Aguas turbulentas - Pilar Eyre

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NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 22 Jul, 2021 1:14 am

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NO ES POR MALDAD / Pilar Eyre

Los diez retos que debe superar Leonor



La princesa Leonor debe dejar atrás la sobreprotección de su madre y el protocolo de la corte. La queremos ver con personas de su edad, queremos saber qué piensa. Nos llevaríamos sorpresas en positivo


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    Uno. La transición.

    Pasar de niña a mujer, sin complejos, dejar atrás los vestiditos infantiles que aplastan el pecho incipiente, olvidar los mohines pueriles para moverse, actuar y sonreír con la naturalidad de todas las chicas jóvenes. Es una etapa difícil, es cierto, pero en el caso de Leonor creo que está durando demasiado.

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    Dos. Despegarse de su hermana.

    Aquí debería seguir el ejemplo de Isabel y Margarita de Inglaterra que, cuando abandonaron la infancia, separaron sus caminos, ya que una iba a ser reina y la otra no. También es injusto para Sofía que, no yendo a disfrutar de los privilegios de su hermana, tenga las mismas obligaciones. ¡Lo que pasará por esa cabecita en esas largas ceremonias en las que su hermana es la protagonista! ¿Se sentirá como un cero a la izquierda? ¿Le importará o, bien al contrario, se sentirá aliviada?

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    Tres. Proximidad.

    No se ama lo que no se conoce. Y no se conoce porque solo vemos a la heredera de la corona en unas pocas encorsetadas ceremonias al año, por muy bien que realice su cometido. Encima, ahora se la envía a Gales para acabar su bachillerato, con lo que su presencia todavía será menor. Queremos ver más a Leonor, pero interactuando con personas de su edad, queremos verla hablar, queremos que dé entrevistas y conocer su forma de pensar… seguro que nos llevaríamos muchas sorpresas en positivo y quizás comentaríamos lo de aquel político de izquierdas después de hablar con Felipe, “yo, rey, no, pero a este tío lo votaba para presidente de la republica…”

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    Cuatro. Modernizarse.

    Ver a señores que podrían ser sus abuelos inclinarse ante Leonor en los tiempos actuales causa vergüenza ajena. Por favor, dejen abiertas las ventanas de Zarzuela y que corra el aire. Los tratamientos, la solemnidad pomposa de los comentaristas reales, las reverencias, abren un abismo entre Leonor y los españoles donde se despeña toda la simpatía que pueda despertar esta muchacha. Eso de que ellas traten de tú a las personas, mientras nosotros tengamos que llamarlas Señora o Alteza se percibe como un humillante signo de servilismo y sumisión. Debería empezar el mismo rey, sería de agradecer que comenzara a cambiar el forzado “la reina y yo” y “la princesa de Asturias y yo” por un “Letizia y yo” y “Leonor y yo”. Muchos lo aplaudiríamos.

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    Cinco. Relaciones.

    No podemos mantener a Leonor como una Cristina de Suecia eternamente virgen y solitaria. Queremos que se abra el cinturón de hierro que la rodea y conozcamos quienes son sus amigos y sus amigas. Hace poco, un veterano directivo de medios de comunicación me decía “nunca, en todos los años que llevo en la profesión, me había encontrado con tanto hermetismo y dificultades para informar sobre las actividades privadas de la familia real. Llega hasta extremos tan ridículos que no podemos dar ni siquiera los nombres del grupo de amigos de la princesa de Asturias”

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    Seis. Referente.

    No queremos una princesa florero, queremos una mujer activa y útil. Que encuentre una causa por la que luchar y que, una vez implicada, la defienda hasta el fondo. Estella de Suecia es una gran amante de los animales y lucha contra el maltrato y el abandono, Ingrid de Noruega ayuda a deportistas discapacitados, ella misma es una gran deportista. Ambas princesas nórdicas han ido a escuelas públicas. Amalia de Holanda es una activa ecologista y Elisabeth de Bélgica esta volcada en la promoción del arte entre los jóvenes. La generación de Leonor, lejos de los cuentos de hadas, son referentes que utilizan su privilegiada situación para conseguir objetivos útiles para la sociedad.

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    Siete. Ser empática. Ser generosa.

    Aprender a entregarse a los que nada tienen. Un pequeño gesto puede representar mucho para los desfavorecidos de la tierra. Acercarse sin miedo a los que sufren enfermedades, los huérfanos de la pandemia, los desahuciados, los niños de familias desestructuradas, los tan denostados “menas”, los que padecen hambruna o catástrofes, los refugios de animales que, si no es por esa atención, nunca van a “salir en la foto”. No hace falta irse a una ONG en África, basta con acercarse a un comedor de Cáritas. Además, ¡la generosidad es contagiosa!

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    Ocho. Viajar.

    Por España. No en Mercedes blindados con una escolta de diez coches, sino buscando más operatividad. Primero chocaría, quizás, pero después la visita improvisada a un acto cultural, por ejemplo, se tomaría con naturalidad y se vería con simpatía. Es el consejo que le dio Franco a su abuelo cuando tenía su edad, “viaje, alteza, camine por las calles de los pueblos, que los españoles os conozcan”. Les tiraban tomates podridos, les insultaban “no queremos reyes idiotas”, pero Juan Carlos aguantaba porque, como confesaba a sus amigos, “me tengo que ganar el sueldo cada día que, si no, me botan”.

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    Nueve. El reto del “por si acaso”

    Por si acaso Leonor no llegara a reina, que contara con los suficientes mimbres y preparación psicológica para poder llevar una vida satisfactoria en el anonimato de una persona privada.

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    Diez. El último reto es para Letizia.

    No va a poder proteger siempre a su hija. No se convierta en otra Sofía. Sabemos que los tiempos son duros, espinosos y llenos de obstáculos y enemigos, pero déjela volar, recuerde lo que decía siempre el abuelo de su marido, “nunca un mar en calma hizo buenos marineros”.

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 15 Jul, 2021 12:38 am



Tal semana como hoy, en 1992, la pareja icónica formada por Juan Carlos y Sofía, el símbolo de aquella España que pasó en pocos años de la edad media a la modernidad, los reyes más carismáticos de Europa, a cuyos pies venían a posarse las otras monarquías, desde Lady Di a las reinas de Holanda o Bélgica, estuvo a punto de saltar por los aires, por primera vez. ¡Y a la vista de todo el mundo! Porque un enamorado Juan Carlos dejó atrás familia y responsabilidades para correr junto a su amiga más querida, que se estaba tratando una depresión en una clínica suiza.

Hizo dos viajes en absoluto secreto, estuvo varios días. “No te preocupes, que, mientras me necesites, aquí estaré”. Y también: “Aquí estoy, chiquita”. Sin el permiso de nadie, sin informar a quien corresponda. ¡El hombre superficial que de todo se reía, el campechano frívolo que parecía estar por encima de las pasiones terrenales, el ‘bon vivant’, el epicúreo, sufriendo y sacrificándose, no por España, sino por un amor! Quizás nunca nos hubiéramos enterado si no hubiera intervenido la mala suerte.

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El jefe de su casa, el general Sabino Fernández Campo, ya había llamado a los medios poniendo la tirita antes que la herida, advirtiendo que no se iban a tolerar comentarios sobre la vida amorosa del Rey, aunque trataba de justificar su advertencia: “No lo hago por el Rey, que está por encima de estas cosas y un cierto donjuanismo no le hace daño a ningún español, sino por la Reina, que sufre mucho”.

Pero fue Felipe González, gran amigo de don Juan Carlos, el que destapó, sin quererlo, la irregular situación. Cuando los periodistas le preguntaron si había consultado con el Rey el nombre del sustituto del ministro Fernández Ordóñez, enfermo terminal, el presidente de Gobierno se limitó a responder: “No he podido hacerlo, porque el Rey no está”. ¿Cómo? ¿Que el Rey no está?

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Estas cuatro palabras desatan una tormenta que erosionará por primera vez la figura del rey Juan Carlos. Le preguntan a Sabino, quien contesta sibilinamente: “Lo que se me ha dicho es que su majestad está descansando en Suiza”. Todos se llevaron las manos a la cabeza. ¿El Rey descansando en Suiza? Entonces, ¿quién demonios había firmado una ley el 18 de junio, fechada en Madrid, en el BOE, donde ponía muy clarito Juan Carlos I?

Alguien pronuncia la palabra “falsificación”. Un periódico se pregunta incluso si un presidente de la república no nos saldría más barato… Pero el Rey se cree inmune a todo y sigue en Suiza besando la mano adorada. “No te preocupes, chiquita, que aquí estoy”. Hace un viaje relámpago a Madrid, habla con Felipe y regresa de nuevo a Suiza. ¡Hasta que su amada no esté fuera de peligro no piensa moverse de su lado! ¡Aunque se hunda el mundo!

