Aguas turbulentas - Pilar Eyre

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Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 13 Ago, 2020 2:44 am



En Abu Dabi, la temperatura media en agosto, el mes más tórrido y árido, es de 42 grados centígrados. Pero para don Juan Carlosel clima artificial es de 22 grados, que es la temperatura que tiene su hotel, la limusina blindada en la que se mueve y el hospital donde va a someterse (o se ha sometido ya) a una intervención leve para corregir la última operación que se le realizó en España, que no tuvo los resultados apetecidos, según me comentan fuentes cercanas.

Don Juan Carlos conoce bien Abu Dabi, donde ha ido en varias ocasiones con Corinna. En unos países donde los jeques mantienen un harén todavía numeroso, muchas personas creían que era ‘la segunda esposa’ de nuestro rey y así aparecía en la prensa árabe. Fue también el jeque de Abu Dabi quien entregó de regalo a la familia real española dos coches Ferrari, entre otros obsequios, y es el país del mundo en el que don Juan Carlos se siente más seguro.

Una persona de su entorno, el mismo día que se hizo público el comunicado, me dijo: “Al único lugar al que puede ir don Juan Carlos es a un país del Golfo, a pesar de que el verano es una época terrible para visitarlo. ¡Al rey solo lo puede proteger otro rey! Él, en estos momentos, necesita privacidad, discreción y tranquilidad, y este blindaje solo se lo puede garantizar un monarca absoluto como son los jeques de los emiratos árabes en general, y el de Abu Dabi en concreto, que es su ‘hermano’.

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Sus amigos ricos, por mucho dinero que posean, tienen limitaciones legales y no pueden protegerlo de las miradas ajenas… En el Golfo, ellos son la ley”. Y mi interlocutor añadió: “Además de que Abu Dabi tiene una excelente red hospitalaria, muy moderna, se ha convertido en un referente sanitario en Oriente Medio, hospitales españoles importantes tienen delegaciones allí y el rey puede contar con los mejores cirujanos. Todo ello con los servicios de seguridad más sofisticados y herméticos del mundo”. Como curiosidad, añadiré que en Abu Dabi tienen el mejor hospital de animales del mundo y también es puntero en cirugía estética.

El impactante comunicado que se hizo público el 3 de agosto, una carta a su hijo, nos había dejado conmocionados: “Te comunico mi meditada decisión de trasladarme, en estos momentos, fuera de España”. Una simple carta cuya redacción, sin embargo, se había estado discutiendo durante meses. El improvisado consejo asesor de don Juan Carlos, formado por empresarios, responsables de medios de comunicación, expolíticos e incluso un sacerdote, aconsejaba un tono más drástico, pero el rey quiso dejar claro que su marcha del país era tan solo una solución temporal y se empeñó en añadir estas tres palabras: “en estos momentos”.

Don Juan Carlos confía en que, cuando se recupere de su intervención, las aguas se hayan calmado y pueda volver tranquilamente a casa. Solo se ha llevado dos maletas con las cosas más imprescindibles. En Zarzuela, todo queda tal como él lo dejó. Dos maletas y ningún uniforme, lo mismo que hizo su abuelo hace noventa años cuando partió al exilio.

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Alfonso XIII recorrió el mundo con ese modesto equipaje hasta que murió, once años después. Siempre vivió en hoteles, decía que eran mucho más cómodos que los palacios, y murió en uno de ellos, el Gran Hotel de Roma, en una habitación pequeña a la que no se dejó entrar a su mujer hasta que no hubo exhalado su último suspiro. Estaban separados desde que la inglesa le espetó en el hotel de Fontainebleau donde pasaron los siniestros primeros tiempos de exilio: “Me voy a Londres porque no quiero ver tu fea cara nunca más”. Y es que estaba harta de sus continuas infidelidades y sus humillaciones públicas.

Sofía, que se sepa, no ha tenido una reacción tan virulenta a los comportamientos de su marido, ahora caído en desgracia. De hecho, ni siquiera se despidió de él y, en estos días, está en Mallorca llevando su austera vida de siempre en su palacio de 9.000 metros cuadrados con un jardín fabuloso y medio centenar de servidores. Tiene varios coches y barcos a su disposición, luce con orgullo su anillo de casada y, como lleva mascarilla, según unos “se le nota triste”, según otros “sonríe como siempre”.

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Ambas afirmaciones podrían ser ciertas, ya que con la cara tapada es difícil distinguir los gestos. Pregunto cómo está su ánimo. “Normal; a pesar de lo que decís los periodistas románticos, ella lo que siente por el rey es profunda indiferencia”. Aunque es consciente de que debe adoptar un perfil bajo, no pudo evitar salir de tiendas, ya que es una adicta a las compras.

En Body Shop, la dependienta contesta a las preguntas de la reportera de ‘Ya es mediodía’. “Aquí a la reina le hablamos en inglés porque no se siente cómoda hablando en castellano”. ¡Más de cincuenta años en España y no se siente cómoda hablando en castellano! Esto nos da medida no de que tenga poca capacidad para los idiomas, ya que ella misma le dijo a Pilar Urbano que si no fuese reina podría emplearse como traductora, sino de lo aislada que vive. Apenas trata con españoles ajenos a su familia, con la que habla en inglés.

Una ministra me contó que había acudido con ella a una representación ceremonial, que aplaudía y reía cuando tocaba hacerlo, pero “cuando acabamos, me di cuenta de que no había entendido nada ni del argumento ni de lo que hablaban, pero estaba adiestrada para que no se notara”.

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Nadie cuestiona su papel… El rey no está, pero ella “va a continuar desempeñando su trabajo institucional”. Cuál es este trabajo nadie lo sabe muy bien, y menos teniendo una reina en activo, pero aún nadie osa discutir el papel de esta mujer, que sigue disfrutando de sus privilegios y del respeto de todos. El ‘malo de la película’ es el rey y a ella le toca el papel de resignada doliente, que siempre es más lucido. Esa es una de las cosas que más lastiman a don Juan Carlos, que la reina, que lo es gracias a él, pueda disponer de todo lo que le es arrebatado, sobre todo el cariño de los españoles. Su marido ni siquiera la nombró en su carta, su forma de expresar de que sus vidas están separadas. Sofía ya no es su compañera. Aunque no se haya tomado ninguna decisión oficial, hace muchos años que la pareja real está rota. No va a estar a su lado, no lo va a acompañar en este vía crucis que está recorriendo de avión en avión y de país en país.

¡Pero el rey no está solo! Su fiel amiga desde hace cuarenta años, la que todo se lo perdona, la que no le falla nunca, lo acompaña, lo reconforta, lo escucha, lo consuela… Cada mañana le lee lo que dicen los periódicos y ella vierte en su oído el dulce bálsamo de sus sinceras palabras de consuelo… Lo que más le molesta al rey no es el recuento de sus aventuras sentimentales, eso le puede hacer hasta gracia, sino las acusaciones de corrupción ¡Eso sí le duele! Su amiga, que ha sacrificado por él su crucero veraniego en el Zenobia, estará siempre ahí, y para ella son sus primeras palabras del día y también las últimas: “Buenas noches, ‘darling”.

Ellos sí han vivido una gran historia de amor y afrontan su futuro cogidos de la mano. El rey, que tan valiente ha sido en tantas ocasiones, debería mostrarse con ella libremente. Se lo debe a ella… y también a nosotros.

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 06 Ago, 2020 2:43 pm





Majesty, majesty.

-¿Yes, Selina?

-Póngase de cara a la luz, que le favorece más. Después de unas tomas con el polo verde, haremos otras con traje completo.

