Aguas turbulentas - Pilar Eyre

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NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 24 Sep, 2020 3:14 am

[conte]

Sofía lo sabe todo! ¡Desde hace muchos años! Y no me estoy refiriendo solo a las infidelidades de don Juan Carlos en general, que la reina conocía puntualmente a través de los miembros de la Casa, sino a la historia de amor de su marido con Corinna. Aunque con la perspicacia de las mujeres engañadas lo sospechaba desde el mismo día en que se conocieron, no fue hasta el mes de abril de 2006 cuando tuvo constancia de esa relación.

"En ese tiempo, Juan Carlos estaba tan ciego de amor por su amante que no consentía en separarse de ella ni unos días", cuenta Pilar Eyre en su blog en Lecturas. "Consiguió llevarla a un viaje oficial a Arabia Saudí. ¡Y Corinna viajó en el mismo avión militar que la reina! ¡Durante ocho horas compartieron el mismo recinto!"

El rey se sentó al lado de su novia, cosa que a nadie extrañó, porque el matrimonio real hacía muchos años que no se dirigía la palabra y tenía agendas separadas. Y mientras la reina se dedicaba a actos culturales como inaugurar hospitales o visitar yacimientos arqueológicos, Corinna acompañaba a don Juan Carlos en sus actividades, desde dar una conferencia hasta entrevistarse con los hombres más ricos del mundo. Los periodistas saudíes hablaron de la alemana: mientras para unos era una consejera estratégica del rey de España, otros creían que se trataba de una segunda esposa, algo que no sorprendía en unos países donde la poligamia está permitida. Llamo a una de las personas que acudió a ese viaje. “Lo único que recuerdo es que nuestros asuntos fueron sobre ruedas y que la simpatía y las relaciones del rey nos abrieron muchas puertas”, me cuenta. Pregunto por Corinna: “Hombre, nos extrañó la presencia de la princesa, que, por cierto, nos pareció a todos muy sexy. Pero cuando vimos que la reina no se inmutaba, pensamos que era algo normal y no le dimos más importancia”.

■ ■ ■

Tan solo dos meses después de este viaje, se celebraron a lo grande los premios Laureus en Barcelona, organizados por Corinna porque el creador de la fundación era amigo de su padre. La reina no tuvo más remedio que quedarse en Madrid, cuando las ceremonias benéficas están dentro de su área de intereses, y, lo que es peor, tuvo que ver como “esa mujerrr” como la llama con su acento germánico, recibía parabienes de altas personalidades, alternaba en la cena previa con Felipe y Letizia e intercambiaba en la fiesta besos cariñosos, miradas cómplices y sonrisas con su marido… ¡y hasta con su yerno y su hija Cristina! Al año siguiente, con su cuñada, Pilar de Borbón… ¡y con su mismísima hermana, la princesa Irene! Irene, su paño de lágrimas.

Pero lo más rocambolesco, digno de una escena de vodevil, ocurrió en mayo de 2010 y tuvo como escenario el Hospital Clínic de Barcelona, donde operaban al rey de un nódulo en el pulmón. Como la reina sabía que al lado de su marido estaba Corinna, se quedó en Madrid. Pero cuando empezó a rumorearse que operaban al rey y que la reina no estaba a su lado, se puso en marcha el operativo ‘la reina a Barcelona’. ¡Unas horas de locura que el jefe de prensa pilotó con pericia admirable, pero que le costó seguramente una úlcera. “Rápido, rápido, poned a la reina en un vuelo de Puente Aéreo y que un coche la esté esperando en el aeropuerto del Prat. Avisad a la seguridad del rey que vamos para allí”. Entrad en la sala vip del Clínic, donde una llorosa Corinna desmenuzaba un pañuelo de papel para decirle: “Princesa, tenemos que irnos, que llega la reina”. Ella quiere ver por última vez a Juan Carlos a través del cristal de la UCI y allí le comunican que el nódulo es benigno, pero que la reina ya está llegando. “Estamos en la plaza España. Deprisa, deprisa, al ascensor”; “No, que abajo esta la prensa, vamos a la zona de médicos”. El ascensor está subiendo. “¡Cuidado! ¡Es la reina! ¡Sube la reina!”. Hombres con pinganillo corren por los pasillos conduciendo casi en volandas a una Corinna aturdida por una noche sin dormir y muy afectada por el estado del rey. La bajan por un montacargas de camillas mientras la reina llega en el mismo instante a la sexta planta, saluda a los médicos con su sonrisa imperturbable y se dirige a la misma sala que ha abandonado la amante. Quizás en el suelo están aún los restos del pañuelo que la princesa ha destrozado

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Fue después de la convalecenciade esta operación, en la que solo contó con la compañía de Corinna y su hijo, cuando Juan Carlos habló de su posible divorcio con el presidente del Gobierno, que se lo desaconsejó, y con su mujer, que se mostró indignada. También se reunió con sus hijos, que le dijeron: “Te vas a cargar la institución”. Felipe añadió: “Pobre mamá”. Corinna ha declarado que el rey le regaló un anillo de compromiso y que le pidió la mano a su padre. Ignoro cuál ha sido ahora la reacción de Sofía ante sus últimas declaraciones, pero conozco su actitud frente al rey desde hace años: de profunda indiferencia. Todo lo que hace le resbala, aunque, como es humana, le satisface saber que en esta historia a ella le ha tocado el papel de heroína.

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 17 Sep, 2020 2:53 am



Pocos meses después de casarse, Letizia acudió a una recepción oficial en el palacio de Oriente. Al lado de Felipe, Juan Carlos y Sofía, tendía una mano blanda a los invitados, pálida, con grandes ojeras y expresión atormentada. Un amigo la observaba desde lejos y, al final, se acercó y le preguntó, con cariñosa preocupación: “¿Qué tienes, Letizia? ¿Necesitas algo?”. Letizia dirigió una mirada angustiada a su alrededor, militares de uniforme, señoras encopetadas, hombres mayores de expresión severa, algún ropaje arzobispal, embajadores... Y con inusitada fuerza agarró a su amigo del brazo y con un susurro entenebrecido le conminó: “Búscame una nave espacial para huir de todo esto”.

Había tenido tres años de preparación para “todo esto”. Era el tiempo que llevaba de ‘novia’ del heredero, aunque las crónicas oficiales contaban otra cosa. ¡Y los meses que había pasado en la casa del príncipe conviviendo con Felipe, aleccionada por los ‘hombres de gris’ que le daban clases de protocolo! A pesar de eso, creía con cierta ingenuidad que el amor que se tenían Felipe y ella era suficiente y que no debería renunciar ni a su forma de ser ni a sus afectos. Esa forma de ser algo impertinente, rebelde, vivaracha, espontánea, divertida, era al fin y al cabo la que le había ganado el amor de su novio.

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“No calla nunca”, se quejaba don Juan Carlos. Un periodista próximo a la Casa Real me confesaba: “Letizia se ha imbuido de su papel y cree que puede aportar mucho a la institución”. Pero esos buenos propósitos pronto se vieron anulados por los implacables usos palaciegos. Los hombres de gris no se oponían frontalmente, pero sí con sutiles comentarios. “Nunca se ha hecho así, señora...”, “Aquí no es costumbre...”.

Pero las críticas más feroces vinieron de sus antiguos compañeros de profesión. Su comportamiento, su familia, su pasado, cada día abrían las primeras páginas de los periódicos. Se ponía en cuestión todo, desde su forma de vestir hasta el trato que tenía con sus padres. Y a la Casa Real le venía muy bien que la atención pública se centrara en Letizia y no en don Juan Carlos: cuando temían que se destapara su relación con Corinna o la trastienda de sus viajes, los periodistas solo hablaban de los tacones de Letizia o de su delgadez. Y ella, que conocía a fondo el asunto, tenía que ver con amargura cómo se arrastraba a su familia por el fango, cuando no era precisamente su familia la que se estaba cargando la institución. Alguna vez ha comentado: “¿Lo más difícil? Callarme”.

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También ha tenido que callar ante los desmesurados elogios a doña Sofía, que no pretendían más que menoscabar su figura. Pero estos expertos en acercarse al sol que más calienta, que vertían en tu oído las informaciones más envenenadas, lo mal que se llevaba el matrimonio y la última ‘fechoría’ de Letizia, ahora han decidido apostar a caballo ganador y han dejado caer a doña Sofía, precisamente cuando más los necesita.

Sofía ya no interesa, es el pasado, no tiene poder y ya nunca lo tendrá. Ahora hay que halagar a Letizia en uno de los cambios de chaqueta más espectaculares que esta periodista ha visto en 40 años de profesión. Pero Letizia, que tanto hubiera agradecido estos apoyos hace unos años, ya no los necesita. Está agradecida a los amigos que, con discreción y lealtad absoluta, la han acompañado en esta larga travesía por el desierto, y no tiene ninguna intención de ampliar su círculo íntimo.

Ahora ha cumplido 48 años, la tercera parte de su vida la ha pasado con Felipe. Ha conseguido lo que parecía imposible: unas niñas muy bien educadas y un matrimonio sólido. Y no es un paripé: cada vez que viajan, piden habitación de matrimonio. Así sucedió en el hotel Ritz de Lisboa, donde, acostumbrados a Juan Carlos y Sofía, les prepararon habitaciones no solo separadas, sino en distintos pisos, pero tuvieron que rectificar y darles la suite nupcial en cuanto cruzaron las puertas del hotel. El nombre con el que Felipe VI pasará a la historia podría ser ‘el rey monógamo’, pues en cinco generaciones de Borbones ha sido el único en mantener un matrimonio estable, sin escándalos de faldas, sin amantes, sin hijos extramatrimoniales, sin esposas sacrificadas, sumisas y sufridoras.