Pilar, su hermana, prepara el 79 cumpleaños de su padre. Está tan deteriorado que todos se dan cuenta de que será el último, pero Juan Carlos no viene. Quizás estimulado por el ejemplo de su padre, Felipe también prefiere pasar ese día con su novia, Isabel Sartorius.Y es Sofía la que acude, sola. Es Sofía, la inalterable Sofía, la que se echa a llorar en el coche, hasta el punto de que el fiel conductor, Gaudencio, debe aparcar en el arcén, finge que no se da cuenta y espera a que su señora se recomponga y pueda entrar en la fiesta disculpando a su marido y a su hijo. “Juanito tenía un asunto urgente... Felipe estaba ensayando el desfile de la Olimpiada...”.

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Sabino vuelve a llamar a los medios: “La Reina sufre, por favor, no hagáis comentarios”. Los periodistas hacen caso a regañadientes, pero ¿quién sujeta a la prensa extranjera? Como en el asunto de las anomalías económicas en estos últimos años que, si no fuera por los medios europeos, quizás no hubieran sido destapados igual, los periodistas extranjeros hablan. La revista italiana Oggi y la francesa Point de Vue llevan tranquilamente a portada este titular: “Marta Gayá es la amante del rey de España y estuvo con ella en Suiza”.

Y al final, en España fue la revista Época la que puso nombre a la mujer de la que todo el mundo hablaba, colocando la foto en portada y llamándola “la dama del rumor”. Según se dijo en ese momento, fue el propio Sabino el que, harto de la situación y de ser el paño de lágrimas de Sofía, autorizó esa información para que el Rey escarmentara y rectificara su forma de actuar. ¡No sirvió de nada! Cuando Marta se recuperó fueron un día a cenar en Mallorca con su padre, el conde de Barcelona, una velada muy alegre en la que estuvo incluso Marujita Díaz, y Juan Carlos permitió que se hicieran fotos y se publicaran.

También, en una entrega de premios de una competición de vela, cuando vio que entraba un matrimonio mayor en el club dijo en voz alta a su grupo de amigos: “Perdonad, que voy a saludar a mis suegros”. Eran los padres de Marta. Pero para quien sí cambiaron las cosas fue para Sabino. Harto de su tutela paternal, Juan Carlos le comunicó a su mujer: “¿Sabes que Sabino nos deja?”. Después de cuarenta años de servicio a la Corona, el general, totalmente sorprendido, inclinó la cabeza y pudo decir como los nobles antiguos: “Señor, deber cumplido”.

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Mensaje por Invitado » Jue 08 Jul, 2021 1:34 am

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NO ES POR MALDAD / Pilar Eyre

La oscura biografía de José Luis Moreno


Corría finales del año 1987, yo trabajaba en el programa de Odette Pinto en Radio Miramar y me tocaba entrevistar a José Luis Moreno, entonces solo conocido como un ventrílocuo que salía en televisión en un programa de variedades llamado ‘Entre amigos’. El hombre era alto y corpulento, iba con capa, enseñaba una dentadura muy cara y, a la manera madrileña, besó la mano con desenvoltura a las mujeres y les dio una palmada a los hombres mientras piropeaba sin tasa: “Qué guapa estás”. “Ese jersey de Versace te que- da de miedo... Si quieres te los puedo conseguir a buen precio porque Gianni es muy amigo mío”. “Si buscas un buen cirujano plástico, dímelo, que te envío al mejor”. “No hay nada de joyas que no sepa”.

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A mí, inmediatamente me preguntó por mis perros: “Ya sabes que adoro a los animales... Es una de las cosas que me unen a doña Sofía”. Le dejó su capa a la becaria y se sentó con la prestancia del que va a presidir un consejo de ministros. De pronto, antes de que empezáramos, se abalanzó sobre mi mano y, cuando creí que iba a besarla de nuevo, se acercó mi anillo a los ojos y emitió varios ruiditos de aprobación: “Muy bonito el diseño, de los años 20... El brillante es bueno, de medio quilate... ¿Es heredado?”. Yo dije que sí y me admiré de que pudiera saber estos detalles a simple vista, y me contestó con suficiencia: “Hombre, solo faltaría; tengo el título de gemólogo por el Institut Gemmologique de la Suisse. Soy la única persona en España que ha cursado los tres años de la carrera y no hay nada que no sepa sobre joyas”. Odette y el resto de las chicas de la emisora se apresuraron a enseñarle sus modestas alhajas y él dictaminaba: “Esta es buena... Esta esmeralda tiene una mancha, este brillante es culo de vaso, este oro es de 18 quilates y no de 22...”.

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Cuando empecé a consultar mis notas e iba a mentar a Macario y a Rockefeller para dar paso a la entrevista, me interrumpió con una de esas sonrisas de gato de Cheshire: “Supongo que me vas a preguntar por mi verdadera profesión”. Yo le pregunté cuál era con algo de guasa y me contestó: “Lo sabe todo el mundo... Soy neurocirujano”. Me eché a reír pensando que bromeaba y respondí: “Y yo tornero fresador”, pero se ofendió: “Oye, que en Madrid soy un médico muy conocido. He trabajado con un famoso cirujano, he sido su ayudante principal y siempre me dice que me guarda la plaza”. Yo le pedí disculpas por vivir en provincias y no saberlo, pero él siguió refunfuñando: “He asistido a decenas de operaciones importantísimas, a vida o muerte, he operado a gente muy conocida”. Yo estaba boquiabierta, pero no me dio tiempo a cerrar la boca porque añadió modestamente: “Claro, que también tengo la carrera de piano. ¡Catorce años de estudio! Y de canto; soy tenor, ¿sabes?”.

Odette y yo nos miramos sin saber qué añadir, cuando nos comentó mirándose las uñas: “No debéis ser muy aficionadas a la ópera, porque si no sabríais que he actuado en los teatros más importantes, incluso delante de la reina de Inglaterra...”, y, por si no fuera suficiente, acabó de darnos la puntilla como quien no quiere la cosa: “¡Y hablo seis idiomas!”. Odette no acababa de creérselo y trató de retomar la entrevista preguntando con algo de severidad: “A ver, José Luis, dinos algo en griego”, y el ventrílocuo nos contestó con suficiencia: “Agapi mou”. Aclarándonos: “Quiere decir ‘te quiero’... Es que mi mujer es griega”. Como no imaginábamos que estuviera casado, nos quedamos un poco fuera de juego, y él llenó el silencio con una pregunta: “Ese aparato de radio que tenéis ahí, ¿es un Invicta de los años 50?”. Nos lo había cedido Luis del Olmo para hacernos unas fotos y me levanté para comprobarlo; tenía razón, y nos informó: “He estudiado Bellas Artes y la carrera de anticuario, que solo se cursa en París”.

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A esas alturas ya me daba vergüenza preguntar por Macario y Rockefeller a señor tan principal, pero, aun así, con la audacia y la falta de tacto propias de la juventud, me atreví a reprocharle la imagen casposa y anticuada que daba de España y los españoles con sus espectáculos. Que su “Toma, Moreno” me producía vergüenza ajena. Se enfadó. Mucho. Que él no había venido a que lo insultaran y que vaya tontería de entrevista, con lo bien que íbamos. Y que sus personajes eran referentes, no solo en España, sino también en muchos otros países; en Italia eran ídolos y Berlusconi los llamaba por teléfono como si fueran seres humanos. Se acabó el programa y me levanté para saludarlo y despedirme. Entonces Moreno vio que estaba embarazada. Se llevó las manos a la cara: “Oh, perdóname, no me había dado cuenta. Me sabe mal haber discutido contigo, de verdad”. Yo le dije que era igual, que era periodista antes que persona y todas esas tonterías, pero esa noche me envió a mi casa un ramo de flores enorme con una nota muy cariñosa. Nunca más lo he vuelto a ver, pero estos días me he acordado mucho de esta anécdota que tiene la edad de mi hijo, 33 años. Creo que debe haber una moraleja en todo esto, pero ahora no sé cuál es.

Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Lun 05 Jul, 2021 2:21 am

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 01 Jul, 2021 1:12 am



Marbella era un cruce de caminos entre pícaros y vividores, niños mal de casa bien, árabes millonarios y prostitutas muy caras. Marbella era la cuna del peluquín, la silicona y las prótesis mamarias. Las mujeres y los hombres llevaban tanto oro encima que si hubieran osado meterse en la piscina del Marbella Club se hubieran ido al fondo sin remisión, pero no había peligro porque nunca vi bañarse a nadie, ya que íbamos al Marbella Club a beber ‘bull shot’, que era nuestro alimento diario, y a intentar escribir nuestra crónica periodística.

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La gente elegante de verdad solo iba a Marbella de paso, como quien visita las zonas canallas de las ciudades; su lugar natural era Mallorca, esa cosa fina de los barcos y las regatas a los aledaños de don Juan Carlos que, sin embargo, estaba siempre con el ojo puesto en Marbella, donde tenía palacio uno de sus ‘señoritos’, el rey Fahd. Iba a verlo muchas veces en helicóptero, pero no lo dejaban bajar en Marbella para que no se contaminase del ambiente pecador de aquella especie de Sodoma y Gomorra del siglo XX. Era tal la fama que recuerdo a mi madre alarmada: “No comas nada que no hayas cocinado con tus propias manos”. Teníamos de todo. Nuestro malo oficial, un millonario que había conseguido su fabulosa fortuna vendiendo penicilina caducada para los enfermitos durante la posguerra; el hermano golfo de una reina que hasta entonces había sobrevivido practicando lucha libre, tocando el piano y subastando “recuerdos personales” de Fabiola; una princesa alemana, sí, pero sin un duro, que llevaba una vida tan frugal que convertía los tambores de detergente en mesitas de noche; y un príncipe de dudoso origen al que dábamos el tratamiento de alteza real porque también queríamos presumir de nuestros propios aristócratas.