-¿Ponerme corbata con este calor? Bueno, tú mandas.

En el feo porche de Marivent estaba dispuesto un bufé frío sobre un mantel de hule blanco, con vasos y platos de plástico, para que almorzaran los habituales de palacio: la reina, el príncipe, las infantas, los Grecia y la inevitable princesa Irene. Y también el equipo de la televisión inglesa capitaneado por una chica joven, minifaldera, moderna, guapísima, la chica dorada de la televisión, que cautivaba a artistas y realeza: Selina Scott.

Se decía que el príncipe Andrés bebía los vientos por ella y que hasta el príncipe Carlos la había llevado en helicóptero a pasar un fin de semana romántico a Escocia. ¡Selina había conseguido lo que ninguno aquí habíamos logrado! Pasar varios meses con el rey y su familia en intimidad absoluta. El suyo sigue siendo el mejor reportaje sobre la familia real que se ha hecho nunca.

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El intermediario había sido el rey Constantino de Grecia, en esa época muy necesitado de dinero; tanto que tenía que vender coches a comisión, tarea en la que también le ayudó Juan Carlos presentándole a sus amigos ricos. En realidad, Constantino, su mujer y sus hijos vivían a costa de nuestros reyes y de los de Dinamarca, padres de Ana María. Sus gastos diarios los pagaban ambas familias “a pachas”, y el dinero de la comisión por el reportaje inglés les vino muy bien.

El rey, que, en ese momento hacía juegos malabares para mantener varias relaciones amorosas a la vez, estuvo encantador, “es un profesional de la seducción”, lo definía el jefe de su casa, Sabino Fernández Campo. “Si participo en una carrera de veleros, gano porque soy el mejor, no porque sea el rey”, “pago impuestos como todos los españoles…”. Cuenta anécdotas: “Salgo en moto con el casco y nadie me reconoce… Un día recogí en la carretera a un señor con una lata porque se había quedado sin gasolina… Cuando me quité el casco, ¡se horrorizó!”.

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Al preguntarle si su hijo podría casarse con una plebeya, contestó con una sonrisa triste: “Podría, sí, pero tiene que ser una persona adecuada y debe contar con mi aprobación y la del Congreso”. Un joven príncipe Felipe, que está rompiendo con Isabel Sartorius, una ruptura dura y difícil, responde a la periodista curiosa: “No sé cuándo me voy a casar, pero cuando conozca a la mujer ideal para mí me daré cuenta enseguida”. Y también: “Aquí te has de ganar el puesto cada día… No cuentan los hechos pasados”.

Asimismo, Selina entrevistó a la reina, una Sofía muy seria, con expresión aniñada, que declara sorprendentemente que había tomado té con hojas de coca, y cuando la periodista se extraña, aclara: “Las drogas pueden servir para curar… Es un estimulante contra el mal de altura”. Cuando Selina le comenta que gracias a ellos el turismo y la economía de las islas se ha disparado, contesta encogiéndose de hombros: “Nosotros no venimos por eso, sino porque nos gusta… Es cierto que las ciudades han cambiado…”, y añade con un punto de desdén: “Pero los pueblos siguen como siempre”.

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Aquí, los periodistas envidiosos lanzamos infundios de que el rey y Selina habían tenido una aventura y que la reina la había puesto de patitas en la calle. Nada más lejos de la realidad. Sofía la trató con guante de seda, ya que era una enviada de su hermano, y además Selina era una periodista muy seria, una feminista muy crítica con la monarquía que, a pesar de ser una estrella en su país, emprendió diferentes batallas contra la misoginia: “No hay ninguna mujer en un puesto directivo, aquí solo cuentan las caras bonitas”. Y fundó un movimiento contra la discriminación de las mujeres por razones de edad. Hace unos años, publicó un comunicado de protesta contra la BBC porque en un reportaje sobre periodistas dijeron que era lesbiana. Asqueada de los medios, se retiró a una granja en el campo: “Mis animales rescatados son los únicos que no me van a fallar nunca”.

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No fue la única entrevista que el rey concedió ese verano del 92: medio en secreto mantuvo 70 horas de conversación con el escritor, actor y aristócrata José Luis de Vilallonga, que se plasmaron en 27 cintas, de las que solo se publicó una tercera parte, primero en una editorial francesa y después en una española. Se juzgó que lo que decía el rey en ellas era altamente inconveniente y Vilallonga, todo un caballero además de marqués, dijo que mientras él viviera nadie iba a saber lo que contenían esas cintas.

Sabino le aconsejó guardarlas en una caja fuerte y fue también Sabino el que contó que, dado el éxito del libro, que llegó a vender 300.000 ejemplares, el rey lo había llamado un día a su despacho: “Sabino, ya sabes que fue mi amiga Marta la que me insistió para que hiciera la biografía con José Luis… Creo de justicia que José Luis, que ha ganado tanto dinero, debería pagarle una parte de sus ganancias... una comisión, digamos, del diez por ciento.” Sabino nunca cumplió este encargo y el marqués de Castellbell se embolsó 150 millones de pesetas. ¿Dónde estarán esas cintas?, ¿existen?, ¿se han destruido?, ¿son una leyenda urbana?


Fragmento de la entrevista de Selina Scott con Juan Carlos I.

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 30 Jul, 2020 2:47 am



Los Juegos Olímpicos de Barcelona en el 92, junto a la Expo de Sevilla, constituyeron los dos ejes de la vida nacional y convirtieron nuestro país en la capital del mundo. Justo estos días hace 28 años. Y así lo acaba de recordar el rey Felipe en un vídeo conmemorativo grabado para el Comité Olímpico: “España dio un salto cuantitativo … En estos momentos duros el espíritu olímpico debe seguir inspirándonos…”.

¿Cómo no va a recordarlos él, que fue abanderado y en la sesión inaugural puso un nudo de emoción en todas las gargantas? Desfiló, alto y marcial, portando la bandera española, con un sombrero que le iba pequeño –porque no tenían de su talla–, y su hermana Elena se echó a llorar como una ciudadana cualquiera. La imagen de sus lágrimas resbalando libremente por su rostro apareció en todo el mundo. Sabíamos que en esa época Felipe estaba enfrentado a su familia por el amor de Isabel Sartorius, una relación tan tormentosa que aquel pobre muchacho de 24 años flotaba como un barco a la deriva en los experimentados brazos de la irresistible sirena. Pero del asunto no se podía hablar libremente. Eso al menos me dijeron en televisión: “Del tema Sartorius, mejor no hablar”. Me contrataron en ‘Barcelona: juegos de sociedad’, un programa diario de Televisión Española improvisado sobre la marcha y destinado a cubrir la vertiente social de los Juegos Olímpicos. Era en directo, a partir de la medianoche, lo dirigía el genial Joan Ramon Mainat, lo presentaba la exquisita Inka Martí y no teníamos ni un duro. Como yo debía salir todas las noches vestida de gala, mi amiga Guillermina Motta me dejó la ropa que usaba en el escenario. Competíamos con la todopoderosa TV3 y la estrella máxima Julia Otero, y yo me tenía que recorrer cada día los restaurantes, ruedas de prensa, cenas y agasajos tratando de encontrar todo aquello novedoso, diferente y gratis, para competir con la ilustre compañera y, sin embargo, amiga.

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Mi centro de operaciones era el hotel Princesa Sofía, porque en él se alojaban todas las testas coronadas. Y un día coincidí en el ascensor con dos reinas, Ana María de Grecia y Beatriz de Holanda. Me incliné ante ellas en una reverencia muy protocolaria y cuando ya iba a levantarme, antes de que se cerrasen las puertas, se colaron dos más: Sofía de España y la gran duquesa de Luxemburgo. Volví a inclinarme y, por si las moscas, ya no me enderecé hasta que llegamos al ático, diez pisos después. Salieron altivamente las cuatro reinas y oí a una extrañada Ana María que le decía a su cuñada en un susurro perfectamente audible: “Pobrecilla, esa periodista… No sabía que era jorobada”.