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Cuando pregunto si Letizia tiene mucha influencia sobre el rey, se ríen ante mi candidez. “Claro que sí, son un equipo. ¿Cómo no van a hablar de temas importantes? Sofía y Juan Carlos no comentaban nada, no solo porque no se veían nunca, sino porque el rey despreciaba la opinión de su mujer que, viviendo tan aislada, tenía una visión muy pobre del país. Pero Felipe y Letizia están juntos 24 horas diarias. Leen, comentan entre ellos, departen con sus consejeros, Letizia hace listas... Ahora, por ejemplo, se avecina un gran cambio en la institución. Se está planeando relevar al jefe de la casa, Jaime Alfonsín, y se están estudiando los nombres de sus sustitutos. Suena el de un alto directivo de una gran empresa, pero es un puesto delicado, que exige gran entrega, discreción y no está demasiado bien retribuido. Son momentos muy complicados para la casa”.

Cuando comento que Juan Carlos está deseando regresar de su exilio en Abu Dabi, mi interlocutor me interrumpe: “Tampoco deseaba irse, pero que no te engañen, Pilar, no va a volver...”. Seguiremos informando.

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 10 Sep, 2020 12:44 am



¡Libre! ¡Sí! Dentro de un año y medio, según unos, dos años, según otros, tendremos en la calle a Iñaki Urdangarin ¡libre! Después de haber cumplido de forma ejemplar la condena que se le impuso, cinco años y diez meses, por la que ingresó en la prisión de Brieva en junio de 2018. Iñaki, el ex chico de oro, tendrá 54 años y saldrá con gran ansia de trabajar y ayudar a una familia que ha vivido estos años del sueldo de Cristina (y las eventuales ayudas de don Juan Carlos). ¿Podría ser que su futuro estuviera, también como el de su suegro, en los países del Golfo? Podría ser.

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En el año 2012, el jeque de Abu Dabi, Hamed Bin Ahmed, a petición de don Juan Carlos, alquiló la casa de la calle Elisenda de Pinós, en Barcelona, mientras la familia Urdangarin-Borbón estaba en Washington. ¡Durante un año y por 432.000 euros! Su abogado declaró, al hacer pública esta desorbitada cantidad, que ese dinero les era necesario para pagar los gastos de la hipoteca sobre el inmueble. Cristina agradeció el favor al jeque acudiendo al gran premio de Fórmula 1 de Abu Dabi, incluso coincidiendo con la princesa Corinna. Hamed Bin Ahmed dirige la importante entidad financiera Al Farida Investments y, tal como entonces les hizo el favor de alquilar una casa que no llegó a ocupar nunca, estaría dispuesto a ofrecer un trabajo a Urdangarin a petición de don Juan Carlos, que ha velado por su hija todos estos años, aunque no de forma pública. Recordemos que Urdangarin ha cursado Ciencias Empresariales, es licenciado en ADE y tiene un máster en negocios en Esade, además de que, según se ha dicho, durante su condena estaba estudiando en la Universidad a Distancia un máster en Psicología para ejercer de coach. Y estará en disposición de trabajar en cualquier empresa que lo contrate.

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También Valero Rivera, su primer entrenador y gran amigo, con el que no ha perdido contacto, sigue en Qatar al frente de la selección de balonmano, aunque la suerte no lo haya acompañado en los últimos torneos. Ya en el año 2013, le ofreció un puesto de segundo entrenador, puesto que Iñaki aceptó alborozadamente. La misma Casa Real comunicó entonces que, si bien Iñaki residiría en Qatar, la infanta Cristina y sus hijos se quedarían en Barcelona hasta acabar el curso escolar. Al final, Iñaki tuvo que declinar la oferta por problemas de imagen y porque, además, se cernía sobre él el juicio que lo llevaría a prisión, aunque se dijo oficialmente que había tenido que rechazar el puesto ya que “no tenía el título de entrenador”.

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A Rivera le queda muy poco tiempo de estancia en Qatar, pero Iñaki, con ayuda de su suegro, podrá conseguir trabajo en cualquiera de los proyectos deportivos que se están desarrollando en los emiratos del Golfo, donde se vuelcan millones de dólares sin límite, hasta el punto de llevar desde España a grupos de hinchas que animen los partidos. Don Juan Carlos sigue teniendo debilidad por este yerno. Su primer comentario cuando empezaron a contarle sus irregularidades al frente del instituto Noos fue: “¿Tú crees? ¡Pienso que exageráis!”. Es curioso constatar que, en cambio, el rey emérito detesta a Marichalar que, sin embargo, no ha causado ningún problema a la casa real española, ¡misterios del alma humana!

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Si así fuera, si don Juan Carlos siguiera viviendo en Abu Dabi, si Urdangarin consiguiera trabajo en algún país del Golfo, lo acompañaría la infanta Cristina, que podría pedir una excedencia en su trabajo después de unos años agotadores y desquiciantes, y estarían junto a sus hijos pequeños, Irene y Pablo. Se reorganizarían en un país de la zona, donde se crearía una especie de franquicia de la familia real española.

La estancia del rey en Abu Dabi sigue unas pautas de discreción infranqueables, como él quería. ¡Solo un rey puede proteger a otro rey! Como ya comenté aquí, sus amigos ricos no pueden poner a su disposición un ejército entero ni una prensa dirigida desde las altas esferas como tienen las dictaduras de estos países árabes. Por no saber, no conocemos siquiera cuál es la salud del rey, si al final se ha sometido, en alguno de los prestigiosos hospitales de Abu Dabi –punteros en todo el mundo-, a esa pequeña intervención para corregir un efecto secundario de una de sus últimas operaciones. Ni cuál ha sido el resultado.

En Abu Dabi, un país en medio del desierto que se ha convertido en la meca del lujo y la ostentación, tiene todo tipo de cuidados, atenciones y hasta mimos. ¿Compañía femenina durante este mes y medio que lleva disfrutando de una privacidad tan absoluta como no la ha tenido nunca en la vida? ¿Y con la reina Sofía lejos? ¿Hay señoras? Por supuesto. Sus buenas amigas no lo dejan solo. De España, salen a diario decenas de vuelos directos a Abu Dabi. Desde Madrid, el trayecto dura 7 horas, y se puede ir incluso un fin de semana y regresar a casa sin que nadie se percate de que te has ausentado. Sus tres teléfonos móviles también echan humo. A sus amigos les confiesa que, a pesar de todo, añora la vida en este país llamado España, porque, por muy mal tratado que se haya sentido, sigue siendo el suyo: “Chicos, cuento los días que me faltan para volver”.

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 03 Sep, 2020 2:38 am

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NO ES POR MALDAD / Pilar Eyre

Corinna temía acabar muerta como Lady Di


Era verano, como ahora. Agosto, 1990. En el palacio de Marivent caía el sol a plomo sobre el porche y las escaleras donde solía posar todos los veranos la familia real, a pesar de que ya era media tarde. Los periodistas ingleses y españoles casi habían llegado a las manos en esos días, en Mallorca, tratando de conseguir la foto más buscada, la de Lady Di y sus hijos bañándose libremente en alguna cala y ahora, a codazos, trataban de posicionarse para la foto de grupo; los diarios de todo el mundo estaban retrasando su cierre para poder incluirla.

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Los reyes de España, en la cumbre de su carisma y popularidad; sus hijas, las infantas, entonces unas grandes desconocidas, con peinados y vestidos anticuados; Felipe, imitando en todo a su padre, desde la postura hasta el reloj en la muñeca derecha; el príncipe Carlos, flemático y ausente; y, sobre todo, la mujer más famosa del mundo: Lady Di. Tan delgada que se le marcaban las clavículas y las huesudas rodillas, tenía la expresión demacrada y triste de la mujer engañada: Su marido hablaba con Camila todas las mañanas por teléfono, sin que le importara que lo oyera el servicio, y ella se iba al cuarto de baño de su habitación de invitados, hundía la cabeza en la taza del váter y se ponía a vomitar. “Fueron unos días de mierda”, contó luego a personas de su confianza. Los perros de la familia, el Lhasa Apso Topsy de Sofía y Arki, el pastor alemán del rey, pululaban entre el grupo, haciendo llorar a los principitos ingleses, maleducados y gritones. Distraídamente, el rey sumergió su mano en el pelaje de Arki, como hacía siempre. Lady Di, también... Se tocaron sus dedos, se miraron a los ojos en uno de esos instantes que se hacen eternos... Después, Lady Di comentó a su guardaespaldas que el rey había intentado ligar con ella, que ella sabía que le gustaba... y que no había querido responder a sus requiebros y proposiciones porque don Juan Carlos no era su tipo. Ay, qué poco entendía la pobre y desgraciada princesa que la coquetería, incluso con señoras que no eran de su agrado, era algo propio del rey más seductor y mujeriego de Europa. Que en esos días estaba prendado de otra mujer, que no era, por supuesto, la suya. Después, Lady Di se enamoró de hombres que no le correspondían, como el médico pakistaní que, según dicen, fue el gran amor de su vida, y acabó en los brazos del playboy Dodi Al Fayed. Una relación que los llevaría juntos a la muerte, lo que ha hecho que en el imaginario popular figuren como pareja hasta el final de los tiempos, aunque seguramente, como contaron sus amigas, si hubieran vivido, la cosa no hubiera pasado el estadio de un ‘flirt‘ de verano.