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Más que a Lola Flores, veíamos al Pescaílla en los garitos de la noche; se daban cenas a base de caviar iraní a cucharadas; “se perdía la calma con la cocaína”, cantaba Sabina; una condesa amiga mía paseaba a su cerdito por Puerto Banús; al bailarín Antonio lo echaban de los restaurantes porque había aireado públicamente sus amores con la duquesa de Alba y, cuando llegaba Antonio Arribas –¡señoras, cuerpo a tierra!–, nadie se libraba del poder de seducción de este hombre feo, pobre y encantador, que había ligado con absolutamente todas, desde Lolita a Carmen Ordóñez, desde Linda Christian a cualquier periodista que se le pusiera a tiro. Y en medio de toda esta fauna se asentaba Mila. Su fulgor, no nos engañemos, le venía por su pareja; no por ser director tenístico de Puente Romano, que no era mucho, sino por ser el gran campeón de tenis que había sido en una época en la que, deportivamente, en lo único que resaltaba España era en fútbol.

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Santana vivía con su anterior mujer, Fernanda, y varios niños; tenía una sonrisa de dentadura ingrata y nada hacía presagiar que todo saltaría por los aires, dentadura incluida, cuando conoció a Mila Ximénez. Estuvieron un año juntos en Marbella sin casarse y, según me contó luego Mila, fue la etapa más bonita de su relación porque, saliendo de unos amores tormentosos, se había sentido amada y respetada. Santana jugaba con Adolfo Suárez, y esa proximidad trajo muchas otras. Halagada por todos, mimada, privilegiada, Mila –tan mona, tan simpática, tan educada– era la cara amable de la vida, se la disputaban en las cenas de postín. La sentaban al lado de Alfonso de Borbón, entonces separado de Carmen Martínez-Bordiú. “Como le habían dicho que Manolo y yo no estábamos casados, no abrió la boca hasta el postre, en que dijo adiós”, me contó.

Si tenían que organizar una cena con don Juan de Borbón, recién operado de laringe, la llamaban a ella, solo ella parecía descifrar su hablar intermitente. Pero... la pareja se rompió y, de repente, todas esas amistades desaparecieron. ¡Los teléfonos dejaron de sonar y dejaron de invitarla a las fiestas! En las tiendas, donde antes la recibían con deferencia, tuvo que hacer cola como todo el mundo; de pronto nunca había sitio en los restaurantes; le volvían la cara por la calle... Manolo quiso volver con ella. Y, para que viera que iba en serio, le propuso matrimonio. Ella lo quería –a mí me dijo varias veces: “Lo amaba con locura”–, y sin él se sentía sola y desprotegida. Se casaron. Tuvieron a Alba y un perrito llamado Madison, porque lo compraron en esa avenida de Nueva York. Vivían en una casa fabulosa, tenían ‘nanny’ y cuatro personas de servicio, y ella volvió a ser el perejil de todas las fiestas. “¡Que venga Mila!”, era la consigna, pero nunca pudo olvidar ese año que había estado fuera y que la habían tratado como basura.

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Como decía la feminista estadounidense Betty Friedan, a la que quizás había leído Mila porque era persona ilustrada: “Las mujeres que lo tienen todo (dinero, marido e hijos) a menudo se sienten vacías... Es el malestar que no tiene nombre”. Y ese malestar que no tiene nombre la hacía estar desasosegada y aburrida. “No me fío de nadie... Marbella es muy hipócrita”, se quejaba ante mi magnetofón. La primera vez que salió con Antonio Arribas yo también estaba, y a los cinco minutos ya los vi irremediablemente perdidos. Fuimos a cenar a la pizzería del Puerto y él, sin mirarme, nos hizo una seña para que nos fuéramos (y le dejáramos dinero para pagar la cuenta). Mila no se escondió nunca. Mientras otras se encontraban con sus amantes en un apartamento en el Ancón, ella iba de frente y se paseaba de la mano de Antonio. Le hicieron el vacío de nuevo, pero esta vez no le importó porque siempre los había considerado ajenos.

Nos sentábamos en el restaurante de Menchu al lado de Pitita, que fingía no verla, y ella echaba largas volutas de humo hacia la noche y me contaba que su Dios no tenía nada que ver con el de Pitita: “Es un Dios generoso, que me sirve de apoyo...”. La maledicencia la había convertido en el epítome de la frivolidad. Siempre salía en las fotos riéndose con una copa en una mano y un cigarrillo en la otra como si su vida fuera una juerga perpetua. Protestaba: “Soy una persona muy solitaria, estoy mucho en casa, hago poemas, escribo... No tengo amigos”. A raíz de esta entrevista, el diario ABC la nombró personaje de la semana “por su viaje espiritual” y Luis María Anson le propuso una colaboración semanal. Fue uno de los muchos renaceres de una mujer irrepetible.

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 24 Jun, 2021 1:09 am



Fue el 19 de junio de 2014. ¡Los treinta minutos más duros e importantes de la vida de Letizia Ortiz! Debajo de su impecable vestido de Felipe Varela, con el rostro cuidadosamente maquillado, aunque parecía que se hubiera peinado ella misma, seguramente nunca ha estado más guapa. En apariencia serena, las tormentas más terribles sacudían su alma. Habían sido unos años espantosos para llegar a esto, una travesía del desierto que hubiera acabado con el equilibrio de la más fuerte de las mujeres. Unos años insostenibles para la Corona española, pero también para el corazón sensible de aquella muchacha plebeya que se había casado con su príncipe azul con todo el amor del mundo. “Con el ejemplo impagable de la reina Sofía quiero llegar a hacerlo bien”, había confesado con ingenuidad el día de su pedida de mano.

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Unas palabras de las que se había arrepentido muchas veces. ¡El ejemplo impagable de Sofía! ¿Cuál era? ¿Aguantar los desprecios y humillaciones de su marido con una sonrisa imperturbable para que nadie lo notara, para seguir siendo reina? No, ella no lo soportaría nunca. De hecho, había estado a punto de tirar la toalla varias veces. No por las infidelidades de Felipe, incapaz de la más mínima deslealtad, sino por la campaña que se había desatado en su contra. Se la acusaba de todo: de ser una frívola interesada solo en los modelitos y en las operaciones de estética, de tratar mal a su suegra, de llevarse mal con las cuñadas, de tener problemas de anorexia, de no educar bien a sus hijas... ¡Por no hablar de su familia! Cuanto más penosas eran las apariciones públicas de don Juan Carlos, más arreciaban las críticas a Letizia.

El Rey actuaba impunemente, viajaba a países árabes de forma privada, pero con acompañamiento oficial de su Corinna del alma, con la que se exhibía tranquilamente... El Rey balbuceaba en un discurso importante y le temblaban las manos porque la noche anterior había estado de fiesta, el Rey trataba mal a su mujer en público, ¿y el dinero? ¿De dónde salía? Pero los periodistas cortesanos continuaban defendiéndolo en un ejercicio sonrojante, digno del culto al líder de la peor época soviética. El objetivo era Letizia y hacia ella se dirigían todos los dardos. Ella lo sabía y no tenía ningún arma para defenderse. La última estocada había tenido lugar hacía pocos meses. Se había corrido el rumor de que alguien estaba sometiendo a la princesa de Asturias a chantaje, una situación muy delicada que invalidaba su camino hacia la Corona. En esas condiciones era impensable que el Rey abdicara.

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El principal obstáculo para que Felipe reinase no era su falta de preparación, ya que todo el mundo sabía de sus cualidades, sino que era su mujer. ¡Y Juan Carlos le pidió que se divorciara! Y añadió que él a su vez se divorciaría de Sofía y se casaría con Corinna, que tendría no un estatus de reina, pero sí de alteza real a la manera de la duquesa de Cornualles, y podrían celebrar juntos, en 2015, el 40 aniversario de su reinado con una gran fiesta a la que estarían invitados todos los monarcas del planeta, oficializando así la nueva pareja real, Juan Carlos y Corinna.

Y después sí, abdicación, pero ya moviéndose los dos con el lujo, el glamour y la influencia de unos reyes. ¿Fue un propósito auténtico y formal? ¿O solo una conversación banal en una fiesta en Inglaterra? ¿Hubo planes serios? Pero alguien con la sensatez suficiente dijo hasta aquí hemos llegado y, después de una llamada de Felipe González en la que no sabemos qué dijo, Juan Carlos decidió emitir un comunicado que cogió por sorpresa a su propia familia: tanto Sofía como Felipe estaban en el extranjero y Letizia en casa de su padre.