En otra ocasión, comimos en el Auditorio y me tocó sentarme al lado de la princesa Ana de Inglaterra, que era la presidenta de su federación hípica. Vestida como una medio monja exclaustrada, con un moñete de institutriz, no me dirigió ni una mirada en toda la comida. Acabamos, nos levantamos… No, ella no… Se quedó sentada moviéndose de forma extraña, hasta que, al final, me dirigió una mirada de socorro. Se le había perdido un zapato debajo de la mesa. Me puse a cuatro patas, lo encontré a varios metros y ella me tendió su pie deformado por los juanetes, provisto de un ‘pikis’ no muy limpio, y se lo puse como si ella fuera la Cenicienta y yo, el príncipe. A partir de ahí, cada vez que me la encontraba, me mostraba el pie y yo levantaba el pulgar guiñándole un ojo, ante el natural desconcierto de todos mis compañeros.

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¡Los compañeros! La competencia era seria y, aunque nos amábamos, éramos capaces de descuartizarnos para conseguir una buena exclusiva. ¡Schwarzenegger está comiendo en la Barceloneta! ¡Michael Douglas en el Tibidabo! Corre, corre, que aún puedes enterarte de algo, qué comieron, con quién, cuánto medían… (ambos son bajitos). En el hotel se alojaba la familia Alba al completo: Cayetana, sus hijos y Jesús Aguirre, al que nadie hacía caso, ni siquiera le dirigían la palabra, y se quedaba mustio y solo tomando café conmigo y me mentía como un bellaco: “Hoy me ha estado llamando todo el día Vázquez Montalbán para que fuera a comer con él. Juan Marsé está empeñado en enseñarme Barcelona”. Tímidamente, le propuse que viniera al programa y, ante mi sorpresa, aceptó entusiasmado. Lo metí en un coche de producción y lo llevé a los estudios de Sant Cugat. Entre Moisés Rodríguez y yo lo entretuvimos en la sala vip mientras iban desfilando los otros invitados del programa, Paquito Clavel y la vedette Regina Do Santos con un escotazo impresionante. Jugaban al billar y aquello era un alboroto sicalíptico con continuas alusiones a las bolas de Regina y las bolas de Paquito. El duque de Alba iba empalideciendo y temimos que huyera a uña de caballo. Pero salió al plató y se dirigió a Inka con una de sus retorcidas sonrisas: “Espero que no me invite a jugar al billar. Me he dejado las bolas en el palacio de Liria”. ¡Madre mía la que se armó! ¡Esa noche ganamos a Julia Otero! Aunque quizás la petición más extraña me vino del propietario del hotel Ritz de Barcelona, mi amigo Antonio Parés: “Oye, Pilar, que me dice el rey de Togo que nunca se sienta en una silla corriente, que quiere un trono. ¿De dónde diablos saco yo un trono?”. Llamamos al Ayuntamiento, a Casa Real y no, don Juan Carlos y doña Sofía no usaban tronos. Hasta que, al final, se me ocurrió. ¡Solo hay unos reyes que se sienten en tronos! Llamamos a unos grandes almacenes, pedimos el trono de los reyes magos y lo enviaron al hotel. El rey de Togo se quedó tan contento y Parés tan agradecido, que me ofreció su suite romana para que pasara un fin de semana… ¡Ya lo contaré algún día!

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Indiscutiblemente, el centro de atención de los Juegos Olímpicos de Barcelona fue el rey don Juan Carlos. Estaba en la cumbre de su popularidad. En esos días se hizo una encuesta en la prensa catalana y, al preguntar quiénes eran las figuras más importantes de estos Juegos Olímpicos, el primero fue Maragall y el segundo, Juan Carlos. Jordi Pujol, el president de la Generalitat, manifestó que lo admiraba porque era una de las personas que mejor entendía el hecho catalán y don Juan Carlos se paseaba guapo, bronceado, sonriente, seguro de sí mismo, convertido en el talismán de la selección española. Sofia y Juan Carlos eran la imagen icónica de un país moderno y avanzado y se movían como estrellas de Hollywood, repartiendo abrazos y sonrisas. Pero todo era una comedia de cara a la galería… La pareja real se alojaba en el palacio de Pedralbes y, por las noches, los gritos que se dirigían se oían desde el jardín. La reina se había enterado de que el rey tenía una relación seria con Marta Gayá, que también estaba en Barcelona, y otra no tan seria con una dama catalana y una vez… Pero esto es ya otra historia. ¡Ay, quién pudiera volver a esos tiempos en los que todo parecía posible!

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 23 Jul, 2020 2:40 am



Un amigo de don Juan Carlos se perdió hace pocos años en el recinto privado de la Zarzuela. Iba a visitarlo, convaleciente de una de sus operaciones, pero en vez de entrar en las estancias del rey, abrió la puerta de un saloncito de la reina. Frente al televisor, estaban las dos hermanas griegas, Irene y Sofía, con una mesita delante con la cena, viendo la televisión. Era un programa cómico de una cadena inglesa y las dos hermanas comían y, a la vez, reían a carcajadas. El hombre cerró la puerta silenciosamente sin que ellas se dieran cuenta. “Me impresionó, porque las vi tan extranjeras, tan ajenas a todo…”.

Así ha estado nuestra reina durante cuatro meses, confinada en sus habitaciones, con la única compañía de su hermana Irene. Ni sus hijos ni sus nietos ni, por supuesto, su marido la han visitado. En esos largos días, seguramente, doña Sofía ha podido hacer repaso de su vida. Mejor dicho, de las mujeres en la vida de su marido. ¡Una obsesión que le ha durado más que el amor!

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Si pregunto qué siente la reina por el rey, me contestan: “La indiferencia más absoluta. Esa sonrisa que exhibe en las fotos junto a él se apaga cuando se quedan solos y se va cada uno por su lado”.

Sin embargo, su orgullo sufre con la exhibición pública de sus aventuras. Su relación con Corinna la hirió profundamente. Tanto, que, según se dice, maniobró para que el hijo de Corinna no fuera admitido en un buen colegio en Inglaterra y que las familias aristócratas inglesas le hicieran el vacío.

Alexander, que no es hijo del rey –ya que nació dos años antes de conocerlo– sino del príncipe Casimir zu Sayn-Wittgenstein, tuvo que ir al final a un prestigioso internado suizo.

Pequeñas venganzas, sutiles alfilerazos que, desde su posición, ha podido propinar a las amantes de su marido. Primero debía identificarlas, claro está. Cuando Sabino estaba en la Casa, era su paño de lágrimas y confidente. “La reina no sabía si eran varias amantes o solo una, pero muy paseada”. Preguntaba: “¿Es Bárbara?”. Y sabía leer en la expresión del jefe de la Casa como en un libro abierto. “¡Siempre acertaba!”. ¿Es la legendaria perspicacia de los celosos, que casi siempre dan en el clavo? Y Sofía aplicaba el correctivo correspondiente.

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A dos damas catalanas no las invitó nunca a las recepciones en el Palacete Albéniz, aunque ambas poseían título. A otra señora de la nobleza alemana la humilló de todas las formas posibles, negándole incluso un amarre en el Club Náutico de Palma. A Marta Gayá intentó que la sociedad mallorquina la marginase, pero ahí se impuso el rey y los deseos de Sofía no se cumplieron.