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Ahora, el 31 de agosto, se ha cumplido el 23 aniversario de esa muerte, la más mediática del siglo XX. Pero su espíritu sigue sobrevolando sobre la casa real española. “¡No quiero acabar como Lady Di, temo morir como ella!”, declaró una aterrorizada Corinna hace poco en Londres. ¿Qué ha querido decir la exnovia del rey Juan Carlos con esta misteriosa frase? Corinna confesó que alguien le dejó un libro sobre la muerte de Lady Di sobre la mesa en su apartamento en Suiza y, al día siguiente, la llamaron por teléfono y una voz susurrante la amenazó: “Hay muchos túneles entre Mónaco y Niza”, aludiendo al accidente que le costó la vida a Lady Di en el túnel bajo el Puente del Alma, en París. ¿Pero Lady Di no murió simplemente porque el chófer había tomado sustancias e iba a una velocidad suicida? ¿Se da crédito a las teorías conspiranoicas de que la muerte de Lady Di estuvo orquestada por el duque de Edimburgo y los servicios secretos británicos porque era una presencia incómoda para la familia real inglesa? Corinna declaró en ese momento que, para aclarar esas amenazas, iba a demandar a los servicios secretos españoles, aunque de momento no hay constancia de que dicha reclamación se haya producido.

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La sombra de Lady Di se extiende mucho más allá de su vida y de su muerte, y se ha convertido en un referente para todo tipo de cuestiones. Cuentan que el abogado de Letizia Ortiz logró que Felipe, antes de su boda, firmara unos acuerdos en caso de divorcio muy ventajosos para ella, en los que conseguiría desde dos casas, una de invierno y otra de verano, a otras prebendas. “A ti tienen que tratarte mejor que a Lady Di”, al parecer le dijeron, aunque lo cierto es que Felipe se avino a todo porque, como dijo a sus padres: “Lo de Letizia y mío es para siempre”. No se sabe qué hay de leyenda y qué de realidad en estas afirmaciones, pero algunas de las noticias sobre doña Letizia tienen un sospechoso tufo de noticia pergeñada por la extrema derecha aliada con monárquicos trasnochados que, cantando las excelencias de los anteriores reyes, tratan de pintarla como una manipuladora y a Felipe como una marioneta. Como dijo Alfonso XIII en el exilio: “Tan culpables como las izquierdas de mi marcha de España, son esos nobles que han estado conspirando frívolamente contra la monarquía por intrigas cortesanas”. Dicho queda.

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 27 Ago, 2020 2:57 am



¡Es su único apoyo! ¡Sofía solo puede recurrir a ella! Tatiana Radziwill ha puesto su fabulosa fortuna y su cariño a disposición de su prima, quiere ayudarla, como ha hecho siempre. Son primas terceras, pero, sobre todo, son íntimas amigas a las que la desgracia ha unido desde que nacieron. Pero esta misteriosa francesa de pelo blanco y escasa coquetería, que pasea en Mallorca al lado de la reina con su marido dos pasos atrás; esta mujer, feminista y millonaria, que ha osado plantarle cara a Juan Carlos para defender a su prima, tiene una original biografía que muy pocos conocen.



La abuela de Tatiana fue María Bonaparte, descendiente de un hermano del emperador. Era una de las mujeres más ricas de su tiempo, ya que poseía los casinos más importantes de Europa, era sufragista, pero lo más singular es que primero fue paciente de Freud para curar su frigidez, después fue discípula y más tarde ella misma llegó a ser psicoanalista, con consulta en París. Publicó tratados sobre el orgasmo femenino, cuya mayor o menor intensidad atribuía a la separación entre el clítoris y la vagina, y practicaba una operación para resolver este problema de su distinguida clientela, en la que había reinas y actrices de cine. Durante la Segunda Guerra Mundial, salvó la vida a Freud y familia sacándolos de la Viena nazi. Alguien que la conoció, me contó hace años que su conversación solo versaba sobre sexo y orgasmos. María Bonaparte se casó con Jorge de Grecia, tío abuelo de nuestra Sofía, y mantuvo a la familia real griega tanto cuando estaban en el exilio como cuando se sentaban en su empobrecido trono. Aunque Jorge era homosexual –su gran amor fue el príncipe Valdemar de Dinamarca–, de su matrimonio con María nacieron dos hijos. Eugenia, la mayor, casó brevemente con el conde polaco Stanislas Radziwill, con el que tuvo a Tatiana, un año mayor que Sofía.

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Siendo muy niñas, las dos primas tuvieron que partir juntas al exilio, muy precario ya que María tenía las cuentas de los casinos embargadas por la guerra y solo pudo sacar algunas joyas, unas esmeraldas y un brillante del tamaño de una pelota de golf, entre otras, que fue malvendiendo para pagar su largo destierro por 22 casas, en países distintos, a lo largo de cinco años. Esas penalidades compartidas anudaron entre las dos primas una amistad inquebrantable que solo estuvo a punto de romperse cuando se enamoraron del mismo hombre: ¡el príncipe Harald de Noruega! Estuvieron unos meses sin hablarse, hasta que se dieron cuenta de que Harald, en realidad, a quien quería era a Sonia, quedando las dos primas –como se dice popularmente– con un palmo de narices. Fue Tatiana la primera que supo que Sofía se iba a casar con Juanito, y fue su dama de honor, aunque la tía María no pudo ir a la boda ya que estaba enferma de muerte, pero le regaló un cachorro de su perro Topsy, al que Sofía llamó Topsy en su honor. Cinco años después, Tatiana se casó con Jean Fruchaud, médico cardiólogo, al que había conocido en la universidad, ya que –a diferencia de Sofía– tiene estudios superiores y una cultura sólida y progresista.

Desde los primeros veranos, fue invitada fija en Marivent y, cuando el matrimonio real se rompió, se puso incondicionalmente al lado de su prima. Feminista por herencia y por convicción, pragmática y de pensamiento liberal, siempre le ha aconsejado a su prima llevar una vida independiente y le ha ofrecido su inmensa fortuna y su elegante casa familiar en París, donde la reina se ha refugiado varias veces. Dicen que María Gabriela de Saboya y Tatiana han sido las únicas que han osado reconvenir a don Juan Carlos por sus infidelidades públicas. Es curioso constatar que los dos hijos de Tatiana, profesionales serios y respetados, no tengan ninguna relación con los hijos de los anteriores re- yes, a pesar de haberse criado prácticamente juntos.

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En estos momentos de tribulación de doña Sofía, en los que su marido ha emprendido las de Villadiego y ha sido apartada de la agenda real, desconoce qué va a ser de su vida. No sabe si irse a Grecia junto a su hermano, a Inglaterra o al refugio amistoso que le ofrece su incondicional Tatiana en París. Se cantan sus elogios y se airean sus virtudes de forma desmesurada, pero la reina comprende que se trata de halagos envenenados, que lo que pretenden es restarle méritos a Letizia; por lo tanto, en lugar de ayudarla, la perjudican.

Aunque se diga hipócritamente que la rodea el cariño de todos los ciudadanos españoles, en realidad, la reina Sofía está muy sola. Una de las cosas que más echa de menos es navegar, su gran pasión, pero nadie la invita a sus barcos y tampoco se siente autorizada a utilizar los de la familia por la imagen de despilfarro y frivolidad que ofrecería. También le duele que su agenda, antes tan repleta de compromisos, esté vacía. Cada mañana pregunta: “¿Qué tenemos hoy?”. Y cuando le contestan: “Nada, señora”, cae en el desaliento más absoluto. Ahora su teléfono está mudo y, además, ya empiezan a alzarse voces diciendo que en esta película en la que se ha convertido su matrimonio, al que ella parece aferrarse a pesar de todo, ni los buenos son tan buenos ni los malos son tan malos. Afilemos los lápices, preparemos las cámaras, ¡qué gran otoño nos espera!

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 20 Ago, 2020 2:46 am



Marbella! ¡Aroma a jazmines, el canto de las chicharras! ¡Verano! Un verano que en Marbella no empezaba hasta el 18 de julio, el día del cumpleaños de Jaime de Mora y Aragón. Montaba un fiestón en el Marbella Club y soltaba palomas que Rigalt y yo temíamos que fueran despedazadas por los ventiladores y le pedimos que no lo hiciera más. Yo le cuchicheaba “Jaime, las señoras te miran” y él me contestaba, fingiendo oler el clavel (de trapo) que llevaba en la solapa, “y si no, les envío a mi abogado”. Su hermana era la reina de los belgas y él era el rey de Marbella, pero, como tantos, se lamentaba “rey, sí, pero sin un duro”.

Lo mismo que me respondía Luis Miguel Dominguín cuando me sorprendía que dejara la puerta abierta de su apartamento, “y qué me van a robar, mujer, si no tengo nada desde que me separé de Lucía… como los señores ladrones no me dejen algo…” Le reñía porque era torero y me daba la razón, “ahora no puedo ver las corridas ni por televisión…, soy como una inglesa cursi”. Sus novias sucesivas, altas y elegantes, nos ponían gintonic para desayunar, “no me gustan las niñas monas, sino las señoras con clase… Ava Gardner era muy guapa, pero una borracha inaguantable, como Hemingway, ¿si me caía bien Hemingway? ¿tú te crees que me puede caer bien un tío que exige que le llamemos papa?” Franco: “le explicaba chistes sobre su persona y reía…” Picasso, “un niño grande”.

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Luego publicaba todo eso y algunos se enfadaban, como el gran Pescaílla. Me lo encontré en un tablao de madrugada cabreado porque “una periodista catalana ha dicho que yo ya no funcionaba…” Mientras, Lola Flores gritaba en la sala de fiestas de Pepe Moreno, “si alguien ve a la catalana, que me avise”, y Ramsés Trujillo, el guapo hijo de Lita, se reía, “ven, que te protejo”. Su madre le alquilaba su casa, La truhana, a la emperatriz Soraya, quien solía acudir a las fiestas con el bailarín Antonio y acababa siempre entre dos luces, empañadas las maravillosas aguamarinas de sus ojos.