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En el palacio de la carrera de San Jerónimo, en esos treinta minutos en los que su marido dijo, en el primer y quizás único discurso escrito por él mismo: “Juan Carlos... Un rey excepcional pasa hoy a formar parte de la historia con un legado político extraordinario... La reina Sofía, un reinado impecable al servicio de los españoles...”.Letizia escuchó atentamente, pensando que una nueva vida se abría frente a ella. Felipe dijo por primera vez la fórmula que luego repetiría tantas veces: “La reina y yo”, y terminó con una cita del ‘Quijote’: “No es un hombre más que otro si no hace más que otro”.

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Después salieron a saludar al balcón del Palacio Real, donde se les vio sin saber muy bien qué hacer, faltos de las tablas que tiene la familia real inglesa: las niñas estaban cansadas y contestaban con gestos malhumorados a las carantoñas de sus abuelos (denotaban no saber quiénes eran); a Letizia se la veía delgadísima y, a la cruda luz madrileña, se advertía una fina retícula de arrugas en su terso rostro; Felipe trataba de agradar a todos; Juan Carlos, acostumbrado a ser el centro, se movía como un elefante en una cacharrería; y la única que estaba a sus anchas era Sofía, que tuvo el audaz gesto de coger a su marido por el cogote, y Juan Carlos no tuvo más remedio que dejarse besuquear, pero con una expresión hostil preludio de uno de sus famosos enfados reales. Y así pasó aquel día de hace ahora siete años.

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 17 Jun, 2021 1:09 am



Tres años ya! ¡Fue el 18 de junio de 2018! A las ocho de la mañana, Iñaki Urdangarin ingresó en la prisión de Brieva (Ávila) en el que fue, seguramente, el día más triste de su vida, por mucho que los funcionarios luego contaran que había estado sereno y por la tarde había visto los partidos del mundial y cenado sopa y merluza. Tres años ya desde aquella mañana en que cambió su vida para siempre, y la de su mujer, y la de sus hijos. Y desde entonces… ¿qué? Esa pareja indestructible, ese matrimonio de titanes que se amaban a muerte y se mantenían juntos contra viento y marea, esa infanta enamorada que incluso había desobedecido a su padre que le decía “divórciate”, ¿en qué punto están de su relación? ¿Qué ha pasado? ¿Siguen igual? ¡El misterio envuelve a Iñaki y Cristina tres años después!

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Todos pensábamos que ansiaban estar juntos, el abogado nos contaba la tragedia de esa separación, pero… Extrañamente, cuando en marzo se concedió el tercer grado a Iñaki, cuando ya pudo dormir tres noches a la semana en casa, cuando se le dio la oportunidad de reunirse con su mujer y sus hijos donde quisieran dentro del territorio español, y reorganizar de nuevo su familia… Iñaki pidió que lo trasladaran a Vitoria, donde en realidad nunca ha vivido, para “cuidar de su madre”. ¡Lejos de Cristina, lejos de sus hijos! Una decisión sorprendente ya que Claire Liebaert, a pesar de sus 85 años, puede manejarse sola y cuenta además con el apoyo incondicional de los cinco hijos que viven en Vitoria y están al tanto de su día a día. También los nietos la visitan con frecuencia. Tiene amigos, vecinos, sobrinos y, aunque le debe ser muy grato estar con su Txiki del alma, su pequeño, más le gustaría, seguramente, que éste tuviera de nuevo una vida familiar normal, como antes. Con su mujer, con sus cuatro hijos. Reconstruyendo aquel hogar en el que fue tan feliz.

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La infanta Cristina vive en Suiza desde hace siete años, es cierto, pero podría trasladarse perfectamente a cualquier ciudad española, ya que suele realizar su trabajo por vía telemática y, como su campo de atención es la coordinación internacional, en caso de viajar podría hacerlo como cuando residía en Barcelona. Su hija Irene, que es la única que sigue con ella, va a una escuela francesa como es natural, pero en muchas ciudades españolas hay Liceo Francés, el colegio al que fueron sus hermanos y ella misma cuando era más pequeña. Iñaki duerme la mitad de la semana en casa de su madre y la otra mitad en la prisión de Zaballa, donde está realizando un programa de reinserción para delincuentes económicos. No constan visitas de la infanta Cristina a Vitoria desde que fue por primera vez, y que se sepa última, en Semana Santa.

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Entonces se advirtió que no viajaría a menudo por las restricciones pandémicas, pero se han derogado ya en el intercambio Suiza-España. No hay cuarentena desde hace meses y recordemos que Cristina se vacunó en enero en Abu Dabi y parece cierto, que ha ido más a ver a su padre que a su marido. ¿O es que acude a Vitoria “a escondidas”? ¿No quieren mostrarse abiertamente? Hablo con un compañero alavés y me dice que ellos no tienen constancia de estas visitas, “no puedo poner la mano en el fuego, pero tanto la casa de la madre como el despacho de abogados están muy céntricos, además de que Vitoria es una ciudad pequeña, con lo que sería muy difícil ocultarse”.

La explicación de este sinsentido podría estar en la noticia aportada por Vanitatis esta semana: es Iñaki el que ha viajado a Suiza, ya en dos ocasiones, aunque este hecho abre nuevos interrogantes: ¿es una estrategia calculada desde el principio? ¿están obedeciendo supuestas órdenes de Zarzuela de mantenerse alejados, no solo de Madrid, sino de España? ¿Iñaki va a ser el segundo ‘exiliado’ de la familia del rey? Su situación económica es precaria desde que no cuentan con la ayuda de su suegro, los dos sueldos de Cristina no son pozos sin fondo para pagar los cuantiosos gastos de marido e hijos, desembolsos que aumentarán en el futuro porque la libertad de Iñaki está al caer.

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El juez, dado su buen comportamiento y que ya ha cumplido dos terceras partes de la condena, podría optar por concederle la libertad condicional o vigilada, en ninguno de cuyos casos debería permanecer en prisión. De hecho, su socio Diego Torres, condenado a la misma pena que él, acaba de ser puesto en libertad por causas médicas y laborales, aunque ya hacía meses que no iba a dormir a la cárcel. ¿Qué pasará, entonces, ese día en que se le comunique a Iñaki que ya es libre totalmente? El ex duque de Palma ha cumplido su deuda con la sociedad de forma ejemplar, con pena de cárcel, pagando multas y devolviendo el dinero. Más y mejor que alguno que le daba lecciones con aquello de que la justicia debe ser igual para todos. Se merece vivir tranquilo en su país. Juan Carlos en Abu Dabi, Cristina e Iñaki en Suiza, Sofía en Grecia, Leonor en Inglaterra como su primo Miguel... A este paso, a la marca Familia Real Española se le va a caer uno de los tres vocablos.

Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Lun 14 Jun, 2021 1:40 am

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 10 Jun, 2021 1:03 am




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El traje blanco de Armani

La petición de mano tuvo que adelantarse un mes a causa de las filtraciones. Letizia pidió que le abrieran la tienda de Armani de madrugada para burlar a los paparazis. Fue con una amiga de televisión, le gustó el traje pantalón de tres botones y cuello alzado, aunque no tenían su talla, la 34, y tuvo que quedarse la 38, sin tiempo ya para arreglos. Únicamente le cogieron el bajo del pantalón con alfileres, que luego su madre le cosió en la Zarzuela. Quiso arremangarse, pero le dijeron que no era elegante, y así la vimos, con los puños de la chaqueta que le llegaban hasta los nudillos.

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El fabuloso traje rojo de Caprile

Fue poco antes de casarse, en la boda de Federico y Mary de Dinamarca. “Estaba muy nerviosa por encontrarse con toda la realeza, era muy ingenua y nos lo contaba con admiración”, me dice un amigo de entonces. Como suele pasar con los tímidos, tiró de arrogancia para ocultar sus miedos y recibió las primeras críticas: “Caminaba como una vedette en la pasarela”, dijeron los periodistas, y ahí empezó su leyenda de antipática.

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El vestido de boda de Pertegaz

Por un escolta me enteré de que iba a hacer pruebas al taller del modisto en la Diagonal y así pude dar la exclusiva. También me habló de lloros y gritos, aunque la sobrina me aclaró que no eran con su tío: “Se llevaron estupendamente desde el principio”. Aun así, Letizia hizo modificar el diseño varias veces y al final adelgazó tanto que no acabó de sentarle bien. Pertegaz nunca volvió a vestirla.

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Los tacones

Letizia, que hasta su boda había ido con zapatillas de deporte, bailarinas o sandalias planas, se vio obligada a subirse a unos zapatos de trece centímetros para no hacer el ridículo, no solo al lado de su marido, que mide 1,97 m, sino también de sus cuñadas, que miden 1,80 m. Entre las tres mujeres se estableció un pugilato invisible, hasta el punto de que en algún posado se ve a Cristina con los anchos pantalones tapándole las plataformas como un mimo con zancos. Hubo toques de atención y las infantas se bajaron de sus tacones, no así Letizia, que tiene incluso el empeine algo deformado por llevarlo siempre casi vertical.