A veces no estaba muy segura. Por cierta presentadora de televisión preguntó a otra con la que tenía más confianza, y se hizo enviar fotos de la hija de una señora sevillana para observar un posible parecido… Supervisaba el mailing de las celebraciones del santo del rey en el Campo del Moro y aparecían misteriosas tachaduras…

A veces eran simples sospechas, o que las señoras eran muy guapas, o tenían fama de devoradoras de hombres… A Isabel Preysler, a Tita Cervera, a Marta Chávarri, siempre las saludaba con frialdad… De hecho, cuando los reyes eran solo Sofi y Juanito, se negaba a ir a Estoril, no solo para complacer a Franco, al que no le gustaba que visitaran a don Juan, sino porque sospechaba que detrás de cada amiga de la infancia, había una novia (por cierto, con razón la mayoría de las veces).

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Los que escribimos sobre este tema hemos querido ahondar en las relaciones de Sofía, para ver si ha correspondido con la misma moneda a su marido, sobre todo sabiendo que la pareja no tiene relaciones íntimas desde hace mucho más tiempo del que imaginamos. Un arquitecto, una personalidad política ya fallecida, un apuesto caballero portugués con el que se vería en Londres, el escritor J.J. Benítez que le escribía poemas… Todos, rumores infundados que me han sido desmentidos por las propias personas o por las circunstancias. La gran pregunta por tanto es: ¿Por qué doña Sofía ha aguantado durante tanto tiempo?

Los más generosos aventuran que por su hijo. Sí, pero… su hijo no iba a dejar de ser el heredero, pasara lo que pasase. La motivación tiene que ser otra y quizás no tan altruista. Cuando Sofía, que ha aguantado infidelidades desde su primer año de matrimonio, sorprendió a su marido en la cama con una mujer en una cacería en la que se presentó por sorpresa, tenía solo 37 años y se acababa de morir Franco. Y, comprendiendo que a partir de entonces su marido iba a actuar con total libertad, huyó a la India con sus hijos, dispuesta a dejarlo. La reina Federica fue muy clara: “No lo abandones nunca, no dejes de ser reina… ¿Quieres ser como yo, una reina sin reino, una paria que tiene que vivir de la caridad de los demás, y que ha tenido que venir a la India porque nadie me aguanta?”. Federica vivía modestamente en un ashram en Delhi junto a su gurú Mahadevin y su hija Irene. Había salido tan pobre de su país, que Juanito y Sofía les habían tenido que llevar ropa a Roma para que se vistieran ella, sus hijos y sus nietos.

Sofía entendió la lección perfectamente, se armó de su sempiterna sonrisa de Gioconda, y fue ella la que le comunicó al rey que, ocurriera lo que ocurriese, no querría divorciarse e iba a ser reina hasta que muriese.

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¿Es posible vivir al lado de un hombre durante 50 años y no sorprenderte de la inmensa fortuna que manejaba? “Ella era perfectamente consciente, es más, le animaba en ese sentido, temerosa de que le pasara lo mismo que a su madre”, me comenta el periodista García Abad, “¡El miedo a la pobreza es un sentimiento tan humano!”. La reina se definió delante de Pilar Urbano como “austera… dinero, dinero, dinero… ¡Me da asco que la gente siempre hable de dinero!”. Es fácil ser austero si vives en un recinto de varias hectáreas con ciervos y gamos, tienes a tu disposición en verano un palacio de 9.000 metros cuadrados en la isla más bonita del mundo, coches, barcos, un fabuloso joyero del que solo conocemos una pequeña parte y, encima, eres la buena de la película… La abogada Magda Oranich, que la conoce bien, me confesó un día: “Entiendo que pueda perdonar unos cuernos, al fin y al cabo, a cierta edad dejas de dar importancia a estas cosas, pero ¿qué tu marido sea un enfermo de la caza? Nosotras, que somos animalistas como ella, ¿podríamos aguantarlo? Mi respuesta es no… A menos que haya una motivación muy fuerte.”

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El último año, antes del confinamiento, me han comentado que, a pesar de sus limitaciones físicas, el rey ha ido a cazar prácticamente cada semana. Desaparecida Corinna, su gran amor, vierte en la caza todos sus anhelos, frustraciones y esos legendarios ataques de cólera que solo conocen sus íntimos. Las fincas de sus amigos ricos están a su disposición, son ambientes muy discretos, en los que nadie se va a ir de la lengua. Para el rey son todos los mimos y cuidados, tiene incluso una silla especial para poder cazar. Sigue cobrando piezas importantes. A pocos metros del palacio, en el mismo recinto de la Zarzuela, está el pabellón de caza del rey, donde guarda sus trofeos cinegéticos, un edificio que costó tres millones y medio de euros, con una habitación de 200 metros cuadrados para guardar únicamente las armas: medio centenar de fusiles. Al parecer, se hizo bajo la supervisión de Corinna, aunque su construcción es un secreto, ya que se hizo firmar una cláusula de confidencialidad a todos los que intervinieron y así permaneció hasta que lo reveló El Mundo. En los dos pisos del pabellón, perfecto silencio, inmóviles para toda la eternidad, hacen guardia exóticos elefantes, osos, jirafas… y también animales autóctonos como cabras montesas, jabalíes y lobos, disecados por expertos taxidermistas. Quizás está incluso la primera liebre que Juanito cazó con Franco y que el Caudillo le ofreció disecada, la cabeza y las pezuñas, cuando solo tenía nueve años.

Que la reina, persona sensible, sepa que cuando abre una de las ventanas de la zona sur casi puede ver el pabellón de la muerte, que lea en los periódicos cómo acusan su marido de enriquecimiento ilícito y hablen libremente sus amantes, las “de pasar” y las fijas, y aún se atreva a reñir a las periodistas porque llaman emérito a su marido, “no lo hagáis, se disgusta”, y luzca en su dedo como desafío el anillo de prometida, pertenece a lo más íntimo y misterioso del alma humana.

¡El alma de Sofía! Sabino dijo de ella: “Parece lo que no es”. Con eso tenemos que contentarnos.

Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Lun 20 Jul, 2020 2:57 am

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 16 Jul, 2020 2:54 am

[conte]

Paloma Cuevas, guapa, esposa ejemplar… ¡y abandonada! ¡Con luz y taquígrafos! Pero esta dramática historia de traición y mentiras no es la única que ha tenido que sufrir una mujer famosa. Paloma tiene muchas compañeras de infortunio que, como ella, pasaron de ser las más envidiadas de España a víctimas de la infidelidad de sus maridos. Una humillación pública que las convirtió, muy a su pesar, en carne de cañón y portada de revista.

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En aquel 14 de julio de 1988 el calor parecía surgir del centro de la tierra y el asfalto hervía en un Madrid casi vacío. En la calle Tambre, Carlos Falcó, ya separado de Isabel Preysler, ofrece una cena fría en su pequeño jardín a los miembros más destacados de la ‘beautiful people’: Mario Conde y su mujer, Lourdes; Juan Abelló y Ana; y Alberto Cortina, el exitoso empresario al frente de Construcciones y Contratas, con su mujer, un ama de casa mona, pero sin perfil social, llamada Alicia Koplowitz. Casi nadie sabe que es la auténtica propietaria del próspero negocio de su marido, que heredó de su padre, un judío llamado Ernesto Koplowitz, y que su padrino, Ramón Areces, el dueño del Corte Inglés, ha ayudado a consolidar.