De vez en cuando aparecía en alguna esquina de la noche Eugenia Martínez de Irujo, casi una niña, con un conmovedor aire tristón, y, sin cambiar el gesto, se cogía la falda a la cadera y se arrancaba por sevillanas. Un día, Jesús Aguirre y Cayetana me llamaron al hotel, “oye, Pilar, ¿porque no te vienes y hablamos un rato?” Acudí sorprendida por tanta amabilidad y mientras se prodigaban arrumacos muy íntimos me contaron que más que marido y mujer se sentían amantes. Fueron una fábrica de titulares y es que, según me enteré, mi editor había retirado unas fotos de Cayetana desnuda en la playa y, como agradecimiento, me daban la entrevista.

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Don Juan de Borbón, grandote y recién operado de la garganta, acudía todos los años a cenar en Menchu´s, invitado por Tita Cervera y su novio, un barón alemán del que entonces no sabíamos mucho. Su risa intermitente se oía por todo Puerto Banús, sentaban a su lado a una jovencísima y encantadora Mila, entonces Santana, porque al viejo lobo de mar le gustaban las caras guapas. En la mesa también estaba su hija mayor, la adusta Pilar, que acudía desde Sotogrande.

El melancólico príncipe Alfonso de Hohenlohe nos cogía del brazo para contarnos que todo era obra suya, “mira, este césped lo traje de México, porque el de aquí no arraigaba en la arena ¿ves esas buganvillas?, también las importé yo… E inventé el pádel, no había sitio para poner canchas de tenis”. Su perro Carioca a veces se peleaba con el salchicha Pepito de Jaime de Mora y ambos olían con prevención al cerdito de la duquesa de Sevilla, que era una gran animalista y una de las fundadoras, junto a Linda Echeverría, del primer refugio de animales de Marbella.

Esa esplendida cariátide llamada Pitita Ridruejo te invitaba a tomar té de menta en su casa de los Monteros, vecina a la que alquilaban los socialistas Solchaga y Boyer con sus mujeres, nuevos en esta plaza, aunque se decía que Boyer dejaba sigilosamente la urbanización todas las noches para encontrarse con Isabel Preysler… Descubrimos que Philippe Junot era bajito y se teñía el pelo, Sean Connery me confesó que debajo de la falda escocesa que llevaba en las fiestas iba desnudo y Gunilla venía al hotel para darnos direcciones de peluqueros baratos y señoras que depilaban.

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Khashoggi daba fiestas en su barco Nabila y regalaba colgantes con sus iniciales, AK, de brillantes a las periodistas afines y de vez en cuando un helicóptero surcaba el cielo, “es don Juan Carlos, que va a visitar al rey Fahd”. Cuando se acababan las obligaciones, los periodistas nos reuníamos para divertirnos e intercambiar cotilleos, no muchos, porque éramos rivales en la lucha feroz por la exclusiva. Maika Vergara, Otero, Llamazares, Rigalt, Barrientos, Fernando Abizanda, Teuma… y algunos más. Perdonadme la inmodestia, pero éramos la sangre azul del reporterismo social, entonces no existía esta televisión y nuestras crónicas se leían por cientos de miles. A muchos de los personajes de los que aún se habla, nosotros los hicimos famosos.

Luego llegó Gil a lomos de Imperioso y arrasó con todo… pero esta es ya otra historia y yo ya no estaba.

Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 13 Ago, 2020 2:44 am



En Abu Dabi, la temperatura media en agosto, el mes más tórrido y árido, es de 42 grados centígrados. Pero para don Juan Carlosel clima artificial es de 22 grados, que es la temperatura que tiene su hotel, la limusina blindada en la que se mueve y el hospital donde va a someterse (o se ha sometido ya) a una intervención leve para corregir la última operación que se le realizó en España, que no tuvo los resultados apetecidos, según me comentan fuentes cercanas.

Don Juan Carlos conoce bien Abu Dabi, donde ha ido en varias ocasiones con Corinna. En unos países donde los jeques mantienen un harén todavía numeroso, muchas personas creían que era ‘la segunda esposa’ de nuestro rey y así aparecía en la prensa árabe. Fue también el jeque de Abu Dabi quien entregó de regalo a la familia real española dos coches Ferrari, entre otros obsequios, y es el país del mundo en el que don Juan Carlos se siente más seguro.

Una persona de su entorno, el mismo día que se hizo público el comunicado, me dijo: “Al único lugar al que puede ir don Juan Carlos es a un país del Golfo, a pesar de que el verano es una época terrible para visitarlo. ¡Al rey solo lo puede proteger otro rey! Él, en estos momentos, necesita privacidad, discreción y tranquilidad, y este blindaje solo se lo puede garantizar un monarca absoluto como son los jeques de los emiratos árabes en general, y el de Abu Dabi en concreto, que es su ‘hermano’.

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Sus amigos ricos, por mucho dinero que posean, tienen limitaciones legales y no pueden protegerlo de las miradas ajenas… En el Golfo, ellos son la ley”. Y mi interlocutor añadió: “Además de que Abu Dabi tiene una excelente red hospitalaria, muy moderna, se ha convertido en un referente sanitario en Oriente Medio, hospitales españoles importantes tienen delegaciones allí y el rey puede contar con los mejores cirujanos. Todo ello con los servicios de seguridad más sofisticados y herméticos del mundo”. Como curiosidad, añadiré que en Abu Dabi tienen el mejor hospital de animales del mundo y también es puntero en cirugía estética.

El impactante comunicado que se hizo público el 3 de agosto, una carta a su hijo, nos había dejado conmocionados: “Te comunico mi meditada decisión de trasladarme, en estos momentos, fuera de España”. Una simple carta cuya redacción, sin embargo, se había estado discutiendo durante meses. El improvisado consejo asesor de don Juan Carlos, formado por empresarios, responsables de medios de comunicación, expolíticos e incluso un sacerdote, aconsejaba un tono más drástico, pero el rey quiso dejar claro que su marcha del país era tan solo una solución temporal y se empeñó en añadir estas tres palabras: “en estos momentos”.

Don Juan Carlos confía en que, cuando se recupere de su intervención, las aguas se hayan calmado y pueda volver tranquilamente a casa. Solo se ha llevado dos maletas con las cosas más imprescindibles. En Zarzuela, todo queda tal como él lo dejó. Dos maletas y ningún uniforme, lo mismo que hizo su abuelo hace noventa años cuando partió al exilio.

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Alfonso XIII recorrió el mundo con ese modesto equipaje hasta que murió, once años después. Siempre vivió en hoteles, decía que eran mucho más cómodos que los palacios, y murió en uno de ellos, el Gran Hotel de Roma, en una habitación pequeña a la que no se dejó entrar a su mujer hasta que no hubo exhalado su último suspiro. Estaban separados desde que la inglesa le espetó en el hotel de Fontainebleau donde pasaron los siniestros primeros tiempos de exilio: “Me voy a Londres porque no quiero ver tu fea cara nunca más”. Y es que estaba harta de sus continuas infidelidades y sus humillaciones públicas.

Sofía, que se sepa, no ha tenido una reacción tan virulenta a los comportamientos de su marido, ahora caído en desgracia. De hecho, ni siquiera se despidió de él y, en estos días, está en Mallorca llevando su austera vida de siempre en su palacio de 9.000 metros cuadrados con un jardín fabuloso y medio centenar de servidores. Tiene varios coches y barcos a su disposición, luce con orgullo su anillo de casada y, como lleva mascarilla, según unos “se le nota triste”, según otros “sonríe como siempre”.

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Ambas afirmaciones podrían ser ciertas, ya que con la cara tapada es difícil distinguir los gestos. Pregunto cómo está su ánimo. “Normal; a pesar de lo que decís los periodistas románticos, ella lo que siente por el rey es profunda indiferencia”. Aunque es consciente de que debe adoptar un perfil bajo, no pudo evitar salir de tiendas, ya que es una adicta a las compras.

En Body Shop, la dependienta contesta a las preguntas de la reportera de ‘Ya es mediodía’. “Aquí a la reina le hablamos en inglés porque no se siente cómoda hablando en castellano”. ¡Más de cincuenta años en España y no se siente cómoda hablando en castellano! Esto nos da medida no de que tenga poca capacidad para los idiomas, ya que ella misma le dijo a Pilar Urbano que si no fuese reina podría emplearse como traductora, sino de lo aislada que vive. Apenas trata con españoles ajenos a su familia, con la que habla en inglés.

Una ministra me contó que había acudido con ella a una representación ceremonial, que aplaudía y reía cuando tocaba hacerlo, pero “cuando acabamos, me di cuenta de que no había entendido nada ni del argumento ni de lo que hablaban, pero estaba adiestrada para que no se notara”.

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Nadie cuestiona su papel… El rey no está, pero ella “va a continuar desempeñando su trabajo institucional”. Cuál es este trabajo nadie lo sabe muy bien, y menos teniendo una reina en activo, pero aún nadie osa discutir el papel de esta mujer, que sigue disfrutando de sus privilegios y del respeto de todos. El ‘malo de la película’ es el rey y a ella le toca el papel de resignada doliente, que siempre es más lucido. Esa es una de las cosas que más lastiman a don Juan Carlos, que la reina, que lo es gracias a él, pueda disponer de todo lo que le es arrebatado, sobre todo el cariño de los españoles. Su marido ni siquiera la nombró en su carta, su forma de expresar de que sus vidas están separadas. Sofía ya no es su compañera. Aunque no se haya tomado ninguna decisión oficial, hace muchos años que la pareja real está rota. No va a estar a su lado, no lo va a acompañar en este vía crucis que está recorriendo de avión en avión y de país en país.