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Ropa interior

En aquellos ingratos primeros tiempos, la mujer más fotografiada de España dejó ver en varias ocasiones su ropa interior. En San Roque el viento levantó su falda plisada y pudimos ver unas castas bragas blancas, del tipo de las que compramos en los mercadillos. Hemos visto las tiras del sujetador asomando por las camisetas y también se han transparentado los mismos sujetadores a través de las telas de sus vestidos, por lo que hemos advertido que lleva copas triangulares con relleno, lo que vendría a desmentir que Letizia se ha aumentado el pecho. Fueron tantas las veces que vimos sus ‘dessous’ que los periodistas decían que quería crear tendencia para ayudar a la industria corsetera. Ahora, en lugar de utilizar dos piezas, la reina al parecer ha optado por los más discretos ‘bodies’.

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Biquini

Hasta seis veces hizo introducir cambios en un biquini de Custo. Seis veces la prenda fue y volvió al taller porque había algún detalle que no le gustaba.

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Rockera camuflada

En Benicàssim, en los conciertos alternativos de Matadero Madrid, en la sala La Rivera, viendo a Bon Jovi, los Planetas o a U2 en Barcelona, Letizia se pone vaqueros ajustados, botines negros (con tacones, por supuesto), chaqueta de cuero, baila y come pipas. Cuando alguien la reconoce dice: “Sí, soy yo, ¿qué pasa?, ¿no puede gustarme la música?”. Desde que es reina no ha vuelto a hacerlo.

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Mantilla

La relación de Letizia con las mantillas ha sido tormentosa. Reacia a ponérselas, convirtió preciosas mantillas en vistosas faldas, lo que le valió la recriminación pública de sus diseñadoras, a las que tuvo que pedir, también públicamente, disculpas. Después de eso, solo la ha llevado de forma ortodoxa y en muy pocas ocasiones.

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La suegra

Después del rifirrafe en la catedral de Palma, Letizia se excusó a los ojos de todos a su manera: poniéndose un vestido de Sofía en una entrega de premios. Le quedaba muy mal, pero dejó patente que conoce muy bien el valor de su imagen y quiere utilizar la ropa para expresar su pensamiento en público, ya que no puede hacerlo de otra manera. Su marido habla en sus discursos y ella habla con sus atuendos.

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Con las víctimas

Y aquí llegamos al mensaje más potente de Letizia. Fue la semana pasada, cuando lució un vestido diseñado por Ulises Mérida y cosido por doce supervivientes de explotación sexual, agrupadas en APRAMP, una ONG que nunca hubiéramos conocido si no hubiera sido por el gesto bonito y valiente de Letizia. Mientras Felipe debe permanecer en silencio por mandato constitucional, Letizia da un paso al frente y se posiciona en contra de la violencia hacia la mujer y al lado de todas las víctimas, también de las que no tienen un altavoz para hablar. ¡La moda ha dejado de ser un tema frívolo para convertirse en un mensaje directo a nuestras conciencias! Vaya desde aquí para Letizia, a la que tanto hemos criticado (y criticaremos), nuestro humilde homenaje y reconocimiento.

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 03 Jun, 2021 1:11 am



Una familia normal posando para los fotógrafos el día de su confirmación. A los lados, los padres: Felipe, trajeado, y Letizia, llevando lo que parece la bata de Ferran Adrià a punto de meterse en la cocina. En medio, Leonor y Sofía, vestidas, según dijeron en Twitter, “como María Teresa Campos”. ¿Los abuelos? Kaput. Ni están ni se les espera. Algo más me llama la atención: la ausencia de joyas. Ninguna de las mujeres lleva alhajas. A la blusa/bata de Letizia es difícil plantificarle un broche, que sería confundido con los feos botones negros grandes como sartenes, pero podría lucir los pendientes de zafiros y brillantes de su boda, con el reloj Audemars Piguet que le regalaron sus suegros.

Vale que no quiere nada que la relacione con Juan Carlos y sus tropelías, pero, majestad, os lo digo bajito y con todos los respetos, ¡el puesto que ocupáis lo tiene también gracias a don Juan Carlos, no lo olvidemos!

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¡Y no es que en la familia no haya joyas fabulosas! Otra cosa sería que las hubieran donado a causas benéficas, pero ahí siguen, oxidándose en sus cajas fuertes sin que nadie les dé uso. ¿Cuánto valen? ¡Nunca se nos ha dicho, no hay inventario! ¿Cuántas hay? Muchas. ¿No devolvieron los republicanos a la reina Victoria Eugenia veinte grandes cajas repletas, incluida su colección de jades, que llevaron personalmente a Fontainebleau atravesando una Francia en llamas? ¡No faltó ni una! Cuando la Reina quiso agradecer el detalle con una aguja de corbata, el mensajero contestó con altivez: “Ciudadana Borbón, soy funcionario de la República y estoy cumpliendo con mi deber para que vean ustedes que nosotros no somos unos ladrones”. Aunque había joyas de Patrimonio y joyas de propiedad privada, la familia dispuso de todas libremente a partir de entonces, hasta el punto de que Ena, para comprarse un piso en Londres, vendió enseguida unas esmeraldas a Harry Winston que resultaron ser falsas.

El joyero calló, pero la siguiente vez que la Reina le ofreció una cruz tallada en una sola esmeralda para comprarse su residencia definitiva en Lausana, la hizo tasar primero para evitar otro “tocomocho”.

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Desde entonces, las joyas de la familia real española conocen perfectamente el camino de las salas de subastas de toda Europa. Tita Cervera compró un 'corsage' de brillantes que había sido de la reina Cristina, el millonario Antenor Patiño se quedó con la cruz de esmeraldas y no olvidemos la fabulosa pulsera de brillantes de Corinna, muy parecida a la que llevaba siempre la reina Victoria. Similares a las joyas que suelen lucir las infantas Elena y Cristina son las que están subastando ahora en Londres, según Vanitatis. Algo normal, ya que ninguna de las dos va a tener ocasión de lucirlas y además se ha acabado el subsidio paterno, aunque tampoco tendrían problemas para conseguir préstamos en los bancos, siendo como son herederas legales de su padre y su inmensa fortuna.

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Cuando aquellas eran adolescentes lucían collares de perlitas de río, pulseras Cartier, relojes Panthère... Pero Leonor y Sofía ni siquiera llevan medallas, cosa que sería natural, ya que son católicas practicantes, aunque según un teólogo amigo: "Es una pena que alguien decidiera, en época de Juan Carlos, que la familia debía eliminar toda expresión externa de religiosidad...". No las veremos en el Camino de Santiago, ni en el tren de los enfermos de Lourdes, ni siquiera comulgando en público... La austera indumentaria de las niñas también está en esa línea.

No sé si Letizia conocerá los consejos de la reina Victoria Eugenia a la abuela de su marido: "María, es un desprecio no presentarte ante la gente lo más elegante posible, es una deferencia que te pongas tus mejores joyas para ellos, por humildes que sean...". Y también: "Brillantes para viajar, no, nunca... Si acaso perlas". Y también: "Si tuvieras que llevar bisutería, Dios no lo quiera nunca, al menos no la mezcles con joyas buenas".

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Sofía tampoco siguió estos sabios consejos de la exreina de España y, aunque en las ceremonias oficiales echaba el resto, en su vida privada cada vez se asemeja más a una extravagante echadora de cartas con sus decenas de amuletos, piedras de Mauritania, huevos de Pascua, colgajos varios y pulseras artesanales con los nombres de sus nietos. Algo que horroriza, por cierto, a don Juan Carlos, que detesta las cursilerías y el artificio. Y no es porque sea una modesta señora que abomina el lujo: cuando se casó Juanito observaba con displicencia las joyas que le enseñaba doña María, pero cuando esta le entregó con algo de solemnidad una bolsita en la que iba la perla Peregrina -"Es el símbolo de las reinas españolas y ha de pasar de generación en generación"-, Sofía sonrió y se abrazó a su suegra. Ya en Madrid, cuando pasaron delante del Palacio Real, le espetó a su marido desabridamente: "Supongo que aquí estarán las joyas buenas de verdad". El comentario se entendió cuando, años después, doña María se encontró en el fondo de un cajón, entre los pañuelos, a la Peregrina. Horrorizada llamó a su nuera: "Pero, Sofi, ¿qué había en la bolsita que te di?". "Una cadenita de plata, ya me pareció que era una tontería, pero como me la entregaste con tanto ceremonial...". Pues bien, la Peregrina, en la confirmación, tampoco estaba.

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 27 May, 2021 1:22 am



Ningún programa, en ninguna cadena, ha conseguido que se impliquen tantas figuras notables. Ha puesto en el primer plano los malos tratos y la violencia de género, antes un tema relegado a la crónica de sucesos que producía vergüenza a quien lo padecía: Rocío Carrasco.

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1. Las lágrimas. Los primeros planos del rostro de Rocío con las lágrimas deslizándose libremente por su cara –que aún lleva la marca leve de la mascarilla–, con los ojos abiertos, sin trucos, sin cortes, sin disimulo, sin una mano piadosa que las enjuague, nos dejaron pegados a la pantalla y forman ya parte de la historia de la televisión. Nos sobrecogieron porque contemplábamos, desde el salón de nuestras casas y quizás por primera vez, un alma al desnudo.