El último en llegar a la cena es Fernando Falcó, hermano del anfitrión. Va con su mujer–embutida en un traje apretadísimo y cortísimo, rubia de pelo, la piel bronceada de las reinas vikingas–, a la que la prensa llama ‘Marta Terremoto’, aunque su nombre es Marta Chávarri. Tiene 25 años y su apabullante atractivo sexual la convierte en el centro de la noche, haciendo que el resto de las mujeres tengan una apariencia apagada y anodina. Alberto Cortina, que es bastante mujeriego, no deja de dirigirle las miradas codiciosas del perro de presa, que Marta acepta con coquetería. ¡A partir de aquí empieza para Fernando, Marta, Alicia y Alberto un camino sin retorno!

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La relación entre Cortina y Marta pronto se conoce en todo Madrid, periodistas incluidos, pero nadie se atreve a hacerla pública. Las fotos de los amantes saliendo de un piso en la calle Alberto Bosch se guardan en un cajón; otras, en las que van cogidos de la mano por la calle pintor Rosales o entrando juntos en un ascensor del hotel Villamagna son compradas directamente por el poderoso financiero. Alicia es muy buena, pero no es tonta, y se da cuenta de que su marido está teniendo una aventura, aunque cree que es una de tantas y se resigna.

Pero su íntima amiga, la abogada y más tarde ministra Ana Palacio, le desvela: “Tu marido está con Marta Chávarri y van en serio”. Se le viene el mundo encima. Ella misma confesará más tarde entre sollozos: “Estaba destrozada, era incapaz de reaccionar. ¡Me sentía muy sola y prefería tragármelo todo yo!”. No confía en nadie, sufre tanto que, incluso, desarrolla una úlcera de estómago y ataques de migraña.

Por Navidad cree que su marido volverá al redil, pero Cortina parece embrujado por Marta. Le regala un carísimo abrigo de visón y un buen día se va de casa con una maleta y se instala en un hotel. No habla de divorcio, dice que necesita estar solo. Pero Marta se reúne con él y se van de viaje a Austria en avión privado. Alicia sufre en silencio, no puede dormir, comer, hablar… Hasta que el 1 de febrero se produce lo irremediable: en una revista aparecen unas fotos de Cortina y Marta en un hotel de Viena. Alicia ve cómo su mundo perfecto se desmorona. Se asoma a la ventana y advierte debajo de su casa una nube de periodistas. Sus hijos, llorando, se niegan a ir al colegio… ¡Ha perdido su anonimato y será una de las mujeres más perseguidas de España!

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Alicia parece despertar de un sueño y más tarde confesará: “Sé que muchas han pasado lo mismo que yo, pero que te hagas famosa por una cosa así, que te lo señale la prensa y que lo pueda leer todo el mundo, incluidos tus hijos, no deja de resultar durísimo”. Su primera llamada es para Fernando Falcó, el otro agraviado, que le dice caballerosamente: “Lo siento por ti, yo ya no me hacía ilusiones acerca de mi matrimonio”. Después llama a su marido y le duele que su único comentario sea: “Pobre Marta, esto va a destrozarla”. Luego llama a Ana Palacio, no como amiga, sino como abogada: “Quiero tramitar el divorcio, mañana mismo. Ana le responde: “Ya puedes dar las gracias a tu padrino con una oración por obligarte a contraer matrimonio con separación de bienes”. La empresa, por tanto, sigue siendo de Alicia y de su hermana Esther, que también anda en pleitos matrimoniales.

A partir de aquí se desata una pelea brutal entre los abogados de ambas partes que se saldará un año después: Alicia, a la que ha defendido la correosa abogada Concha Sierra, se queda con la mitad de Construcciones y Contratas (la otra mitad es de su hermana) y Alberto Cortina, con paquetes de acciones de diversas compañías por valor de 5.600 millones de pesetas. Es el kilómetro cero de la nueva vida de los dos, que empezarán a rodar por separado. Alicia, que jamás ha llevado una cuenta ni sabe lo que es un balance, es consciente de sus propias limitaciones y comprende que debe rodearse de los mejores. Lo hace tan bien que al año siguiente llega a colocarse en el puesto número 198 de la lista mundial de millonarios de la revista Forbes. Confiesa a sus amigas que “en el fondo estoy contenta. Puedo demostrar a mis hijos que su padre no era el listo de la familia, sino que yo también sirvo para llevar una empresa”. Y lo más absurdo de esta historia es que Alberto Cortina, que había puesto su mundo y el de su familia al revés por culpa de Marta, en realidad empieza a estar cansado de ella.

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Estos amores que suben como fuegos de artificio, también se desvanecen con la misma rapidez. Aparecen unas fotos de Marta muy delicadas y Cortina no tiene más remedio que hacer el Quijote y casarse con ella para no quedar como un canalla delante de sus padres y de la sociedad, aunque su matrimonio, como es lógico con estos mimbres, durará apenas cuatro años. Cortina se casó luego con la auténtica mujer de su vida, la inteligente y discreta Elena Cué, con la que ha tenido una hija.

Aunque a Alicia se le hayan atribuido distintos novios, desde el atractivo abogado Jorge Trías al duque de Alba, no ha vuelto a casarse, se ha desprendido de su empresa con pingües beneficios, cuenta con otros negocios y es una filántropa silenciosa y eficaz. Como confesó una vez serenamente: “La crueldad de los acontecimientos de mi vida me ha hecho crecer interiormente”. A través de su fundación ha creado hogares para niños sin recursos, centros para enfermos de esclerosis múltiple y ayuda a varios refugios de animales. Yo misma he visto en el museo del Holocausto de Tel Aviv, esculpido en piedra, el nombre de Alicia Koplowitz y la palabra Todah, que quiere decir gracias.

Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Sab 11 Jul, 2020 2:57 am



Pazo de Meirás. Agosto 1969. Una televisión panzuda, con una figura de Sargadelos encima, preside el pequeño saloncito, oscuro y húmedo, donde Franco y su mujer, Juan Carlos y Sofía, están viendo ‘Crónicas de un pueblo’. El caudillo tiene delante una Mirinda de naranja, que no ha probado porque se está quedando dormido. Doña Carmen se toma una manzanilla, como siempre después de la cena, que hoy ha sido tan parca como de costumbre: caldo gallego y una rodaja de merluza.

Sofía está con el oído atento, porque Miss Hibbs, la ‘nanísima’, está acostando a sus hijos y a los nietos pequeños de Franco, Arancha y Jaime, mientras observa de reojo a su casquivano marido, que ya ha empezado a darle algún disgusto... Pero Juanito se hace el despistado fumándose un cigarrillo, que ha encendido después de pedirle permiso a la Señora. Carmen Polo ya les ha informado que se ha cambiado la cama que rompieron la primera noche haciendo dios sabe qué.

Las cabezas de dos ciervos abatidos en la sierra de Cazorla los observan melancólicamente desde las paredes. Juanito y Sofi se aburren a muerte, pero tienen que disimular, ya que su principal tarea en estos años de espera e incertidumbre es halagar al caudillo.

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Sofía y doña Carmen se entienden en francés: la princesa no se expresa bien en castellano y la Señora lo habla porque de pequeña tuvo una ‘gouvernante’ de Burdeos. En ese momento irrumpe en el cuarto una pareja sofisticada y elegante, oliendo a perfume francés y a dinero. Ella lleva un vestido de Pertegaz que deja ver sus bronceadas rodillas; él, foulard y pelo engominado. Son los marqueses de Villaverde, que vienen a despedirse: “Nos vamos a cenar al Náutico…”. Observan a la pareja joven y se sienten obligados a preguntarles: “¿Quieren venir sus altezas?”. Y es Sofía la que contesta: “No, preferimos quedarnos con el abuelo”. Quien me contó esta anécdota me dijo que a Franco le había resbalado una lágrima por la mejilla.

