de sus habituales objeciones y desavenencias, llegaron a un acuerdo con tal celeridad que hasta los menos suspicaces creyeron que allí olía un poco a chamusquina.

Y tal vez con razón. El gran pacto sobre la transparencia -de la que, como el yeti, todo el mundo ha oído hablar pero nadie ha visto nunca- se reducía a que a partir de ese instante se informaría trimestralmente de los costes de los viajes realizados por sus señorías con cargo a los presupuestos de la cámara, pero sin indicación de quién viaja, cuándo viaja, para qué lo hace, ni cuánto se gasta. Es decir, simplemente, empezaríamos a recibir información una vez cada tres meses sobre cuál es el coste total y anónimo de los desplazamientos, lo que no tendría por qué traducirse en un nuevo agujero en el cinturón.

Muchos vieron en ello la consecuencia natural de que sean los lobos quienes cuidan del rebaño y consideraron falaz la medida adoptada por la Mesa del Congreso, previniendo a los ingenuos de que decir la verdad puede ser también el modo más sutil de mentir. De hecho, afirmar que la actividad parlamentaria va a ser "más transparente" no quiere decir que vaya a serlo lo suficiente como para ser considerada transparente. La lógica tiene estas cosas.

Sin embargo, algunos quisimos creer, y aunque San Agustín nos advirtió de las mentiras "dichas para complacer a los demás en un discurso” y Nietzsche nos avisó de que todo el mundo miente, confiamos en la promesa de transparencia por la sencilla y tonta razón de que necesitábamos hacerlo. Como esa gente a la que le toca el Gordo de Navidad y aparece en la tele diciendo "estaba seguro de que me iba a tocar porque me hacía mucha falta".

Y nadie podría culparnos. Porque en una relación tan desgastada como la que hay entre el ciudadano y el sistema, la transparencia es el mejor mecanismo de equilibrio posible, ya que la rectifica y la encauza. Es ese vecino fisgón que aclara un malentendido entre el cartero y tú porque sabe qué días tienes correspondencia. Nada tiene que ver con la confianza. De existir ésta, sería innecesaria aquélla. Y aunque tampoco sea imprescindible, duermes mejor si sabes que existe. Porque, como ocurría con el traje invisible del emperador, a nadie le gusta contemplar las vergüenzas al aire del imperio, pero todo el mundo quiere estar seguro de que puede verlas.

Pero decía Francisco de Goya que el tiempo también pinta, y al cumplirse el plazo fijado ha bastado un clic para saber si al menos ese hueso que nos tiraron era auténtico o no. Y como sospechaban los descreídos, no lo era. El Portal de Transparencia del Congreso de los Diputados es muy bonito, tiene mucha información útil -como por ejemplo que en el presupuesto se destina a "dietas" y a "locomoción" medio millón de euros en cada caso, y sin embargo a "otras indemnizaciones", ocho millones y medio; o que se prevén más de nueve millones de euros para subvenciones a los grupos parlamentarios-, pero de cuánto se han gastado sus señorías el último trimestre en viajes con cargo a los presupuestos de la cámara no dice nada. Lo único que aparece en el epígrafe ‘Viajes’, dentro de ‘Información económica, presupuestaria y contractual’, son algunas directrices y la agenda. De las migajas que se nos prometieron, ni rastro.

Pero en toda esta historia hay una parte buena, y es que las promesas incumplidas y los acuerdos ignorados, en el fondo dan igual. Se avecinan elecciones, y tenemos la inmensa suerte de vivir en un país en el que podemos elegir democráticamente quién preferimos que se ría de nosotros. Y eso, a los que nos creemos a diario mandangas como lo del pacto por la transparencia parlamentaria, siempre nos reconforta un poquito. Y nuestro voto vale lo mismo que el de los demás.

Mensaje por Invitado » Sab 21 Mar, 2015 5:57 pm

El edificio del Ayuntamiento


LUIS MARIA ANSON
Actualizado: 11/03/2015 21:56 horas



FUE LA gran frustración de Delia Piccirilli. La conocida y simpática marxista-leninista llenó varios años de luces y palabras las calles de Madrid durante las fiestas navidfeñas sin una sola alusión a lo que la Navidad conmemora. Fue todo un récord que figura en el libro Guinness de forma destacada.

Una tarde de otoño, Delia Piccirilli entra en el despacho del alcalde de Madrid, en la plaza de la Villa. Alberto Ruiz-Gallardón la acoge con su proverbial simpatía y música de Mahler de fondo.

- Tú me dirás, Delia.

- He tenido una idea, alcalde, y aunque todavía no he hablado con Alicia quiero darte a ti la primicia.

- Te escucho encantado.

- Pues verás, alcalde, he pensado que el edificio que ocupas no es digno de ti. Necesitas algo más grandioso y representativo.

- Pues dime en qué has pensado, Delia.

- Existe en Madrid un edificio soberbio, que está infrautilizado y es especialmente representativo.

- No sé a qué te refieres, Delia.

- Se trata del edificio que está enfrente del Teatro Real.

- Pero las casas que hay en la plaza de Isabel II me parecen todas dignas, pero menores.

- Te estoy hablando de la otra fachada, la de la plaza de Oriente. Del edificio que hay enfrente del Teatro Real.

- No caigo, Delia, no caigo.

- Pues no puede estar más claro. El Ayuntamiento presidido por ti debe instalarse en el Palacio Nacional o de Oriente, como se le llamó durante la gloriosa II República, conocido hoy como Palacio Real. Es un hermoso edificio, del tamaño adecuado y la calidad necesaria para que instales en él tu Ayuntamiento al servicio del pueblo madrileño.

- Como idea, querida Delia, me parece excelente y propia de tu sentido democrático de la vida madrileña. Pero no será fácil conseguir tu propósito. Yo tenía pensado que la dignidad del Ayuntamiento exige al menos un edificio como el Palacio de Comunicaciones en la plaza de Cibeles.

- No lo había considerado pero algo es algo, alcalde. Y vale como un primer paso. Le diré a Alicia que aplazo mi idea, la del Palacio de Oriente, y estoy dispuesta a hacer todo lo necesario para convertir el Palacio de Comunicaciones en la alcaldía que debemos al pueblo de Madrid.

Hasta aquí la conversación entre el anterior alcalde y la conocida líder leninista.

No sé si Delia Piccirilli se atreverá a proponer a Esperanza Aguirre su proyecto sobre convertir el Palacio Real en Ayuntamiento de Madrid. El Palacio de Comunicaciones se aprovecharía, según Delia, instalando en él la nueva Consejería de Austeridad que ha anunciado la candidata. No sé qué contestará Esperanza Aguirre a la propuesta de Delia Piccirilli. Acaba de asegurar que está contra la megalomanía y que se vuelve al viejo y admirable edificio de la plaza de la Villa, lo que ha cosechado para ella el aplauso general

Mensaje por Invitado » Jue 19 Mar, 2015 6:29 pm


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