2. Las frases. Cuando Rocío, con su dicción perfecta, empezó a engarzar una frase tras otra (“He tenido a mis hijos muertos en vida”, “Si me hubiera suicidado, el ser impío hubiera culminado su obra”), sentimos que eran arponazos que se nos clavaban en el corazón porque eran sinceros, sin impostura. “Es el mismo lenguaje que utiliza Rocío sin cámaras, es su forma de hablar... Antes de la primera grabación fuimos a comer ella y yo, estuvimos muchas horas y dijo exactamente lo mismo”, me confiesa Ana Isabel Peces, la directora de la docuserie.

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3. La polarización. Las redes sociales han propiciado que se formen dos bandos antagónicos, agrupados en distintos ‘hashtags’: “rocíoyosítecreo” y “rocíoyonotecreo”. Insultos, amenazas, acciones coordinadas para lograr ser ‘trending topic’ el día en que se emite la serie... Un tsunami que ha logrado tumbar el resto de los temas sociales, desde Pantoja hasta el rey emérito pasando por ‘Supervivientes’, cuyo mayor interés es saber qué va a decir la mujer de Antonio David Flores.

4. La trascendencia. Ningún programa, en ninguna cadena, ha conseguido que se impliquen tantas figuras notables, aunque es cierto que muchas manifiestan su apoyo en privado para no arrostrar críticas negativas. Campos contó que Pedro Sánchez había llamado a Rocío, la reina Letizia es asidua a la serie y políticas valientes –como Irene Montero, Lastra o Victoria Rosell– se han puesto al lado de Carrasco, así como artistas y escritoras. Ha salido en portada de periódicos, revistas; ha sido mencionado incluso en espacios de la competencia, como La Sexta o Televisión Española; y es ya materia de estudio en las facultades de Periodismo. La propia Rocío está en contacto con una importante editorial para escribir un libro sobre su experiencia.

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5. El vestido. El color negro, que fue el preferido de Rocío durante muchos años, quedaba descartado porque ya era otra mujer la que se sentaba delante de las cámaras. El rojo, demasiado optimista para la historia que se iba a contar. El azul, sí, quizás... Pero a última hora se optó por el fucsia. No se lo probó, Rocío no está interesada por la moda. Lo único que necesitaba era un traje con el que se sintiera cómoda, con el que pudiera gesticular... El pantalón, ancho y con una pequeña mezcla de elastán, que le permitiera sentarse ‘a lo moro’, una postura muy suya.

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6. La música. ‘Tout l’univers’. La persona que ha elegido como ‘leitmotiv’ de la serie la canción de Gjon’s Tears es Sergio Calderón, un directivo de Mediaset con mucha sensibilidad musical y eurofán máximo. Y con esta genialidad ha conseguido que en el Festival de Eurovisión todo el mundo recordara a Rocío y que tuviera una audiencia de cuatro millones.

7. El peinado. Rocío se afeitó en el año 2013 una parte de la cabeza. Acababa de trascurrir el episodio de malos tratos de su hija, que tenía una orden de alejamiento y ya nunca volvería a vivir con ella. Sabiendo lo que sabemos ahora lo podemos interpretar como un grito de dolor, una forma de contar que era una mujer amputada, porque amputación es que te quiten a tus hijos. Aunque ella ni siquiera lo sepa, que continúe ahora con el mismo peinado significa que la herida sigue abierta.

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8. La familia. La docuserie, para bien o para mal, ha destrozado la imagen idílica de familia, esa entelequia ideal, tan mitificada sobre todo en los países latinos y que tan poco tiene que ver con la realidad cotidiana. Parejas que se mueven por interés, parientes acobardados por el qué dirán, herencias que dividen y enfrentan, hijos crueles, manipulación, egoísmo, rencor enquistado por viejas ofensas, rivalidad, envidia... Los lazos de sangre a veces son lazos de hiel.

9. Carlota Corredera. Gracias a su sensibilidad, elegancia y empatía hacia las mujeres, forma ya parte del ‘dream team’ de la cadena junto a Jorge Javier Vázquez, otro referente de los derechos de los más vulnerables. Con el punto justo de dramatismo, su presencia impone también por su aplomo y su rotundidad gestual. “Pilar, estas semanas he hecho dos másteres: uno en violencia de género y otro sobre la falta de autocrítica de mi gremio”, se desahogaba al finalizar la docuserie.

10. Los malos tratos. Pero no olvidemos el impacto más grande sobre nuestras conciencias y sobre la opinión pública: haber puesto en primer plano, en el ‘prime time’ de la cadena más vista, la cuestión de los malos tratos y la violencia de género, antes un tema relegado a la crónica de sucesos que producía vergüenza a quien lo padecía. De momento, sabemos que las denuncias por maltrato han aumentado, veremos si se traduce en leyes más justas para esta lacra que nos atañe a todos. Aunque únicamente fuera por eso, la serie no solo ha valido la pena, sino que además justifica la existencia entera de una cadena de televisión, privada, no lo olvidemos, lo cual tiene más mérito.

Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 20 May, 2021 12:46 am



¡La noche de bodas de Juan Carlos y Sofía! ¿Qué pasó esa noche del 14 al 15 de mayo de 1962, hace ahora 59 años? ¡Tenemos las claves para disipar el gran misterio! El multimillonario Niarchos, además de regalarle a Sofía un espléndido conjunto de diadema, collar y pendientes de Van Cleef con gruesos rubíes rodeados de brillantes, puso a su disposición su velero, el ‘Creole’, de 65 metros, con una tripulación de 16 personas. Ante el suntuoso camarote donde iban a dormir por primera vez juntos, Juanito y Sofi se quedaron boquiabiertos: estaba recubierto de moqueta blanca y alfombrillas de ciervo. Los muebles con veinte clases de madera diferentes, en las paredes cuadros impresionistas e iconos rusos… Y en medio de la suite, la cama.

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El cabezal había pertenecido a la emperatriz Carlota de México y el colchón era de la pluma más suave. ¡Lo que iba a pasar en esa cama era la razón por la que se habían casado dos personas tan distintas y tan poco enamoradas! “Los reyes son como sementales de lujo, su única obligación es aparearse con una vaca de raza”, había dicho con brutalidad el padre del novio, Juan de Borbón, para atajar sus reticencias, y la reina Federica se había apresurado a aceptar la candidatura del príncipe español para borrar la mancha de que su hija hubiera sido despreciada por el príncipe noruego. Juanito y Sofía llegaron al lecho matrimonial en condiciones muy distintas. Él era ducho en amores, había tenido relaciones sexuales desde que era casi un niño. Tenemos constancia de que a los 18 años mantuvo sexo completo con la ardiente condesa Olghina de Robilant en el incómodo asiento trasero de un Volkswagen, “después de besarme con sus labios caldi, secchi e sapienti”. La misma condesa contó en su libro ‘Reina de corazones’: “Se notaba que Juanito, a pesar de su juventud, se había acostado ya con muchas chicas”. Sofía, sin embargo, “era una especie de monja”, decían los amigos del príncipe. Pero, por si acaso, Franco les había puesto una ‘carabina’, el general Castañón de Mena, que no los debía dejar solos ni a sol ni a sombra. Así pues, la princesa se había mantenido virgen hasta la boda... y quizás incluso más allá. Ni Juan Carlos ni Sofía han hablado jamás de aquella noche, como es natural, pero contamos con el testimonio privilegiado e indiscreto de la abuela de Juanito, la reina Victoria Eugenia, a la que sus nietos llamaban Gangan, que relató los detalles en una carta a su prima Bee, abuela de Ataúlfo de Orleans, el último testaferro de Juan Carlos. Primero esparció algún cotilleo malicioso sobre la tacañería de Federica: “Le regaló a su hija cuatro pulseritas sin ninguna importancia, ¡con los collares tan valiosos de perlas que tiene!”. Después se refirió con maledicencia a su nuera, la pobre María de Borbón, que desde la muerte de su hijo Alfonsito vagaba sin rumbo de sanatorio en sanatorio por su dipsomanía y depresión: “María está más gorda que nunca, iba con un vestido muy inapropiado... Estuvo todo el día en las viñas del Señor, espero que nadie se diera cuenta”. Y después llegaba al meollo de la cuestión, ¡la noche de bodas! Juanito se había roto la clavícula un día antes de la ceremonia haciendo kárate con su cuñado y llevaba el brazo escayolado. Su abuela no cree que esa noche pasara nada: “Cuando llegaron al barco se dieron cuenta de que el yeso se había pegado a la piel y tenía el hombro en carne viva, apenas podía moverse. Sofía se pasó la noche arrancándoselo, centímetro a centímetro. Tenía dolores horribles, daba alaridos...”. ¿Habría tiempo y, sobre todo, entusiasmo para, entre cura y cura y en medio de unos padecimientos espantosos, cumplir con su obligación? “Yo también estaba hecho una mierda cuando me casé y a pesar de todo cumplí con tu madre”, le había advertido don Juan a su hijo al ver su deplorable aspecto físico. “¡Las princesas no hacen el amor, hacen dinastía!”, le repetía a Sofi su madre. ¿Harían dinastía esa primera noche?