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Hay que decir que Sofía y Juanito iban al mismo tiempo y con más discreción, pero con mucho más entusiasmo, a pasar el resto del verano a Mallorca. Los primeros años se alojaban en el hotel Son Vida, el Victoria o el Club Náutico.

Entonces, la modestia y la austeridad presidían estas vacaciones familiares, la comida habitual era gazpacho, que el rey incluso se llevaba en termos a las regatas, y era normal ver al matrimonio con sus tres hijos tomando un helado por la calle o a la reina comprando fruta en el mercado de Santa Caterina, calzada con unas alpargatas y el típico cesto colgado del hombro. No hace falta decir que ambas prendas se pusieron de moda y, desde entonces, nunca han dejado de estarlo.

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Fue cuando el Govern balear, a sugerencia del amigo del rey Zu Tchokotua, decidió cederles el uso del palacio de Marivent, originariamente residencia del pintor griego Saridakis. Los descendientes de este pleitearon contra esta decisión, ya que la viuda lo había cedido únicamente para ser utilizado como museo, pero perdieron el juicio y lo único que consiguieron fue que se les permitiese recuperar los objetos del interior de la casa. El Govern, desdeñosamente, comentó que estos objetos no tenían valor ya que muchos de los cuadros atribuidos a pintores conocidos eran falsificaciones. Los reyes ocuparon oficialmente el palacio en 1973 y, a partir de ahí, sus veraneos empezaron a tener una personalidad propia, que pudimos compartir gracias a los numerosos periodistas desplazados a la zona.

Las regatas en las que participaban pusieron de moda el deporte de la vela y hay muchas generaciones de niños que pueden decir: “A mí me daba clases una infanta de España”, ya que ambas princesas participaban en los ‘stages’ deportivos de Calanova. También pudimos asistir a las risas cómplices del rey y sus amigos de toda la vida –Karim Aga Khan, Zu Tchokotua, o su compañero de regatas Josep Cusí– en el restaurante Flanigan de Puerto Portals, propiedad de su también amigo Miguel Arias, donde don Juan Carlos solía vestir pantalón rojo, camisa blanca y mocasines sin calcetines, atuendo que se convirtió en un clásico de todos los señores ‘bien’ españoles.

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También en esa época disfrutaba de ciertas ‘amistades’ femeninas, aunque de todo esto no nos hemos enterado hasta más tarde. A la reina, que sí lo sabía pero como gran profesional que es lo disimulaba en público, la podíamos ver paseando de forma relajada con su hermana Irene y su prima Tatiana Radziwill, las únicas personas que gozaban de su intimidad. Las tres solían cargar personalmente con las mismas bolsas de las rebajas de unos grandes almacenes de Palma.

Este ambiente festivo familiar contrastaba con la soledad que vivía don Juan de Borbón, el padre del rey, que también era visitante asiduo de la isla y se quedaba a dormir en su barco. Apenas veía a su familia. “Yo no soy nadie, no saben dónde colocarme, soy un estorbo para todos”, llegó a decirme suspirando con tristeza en una ocasión. El verano del 92, un año antes de morir, se le pudo ver varias noches cenando en algún restaurante palmesano con la única compañía del periodista Luis María Ansón.

Tampoco doña Pilar, hermana de don Juan Carlos, frecuentaba a los reyes, aparte del día de su cumpleaños en agosto, cuando celebraban una cena todos juntos. Pero tal circunstancia importaba poco a la aguerrida infanta, que a bordo de su pequeño velero, Doña Pi, se cruzaba sin complejo alguno en la bahía palmesana con el fabuloso yate Fortuna, un regalo del rey Fahd de Arabia Saudí. La infanta Pilar se cabreó porque su hermano no hizo nada para evitar que la casa donde veraneaba fuese demolida por una infracción urbanística, aunque no dejó de acudir a Mallorca ya que se compró un chalet en el municipio de Calviá.

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Pero ni don Juan ni doña Pilar ni doña Margarita –que veraneaba en Portugal–, ni sus hijos, salían en las célebres fotos de las escaleras de Marivent, donde la familia real posaba con los huéspedes insignes que cada año los visitaban: desde una lady Di empeñada en taparse las piernas con un feo vestido de rayas –y que después comentó que el rey había intentado ligar con ella–, hasta Harald y Sonia de Noruega, Fabiola y Balduino de Bélgica, Beatriz y Klaus de Holanda, pasando por los inevitables Grecia y su numerosa prole. Los reyes de España estaban de moda, se los veía como una pareja moderna, de gran fuerza icónica, aunque casi nadie conocía entonces las tormentas que agitaban su matrimonio.

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En el álbum de las vacaciones reales también debemos colocar las fotos en las que los españoles pudimos seguir los ligues adolescentes de las infantas con algún compañero de regatas –el atractivo Fernando León, por ejemplo– o el primer amor de don Felipe. La imagen del príncipe con una voluptuosa Isabel Sartorius en la cubierta de la lancha Njao luciendo espectacular anatomía y sonrisa enamorada, le reportaron al fotógrafo 15 millones de pesetas.

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La decisión del Govern balear de potenciar el veraneo real resultó ser todo un acierto. En aquellos años de esplendor todos querían ir a Mallorca: Mario Conde con el barco más grande del puerto; Alicia Koplowitz, que empezó a sospechar aquí que su marido tenía algo más que una aventura con Marta Chávarri; Tita Cervera empeñada en comprar, en vano, el palacio vecino a Marivent; y toda la aristocracia, en fin, del lujo y del dinero. Lo que se llamó ‘la corte de Palma’. El rey, bronceado, sexy, atlético, elegante, luciendo carillas y el postizo que le arreglaba Iranzo todas las semanas, era no solo el rey de España, sino el rey del mundo. Como me dijo un amigo suyo entonces: “¡Se le ofrecían todas! ¿Que con cuántas estuvo? ¡Yo qué sé! ¡Mil quinientas!”.

Los últimos años, sin embargo, esas imágenes espectaculares e idílicas se han hecho añicos. Cristina y Elena han sido expulsadas del paraíso: la una por sus oscuros manejos económicos y la otra por solidaridad con su hermana. A Letizia no le gusta Mallorca y procura pasar menos días cada verano. Leonor y Sofía no tienen ningún arraigo en la isla. Y don Juan Carlos, separado de hecho de doña Sofía, ha preferido dejar el inmenso palacio de 9.000 metros cuadrados, esculturas de Miró en los cuidados jardines franceses, tres edificaciones anexas, piscina y solárium, y decenas de personas de servicio, para el uso y disfrute de su mujer y su cuñada, las únicas habitantes fijas del enorme complejo. Desde el porche donde desayuna cada mañana los productos naturales que le llevan de la huerta, un lugar antes lleno del bullicio de los hijos, los amigos, los invitados, y ahora silencioso y solitario, quizás Sofía añore, como Hemingway, aquellos tiempos en los que eran pobres y felices… O no.

Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensaje por Maritxu » Dom 05 Jul, 2020 12:14 pm

Invitada escribió:Esta mujer que despelleja y despelleja de manera
persistente, cuanta sensibilidad, susceptibilidad
demuestra cuando la dicen algo que la disgusta,
cuanto envanecimiento!



Y salía en una lista de "amigas entrañables" de cierto señor mayor.

Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensaje por Invitada » Dom 05 Jul, 2020 12:03 pm

Maritxu escribió:Vaya dos....


Esta mujer que despelleja y despelleja de manera
persistente, cuanta sensibilidad, susceptibilidad
demuestra cuando la dicen algo que la disgusta,
cuanto envanecimiento!

Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensaje por Maritxu » Dom 05 Jul, 2020 11:13 am

Invitado escribió:
La periodista Pilar Eyre ha dado por finalizada su intervención en el programa después de una discusión con el extorero Fran Rivera. Visiblemente afectada, la colaboradora se disculpaba y aseguraba que no estaba en condiciones para continuar.





Vaya dos....

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Vie 03 Jul, 2020 2:01 am



Año 1981. Viernes tarde. La secretaria de Interviú sacó la cabeza por la puerta de la redacción y preguntó: “¿Hay alguien?”. “Sí, yo, ¿qué pasa?”. Unos pies sobre la mesa, calzados con unas botas tejanas, identificaron al único periodista que quedaba en todo el edificio de la calle Rocafort: el más brillante de todos nosotros, el mítico y gamberro Luis Cantero.

“Te paso una llamada”. Una voz de tono pijo, ansiosa, apresurada. “Luis, tú no me conoces, soy Tita Cervera, mira, te voy a pedir un favor muy gordo. Tenéis unas fotos ahí en las que salgo desnuda…”. “¿En toples?”, se hizo el despistado Cantero.

“No, no, desnuda de arriba y abajo, y embarazada. Son del año pasado, en la piscina de mi casa, os las ha vendido una amiga… Vaya, quien yo creía que era una amiga… Te suplico que las retires y yo a cambio te daré un desnudo bonito, unas declaraciones exclusivas, lo que quieras, pero es que esto me da mucha vergüenza”. La desesperación hacía que su voz temblase y Luis, hombre compasivo, le dijo: “Te entiendo, pero no puedo hacer nada, es competencia del director, además el número ya está impreso”. Tita se puso a sollozar: “Pero qué horror, cómo me hacéis eso, os voy a demandar, ¿con qué cara salgo ahora a la calle?”.

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Al cabo de un par de semanas y de que la revista se vendiera en todos los quioscos con el sugestivo título “Carmen Cervera, un embarazo al descubierto”, subí a Sant Feliu de Guíxols para ver si le sacaba alguna declaración. Ella no estaba, pero hablé con su madre, que me enseñó orgullosa la fantástica casa, Mas Mañanas, colgada sobre el mar. Estaba decorada tipo americano, los dormitorios con sábanas de seda y cojines en forma de corazón, el cuarto de Borja lleno de peluches, y luego me invitó a merendar en un salón con espejos de marcos dorados y alfombras muy gruesas.

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Me contó: “El padre del niño, Manolo Segura, que es un chico del grupo de Tita en Madrid, está muy enamorado de mi hija, pero ella no quiere casarse… No está segura de sus sentimientos”. Me hablaba de su hija y sus amigos como si fueran tiernos adolescentes, cuando Tita ya había tenido dos maridos. Entonces ninguno sabíamos que ya había conocido al barón von Thyssen. A la salida, me abordó una de las criadas: “Son muy buenas personas, pero diga que hace seis meses que no nos pagan”.

Segundo acto. En 1983, nadie se acordaba de esas fotos de Interviú, ni la propia Tita, que me invitó a su boda con el barón von Thyssen en el bellísimo castillo de Daylesford, una especie de Downton Abbey, en la campiña inglesa. Después de dos años de estar juntos, al final Tita había conseguido enamorar a aquel riquísimo barón que nunca aprendió a decir en español otra frase más allá del “Tita, te quiero”, según nos demostró ese día, en que no dejó de repetirlo. Tita llevaba un colgante de platino con el fabuloso brillante Estrella de la Paz, de 179 quilates, el más grande y puro del mundo. ¿Qué habrá sido de él? Se lo compró a Harry Winston, el joyero de las familias reales, y en esa época estaba valorado en 600 millones de pesetas (3,6 millones de euros).

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Se movía rodeada de guardias de seguridad y rottweilers y, en un momento dado, se lo quitó porque le dolía el cuello y la madre me lo pasó para que lo tocase. En ese momento, se sentó a mi lado un hombre muy atractivo, y la madre me susurró: “Es el barón von Bülow… Ya sabes que ha intentado matar a su mujer, está en libertad provisional, lleva una tobillera de acero”. Del susto, se me cayó el brillante al suelo y se lanzaron guardias y rottweilers sobre mí, inmovilizándome. Cuando salí del trance, recordé que era periodista y le pregunté a Carmen madre: “¿Y Manolo Segura?”. Extrañada, me dijo: “¿Quién?”. “Manolo Segura, el padre de Borja”. Y me contestó con la sinceridad más absoluta pintada en los ojos: “El padre de Borja es el barón Thyssen”.

Costa Brava, verano 2003, sitio de moda. En una mesa estaba Tita Cervera con su amigo Javier Báñez y otra persona. En la mesa de al lado, un grupo bullicioso de chicas riendo y pasándolo bien (algunas eran primas mías). En la mesa de Tita no se hablaba, todo eran silencios solemnes y caras de enterrador. De pronto, uno de los acompañantes se levantó y se dirigió a la mesa divertida: “Veo que os lo estáis pasando genial, la baronesa os pregunta si podemos sentarnos con vosotras… Se acaba de quedar viuda y le gustaría distraerse”. Se abrió el corro inmediatamente, revuelo de sillas, servilletas, más bebida y la noche se estiró hasta la madrugada.

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En un momento dado, una de mis primas, impresionada por la mirada triste de Tita, hizo un aparte con el acompañante. “Pero, con todo lo que tiene, es raro que se sienta sola…”. Y el otro contestó: “Es algo típico en los millonarios, tiene un barco fantástico, pero no sabe a quién invitar para que navegue con ella, una propiedad inmensa aquí en Sant Feliu, otras en Marbella y en Madrid, pero no sabe cómo llenarlas. No tiene amigos porque todos se acercan a ella por interés, su hijo y su nuera apenas le hablan…

La sociedad española le ha dado de lado, ¡a ella, que tanto ha hecho por este país! ¿Cómo no sentirse sola? ¡Se ha muerto el barón y todos han desaparecido!”. Luego, Tita tuvo a las gemelas, apareció de nuevo en su vida Manolo Segura, esta vez con su mujer, y la baronesa fue tejiendo laboriosamente a su alrededor una nueva familia… Ahora, Manolo Segura se ha muerto y el mundo de Tita se ha hecho más pequeño porque se ha quedado huérfana de amigo. Lo siento mucho.

Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Vie 26 Jun, 2020 1:30 am



Pilar Eyre abandona Espejo Público tras una contestación de Fran Rivera: "No queremos gente como tú"
La periodista Pilar Eyre ha dado por finalizada su intervención en el programa después de una discusión con el extorero Fran Rivera. Visiblemente afectada, la colaboradora se disculpaba y aseguraba que no estaba en condiciones para continuar.

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 25 Jun, 2020 2:46 am



No viene Julio Iglesias a España. Ha cancelado su gira por culpa del coronavirus. “Está muy triste”, declaran sus representantes, “porque tenía una gran ilusión por venir”. ¡Narices tenía ilusión! ¡Naranjas de la China! Julio estaba tan preocupado con esta gira que para él ha sido un alivio no tener que realizarla. Eran cinco conciertos programados, frente a los treinta de Raphael, su más directo competidor, que ha aplazado la mayoría para el año 2021 ¡y en algunos ya ha agotado entradas! Julio iba a actuar tan solo en Fuengirola, Alicante, Chiclana, Mérida y Córdoba. Lugares llenos de encanto, sí, pero tenía la espina clavada de no haber conseguido que las grandes plazas como Barcelona, Madrid, Valencia, A Coruña o Zaragoza, escenarios de sus grandes éxitos, se interesaran por contratarlo.