¡Pero el rey no está solo! Su fiel amiga desde hace cuarenta años, la que todo se lo perdona, la que no le falla nunca, lo acompaña, lo reconforta, lo escucha, lo consuela… Cada mañana le lee lo que dicen los periódicos y ella vierte en su oído el dulce bálsamo de sus sinceras palabras de consuelo… Lo que más le molesta al rey no es el recuento de sus aventuras sentimentales, eso le puede hacer hasta gracia, sino las acusaciones de corrupción ¡Eso sí le duele! Su amiga, que ha sacrificado por él su crucero veraniego en el Zenobia, estará siempre ahí, y para ella son sus primeras palabras del día y también las últimas: “Buenas noches, ‘darling”.

Ellos sí han vivido una gran historia de amor y afrontan su futuro cogidos de la mano. El rey, que tan valiente ha sido en tantas ocasiones, debería mostrarse con ella libremente. Se lo debe a ella… y también a nosotros.

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 06 Ago, 2020 2:43 pm





Majesty, majesty.

-¿Yes, Selina?

-Póngase de cara a la luz, que le favorece más. Después de unas tomas con el polo verde, haremos otras con traje completo.

-¿Ponerme corbata con este calor? Bueno, tú mandas.

En el feo porche de Marivent estaba dispuesto un bufé frío sobre un mantel de hule blanco, con vasos y platos de plástico, para que almorzaran los habituales de palacio: la reina, el príncipe, las infantas, los Grecia y la inevitable princesa Irene. Y también el equipo de la televisión inglesa capitaneado por una chica joven, minifaldera, moderna, guapísima, la chica dorada de la televisión, que cautivaba a artistas y realeza: Selina Scott.

Se decía que el príncipe Andrés bebía los vientos por ella y que hasta el príncipe Carlos la había llevado en helicóptero a pasar un fin de semana romántico a Escocia. ¡Selina había conseguido lo que ninguno aquí habíamos logrado! Pasar varios meses con el rey y su familia en intimidad absoluta. El suyo sigue siendo el mejor reportaje sobre la familia real que se ha hecho nunca.

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El intermediario había sido el rey Constantino de Grecia, en esa época muy necesitado de dinero; tanto que tenía que vender coches a comisión, tarea en la que también le ayudó Juan Carlos presentándole a sus amigos ricos. En realidad, Constantino, su mujer y sus hijos vivían a costa de nuestros reyes y de los de Dinamarca, padres de Ana María. Sus gastos diarios los pagaban ambas familias “a pachas”, y el dinero de la comisión por el reportaje inglés les vino muy bien.

El rey, que, en ese momento hacía juegos malabares para mantener varias relaciones amorosas a la vez, estuvo encantador, “es un profesional de la seducción”, lo definía el jefe de su casa, Sabino Fernández Campo. “Si participo en una carrera de veleros, gano porque soy el mejor, no porque sea el rey”, “pago impuestos como todos los españoles…”. Cuenta anécdotas: “Salgo en moto con el casco y nadie me reconoce… Un día recogí en la carretera a un señor con una lata porque se había quedado sin gasolina… Cuando me quité el casco, ¡se horrorizó!”.

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Al preguntarle si su hijo podría casarse con una plebeya, contestó con una sonrisa triste: “Podría, sí, pero tiene que ser una persona adecuada y debe contar con mi aprobación y la del Congreso”. Un joven príncipe Felipe, que está rompiendo con Isabel Sartorius, una ruptura dura y difícil, responde a la periodista curiosa: “No sé cuándo me voy a casar, pero cuando conozca a la mujer ideal para mí me daré cuenta enseguida”. Y también: “Aquí te has de ganar el puesto cada día… No cuentan los hechos pasados”.

Asimismo, Selina entrevistó a la reina, una Sofía muy seria, con expresión aniñada, que declara sorprendentemente que había tomado té con hojas de coca, y cuando la periodista se extraña, aclara: “Las drogas pueden servir para curar… Es un estimulante contra el mal de altura”. Cuando Selina le comenta que gracias a ellos el turismo y la economía de las islas se ha disparado, contesta encogiéndose de hombros: “Nosotros no venimos por eso, sino porque nos gusta… Es cierto que las ciudades han cambiado…”, y añade con un punto de desdén: “Pero los pueblos siguen como siempre”.

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Aquí, los periodistas envidiosos lanzamos infundios de que el rey y Selina habían tenido una aventura y que la reina la había puesto de patitas en la calle. Nada más lejos de la realidad. Sofía la trató con guante de seda, ya que era una enviada de su hermano, y además Selina era una periodista muy seria, una feminista muy crítica con la monarquía que, a pesar de ser una estrella en su país, emprendió diferentes batallas contra la misoginia: “No hay ninguna mujer en un puesto directivo, aquí solo cuentan las caras bonitas”. Y fundó un movimiento contra la discriminación de las mujeres por razones de edad. Hace unos años, publicó un comunicado de protesta contra la BBC porque en un reportaje sobre periodistas dijeron que era lesbiana. Asqueada de los medios, se retiró a una granja en el campo: “Mis animales rescatados son los únicos que no me van a fallar nunca”.

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No fue la única entrevista que el rey concedió ese verano del 92: medio en secreto mantuvo 70 horas de conversación con el escritor, actor y aristócrata José Luis de Vilallonga, que se plasmaron en 27 cintas, de las que solo se publicó una tercera parte, primero en una editorial francesa y después en una española. Se juzgó que lo que decía el rey en ellas era altamente inconveniente y Vilallonga, todo un caballero además de marqués, dijo que mientras él viviera nadie iba a saber lo que contenían esas cintas.

Sabino le aconsejó guardarlas en una caja fuerte y fue también Sabino el que contó que, dado el éxito del libro, que llegó a vender 300.000 ejemplares, el rey lo había llamado un día a su despacho: “Sabino, ya sabes que fue mi amiga Marta la que me insistió para que hiciera la biografía con José Luis… Creo de justicia que José Luis, que ha ganado tanto dinero, debería pagarle una parte de sus ganancias... una comisión, digamos, del diez por ciento.” Sabino nunca cumplió este encargo y el marqués de Castellbell se embolsó 150 millones de pesetas. ¿Dónde estarán esas cintas?, ¿existen?, ¿se han destruido?, ¿son una leyenda urbana?


Fragmento de la entrevista de Selina Scott con Juan Carlos I.

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 30 Jul, 2020 2:47 am



Los Juegos Olímpicos de Barcelona en el 92, junto a la Expo de Sevilla, constituyeron los dos ejes de la vida nacional y convirtieron nuestro país en la capital del mundo. Justo estos días hace 28 años. Y así lo acaba de recordar el rey Felipe en un vídeo conmemorativo grabado para el Comité Olímpico: “España dio un salto cuantitativo … En estos momentos duros el espíritu olímpico debe seguir inspirándonos…”.

¿Cómo no va a recordarlos él, que fue abanderado y en la sesión inaugural puso un nudo de emoción en todas las gargantas? Desfiló, alto y marcial, portando la bandera española, con un sombrero que le iba pequeño –porque no tenían de su talla–, y su hermana Elena se echó a llorar como una ciudadana cualquiera. La imagen de sus lágrimas resbalando libremente por su rostro apareció en todo el mundo. Sabíamos que en esa época Felipe estaba enfrentado a su familia por el amor de Isabel Sartorius, una relación tan tormentosa que aquel pobre muchacho de 24 años flotaba como un barco a la deriva en los experimentados brazos de la irresistible sirena. Pero del asunto no se podía hablar libremente. Eso al menos me dijeron en televisión: “Del tema Sartorius, mejor no hablar”. Me contrataron en ‘Barcelona: juegos de sociedad’, un programa diario de Televisión Española improvisado sobre la marcha y destinado a cubrir la vertiente social de los Juegos Olímpicos. Era en directo, a partir de la medianoche, lo dirigía el genial Joan Ramon Mainat, lo presentaba la exquisita Inka Martí y no teníamos ni un duro. Como yo debía salir todas las noches vestida de gala, mi amiga Guillermina Motta me dejó la ropa que usaba en el escenario. Competíamos con la todopoderosa TV3 y la estrella máxima Julia Otero, y yo me tenía que recorrer cada día los restaurantes, ruedas de prensa, cenas y agasajos tratando de encontrar todo aquello novedoso, diferente y gratis, para competir con la ilustre compañera y, sin embargo, amiga.

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Mi centro de operaciones era el hotel Princesa Sofía, porque en él se alojaban todas las testas coronadas. Y un día coincidí en el ascensor con dos reinas, Ana María de Grecia y Beatriz de Holanda. Me incliné ante ellas en una reverencia muy protocolaria y cuando ya iba a levantarme, antes de que se cerrasen las puertas, se colaron dos más: Sofía de España y la gran duquesa de Luxemburgo. Volví a inclinarme y, por si las moscas, ya no me enderecé hasta que llegamos al ático, diez pisos después. Salieron altivamente las cuatro reinas y oí a una extrañada Ana María que le decía a su cuñada en un susurro perfectamente audible: “Pobrecilla, esa periodista… No sabía que era jorobada”.

En otra ocasión, comimos en el Auditorio y me tocó sentarme al lado de la princesa Ana de Inglaterra, que era la presidenta de su federación hípica. Vestida como una medio monja exclaustrada, con un moñete de institutriz, no me dirigió ni una mirada en toda la comida. Acabamos, nos levantamos… No, ella no… Se quedó sentada moviéndose de forma extraña, hasta que, al final, me dirigió una mirada de socorro. Se le había perdido un zapato debajo de la mesa. Me puse a cuatro patas, lo encontré a varios metros y ella me tendió su pie deformado por los juanetes, provisto de un ‘pikis’ no muy limpio, y se lo puse como si ella fuera la Cenicienta y yo, el príncipe. A partir de ahí, cada vez que me la encontraba, me mostraba el pie y yo levantaba el pulgar guiñándole un ojo, ante el natural desconcierto de todos mis compañeros.