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Al día siguiente, avisaron de que tenían visita. Era la entrometida reina Federica, que, con la excusa de visitar el fabuloso barco, se metió hasta el camarote nupcial para comprobar quizás la prueba tangible, a la manera del rito gitano, de que la pareja hubiera hecho dinastía esa noche. Parece que se quedó tranquila porque Juanito, a pesar de sus dolores, a pesar de que Sofía no le atraía, sentía en la nuca el aliento de veinte generaciones de Borbones conminándolo a consumar el matrimonio. ¡Como para no hacerlo! Pocos meses después la pareja atravesó su primera crisis. Juanito se reencontró con un antiguo amor portugués y la princesa, enfadada, se fue de Estoril a Atenas a refugiarse en los brazos de su madre. La ingresaron en un hospital y la prensa griega comentó que había tenido un aborto a causa de los disgustos que le daba el marido, “del que está al borde de la separación”. El Parlamento solicitó que, si era el caso, se devolviera la dote que se le había entregado por su boda. Juanito se asustó, volvió al redil y al cabo de un año nació Elena. Después Cristina, después Felipe y, a partir de ahí, no hubo necesidad de seguir haciendo dinastía.

Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Sab 15 May, 2021 1:50 am



En Madrid, a principios de los noventa, todo se celebraba, y Ana Obregón y Alessandro Lequio alquilaron el local de moda, Archy, para inaugurar el gimnasio que habían puesto en la calle Serrano. Estaba todo el mundo, en esa mezcla típica de aquellos años: faranduleros, pvtas y periodistas en confuso montón. Corrían las copas, pasabas la mano por los lavabos y te quedaba blanca, sonaba música de Madonna y todos nos sentíamos guapos, ricos y famosos. Los que más, la pareja de oro, Ana y Dado. Siempre me acuerdo de ellos dos esa noche como el epítome de la juventud, del glamur, de la alegría de vivir, como símbolo de una época. Ana reventaba de felicidad, llevaba un vestido negro, largo, con una raja casi hasta la cadera; la melena suelta; grandes pendientes; labios rojos... ¡Se parecía a Rita Hayworth! Dado era como una estatua de Miguel Ángel con traje de Collado. Se abrazaban para las fotos en una mezcla perfecta de marketing y pasión. Los hoyuelos de Ana eran tan encantadores que te daban ganas de abrazarla también.

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Se me acercaron –olían a perfume caro– y me besaron. Todo el mundo se extrañó. ¿Cómo?, ¿a esa periodista de provincias distinguiéndola del resto? Me susurraron, sin que nadie los oyera: “Mañana vas a ver a Antonia, ¿verdad?”. Asentí. Ese mismo día había estado con ellos. Ana se mostraba enfurruñada porque tenía la puerta llena de fotógrafos: “He ido a hacer pipí al lavabo y ha entrado uno”, pero cuando miraba a Dado se le iluminaba el rostro como si llevara una bombilla dentro. ¡Jamás he visto a ninguna mujer tan enamorada! ¡Hasta hablaba con acento italiano! Entonces acababan de tener a su hijo y vivían en la lujosa casa de ella en La Moraleja. Él, ese día, llevaba una toalla alrededor del cuello, acababa de dar una clase de defensa personal, estaba sudado y se desnudó con desenfado antes de entrar en la ducha. Lo vi entero y verdadero y entonces comprendí muchas cosas...

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Y sí, al día siguiente comí con Antonia. Y es que estábamos preparando un programa para Telecinco que iba a presentar Julián Lago: se iba a llamar 'La máquina de la verdad' y queríamos que el primer episodio fuera un bombazo. Y bombazo había sido la historia volcánica de amor de Ana y Dado. Dado era primo del rey, "aunque está enfadado por mi exposición mediática y no me habla", me había contado; trabajaba en Fiat, "pero ya no"; y se había separado de su mujer "aunque ya estábamos mal". De la mujer poco conocíamos aparte de que había sido modelo. Y nosotros, por primera vez, le íbamos a dar voz a cambio de una cantidad de dinero importante. Cuando llegamos al restaurante nadie reconocía a la 'condesa Lequio', nadie la miraba. Antonia era joven, pálida, frágil, sin esa apariencia apabullante que tiene ahora. Entonces solo te impresionaban sus maravillosos ojos verdes. Nos miraba con desconfianza, hablaba muy mal español, pero poco a poco fue mostrando su corazón herido, su soledad, sus temores ante el futuro. Sobre todo se desahogaba con la directora del programa, Pilar Díaz, porque yo no le caí bien. Antonia no conocía a nadie, a nadie podía consultar. Se enfrentaba a gigantes, pero tenía un arma muy poderosa: ¡la opinión pública! Sabíanis que esa batalla la tenía ganada porque era la abandonada e inspiraba compasión, sobre todo a las mujeres que podían sentirse identificadas con su historia: ¡una vampiresa había destruido su matrimonio! Para demostrarlo, contaba con una cinta que Alessandro, en un momento de debilidad, había dejado grabada en el contestador de su casa. Con esa grabación demostraba su verdad, que su marido seguía queriéndola y le pedía volver a su lado. Antonia no disimulaba que odiaba a Ana, hacia ella dirigía sus invectivas más feroces. Poco a poco se fue creciendo y al final de la comida ya era la Antonia que todos conocemos, fuerte, valiente, incontrolable, indomable.

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Al día siguiente Antonia hizo historia. Y fue esa Antonia la que convirtió, con sus escandalosas declaraciones, ese programa en historia de la televisión, con once millones de espectadores. Yo, al día siguiente, tenía que asistir en Barcelona al Premio Planeta. Cuando llegué los periodistas se levantaban de las mesas para venir a preguntarme. Llegó un momento en que tenía más gente alrededor que el ganador de ese año. Recuerdo que Jordi González me susurró: "Me siento muy solo porque soy la única persona que no ha visto 'La máquina de la verdad'". Todos hablaban de las cintas, unas cintas que un juez prohibió que se difundieran, obligó a borrarlas de la web o cualquier soporte y que nadie se hiciera eco de ellas. Como yo le había reprochado a Antonia que odiara más a Ana que a su marido, se enfadó y, cuando fuimos a comer tras la grabación, medio en broma intentó tirarme encima una copa de vino, pero se lo impidieron mis compañeros. También le dolió que, cuando estaba contando que la familia de Dado la quería más que a Ana, uno de los periodistas la interrumpiera en pleno programa: "Pues ayer la abuela de Alessandro, la infanta Beatriz, estaba paseando por La Moraleja el cochecito donde iba el hijo de Ana... Hablé con ella y me dijo que estaba alojada en su casa". Antonia, estupefacta y demudada, levantó el puño al cielo: "El dinero, ¡el porco dinero!". Hace ahora de eso treinta años.

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 06 May, 2021 1:38 am



Cómo está Juan Carlos? El amigo del Rey, el que nunca falla, ni a mí, ni a él, me contesta con rotundidad: “Nada ha cambiado... Te dije que no iba a volver... ¡y no va a volver!”. Cuando se preparaba la marcha de España del Rey emérito, hace más de un año, la Moncloa, al parecer, dijo a la Casa del Rey: “No regresará mientras los socialistas estemos en el poder”. Juan Carlos era muy consciente de este pacto, hasta el punto de que se despedía de sus amigos: “Es mi última Navidad en la Zarzuela”.

El enorme palacio está habitado únicamente por la reina Sofía y su hermana Irene, aunque Felipe tiene ahí su despacho. Los Reyes y sus hijas viven a 2 km, en el Pabellón del Príncipe. Los 600 empleados, que incluyen funcionarios, escoltas y 60 conductores para 44 coches, encabezados por siete Mercedes-Benz blindados, a causa de la pandemia y la baja productividad del matrimonio real están casi inactivos. Todo tiene un aire melancólico de acto final, aunque la ingente maquinaria sigue funcionando casi por inercia, como las dos piscinas, cuyo mantenimiento cuesta 250.000 euros al año, o el servicio de limpieza profesional, que cuesta 893.000 euros anuales y actúa en unas estancias que ya casi nunca se utilizan, excepto para algún acto puntual de los actuales Reyes. Hace años, un servidor de la Zarzuela me contó que en el desván hay tres grandes habitaciones llenas hasta los topes de objetos sin valor de la familia Franco: “Se llevaron allí cuando Carmen Polo fue obligada a irse de El Pardo. Desde alfombras apolilladas hasta cuadros muy malos, una veintena de orinales de loza y hasta el váter portátil que Franco utilizaba cuando iba de viaje”. Quizá pronto se deban habilitar nuevos trasteros para guardar los objetos de Juan Carlos, que siguen actualmente en sus estancias y permanecen tal cual los dejó. La ropa de civil en un armario, los uniformes en otro, hasta los objetos de tocador siguen en el cuarto de baño. Su silla de ruedas. Y su fabulosa colección de relojes valorada en varios millones de euros (tan solo su Patek Philippe de color rosa cuesta siete millones). Están en una estancia especial, en vitrinas provistas de rotores automáticos y temperatura constante. ¿Adónde irán a parar? Pero quizá lo que más dolores de cabeza da a Felipe es qué hacer con el pabellón donde se exhiben los 1.000 trofeos cinegéticos de su padre. Una nave dotada de luz, su propio servicio de seguridad, limpieza y calefacción, pues las piezas –desde un raro rinoceronte blanco de África hasta el pobre oso borracho Mitrofán, cazado en Rusia– deben permanecer siempre a 22 grados. ¿Donarlo, regalarlo a los amigos de Juan Carlos o demolerlo discretamente por la noche, sin que nadie se entere?