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Y es que ningún promotor privado quería arriesgarse porque lo cierto es que Julio ha descuidado a su público español y ya no tiene el predicamento de antes. No se puede olvidar que, en los últimos conciertos en España, concretamente el de Cap Roig en Girona, se tuvo que llenar el aforo con jovenzuelos captados a lazo a última hora porque “Julio se deprime si ve que no hay público”. ¡Aún recuerdo el cabreo de los espectadores que habían pagado 400 euros e iban elegantemente vestidos al ver a aquellos niñatos con sandalias y bañador sentados en las primeras filas que, encima, no habían pagado ni un euro! Y bostezando, porque el espectáculo, con sinuosas señoritas a las que Julio piropeaba incesantemente, y con discursos tipo: “Cuidado esos maridos, que aquí veo mucha señora guapa”, y chistes como: “Me llamaban el termo porque cantaba tan dentro de mí, conservo el calor…” les eran a aquellos muchachos tan ajenos como el ‘No-Do’ o la goma de borrar.

Pero Julio también se ha alegrado de cancelar su concierto, no solamente porque temía el fracaso artístico en su tierra, sino también que su hijo Javier Santos decidiera emprender alguna acción a la desesperada para reclamar su atención, presentándose en algún evento o abordándolo en su camerino o intentado subir a su avión privado. Y también tenía miedo a las preguntas de los periodistas. Han pasado ya aquellos tiempos en los que venían los mánagers a pedirte que de ciertos temas no preguntaras, o Julio te llamaba unos minutos antes de la rueda de prensa para mirarte a los ojos y suplicarte: “No me menciones eso… ¿no querrás verme sufrir, verdad, flaca?”. Y siempre cedías porque la carne es débil y tampoco te pagaban tanto.

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El hecho de que Julio maquille su vida no debe cogernos por sorpresa, porque, como todos los grandes artistas, miente muy bien. Los mas viejos del lugar recuerdan con asombro cuando llegó a las redacciones el documento que acreditaba que se había hecho súbdito panameño, y cómo lo negó en rueda de prensa: “Soy más español que la fabada y eso es un infundio de mis enemigos que quieren hundirme…”. O cuando dice que se lleva tan bien con su hijo Enrique y ahora nos hemos enterado por las memorias de Ramón Arcusa, “Soy un truhán, soy un señor (o casi)”, que conoció a sus nietos y a Anna Kournikova poco antes de la cuarentena del coronavirus.

Pero Julio es el primero en confesar: “Soy un mal padre”. La familia, los hijos, las mujeres, siempre han estado detrás de su carrera. Me contaba hace poco un amigo su asombro cuando había ido a verlo en verano a su casa de Ojén. “No sabía cómo se llamaban las personas de servicio y creo que ni sus propios hijos… Me los presentaba en plan, este es un fenómeno, pero yo creo que es porque no le venía el nombre a la cabeza en ese momento… Le pedí un vaso de agua y abría puertas al azar, no sabía dónde estaban los vasos, me dijo que nunca había entrado en la cocina… Menos mal que Miranda estaba al quite de sus más pequeños deseos, sin hablar, eh, porque es una gran silenciosa”. Pregunté si su fiel compañera de estos últimos treinta años seguía en la casa, y me dijo que sí. No es glamurosa ni fotogénica como Miranda, pero es la persona que mejor lo conoce y con la que más cómodo se siente.

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En estos días, Julio es noticia de primera plana en México, ya que la mujer del importante abogado Juan Collado, preso por delincuencia organizada, lavado de dinero y cargos muy graves que lo relacionan con la ‘mafia del poder’, ha dicho que su gran apoyo en estos tiempos, en los que todos huyen y tratan a la familia como si fueran unos apestados, es Julio Iglesias. “Es su hermano de sangre, me llama todos los días, me ofrece su ayuda a cualquier nivel, cuando el tema de la pandemia se acabe, quiere venir a verlo a la cárcel, aunque sabe el escándalo que representará esa visita…”. En cada celebración importante del millonario abogado, que atesora grandes cantidades de dinero en bancos españoles y andorranos y está casado con una actriz de telenovela muy famosa en México, Julio estaba allí, algunas veces cobraba un millón de dólares por actuación, y otras cantaba gratis, por amistad.

No es su primer contacto con este tipo de asuntos. Hace años, ya me contó Xavier Cugat que él le había presentado al sucesor del gánster Bugsy Siegel. “Todos los artistas del espectáculo en EE UU son contratados por la Mafia, si no, no podrían actuar, pregúntaselo a Frankie [Sinatra]… Eran unas personas muy agradables, yo les dije que Julio era como mi hijo y le abrieron las puertas de EE UU”, me dijo. Julio está bien de salud, mejor que estos últimos años. Ha pasado la cuarentena con la familia al completo, incluidos los perros de sus hijas, en su casa de Miami, “lavándome las manos varias veces al día”, según ha explicado él mismo, y sigue diciendo: “Me gustan las mujeres con locura” y también: “Me quedan muchos sueños inconfesables que cumplir”. Vente para España. Julio, va, y así nos lo cuentas.

Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensaje por GRACIAS » Sab 20 Jun, 2020 12:32 pm

POR TU INFORMACION. COMO DIJE, EL NOMBRE DE FUSTER LO ESCUCHE POR PRIMERA VEZ CUANDO URGENTEMENTE TRASLADARON A CARLOS CANO A NUEVA YORK PARA SER OPERADO DE URGENCIA. RECUERDO QUE CARLOS CANO ESCRIBIO 1 COPLA TITULADA: '' YO NACI EN NUEVA YORK'' SE MUY POCO DE MEDECINA, PERO NUNCA HE LEIDO NI HE OIDO QUE 1 CARDIOLOGO HAYA TRATADO A 1 PACIENTE QUE HAYA SUFRIDO 1 ICTUS.
GRACIAS 1 VEZ MAS, POR TU INFORMACION

Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Sab 20 Jun, 2020 11:10 am

No es por maldad, anónimo, pero con una pequeña búsqueda en Google encuentras esa información:

Este lunes, 17 de febrero, los Reyes entregaron en el palacio de El Pardo los Premios Nacionales de Investigación, un acto al que asistieron numerosas caras conocidas como Alicia Koplowitz o el ex ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón. Aunque la gran sorpresa fue la presencia de Jaime de Marichalar, ex marido de la Infanta Elena, dado que se trataba de un acto institucional de los Monarcas.

Sin embargo, no era tan extraña, habida cuenta de que entre los premiados se encontraba el cardiólogo Valentín Fuster, quien mantiene una relación muy estrecha con el ex duque de Lugo, ya que es uno de los grandes artífices de su recuperación tras el gravísimo ictus que padeció en diciembre de 2001. El infarto cerebral dejó a Marichalar afectado de serias secuelas en el lado izquierdo de su cuerpo, y dado su empeño en demostrar que seguía siendo el mismo de antes, dedicaba más tiempo a la vida social que a su rehabilitación, lo que suponía un serio riesgo para su salud. Y quitaba el sueño a Don Juan Carlos, hasta el punto que se puso en contacto con el médico, residente en Nueva York, quien determinó que Jaime se instalara una larga temporada en la cuidad de los rascacielos, algo que hizo en 2003 junto con la Infanta Elena y sus hijos, Froilán y Victoria Federica. El tratamiento, supervisado por el propio Fuster, consistía en siete horas de rehabilitación diarias en el prestigioso hospital Monte Sinaí, donde este ejercía como especialista cardíaco.

etc.

https://www.elmundo.es/loc/famosos/2020 ... b45f1.html

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