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¡Los compañeros! La competencia era seria y, aunque nos amábamos, éramos capaces de descuartizarnos para conseguir una buena exclusiva. ¡Schwarzenegger está comiendo en la Barceloneta! ¡Michael Douglas en el Tibidabo! Corre, corre, que aún puedes enterarte de algo, qué comieron, con quién, cuánto medían… (ambos son bajitos). En el hotel se alojaba la familia Alba al completo: Cayetana, sus hijos y Jesús Aguirre, al que nadie hacía caso, ni siquiera le dirigían la palabra, y se quedaba mustio y solo tomando café conmigo y me mentía como un bellaco: “Hoy me ha estado llamando todo el día Vázquez Montalbán para que fuera a comer con él. Juan Marsé está empeñado en enseñarme Barcelona”. Tímidamente, le propuse que viniera al programa y, ante mi sorpresa, aceptó entusiasmado. Lo metí en un coche de producción y lo llevé a los estudios de Sant Cugat. Entre Moisés Rodríguez y yo lo entretuvimos en la sala vip mientras iban desfilando los otros invitados del programa, Paquito Clavel y la vedette Regina Do Santos con un escotazo impresionante. Jugaban al billar y aquello era un alboroto sicalíptico con continuas alusiones a las bolas de Regina y las bolas de Paquito. El duque de Alba iba empalideciendo y temimos que huyera a uña de caballo. Pero salió al plató y se dirigió a Inka con una de sus retorcidas sonrisas: “Espero que no me invite a jugar al billar. Me he dejado las bolas en el palacio de Liria”. ¡Madre mía la que se armó! ¡Esa noche ganamos a Julia Otero! Aunque quizás la petición más extraña me vino del propietario del hotel Ritz de Barcelona, mi amigo Antonio Parés: “Oye, Pilar, que me dice el rey de Togo que nunca se sienta en una silla corriente, que quiere un trono. ¿De dónde diablos saco yo un trono?”. Llamamos al Ayuntamiento, a Casa Real y no, don Juan Carlos y doña Sofía no usaban tronos. Hasta que, al final, se me ocurrió. ¡Solo hay unos reyes que se sienten en tronos! Llamamos a unos grandes almacenes, pedimos el trono de los reyes magos y lo enviaron al hotel. El rey de Togo se quedó tan contento y Parés tan agradecido, que me ofreció su suite romana para que pasara un fin de semana… ¡Ya lo contaré algún día!

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Indiscutiblemente, el centro de atención de los Juegos Olímpicos de Barcelona fue el rey don Juan Carlos. Estaba en la cumbre de su popularidad. En esos días se hizo una encuesta en la prensa catalana y, al preguntar quiénes eran las figuras más importantes de estos Juegos Olímpicos, el primero fue Maragall y el segundo, Juan Carlos. Jordi Pujol, el president de la Generalitat, manifestó que lo admiraba porque era una de las personas que mejor entendía el hecho catalán y don Juan Carlos se paseaba guapo, bronceado, sonriente, seguro de sí mismo, convertido en el talismán de la selección española. Sofia y Juan Carlos eran la imagen icónica de un país moderno y avanzado y se movían como estrellas de Hollywood, repartiendo abrazos y sonrisas. Pero todo era una comedia de cara a la galería… La pareja real se alojaba en el palacio de Pedralbes y, por las noches, los gritos que se dirigían se oían desde el jardín. La reina se había enterado de que el rey tenía una relación seria con Marta Gayá, que también estaba en Barcelona, y otra no tan seria con una dama catalana y una vez… Pero esto es ya otra historia. ¡Ay, quién pudiera volver a esos tiempos en los que todo parecía posible!

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 23 Jul, 2020 2:40 am



Un amigo de don Juan Carlos se perdió hace pocos años en el recinto privado de la Zarzuela. Iba a visitarlo, convaleciente de una de sus operaciones, pero en vez de entrar en las estancias del rey, abrió la puerta de un saloncito de la reina. Frente al televisor, estaban las dos hermanas griegas, Irene y Sofía, con una mesita delante con la cena, viendo la televisión. Era un programa cómico de una cadena inglesa y las dos hermanas comían y, a la vez, reían a carcajadas. El hombre cerró la puerta silenciosamente sin que ellas se dieran cuenta. “Me impresionó, porque las vi tan extranjeras, tan ajenas a todo…”.

Así ha estado nuestra reina durante cuatro meses, confinada en sus habitaciones, con la única compañía de su hermana Irene. Ni sus hijos ni sus nietos ni, por supuesto, su marido la han visitado. En esos largos días, seguramente, doña Sofía ha podido hacer repaso de su vida. Mejor dicho, de las mujeres en la vida de su marido. ¡Una obsesión que le ha durado más que el amor!

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Si pregunto qué siente la reina por el rey, me contestan: “La indiferencia más absoluta. Esa sonrisa que exhibe en las fotos junto a él se apaga cuando se quedan solos y se va cada uno por su lado”.

Sin embargo, su orgullo sufre con la exhibición pública de sus aventuras. Su relación con Corinna la hirió profundamente. Tanto, que, según se dice, maniobró para que el hijo de Corinna no fuera admitido en un buen colegio en Inglaterra y que las familias aristócratas inglesas le hicieran el vacío.

Alexander, que no es hijo del rey –ya que nació dos años antes de conocerlo– sino del príncipe Casimir zu Sayn-Wittgenstein, tuvo que ir al final a un prestigioso internado suizo.

Pequeñas venganzas, sutiles alfilerazos que, desde su posición, ha podido propinar a las amantes de su marido. Primero debía identificarlas, claro está. Cuando Sabino estaba en la Casa, era su paño de lágrimas y confidente. “La reina no sabía si eran varias amantes o solo una, pero muy paseada”. Preguntaba: “¿Es Bárbara?”. Y sabía leer en la expresión del jefe de la Casa como en un libro abierto. “¡Siempre acertaba!”. ¿Es la legendaria perspicacia de los celosos, que casi siempre dan en el clavo? Y Sofía aplicaba el correctivo correspondiente.

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A dos damas catalanas no las invitó nunca a las recepciones en el Palacete Albéniz, aunque ambas poseían título. A otra señora de la nobleza alemana la humilló de todas las formas posibles, negándole incluso un amarre en el Club Náutico de Palma. A Marta Gayá intentó que la sociedad mallorquina la marginase, pero ahí se impuso el rey y los deseos de Sofía no se cumplieron.

A veces no estaba muy segura. Por cierta presentadora de televisión preguntó a otra con la que tenía más confianza, y se hizo enviar fotos de la hija de una señora sevillana para observar un posible parecido… Supervisaba el mailing de las celebraciones del santo del rey en el Campo del Moro y aparecían misteriosas tachaduras…

A veces eran simples sospechas, o que las señoras eran muy guapas, o tenían fama de devoradoras de hombres… A Isabel Preysler, a Tita Cervera, a Marta Chávarri, siempre las saludaba con frialdad… De hecho, cuando los reyes eran solo Sofi y Juanito, se negaba a ir a Estoril, no solo para complacer a Franco, al que no le gustaba que visitaran a don Juan, sino porque sospechaba que detrás de cada amiga de la infancia, había una novia (por cierto, con razón la mayoría de las veces).

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Los que escribimos sobre este tema hemos querido ahondar en las relaciones de Sofía, para ver si ha correspondido con la misma moneda a su marido, sobre todo sabiendo que la pareja no tiene relaciones íntimas desde hace mucho más tiempo del que imaginamos. Un arquitecto, una personalidad política ya fallecida, un apuesto caballero portugués con el que se vería en Londres, el escritor J.J. Benítez que le escribía poemas… Todos, rumores infundados que me han sido desmentidos por las propias personas o por las circunstancias. La gran pregunta por tanto es: ¿Por qué doña Sofía ha aguantado durante tanto tiempo?

Los más generosos aventuran que por su hijo. Sí, pero… su hijo no iba a dejar de ser el heredero, pasara lo que pasase. La motivación tiene que ser otra y quizás no tan altruista. Cuando Sofía, que ha aguantado infidelidades desde su primer año de matrimonio, sorprendió a su marido en la cama con una mujer en una cacería en la que se presentó por sorpresa, tenía solo 37 años y se acababa de morir Franco. Y, comprendiendo que a partir de entonces su marido iba a actuar con total libertad, huyó a la India con sus hijos, dispuesta a dejarlo. La reina Federica fue muy clara: “No lo abandones nunca, no dejes de ser reina… ¿Quieres ser como yo, una reina sin reino, una paria que tiene que vivir de la caridad de los demás, y que ha tenido que venir a la India porque nadie me aguanta?”. Federica vivía modestamente en un ashram en Delhi junto a su gurú Mahadevin y su hija Irene. Había salido tan pobre de su país, que Juanito y Sofía les habían tenido que llevar ropa a Roma para que se vistieran ella, sus hijos y sus nietos.

Sofía entendió la lección perfectamente, se armó de su sempiterna sonrisa de Gioconda, y fue ella la que le comunicó al rey que, ocurriera lo que ocurriese, no querría divorciarse e iba a ser reina hasta que muriese.