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Precisamente, uno de los puntos más interesantes del documental que emitió la televisión pública catalana la semana pasada fue la entrevista que realizaron al exalcalde de Almatí, ciudad de Kazajistán, hoy día refugiado político en Suiza. Viktor Khrapunov cuenta que Juan Carlos se desplazaba para cazar frecuentemente a su país, una exrepública soviética, invitado por el presidente Nazarbáyev, y que él debía recibirlo y despedirlo en el aeropuerto. En estas excursiones había mujeres y todo tipo de diversiones, luego cargaban en el jet privado cabras, muflones y osos preparados para el taxidermista y ser exhibidos en su pabellón de caza en España... "y maletines de piel negra con dinero, cuatro o cinco millones de dólares". El alcalde preguntó a su presidente, que le contestó: "Es un regalo, entiéndelo, es el rey de un país occidental. Parece que lo tiene todo, ¡pero en realidad no tiene nada! ¡Es pobre y debo ayudarlo como puedo!. Juan Carlos parece ser un especialista en lo que hoy llamamos "victimismo", ya que las palabras de Nazarbáyev recuerdan a las que dijo Franco cuando lo acababa de conocer, siendo niño: "Don Juanito está desamparado y debemos protegerlo... Es muy importante para los monárquicos y, sin embargo, qué descuidado está... Hay que comprarle ropa...".

El presidente kazajo también confesaba: "Juan Carlos tiene algo que le envidio, ¡es inviolable!, ¡puede hacer lo que quiera que no le va a pasar nada! No como yo, que tengo al Parlamento fiscalizando cada paso que doy". Hay que señalar que Nazarbáyev fue uno de los invitados de honor de la boda de Letizia y Felipe, que desde entonces son presencia constante en las páginas de sociedad de los diarios kazajos y despiertan pasiones. En la mesa nupcial el presidente y su hija se sentaron con Paloma Rocasolano. ¡Daría años de vida por saber de qué hablaron el comunista y la simpática sindicalista, madre de la Reina!

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Documentales sobre Juan Carlos, en estos momentos, se están rodando por lo menos tres. La televisión pública alemana está realizando entrevistas a decenas de personas en Madrid y Barcelona para un magno trabajo que se podrá ver este verano. También los suizos preparan su propio documental y la parecer hay un proyecto, en estado embrionario todavía, en una gran plataforma internacional. Ninguno en Televisión Española, que es la que cuenta con mejor material, no solamente el emitido, sinó también el que está guardado en cajones y que hasta ahora no ha visto la luz. Juan Carlos, en su exilio dorado, todo lo ve, todo lo escucha, pero su teléfono suena cada vez menos, aunque sus amigos fieles siguen al pie del cañón y lo han visitado para darle ánimos. Aunque él siga soñando con su sirena rubia.



La corona retratada - 30 minuts

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 29 Abr, 2021 12:07 am



!Veinticinco años! ¡Un cuarto de siglo ya desde unos sucesos que hicieron tambalear, no solo la prensa del corazón, sino el mismismo corazón de la familia real! Aunque los medios, sometidos a una férrea censura en esos tiempos, no llegaron a reflejar un escándalo que en otro país hubiera hecho temblar a la monarquía. ¿El protagonista? Felipe de Borbón. El hoy rey impecable y marido entregado tenía entonces 28 años y se revelaba tan ardiente como todos los Borbones. Las novias se sucedían a velocidad frenética, pero la prensa recibía serias advertencias, tanto de Moncloa como de Zarzuela, para no tratar su vida privada. En las revistas se las llamaba pudorosamente “acompañantes” o “amistades”. Las chicas que salían a su lado eran simplemente “amigas del príncipe”. Así había sucedido con Isabel Sartorius, por ejemplo, que, aunque llevaba más escolta que las propias infantas, nunca fue reconocida como novia oficial. Y con la princesa Tatiana de Liechtenstein, por la que no suspiraba Felipe, sino su madre, Sofía. Tatiana era de sangre azul y riquísima, pero Felipe no se sentía atraído por ella y respondía aburridamente a los reporteros: “Casi no la conozco”. Como, pese a todo, se filtró que el compromiso podría estar pactado ya por ambas familias, la pobre princesa se vino a vivir a España, aprendió el idioma, dijo que le encantaban los toros, la paella y la sangría, pero cuando por enésima vez Felipe la negó, un despechado soberano de Liechtenstein declaró que “mi hija no solo no es novia del príncipe, sino que ni siquiera le gusta”. La realidad es que Felipe estaba con otra y lo de Tatiana era una maniobra de distracción para ocultar unos amores muy inconvenientes.

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La reina Sofía, para apartarlo del nefasto ejemplo de su padre y un mal ambiente familiar en que se producían peleas constantes y enfrentamientos a gritos, lo había enviado a estudiar a Georgetown. Allí conoció a Gigi Howard, una modelo de una belleza espectacular. Y se volvió loco por ella. Un metro ochenta de medidas perfectas, voluptuosa, de larga melena hasta la cintura, sexy y liberada, era el prototipo de chica que le gustaba. La conoció a través de su primo Pablo de Grecia y su entonces novia Chantal.

Cuando Gigi venía a España se alojaba en casa de su amigo Javier López de Lamadrid, que ya había protegido sus amores con Isabel Sartorius y después haría lo mismo con Letizia. Fue un año de pasión absoluta, Felipe y Gigi lo vivieron en libertad, sabiendo que la prensa española no iba a publicar nada, aunque en Point de Vue, por ejemplo, sí se hablara de “el amor loco de Felipe por la americana”. Tímidamente, aquí solo apareció este titular: “Gigi Howard ¿la nueva Grace Kelly española?”

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Caminaban cogidos de la mano por Manhattan, seguían el circuito social de la jet set, comidas en Le Cirque o Côte Basque, los restaurantes más caros de Nueva York, fueron a la isla de Saint Martins, donde juguetearon sensualmente… La estancia les cuesta, según la revista Tiempo, medio millón de pesetas, en las que se incluían las conferencias de ella con su familia y una de Felipe a Zarzuela por importe de 6.000 pesetas. En una España azotada por la crisis, provocó un revuelo con sordina, aunque las fotos más fuertes se guardaron en un cajón. Horrorizados, los estamentos oficiales llamaron, no a Felipe, sino a los directores de las revistas para reprenderles e indicarles que no se iba a tolerar ni una indiscreción más sobre el príncipe.

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Lo que sucedió a continuación podría ser “un escarmiento” de Casa Real a los periodistas, como insinúa el biógrafo oficial de Felipe, José Apezarena. A Nueva York se había desplazado un reportero español para realizar un reportaje sobre Gigi, “alguien” denunció que había realizado escuchas telefónicas ilegales a la muchacha, un delito federal gravísimo en EE UU, y estuvo un año en prisión, sin que Zarzuela hiciera la más mínima gestión para atenuar su condena, aunque el periodista siempre se manifestó inocente e incluso envió una carta a don Juan Carlos pidiéndole amparo que no obtuvo respuesta. Gigi debió testificar, ¡una “amiga” de Felipe declarando!, ¡el nombre del príncipe arrastrado por los tribunales!, y dijo bajo juramento que “nunca he sido la novia de Felipe de Borbón”, aunque lo cierto es que la relación continuaba e incluso fueron fotografiados esquiando tranquilamente en Colorado porque el príncipe volvió a sentirse seguro, ya que el ultimátum había dado resultado. La prensa tomó nota y ni la situación sentimental de Felipe, ni el escandaloso juicio contra el periodista, para el que se pedían cuatro años, se mencionaron apenas en los periódicos españoles, a pesar de los esfuerzos del padre, también periodista, y de los compañeros de fatigas del esforzado paparazzi. Las acusaciones contra los servicios secretos españoles entonces se consideraron descabelladas, quizás hoy las veríamos bajo una luz distinta.

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Lo cierto es que tampoco supimos casi nada de las quince novias princesas y nobles, las decenas de modelos que jalonaron la vida de don Felipe, hasta que llegó a conocer al gran amor de su vida, Letizia Ortiz. Una relación que trató de proteger desde el principio, haciendo que la prensa, complaciente, atemorizada o ingenua, pusiera el foco sobre otra relación suya, ya periclitada en esos años, la de Eva Sannum. Pero esta es ya, como dirían los clásicos, otra historia.

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