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¿Es posible vivir al lado de un hombre durante 50 años y no sorprenderte de la inmensa fortuna que manejaba? “Ella era perfectamente consciente, es más, le animaba en ese sentido, temerosa de que le pasara lo mismo que a su madre”, me comenta el periodista García Abad, “¡El miedo a la pobreza es un sentimiento tan humano!”. La reina se definió delante de Pilar Urbano como “austera… dinero, dinero, dinero… ¡Me da asco que la gente siempre hable de dinero!”. Es fácil ser austero si vives en un recinto de varias hectáreas con ciervos y gamos, tienes a tu disposición en verano un palacio de 9.000 metros cuadrados en la isla más bonita del mundo, coches, barcos, un fabuloso joyero del que solo conocemos una pequeña parte y, encima, eres la buena de la película… La abogada Magda Oranich, que la conoce bien, me confesó un día: “Entiendo que pueda perdonar unos cuernos, al fin y al cabo, a cierta edad dejas de dar importancia a estas cosas, pero ¿qué tu marido sea un enfermo de la caza? Nosotras, que somos animalistas como ella, ¿podríamos aguantarlo? Mi respuesta es no… A menos que haya una motivación muy fuerte.”

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El último año, antes del confinamiento, me han comentado que, a pesar de sus limitaciones físicas, el rey ha ido a cazar prácticamente cada semana. Desaparecida Corinna, su gran amor, vierte en la caza todos sus anhelos, frustraciones y esos legendarios ataques de cólera que solo conocen sus íntimos. Las fincas de sus amigos ricos están a su disposición, son ambientes muy discretos, en los que nadie se va a ir de la lengua. Para el rey son todos los mimos y cuidados, tiene incluso una silla especial para poder cazar. Sigue cobrando piezas importantes. A pocos metros del palacio, en el mismo recinto de la Zarzuela, está el pabellón de caza del rey, donde guarda sus trofeos cinegéticos, un edificio que costó tres millones y medio de euros, con una habitación de 200 metros cuadrados para guardar únicamente las armas: medio centenar de fusiles. Al parecer, se hizo bajo la supervisión de Corinna, aunque su construcción es un secreto, ya que se hizo firmar una cláusula de confidencialidad a todos los que intervinieron y así permaneció hasta que lo reveló El Mundo. En los dos pisos del pabellón, perfecto silencio, inmóviles para toda la eternidad, hacen guardia exóticos elefantes, osos, jirafas… y también animales autóctonos como cabras montesas, jabalíes y lobos, disecados por expertos taxidermistas. Quizás está incluso la primera liebre que Juanito cazó con Franco y que el Caudillo le ofreció disecada, la cabeza y las pezuñas, cuando solo tenía nueve años.

Que la reina, persona sensible, sepa que cuando abre una de las ventanas de la zona sur casi puede ver el pabellón de la muerte, que lea en los periódicos cómo acusan su marido de enriquecimiento ilícito y hablen libremente sus amantes, las “de pasar” y las fijas, y aún se atreva a reñir a las periodistas porque llaman emérito a su marido, “no lo hagáis, se disgusta”, y luzca en su dedo como desafío el anillo de prometida, pertenece a lo más íntimo y misterioso del alma humana.

¡El alma de Sofía! Sabino dijo de ella: “Parece lo que no es”. Con eso tenemos que contentarnos.

Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Lun 20 Jul, 2020 2:57 am

NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Jue 16 Jul, 2020 2:54 am

[conte]

Paloma Cuevas, guapa, esposa ejemplar… ¡y abandonada! ¡Con luz y taquígrafos! Pero esta dramática historia de traición y mentiras no es la única que ha tenido que sufrir una mujer famosa. Paloma tiene muchas compañeras de infortunio que, como ella, pasaron de ser las más envidiadas de España a víctimas de la infidelidad de sus maridos. Una humillación pública que las convirtió, muy a su pesar, en carne de cañón y portada de revista.

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En aquel 14 de julio de 1988 el calor parecía surgir del centro de la tierra y el asfalto hervía en un Madrid casi vacío. En la calle Tambre, Carlos Falcó, ya separado de Isabel Preysler, ofrece una cena fría en su pequeño jardín a los miembros más destacados de la ‘beautiful people’: Mario Conde y su mujer, Lourdes; Juan Abelló y Ana; y Alberto Cortina, el exitoso empresario al frente de Construcciones y Contratas, con su mujer, un ama de casa mona, pero sin perfil social, llamada Alicia Koplowitz. Casi nadie sabe que es la auténtica propietaria del próspero negocio de su marido, que heredó de su padre, un judío llamado Ernesto Koplowitz, y que su padrino, Ramón Areces, el dueño del Corte Inglés, ha ayudado a consolidar.

El último en llegar a la cena es Fernando Falcó, hermano del anfitrión. Va con su mujer–embutida en un traje apretadísimo y cortísimo, rubia de pelo, la piel bronceada de las reinas vikingas–, a la que la prensa llama ‘Marta Terremoto’, aunque su nombre es Marta Chávarri. Tiene 25 años y su apabullante atractivo sexual la convierte en el centro de la noche, haciendo que el resto de las mujeres tengan una apariencia apagada y anodina. Alberto Cortina, que es bastante mujeriego, no deja de dirigirle las miradas codiciosas del perro de presa, que Marta acepta con coquetería. ¡A partir de aquí empieza para Fernando, Marta, Alicia y Alberto un camino sin retorno!

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La relación entre Cortina y Marta pronto se conoce en todo Madrid, periodistas incluidos, pero nadie se atreve a hacerla pública. Las fotos de los amantes saliendo de un piso en la calle Alberto Bosch se guardan en un cajón; otras, en las que van cogidos de la mano por la calle pintor Rosales o entrando juntos en un ascensor del hotel Villamagna son compradas directamente por el poderoso financiero. Alicia es muy buena, pero no es tonta, y se da cuenta de que su marido está teniendo una aventura, aunque cree que es una de tantas y se resigna.

Pero su íntima amiga, la abogada y más tarde ministra Ana Palacio, le desvela: “Tu marido está con Marta Chávarri y van en serio”. Se le viene el mundo encima. Ella misma confesará más tarde entre sollozos: “Estaba destrozada, era incapaz de reaccionar. ¡Me sentía muy sola y prefería tragármelo todo yo!”. No confía en nadie, sufre tanto que, incluso, desarrolla una úlcera de estómago y ataques de migraña.

Por Navidad cree que su marido volverá al redil, pero Cortina parece embrujado por Marta. Le regala un carísimo abrigo de visón y un buen día se va de casa con una maleta y se instala en un hotel. No habla de divorcio, dice que necesita estar solo. Pero Marta se reúne con él y se van de viaje a Austria en avión privado. Alicia sufre en silencio, no puede dormir, comer, hablar… Hasta que el 1 de febrero se produce lo irremediable: en una revista aparecen unas fotos de Cortina y Marta en un hotel de Viena. Alicia ve cómo su mundo perfecto se desmorona. Se asoma a la ventana y advierte debajo de su casa una nube de periodistas. Sus hijos, llorando, se niegan a ir al colegio… ¡Ha perdido su anonimato y será una de las mujeres más perseguidas de España!

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Alicia parece despertar de un sueño y más tarde confesará: “Sé que muchas han pasado lo mismo que yo, pero que te hagas famosa por una cosa así, que te lo señale la prensa y que lo pueda leer todo el mundo, incluidos tus hijos, no deja de resultar durísimo”. Su primera llamada es para Fernando Falcó, el otro agraviado, que le dice caballerosamente: “Lo siento por ti, yo ya no me hacía ilusiones acerca de mi matrimonio”. Después llama a su marido y le duele que su único comentario sea: “Pobre Marta, esto va a destrozarla”. Luego llama a Ana Palacio, no como amiga, sino como abogada: “Quiero tramitar el divorcio, mañana mismo. Ana le responde: “Ya puedes dar las gracias a tu padrino con una oración por obligarte a contraer matrimonio con separación de bienes”. La empresa, por tanto, sigue siendo de Alicia y de su hermana Esther, que también anda en pleitos matrimoniales.

A partir de aquí se desata una pelea brutal entre los abogados de ambas partes que se saldará un año después: Alicia, a la que ha defendido la correosa abogada Concha Sierra, se queda con la mitad de Construcciones y Contratas (la otra mitad es de su hermana) y Alberto Cortina, con paquetes de acciones de diversas compañías por valor de 5.600 millones de pesetas. Es el kilómetro cero de la nueva vida de los dos, que empezarán a rodar por separado. Alicia, que jamás ha llevado una cuenta ni sabe lo que es un balance, es consciente de sus propias limitaciones y comprende que debe rodearse de los mejores. Lo hace tan bien que al año siguiente llega a colocarse en el puesto número 198 de la lista mundial de millonarios de la revista Forbes. Confiesa a sus amigas que “en el fondo estoy contenta. Puedo demostrar a mis hijos que su padre no era el listo de la familia, sino que yo también sirvo para llevar una empresa”. Y lo más absurdo de esta historia es que Alberto Cortina, que había puesto su mundo y el de su familia al revés por culpa de Marta, en realidad empieza a estar cansado de ella.

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Estos amores que suben como fuegos de artificio, también se desvanecen con la misma rapidez. Aparecen unas fotos de Marta muy delicadas y Cortina no tiene más remedio que hacer el Quijote y casarse con ella para no quedar como un canalla delante de sus padres y de la sociedad, aunque su matrimonio, como es lógico con estos mimbres, durará apenas cuatro años. Cortina se casó luego con la auténtica mujer de su vida, la inteligente y discreta Elena Cué, con la que ha tenido una hija.

Aunque a Alicia se le hayan atribuido distintos novios, desde el atractivo abogado Jorge Trías al duque de Alba, no ha vuelto a casarse, se ha desprendido de su empresa con pingües beneficios, cuenta con otros negocios y es una filántropa silenciosa y eficaz. Como confesó una vez serenamente: “La crueldad de los acontecimientos de mi vida me ha hecho crecer interiormente”. A través de su fundación ha creado hogares para niños sin recursos, centros para enfermos de esclerosis múltiple y ayuda a varios refugios de animales. Yo misma he visto en el museo del Holocausto de Tel Aviv, esculpido en piedra, el nombre de Alicia Koplowitz y la palabra Todah, que quiere decir gracias.

Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensaje por Invitado » Sab 11 Jul, 2020 2:57 am



Pazo de Meirás. Agosto 1969. Una televisión panzuda, con una figura de Sargadelos encima, preside el pequeño saloncito, oscuro y húmedo, donde Franco y su mujer, Juan Carlos y Sofía, están viendo ‘Crónicas de un pueblo’. El caudillo tiene delante una Mirinda de naranja, que no ha probado porque se está quedando dormido. Doña Carmen se toma una manzanilla, como siempre después de la cena, que hoy ha sido tan parca como de costumbre: caldo gallego y una rodaja de merluza.

Sofía está con el oído atento, porque Miss Hibbs, la ‘nanísima’, está acostando a sus hijos y a los nietos pequeños de Franco, Arancha y Jaime, mientras observa de reojo a su casquivano marido, que ya ha empezado a darle algún disgusto... Pero Juanito se hace el despistado fumándose un cigarrillo, que ha encendido después de pedirle permiso a la Señora. Carmen Polo ya les ha informado que se ha cambiado la cama que rompieron la primera noche haciendo dios sabe qué.

Las cabezas de dos ciervos abatidos en la sierra de Cazorla los observan melancólicamente desde las paredes. Juanito y Sofi se aburren a muerte, pero tienen que disimular, ya que su principal tarea en estos años de espera e incertidumbre es halagar al caudillo.

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Sofía y doña Carmen se entienden en francés: la princesa no se expresa bien en castellano y la Señora lo habla porque de pequeña tuvo una ‘gouvernante’ de Burdeos. En ese momento irrumpe en el cuarto una pareja sofisticada y elegante, oliendo a perfume francés y a dinero. Ella lleva un vestido de Pertegaz que deja ver sus bronceadas rodillas; él, foulard y pelo engominado. Son los marqueses de Villaverde, que vienen a despedirse: “Nos vamos a cenar al Náutico…”. Observan a la pareja joven y se sienten obligados a preguntarles: “¿Quieren venir sus altezas?”. Y es Sofía la que contesta: “No, preferimos quedarnos con el abuelo”. Quien me contó esta anécdota me dijo que a Franco le había resbalado una lágrima por la mejilla.

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Hay que decir que Sofía y Juanito iban al mismo tiempo y con más discreción, pero con mucho más entusiasmo, a pasar el resto del verano a Mallorca. Los primeros años se alojaban en el hotel Son Vida, el Victoria o el Club Náutico.

Entonces, la modestia y la austeridad presidían estas vacaciones familiares, la comida habitual era gazpacho, que el rey incluso se llevaba en termos a las regatas, y era normal ver al matrimonio con sus tres hijos tomando un helado por la calle o a la reina comprando fruta en el mercado de Santa Caterina, calzada con unas alpargatas y el típico cesto colgado del hombro. No hace falta decir que ambas prendas se pusieron de moda y, desde entonces, nunca han dejado de estarlo.

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Fue cuando el Govern balear, a sugerencia del amigo del rey Zu Tchokotua, decidió cederles el uso del palacio de Marivent, originariamente residencia del pintor griego Saridakis. Los descendientes de este pleitearon contra esta decisión, ya que la viuda lo había cedido únicamente para ser utilizado como museo, pero perdieron el juicio y lo único que consiguieron fue que se les permitiese recuperar los objetos del interior de la casa. El Govern, desdeñosamente, comentó que estos objetos no tenían valor ya que muchos de los cuadros atribuidos a pintores conocidos eran falsificaciones. Los reyes ocuparon oficialmente el palacio en 1973 y, a partir de ahí, sus veraneos empezaron a tener una personalidad propia, que pudimos compartir gracias a los numerosos periodistas desplazados a la zona.

Las regatas en las que participaban pusieron de moda el deporte de la vela y hay muchas generaciones de niños que pueden decir: “A mí me daba clases una infanta de España”, ya que ambas princesas participaban en los ‘stages’ deportivos de Calanova. También pudimos asistir a las risas cómplices del rey y sus amigos de toda la vida –Karim Aga Khan, Zu Tchokotua, o su compañero de regatas Josep Cusí– en el restaurante Flanigan de Puerto Portals, propiedad de su también amigo Miguel Arias, donde don Juan Carlos solía vestir pantalón rojo, camisa blanca y mocasines sin calcetines, atuendo que se convirtió en un clásico de todos los señores ‘bien’ españoles.

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También en esa época disfrutaba de ciertas ‘amistades’ femeninas, aunque de todo esto no nos hemos enterado hasta más tarde. A la reina, que sí lo sabía pero como gran profesional que es lo disimulaba en público, la podíamos ver paseando de forma relajada con su hermana Irene y su prima Tatiana Radziwill, las únicas personas que gozaban de su intimidad. Las tres solían cargar personalmente con las mismas bolsas de las rebajas de unos grandes almacenes de Palma.

Este ambiente festivo familiar contrastaba con la soledad que vivía don Juan de Borbón, el padre del rey, que también era visitante asiduo de la isla y se quedaba a dormir en su barco. Apenas veía a su familia. “Yo no soy nadie, no saben dónde colocarme, soy un estorbo para todos”, llegó a decirme suspirando con tristeza en una ocasión. El verano del 92, un año antes de morir, se le pudo ver varias noches cenando en algún restaurante palmesano con la única compañía del periodista Luis María Ansón.

Tampoco doña Pilar, hermana de don Juan Carlos, frecuentaba a los reyes, aparte del día de su cumpleaños en agosto, cuando celebraban una cena todos juntos. Pero tal circunstancia importaba poco a la aguerrida infanta, que a bordo de su pequeño velero, Doña Pi, se cruzaba sin complejo alguno en la bahía palmesana con el fabuloso yate Fortuna, un regalo del rey Fahd de Arabia Saudí. La infanta Pilar se cabreó porque su hermano no hizo nada para evitar que la casa donde veraneaba fuese demolida por una infracción urbanística, aunque no dejó de acudir a Mallorca ya que se compró un chalet en el municipio de Calviá.

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Pero ni don Juan ni doña Pilar ni doña Margarita –que veraneaba en Portugal–, ni sus hijos, salían en las célebres fotos de las escaleras de Marivent, donde la familia real posaba con los huéspedes insignes que cada año los visitaban: desde una lady Di empeñada en taparse las piernas con un feo vestido de rayas –y que después comentó que el rey había intentado ligar con ella–, hasta Harald y Sonia de Noruega, Fabiola y Balduino de Bélgica, Beatriz y Klaus de Holanda, pasando por los inevitables Grecia y su numerosa prole. Los reyes de España estaban de moda, se los veía como una pareja moderna, de gran fuerza icónica, aunque casi nadie conocía entonces las tormentas que agitaban su matrimonio.

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En el álbum de las vacaciones reales también debemos colocar las fotos en las que los españoles pudimos seguir los ligues adolescentes de las infantas con algún compañero de regatas –el atractivo Fernando León, por ejemplo– o el primer amor de don Felipe. La imagen del príncipe con una voluptuosa Isabel Sartorius en la cubierta de la lancha Njao luciendo espectacular anatomía y sonrisa enamorada, le reportaron al fotógrafo 15 millones de pesetas.

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La decisión del Govern balear de potenciar el veraneo real resultó ser todo un acierto. En aquellos años de esplendor todos querían ir a Mallorca: Mario Conde con el barco más grande del puerto; Alicia Koplowitz, que empezó a sospechar aquí que su marido tenía algo más que una aventura con Marta Chávarri; Tita Cervera empeñada en comprar, en vano, el palacio vecino a Marivent; y toda la aristocracia, en fin, del lujo y del dinero. Lo que se llamó ‘la corte de Palma’. El rey, bronceado, sexy, atlético, elegante, luciendo carillas y el postizo que le arreglaba Iranzo todas las semanas, era no solo el rey de España, sino el rey del mundo. Como me dijo un amigo suyo entonces: “¡Se le ofrecían todas! ¿Que con cuántas estuvo? ¡Yo qué sé! ¡Mil quinientas!”.

Los últimos años, sin embargo, esas imágenes espectaculares e idílicas se han hecho añicos. Cristina y Elena han sido expulsadas del paraíso: la una por sus oscuros manejos económicos y la otra por solidaridad con su hermana. A Letizia no le gusta Mallorca y procura pasar menos días cada verano. Leonor y Sofía no tienen ningún arraigo en la isla. Y don Juan Carlos, separado de hecho de doña Sofía, ha preferido dejar el inmenso palacio de 9.000 metros cuadrados, esculturas de Miró en los cuidados jardines franceses, tres edificaciones anexas, piscina y solárium, y decenas de personas de servicio, para el uso y disfrute de su mujer y su cuñada, las únicas habitantes fijas del enorme complejo. Desde el porche donde desayuna cada mañana los productos naturales que le llevan de la huerta, un lugar antes lleno del bullicio de los hijos, los amigos, los invitados, y ahora silencioso y solitario, quizás Sofía añore, como Hemingway, aquellos tiempos en los que eran pobres y felices… O no.

Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensaje por Maritxu » Dom 05 Jul, 2020 12:14 pm

Invitada escribió:Esta mujer que despelleja y despelleja de manera
persistente, cuanta sensibilidad, susceptibilidad
demuestra cuando la dicen algo que la disgusta,
cuanto envanecimiento!



Y salía en una lista de "amigas entrañables" de cierto señor mayor.

Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensaje por Invitada » Dom 05 Jul, 2020 12:03 pm

Maritxu escribió:Vaya dos....


Esta mujer que despelleja y despelleja de manera
persistente, cuanta sensibilidad, susceptibilidad
demuestra cuando la dicen algo que la disgusta,
cuanto envanecimiento!

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